LA SÉPTIMA VEZ QUE NOS CITAMOS EN SEVILLA
La Cita en Sevilla de 1.990 nació marcada por el mal rollo cuando la verdad es que desde el principio lo tenía todo a favor. Se contaba con un presupuesto de 143 millones de pesetas, de los que la División Cultural de la Expo ’92 iba a aportar 25. Y con las contrapartidas que implicaba esa aportación llegaron las discordias.
La Sociedad Estatal de la Expo ponía a disposición del Ayuntamiento 25 millones para esta Cita y 30 para la próxima, 13 millones más para el programa de Música Antigua de estos dos años, y otros 50 para la Bienal de Flamenco. Y en contrapartida, el Ayuntamiento cedía durante la celebración de la Expo a la Sociedad Estatal de forma gratuita todos los espacios escénicos municipales: el teatro Lope de Vega, el Teatro Alameda, el Auditorio del Prado, el Casino de la Exposición…
Sin embargo la oposición municipal consideró este trato como un “nuevo intento de avasallamiento de la ciudad por parte de la Expo”, y se negó en redondo a firmarlo. En realidad el problema de fondo era que durante 1.991, antes de la celebración de la Expo, habría nuevas elecciones municipales, y como los socialistas estaban ya tan quemados, prácticamente nadie confiaba en que volviesen a tener mayoría y nadie quería que se llevasen ellos los beneficios de estos dos años, y le dejasen la cultura hipotecada en el ’92 cuando el alcalde fuese de otro de los partidos. Jaime Bretón, concejal del grupo popular lo dejó bastante claro al decir que el alcalde Manuel Del Valle sabía que iba a perder esas próximas elecciones y que estaba buscándose un carguito como Consejero Delegado de la Expo, mientras el presidente de ésta, Jacinto Pellón, aspiraba a subir peldaños en la política sevillana: “Si Pellón quiere ser el alcalde de Sevilla, que se presente a las elecciones y las gane”.
A los populares se unieron los andalucistas, porque Rojas Marco aspiraba (cosa que conseguiría) también a la alcaldía, y los de Izquierda Unida, porque, aunque les daba igual todo aquello, se acogieron al viejo aforismo de que “al enemigo, ni agua”.

Por lo tanto el contrato inicial fue rechazado sin ser aprobado y durante varias semanas todos se enzarzaron en guerras particulares, bastante sangrientas algunas veces, hasta que se pusieron de acuerdo en la redacción de uno nuevo que tenía consenso general. Cuando este nuevo acuerdo vio la luz, la prensa nos lo presentó como un triunfo de la oposición, que había obligado al Ayuntamiento a aceptar todas sus modificaciones y enmiendas, y habían logrado un nuevo texto más equilibrado. Los partidos de la oposición brindaban sonrientes, y uno se temía lo peor…
Pero te ponías a leer el nuevo acuerdo… y en realidad la modificación más “importante” que se veía es que donde antes decía “el Ayuntamiento cede el uso de sus espacios escénicos a la Expo”, ahora dice “el Ayuntamiento da prioridad en el uso de sus espacios escénicos a la Expo”. ¿Y para esto tantas hostias y tanta mala sangre? Porque la participación económica de la Expo seguía siendo la misma, y prácticamente todo quedaba igual salvo algún matiz pamplinoso como que en la publicidad, en lugar de poner “Expo ’92-Ayuntamiento”, pondría “Ayuntamiento-Expo ‘92”…
Así que para el presupuesto de la Cita en Sevilla se podía seguir contando con los 25 millones de la Expo. El Ayuntamiento ponía 43, con lo que incrementaba sensiblemente su participación con respecto a años anteriores, y los otros 75 millones restantes salían de las arcas de la Junta de Andalucía y de la Universidad, y de los bolsillos de promotores privados y empresas colaboradoras que asumían el riesgo de participar activamente en el desarrollo de la Cita.
Y ésta comenzaría el 20 de abril porque la Expo ’92 quería que la gente se fuese acostumbrando a esa fecha ya que ésa misma iba a ser la de la inauguración de la gran muestra dos años más tarde. Y para empezar a lo grande, la Cita se iba abrir con el artista internacional de más prestigio mundial en ese momento: Phil Collins.
