A LA CHANSON DE LA PATRIE

De vez en cuando tanto Ambrosio como yo habíamos pedido a algunos lectores de este blog o conocidos nuestros que dejasen una colaboración aquí. La suerte nos había sido bastante adversa. Hasta ahora solo Glauca hizo una brillante colaboración firmando la entrada en sociedad conmigo. ILDE va un paso más allá y se lanza de cabeza y sin red. Y es que cuando uno es malagueño y socio del Unicaja, este año ya está curado de toda clase de espantos…

Desde el título hasta el punto final, todo es suyo. Que disfruteis con su texto y con las canciones que ha elegido para ilustrarlo. Y os sirva de ejemplo para que alguno de vosotros sea el siguiente.

Gracias Ilde.

Si, paseando por una calle de París, le preguntaras a alguien si sabe qué significa la palabra “chanson”, alguno te contestaría que qué va a querer decir, pues una “canción”, si es que pareces tonto, hombre. Pero la gran mayoría probablemente te respondería algo así como: “¡oh, la, la, mon dieu! ¡La CHANSON! Pues a ésta, a ésta con mayúsculas, es a la que vamos a dedicar este artículo aprovechando la invitación irrechazable del legítimo propietario de este espacio.

El vocablo “chanson”, como ya habréis deducido sin espero mucho esfuerzo, en francés quiere decir simplemente “canción”. Pero como tantas otras veces donde un solo término engloba a todo un género, se ha denominado con esta palabra al estilo musical que se generó en la Francia de alrededor de los años sesenta, donde fundamentalmente la voz del interprete sobre una melodía básica, bastaba para crear composiciones, al principio de temática amorosa y que con el tiempo y la labor de algunos autores fue derivando hasta la crítica social y política.

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Françoise Hardy – “Comment te dire adieu”

Un claro exponente de la chanson, por la repercusión mundial que ha tenido una de sus composiciones, fue Serge Gainsbourg. Hijo de inmigrantes rusos judíos, nació en París a finales de los años veinte. Pasó su infancia entre la losa que le suponía ser judío en la Francia ocupada y las clases de piano que su padre le indujo a recibir. No fue hasta tener los treinta cuando comenzó a despuntar como compositor y cantante. Sus primeros éxitos los cosechó de la mano de distintas intérpretes como Françoise Hardy cantando “Comment te dire adieu” y France Gall interpretando “Poupée de cire, poupée de son”, canción con la cual ganaría el, por aquel entonces, prestigioso concurso europeo de la canción: Eurovisión. Así pasó el hombre los años sesenta hasta que llegado el 67 conoció a Brigitte Bardot y, claro, pasó lo que tenía que pasar hasta el punto de reflejar sus pasiones en la canción de Gainsbourg por excelencia: “Je t’aime… moi non plus”. La canción fue censurada en distintos países de Europa, entre ellos por supuesto España, por considerar que la letra contenía mensajes explícitamente sexuales. De hecho la Bardot consiguió que la versión en la que ella misma puso la voz, incluso al simulacro de orgasmo del final, no viera la luz hasta pasados casi veinte años desde su grabación, al parecer por miedo a que su imagen saliera dañada. Así que Serge se tuvo que buscar una nueva novia con la que disfrutar cantando, y sin falsos tabúes, la cancioncita. La afortunada, en cuanto a interpretar la canción porque yo en lo demás no entro, fue Jane Birkin, actriz británica y cantante francófona que se afincó definitivamente en París desde que pasó doce años junto a Serge. Aunque siempre ha seguido unido a él a través de sus canciones.

Este comentario de Serge Gainsbourg ilustra perfectamente que lo que menos le importaba a él era lo que pensaran los demás: “La gente se escandalizó porque decían que habíamos hecho el amor en directo en el estudio. Pero es mentira. Si lo hubiéramos hecho, no habría salido un single de cuatro minutos, sino todo un elepé”.