Y ahora volvemos un poco hacia atrás de nuevo para preguntarnos si en las encarnizadas negociaciones antes mencionadas no hubo algo oculto, ni algún mosqueo no publicado de la Sociedad Estatal de la Expo, ni algo extraño de lo que nunca tuviésemos noticia. Porque cuando el día 3 de abril fuimos todos al Casino de la Exposición para la presentación del programa de la Cita nos encontramos con que ésta iba a comenzar el día 21 de abril con la actuación de Kool & the Gang. Phil Collins y la fecha mágica se habían caído del cartel.

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Así que en la noche del sábado, día 21, aunque la banda elegida no tenía mayor interés para mí, me encaminé al Auditorio para presenciar el espectáculo de 325.000 watios más 8 cañones de luz, 25.000 watios de sonido y 16 músicos en el escenario que prometía la publicidad. Y más o menos se cumplió aquello; el problema fue que la cantidad de gente empleada en la organización y desarrollo de dicho espectáculo fue casi mayor que la cantidad de gente que pasó por taquilla. Los espectadores no llegábamos a mil ni contándonos generosamente. Aquella fue la inauguración más pobre de todas las Cita en Sevilla que se llevaban celebradas.
Y con el segundo de los conciertos previstos para el viernes siguiente, día 27 de abril, continuó la desventura; porque si en la anterior ocasión en que se anunciaron Kid Creole & the Coconuts, su concierto se tuvo que suspender por el retraso con el que la banda llegó a Sevilla, ésta vez fue la lluvia la que obligó a suspender de nuevo su actuación. Aunque en realidad casi mejor que fuese así, porque apenas se habían vendido entradas para verles. Definitivamente, Kid Creole no ha tenido suerte con Sevilla.
Hubo que esperar a que se terminase la Feria para reanudar la Cita, y por eso no hubo ninguna nueva actuación hasta el siguiente viernes, 4 de mayo. Esa noche el escenario del Auditorio lo ocupó Duncan Dhu, en un concierto organizado por la Universidad Hispalense (que esta primavera estuvo muy prolífica) para que sirviese de contrapeso a otras actuaciones de audiencias más minoritarias que también organizaría. Se sumaba así la Universidad a la programación de la Cita en el Auditorio por partida triple, ya que después vendrían los conciertos de La Guardia y Lito Vitale, y quizás debió haber programado también allí el concierto de reaparición de Gualberto después de diez años, ya que el salón de actos de Arquitectura se le quedó pequeño el día 8.
Duncan Dhu aparecían por aquí estrenando la nueva gira por España y Europa que iban a hacer ahora que se habían convertido en grupo multitudinario, que volvía de una extensa gira por los USA, adonde habían llegado de la mano de la inclusión de su canción “Herida de miel” en la banda sonora de “Dick Tracy“, interpretada con Ofra Haza. El concierto lo abrieron de forma contundente, con las canciones más guitarreras de su último disco, “Autobiografía”, que fue la base del repertorio. Y eso fue lo peor también, porque sus treinta canciones eran tan irregulares que por fuerza el concierto tenía que terminar siendo también así, a pesar de que al menos incluyeron diez de sus éxitos anteriores. A mí me parecieron tan empalagosos como siempre, cosa que al sector femenino de la audiencia no parecía importarle, y solo se arriesgaron un poco con algunos ritmos jazzísticos que salían, sobre todo, del teclado de Luis Lozano, sin duda ninguna el mejor instrumentista de los 14 que había sobre el escenario.
Todos sabemos que cuando un concierto es gratis va mucha más gente que cuando hay que pagar; pues bien, Duncan Dhu son la demostración palpable en esta ciudad: apenas un par de años después actuaron gratis en la Expo y abarrotaron la plaza Sony y los alrededores, congregando a 120.000 espectadores, en el que pasa por ser el concierto de mayor afluencia de público de la historia del rock español. Y sin embargo esta noche fueron escasos lo espectadores que asistieron pagando las mil pesetas de la entrada.

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Después de los desastrosos taquillajes obtenidos hasta ahora, el grupo popular volvió a la carga, acusando al Ayuntamiento de irresponsabilidad a la hora de hacer una programación abocada al fracaso y que estaba generando unas pérdidas que iban a tener que sufragar con el dinero del contribuyente. Y que hubiese sido mejor que en lugar de programar dieciseis conciertos durante un mes y medio, el dinero se hubiese empleado en solo tres conciertos de gran nivel internacional, como han hecho en otras ciudades, que van a contar con las actuaciones de Phil Collins, los Rolling Stones y Elton John.
Aquí sin embargo nos teníamos que conformar con No me pises que llevo chanclas, que el jueves, día 10 de mayo, venían a hacer la presentación oficial de su segundo LP, el “Buenos días, te lo juro”. Y ya véis, con ellos se produjo la primera buena entrada de la Cita de este año, que hasta ahora estaba pasando con muchísima más pena que gloria.
Yo no estuve allí esa noche, porque era mi cumpleaños y no me apetecía celebrarlo con Pepe Begines y su banda de agropó; pero la gente que acudió se lo pasó en grande con ellos, berreando con el grupo todas sus canciones, que se sabían al pie de la letra… al menos las del primer disco. Y eso que al principio del concierto comenzó a caer una fina llovizna, pero duró poco y no enturbió para nada las ganas de pasárselo bien de todos.
Cuando sí acudí fue tres días después, el sábado, día 12, porque había una cita ineludible; venía uno de los más grandes de todos los tiempos: Jerry Lee Lewis.
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Pero antes de que subiese al escenario el maestro teníamos además a unos teloneros interesantes, Los Picapiedras, que hacían también la presentación oficial de su segundo disco, “Corta el rollo, periquito”.
Vinieron ya con su nuevo batería, el Dustis, después de que Carlos se quedase en el camino durante la grabación del disco, y en general todos los del grupo andaban ya un poco quemados con el trato de la discográfica y la marcha de la banda, así que se puede decir que este concierto marcó también el final de su carrera. Pedro Picapiedra se marchó a Granada tras sacar las oposiciones de Canal Sur, y después anduvo por ahí, vinculado a la música a salto de mata, hasta ahora, currando en Alemania.
Como Pedro nunca ha sido músico que tire de repertorio antiguo y siempre le ha gustado recrear en el escenario sus últimas composiciones, el concierto de esta noche se basó casi en su totalidad en ese segundo disco; pero no fue una noche para recordar especialmente. Sobre todo porque la actuación estelar que siguió tampoco fue nada memorable.

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Jerry Lee Lewis había reunido a gente de todo pelaje; allí estábamos los rockeros “de toda la vida”, junto a las nuevas generaciones que le habían conocido a través de la recientemente estrenada película sobre su vida, que volvió a convertirlo en un icono. Todos juntos aclamábamos y bailábamos con la estrella a pesar de que la veintena larga de canciones añejas y sabrosas que nos dejó las fue soltando a un ritmo constante pero relajadito, que solo fue vibrante en contadas ocasiones como en la recuperación de grandes clásicos como “Shake, rattle and rock” o “Great balls of fire”, que era la más conocida por todos, ya que le había dado título a la película sobre él, y sonaba en las radios a todas horas.
Lo cierto es que Jerry Lee ya no estaba para muchos trotes porque la edad y la mala vida iban haciendo estragos; pero eso sí, aunque el killer se vista de chorreras y zapatos de charol, killer se queda… e intentó montarse su show habitual ya hacia el final para que no nos fuésemos de allí sin decir que no habíamos visto al Jerry Lee clásico. La banqueta del piano salió volando de una patada, y después se acercó a él para subir encima la pierna y aporrearlo con el pie… pero las fuerzas ya no son las que eran, y como el pie no le llegaba, lo único que pudo poner sobre las teclas fue su viejo culo… un par de años después, sin embargo, en Coruña, sí que reunió fuerzas suficientes para darle una patada en el culo a uno de los roadies que le ayudaban, provocando un abucheo tan generalizado del público que tuvo que abandonar el escenario no mucho después de haber comenzado su actuación.

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Aquí no tuvimos ningún espectáculo como ése, aunque estoy seguro de que si llega a alcanzar a algún “pipa” desafortunado la gente lo hubiese celebrado igual que cuando realizaba sus habituales numeritos de aporrear el piano. Y es que bastaba que el mito posase un solo dedo sobre el teclado para poner a todo el Auditorio a bailar. Aunque a veces (demasiadas) fallase la coordinación con su banda, un grupo de músicos mercenarios ingleses reclutados a la manera de Chuck Berry, con los que Jerry Lee apenas cruzó palabra alguna siquiera porque llegó, guiado por una chica, poco antes de comenzar su actuación, y se marchó nada más terminar sin tener ningún roce con nadie más. Si cerramos los ojos mitómanos y abrimos los iconoclastas, debemos reconocer que el de esa noche fue un concierto más patético que divertido.