…Oh, mi amor
Tú eres la ola, yo la isla desnuda
Tú vas, vas y vienes,
entre mis riñones…

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Serge Gainsbourg et Jane Birkin – “Je t’aime, moi non plus”

Françoise Hardy, a quién hemos citado y oído anteriormente, supuso una pequeña revolución en cuanto a las intérpretes femeninas de la chanson, y es que ella misma, a diferencia de las demás, escribía sus propias letras desde que en la adolescencia le regalasen, como a tantas otras estrellas, su primera guitarra. Todo se unió, sus letras y melodías melancólicas, su suave y delicada voz, su serena belleza y, porqué no, su extrema timidez, para que tras un tiempo cantando sus canciones en distintos clubes de París, tan sólo con diecisiete años la contratara una discográfica con quienes grabó su primer disco, el cual vio la luz en el verano de 1962. Un par de meses después y durante una pausa musical en un programa especial de televisión sobre una importante consulta política que se había celebrado en el país, se emitió una actuación de Françoise interpretando “Tous les garçons et les filles”, primer single de ese álbum. La canción irrumpió con tal fuerza en los salones de sus compatriotas, que desde ese momento la encumbraron en lo más alto del panorama musical francés.

…Todos los chicos y chicas de mi edad
hacen juntos proyectos para el futuro…
…Mis días son iguales
que mis noches,
sin alegría y llenos de tristeza, oh!
¿Cuándo brillará para mi el sol?…

Tras esto siguió una carrera extraordinaria que se extiende hasta la actualidad, donde además de interpretar sus propias canciones, ha puesto también su voz a composiciones de otros artistas, destacando especialmente “Il n’y a pas d’amour heureux” del poeta galo Louis Aragón.

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Françoise Hardy – “Tous ler garçons et les filles”

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Françoise Hardy – “Il n’y a pas d’amour heureux”

Paradójicamente, uno de los cantautores más destacados de la chanson y sería también muy versioneado incluso en distintos idiomas, fue el que musicó, y también interpretó, esta última canción. Georges Brassens desde pequeño ya escribía poemas. Sus primeros trabajos en las fábricas de Renault y BMW le llevaron desde París a Alemania y de ahí, en plena ocupación nazi, volvió a París donde estuvo escondido hasta la liberación de la ciudad en 1944. A la edad de treinta y un años, bastante mayor para lo que estamos ahora acostumbrados, comenzó a cantar. Aunque él no se consideraba poeta, sus letras eran la parte más importante de sus composiciones, acompañadas de melodías sencillas y elegantes, con textos irreverentes y transgresivos. Él mismo se denominaba un “chansonnier” (compositor e interprete de canciones) y no un poeta. Murió en 1981 con tan sólo sesenta años sin ni siquiera haber cumplido tres décadas sobre el escenario, y aún así dejó un legado que ya quisieran muchos. Brassens fue uno de los músicos franceses que más influencia tuvo en la canción de autor española. Cantautores como Paco Ibáñez, el efímero trío formado por Joaquín Sabina, Javier Krahe y Alberto Pérez —La Mandrágora— o incluso el roquero Loquillo y sus Trogloditas, se han atrevido a adaptar al español algunos de sus temas. Estos son un par de ejemplos:

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Georges Brassens – “Marinette”

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La Mandrágora – “Marieta”

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Georges Brassens – “La mauvaise rèputation”

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Paco Ibañez – “La mala reputación”

“No me dejes. / No quiero llorar más. / No voy a hablar más. / Me esconderé aquí, / para mirarte, / bailar y sonreír, / y para escucharte. / Deja que me convierta / en la sombra de tu sombra, / la sombra de tu mano, / la sombra de tu perro. / No me dejes….” Así de triste y cruda es esta obra de otra leyenda de la chanson a la que un cáncer de pulmón se llevó más pronto aún que a su colega Brassens. Jacques Brel murió con tan solo cuarenta y nueve años, aunque quién lo diría echándole tan solo un rápido vistazo a su biografía. Nació en Bélgica, aunque la mayor parte de su trayectoria artística la desarrolló en París. Se casó con veintiún años y tuvo tres hijas. Tras triunfar año tras año con sus nuevas composiciones, donde abordaba temas de todo tipo como el amor, la sociedad, la espiritualidad, y dar giras por toda Europa cautivándola tanto con sus letras como con sus gestos, en el 66 decidió retirarse de la música, centrándose en su faceta de actor de cine y teatro, y apartándose del mundanal ruido en una isla de la Polinesia.