Pero la siguiente fue la gran noche de la Cita de este año. El miércoles 16 de mayo reinaron las guitarras en el Auditorio, que estuvo prácticamente lleno de espectadores con ganas de asistir por fin a un buen concierto, y que se pasaron todo el rato bailando, tan apasionados como agradecidos por el blues eléctrico, el rhythm & blues y el rock que nos brindó Johnny Winter.
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La sesión la abrió Robben Ford, un músico de sesión que toca el blues como pocos músicos más pueden hacerlo. Por eso no era de extrañar que hubiese trabajado con músicos de jazz, blues y rock, que van desde Miles Davis a Little Feat. Esta noche fuimos testigos presenciales de su técnica, depuradísima y elegante, que le permitió moverse por terrenos mucho más eclécticos que aquellos en los que Johnny se movería después. Sus dedos desgranaron notas de blues sosegado, de aires jazzísticos, e incluso a veces Robben parecía transfigurarse en el propio Ry Cooder para darnos un paseo por la frontera. Una sorpresa inesperada para los que no le conocíamos demasiado, a pesar de haberle escuchado tocar en innumerables discos.
Tras él subió al escenario ése al que todos conocían como el mejor guitarrista blanco de blues. Una leyenda viva que aún hacía ondear la gran melena albina que todos tenemos tan firmemente asociada a su imagen. Su guitarra Lazer sin clavijas, demasiado moderna para el sonido que sacaba de ella, estaba acompañada por el bajo de Jeffrey Ganz y la batería de Tom Compton, y entre los tres hicieron una exposición de puro sonido negro interpretado con personalidad propia, con la impronta de Johnny Winter marcada a fuego.
A pesar de que en sus últimos discos se había estado rehabilitando como figura del blues americano moderno, en su concierto se decantó por un espeso repertorio de blues-rock… “Sunshine of your love”, “Gimme shelter”… mucho más cercano a lo que hacía en los años ’70 que a lo que estaba haciendo una década y pico después. Y todos se lo agradecimos, porque, en realidad, eso era lo que íbamos buscando… aunque a veces es cierto también que la similitud entre muchos de sus desarrollos instrumentales hacía que la actuación fuese algo monótona. Pero para curarte de esas malas sensaciones siempre aparecía por tu lado algún clásico de la escena musical sevillana, como el malogrado Juan Azagra, para gritarte: “tíooo… me estoy corriendo de gustoooo!”.
El tiempo se detuvo cuando comenzó a sonar el inconfundible riff de “Johnny B. Good”, que demostró que, a pesar de haber pasado ya cuarenta y seis años, el diabólico veneno que Johnny llevaba en su sangre no había perdido ni un ápice de su poder de contagio. Cuando terminó de despachar, sin delicadeza alguna, el “Jumpin’ Jack Flash”, y un algo más sosegado “Hey Joe”, ninguno de los presentes queríamos irnos aún a nuestra casa.

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Johnny Winter – “Johnny B. Goode” (…o mejor “Johnny W. Goode”)
Dos días después, el viernes 18, la gente se retrajo de nuevo a la hora de acudir al Auditorio, y solamente hubo una corta media entrada para el concierto que patrocinaba Coca-Cola con su nuevo grupo para la imagen de marca, los Gabinete Caligari.
A las doce en punto de la noche salió la banda, entre los acordes por megafonía del “Je t’aime”, que se fundió con el “Tomando el airecico”, ya con los Gabinete en vivo. Las canciones de su nuevo disco, “Privado” no les llegaban ni a hacer sombra a las de “Camino Soria”, que eran las que la gente más conocía y cantaba con la banda. Y la verdad es que era solo en estos momentos en los que se lograba escuchar algo, porque no recuerdo ningún otro concierto con un cantante de tan escasísima voz como la de Jaime Urrutia esta noche. Fieles a su estilo, los Gabinete dieron un concierto que gustó a sus incondicionales, y a los que estábamos en un término medio no nos molestó como fondo para nuestras cervecitas.