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Jacques Brel – “Ne me quitte pas”

Durante su etapa de compositor y cantante grabó trece discos de estudio, teniendo su momento musical más álgido en 1959, al vender más de quinientas mil copias, en sólo seis meses, de su disco “La valse à mille temps” que incluía la canción “Ne me quitte pas”, compuesta tras una ruptura sentimental. La canción, interpretada de forma desgarradora y a la que pertenecen los versos de antes, no deja de tener cierta ironía al conocer que al parecer fue a ella, y no a él, a la que en realidad le dieron plantón. Ésta se ha convertido con el tiempo en una pieza bandera de la chanson, al igual que el “Je t’aime…” del principio. Una prueba inequívoca es que ha sido traducida a gran cantidad de idiomas y grabada por innumerables y variopintos intérpretes de todo el mundo como Edith Piaf, Frank Sinatra, Johnny Halliday, Scott Walker, David Bowie, Ray Charles, Sting, Dyango, Estrella Morente, Miguel Bosé, Raphael…

“Un hombre no debería cantar cosas así”
, comentó emocionada Edith Piaf tras oír cantar por primera vez a Brel esta canción. Y esto lo dijo alguien que de sufrir sabía un rato. Decir que su infancia fue difícil sería en este caso quedarse cortos, por lo de “difícil” y por limitarnos sólo a su “infancia”. Nació en una calle de Paris, sí, en plena calle. Sus padres, alcohólicos los dos, primero se separaron entre sí, y luego se separaron de ella dejándola al cuidado de su abuela paterna. Con diez años comenzó a cantar “La Marsellesa” en la calle, y con lo que recogía malvivía, llegando a dormir, en innumerables ocasiones, en plena calle. Con diecisiete años tuvo una niña que moriría poco después. Ella continuaba cantando en la calle y en los tugurios del barrio de Pigalle. Un día, un par de años después, conoció a Louis Leplée quien regentaba un cabaret de moda en esos días y que, impresionado por su voz a la vez bronca y dulce, le ofreció un billete de diez francos por hacerle una prueba y terminó dándole su conocido apodo de “La Môme Piaf” —la niña gorrión—. De su mano grabó su primer disco que fue todo un éxito y que la catapultó a la fama. Lamentablemente bajó de un plumazo desde lo más alto cuando encontraron a su protector asesinado en su despacho poniendo de manifiesto su relación con los bajos fondos parisinos y hundiéndola, por la incomprensión de su público, otra vez en la calle, los pequeños clubes y los excesos.

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Edith Piaf – “La vie en rose”

A finales de los años treinta volvió a centrar su vida, a tener éxitos y a realizar giras por Europa y América. Tras la segunda guerra mundial compuso su mayor éxito en todo el mundo: “La vie en rose”. Este también fue el título de una película biográfica que en 2007 obtuvo numerosos premios hasta el punto de obtener el Oscar a la mejor actriz, incluso siendo una cinta rodada en francés, que para los americanos ya es un obstáculo bastante grande.

…Cuando me toma en sus brazos,
Me habla todo bajo
Veo la vida en rosa,
Me dice palabras de amor
Palabras diarias,
Y eso me hace algo…

La Môme tuvo innumerables amantes a lo largo de su corta aunque intensa vida —murió a los cuarenta y ocho años víctima de un cáncer y de sus muchos excesos—, bastantes de ellos cantantes franceses, de entre los cuales llegó a casarse con nuestro siguiente protagonista tras involucrarle, incitarle y animarle a que entrara en el mundo de la canción: Georges Moustaki.

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Edith Piaf – Milord”

Moustaki, ya antes de conocer a la Môme Piaf, había hecho sus pinitos cantando sus canciones en bares y terrazas. Ya iba rondando su cabeza la idea de que su vida iba a discurrir por artísticos lugares. De hecho su nombre artístico, Georges, lo tomó prestado de Brassens debido a la admiración que sentía, y supongo que seguirá sintiendo, por él. Pero fue Edith Piaf la que le impulsó a componer de verdad desde que lo conoció. Eso hizo que durante el tiempo que estuvieron juntos le compusiera más de cuarenta canciones, entre las cuales se encuentra el éxito, en este caso de los dos, “Milord”. Debieron de pasar varios años, en los cuales Moustaki continuó escribiendo para distintos interpretes pero sin conseguir que ninguna compañía de discos se atreviera a grabarle, para conseguir que le editaran un single con la canción “Le métèque” (El extranjero) cuyas fantásticas ventas hicieron por decidirse de una vez por todas a la compañía a grabarle un larga duración. La canción se convirtió en himno de apátridas y desterrados, una canción que uniría a minorías.

…Es con mi facha de extranjero,
judío errante y pastor griego,
con mis cabellos al azar
y con mis ojos medio abiertos,
que hablan de mares y desiertos
y que te invitan a soñar…

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Georges Moustaki – Le métèque”

A partir de entonces comenzó imparable su carrera discográfica que ha llegado hasta la actualidad. Su admiración por el Mediterráneo hizo que surgiera en él una especial vinculación con España. Así, en 1971 ofreció su primer concierto en Barcelona, animado por Paco Ibáñez, donde la censura de la época no llegó a tiempo para prohibir que cantase “En Mediterranée”, lo cual provocó que no volviese a actuar en España hasta después de la muerte de Franco. Evidentemente la canción habla de guerras y barbaries en “su” Mediterráneo.

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Georges Moustaki – “En Mediterranée”

Aunque en esta ocasión no contrajo nupcias con él, también fue la Piaf la que, tras echarle el ojo, y no precisamente sólo por su talento, a Yves Montand en el famoso y cinematográfico Moulin Rouge de París, le abrió muy gustosamente las puertas del éxito. No deja de ser curioso que se considere parte importante de la chanson francesa a un tipo que nació en Italia y que actuó en casi treinta películas, haciendo que su filmografía sea mucho más extensa que su discografía. Su verdadero nombre era Ivo Livi, el cual, cuando tuvo que buscarse un nombre artístico, fue afrancesado rápidamente aprovechando el recuerdo del grito que su madre le dedicaba —igual que a todo hijo de vecino— cuando el niño andaba por la calle: “¡Ivo, monta!” (que vendría a ser algo así como ¡Ivo, sube de una vez, que la comida esta en la mesa!). Durante toda su vida —en esta ocasión y afortunadamente por la parte que le toca, sí que fue más larga que la de algunos de sus compañeros— compaginó a la perfección sus actuaciones como cantante con su profesión de actor. Llegó a actuar, e incluso a algo más que eso, con la mismísima Marylin Moroe en una de sus últimas películas. Una de las canciones más hermosas que interpretó es “Les feuilles mortes”, de Jacques Prevert.

…Es una canción que nos reúne.
Tú, tú me amabas y yo te amaba.
Y nosotros vivíamos juntos.
Tú que me amabas, yo que te amaba,
pero la vida separa a los que se aman.
Muy suavemente, sin hacer ruido,
y el mar borra sobre la arena
los pasos de los amantes desunidos.

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Yves Montand – “Les feuilles mortes”

No es posible acabar este pequeño repaso a la canción francesa sin hacer referencia a su probablemente intérprete más conocido, y reconocido, más allá de las fronteras galas. Como no podía ser de otra manera, su armenio nombre de Chahnour Varinag Aznavourian fue convertido a otro más sencillo e internacional al pasar a ser simplemente Charles Aznavour. Teniendo en cuenta que se le conoce como “el Frank Sinatra francés” —y también como Charles “Aznavoice”— nos podemos hacer una idea del alcance que su arte ha tenido en el mundo a lo largo de los años. Una vez más fue Edith Piaf la que, tras compartir escenario con él y su compañero Pierre Roche donde, para entendernos, éstos le hacían de teloneros de su espectáculo, lo animó y ayudo a triunfar tanto en Francia como fuera de ella. Su extensísimo repertorio unido a su facilidad con los idiomas —domina el francés, inglés, italiano, español, alemán y ruso— fue una baza importante en toda su trayectoria. Una prueba evidente fue lograr alcanzar el número uno en las listas británicas con su canción “She”.

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Charles Aznavour – “She”

Por esta vez me voy a dejar llevar por el tan manido y loco tópico de “no están todos los que son, pero sí son todos los que están”. Sería imposible para un servidor el reflejar aquí a todos los componentes de la chanson, aunque he intentado dejar constancia de los que, al menos, a unos más que a otros, nos pueden haber sonado en algún momento de nuestra vida. Y si no, esta puede ser una buena ocasión para permitir que nos empiecen a sonar, ¿no?

…Cuando, al azar, algún día
me voy dar un paseo
a mi antigua dirección,
no reconozco
ni las paredes, ni las calles,
que vieron mi juventud…
…La bohemia, la bohemia,
éramos jóvenes, éramos locos…
…La bohemia, la bohemia,
y vivíamos del aire del tiempo.

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Charles Aznavour – “La Bohème”