Antes que ellos, el escenario lo ocuparon los Avíate, una banda de Gibraleón, que calentó el ambiente y poco más.

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El sábado 19 de mayo no estuve yo en el Auditorio porque la copla es un género que no me atrae apenas, pero los aficionados más viejos del lugar dicen que no recuerdan una apoteosis semejante a la que generó esta noche Marifé de Triana. Su triunfo fue un hito memorable para un público cautivado, fanatizado, traumatizado por la voz profunda y trágica de esta mujer. Al contrario que ocurriese en años anteriores, cuando fallaba el público de la copla con otras de sus grandes estrellas, seguramente ésta sí que fue (con permiso de Johnny) la noche más grande de la Cita de este año.
Al siguiente concierto tampoco asistí. Fue el que protagonizaron los granadinos de La Guardia el miércoles, día 23, en la segunda noche en que la Universidad ejercía sus funciones de empresarios de la Cita en Sevilla. Pero algo más allá de su canción “Mil calles llevan hacia ti”, el pseudo country-rock en el que este grupo se movía era tan pegadizo y comercialote como para que podamos aplicarle el calificativo de superficial. Nada que me moviese demasiado a ir a verlos.
Como tampoco iba acudir a ver a los que actuaban la noche siguiente, los Héroes del Silencio, cuya actuación se aplazó inicialmente para la siguiente semana, y después se suspendió del todo, arrastrando también la actuación de El Norte, la banda que tenía que abrir la noche que tocasen los zaragozanos. De las causas de la suspensión, la verdad es que ni me acuerdo ni he encontrado ningún sitio donde la aclarasen. Pero no creáis tampoco que nos libramos tan fácilmente de ellos, porque en la Cita del año siguiente volvieron a estar en el cartel.
Y así avanzamos un día más y llegamos al viernes 25 de mayo. Esa noche había flamenco, y ganas de quitarse la espinita que nos dejó clavada Camarón el año anterior. Pero como antes que él saldría al escenario Diego Carrasco, nos daba tiempo de asistir a otro acontecimiento musical singular e inigualable que había en el Lope de Vega un poco antes.
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La Universidad estaba programando uno de sus ciclos, el que dedicaba a los “Encuentros Internacionales de Música de Cine”, y esta noche venía John Zorn a recrear, triturar, emborronar, embellecer, la música que Alex North crease para películas maravillosas como “Un tranvía llamado deseo” (su melodía nunca sonó más tensa), “Espartaco” (genial su tema de amor), “Cleopatra” (qué íntimo exotismo!), “¿Quién teme a Virginia Woolf?”, “Dublineses”, “El largo y cálido verano” (nunca tan sudoroso como en este blues), “Vidas rebeldes”… y no sería éste un concierto cualquiera, sino el estreno mundial de dicho espectáculo. Para el que John Zorn había ensamblado con precisión de relojero a un fantástico grupo compuesto por… pásmate… Wayne Horvitz, Anthony Coleman y David Weinstein, en los teclados; Marc Ribot en la guitarra; Mark Dresser en el contrabajo; Bobby Previte y Ciro Baptista en las percusiones; la arpista Carol Emanuel; la violinista Jill Jaffee; y los metales de Marty Ehrlich, que le daba el contrapunto al saxo de John Zorn, Vicki Bodner y Tom Varner.
Al salir de allí, Antonio Murga y yo solo tuvimos que dar un pequeño paseo hasta el Auditorio; pero llenos aún de un éxtasis que hacía que los bailes y el colegueo gitano que Diego Carrasco se traía ya casi al final de su actuación nos pareciese un sinsentido. Dando unas vueltas para respirar el ambiente y poder coger tono para el Camarón nos dimos cuenta que algunos de los músicos que acabábamos de escuchar en el Lope de Vega también habían tenido nuestra misma idea, así que nos aproximamos a ellos y logramos entablar conversación con Carol, la chica del violín, antes de que los demás se fuesen desbandando, cada uno a su aire.
Cuando Camarón llevaba ya un rato en el escenario apareció junto a nosotros el mismísimo John Zorn, que a nuestras preguntas sobre qué le parecía esto del flamenco no paraba de balbucear, babeando y con los ojos como platos, “unbelievable… unbelievable… unbelievable…”. Y la verdad es que tampoco era para tanto; ya me hubiese gustado a mí haberlo visto en una actuación de Camarón realmente buena, porque la de esta noche tampoco fue mucho más allá de la mediocridad del año pasado.
Apenas tres meses antes ya tuvo una actuación más que discreta aquí en Sevilla, y esta noche repetía programa y textos flamencos, con lo que hacía aún más visible su declive. Ya no era el cantaor poderoso que todos conocimos, sino un hombre empequeñecido y quemado al que solamente el morbo o el desconocimiento de los guiris como Zorn impelía a prestar atención. Y no solo eso, sino que excepto con algunas excepciones honrosas, como cuando le daba a sus queridos tangos de toda la vida, en los demás palos parecía perder el compás y la cuadratura… cantiñas, soleás, bulerías, tientos, en los que la banda se perdía con él y solo salvaban el paso por tratarse de músicos tan contrastados como Raimundo Amador, el Manglis, Tino di Geraldo, Moraíto chico… Camarón ya no era un cantaor, sino un fenómeno sociológico. Menos mal que aún le quedaba una nueva Cita al año siguiente para poder despedirse de Sevilla con algo parecido a un triunfo.

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Tras el fin de semana, la Cita se reanudaba el lunes, día 28, con la noche dedicada a Los 40 Principales. Y aunque la banda que traían no era mala, porque se trataba de La Frontera, el haber adelantado la fecha de celebración (¡cabrones!) en cuatro días hizo que el concierto coincidiese de lleno con el que nosotros, los esforzados chicos de Producciones Informales, organizábamos en el Roll Dancing con Died Pretty y Cancer Moon. Así que os podéis imaginar que esa noche no aparecí para nada por el Auditorio del Prado.
Y los que optaron por acudir a la Cita se perdieron uno de los mejores conciertos que se han celebrado en las salas sevillanas. Y no es porque lo diga yo, podéis preguntarle a cualquiera que conozcáis de los que andan por aquí… para mí, éste fue el mejor de todos los conciertos que organizamos, y del que más contento salieron tanto los espectadores (que fueron muchos) como los músicos.
A Cancer Moon les traje dos veces a tocar a Sevilla. Y a través de ellos comprendí lo arrastrada que debía ser a veces la vida de los grupos españoles que comenzaban a hacer giras por el país y quedaban en manos de los habituales organizadores de conciertos.
Eran cosas nimias, cosas que yo daba como sobreentendidas… y por eso me extrañaba como los miembros del grupo se sorprendían por algo tan básico como tener preparadas toallas para ellos después de su actuación… “Hostia, tíooo! Toallas nuevas…!!!”, alucinaba Josetxo secándose el sudor… mientras, la peña entusiasmada por su concierto les pedía que saliesen de nuevo. Me miraban… y yo no entendía por qué. Hasta que de nuevo Josetxo me preguntó… “podemos salir…? nos apetece, está siendo un concierto grande…”. Y ahora el sorprendido era yo. Yo suponía que el grupo salia si quería, pero parecía ser que la norma es que no… que las estrellas se mosqueaban si le robaban protagonismo los teloneros. Le dije que sí, claro que sí. Y él… “y los Died Pretty no van a decir nada…?”. “Que digan misa si quieren, niño… además ahora están comiendo y no se enteran de ná. Vosotros salid y tocad hasta que os canséis…” Y allá que salieron de nuevo al escenario más contentos que unas pascuas. Y la gente que los veía, y yo, más aún… figúrate tú…
Así que cuando los volví a llamar para preguntarles si querían venir a tocar en un concierto-fiesta para la emisora de radio en que yo estaba, con los Lagartija Nick y los Cerebros Exprimidos, dijeron que sí sin preguntar siquiera cuánto les íbamos a pagar…
Y si después de verles a ellos pensábamos que la noche no podía ir a más, estábamos equivocados; Died Pretty nos sorprendieron con una intensidad instrumental digna de la Velvet Underground, salida de la guitarra de Brett Myers y el teclado de John Hoey (nunca se me borrará su sonrisa de sorpresa y felicidad al ver botando en primera fila junto a los demás al promotor local de su concierto) y la fuerza vocal de Ron Peno (el cantante más feo de la historia, joé) que se dejaba llevar y nos arrastraba a los años 70, a Jim Morrison, a Michael Stipe… una banda absolutamente vibrante, sin perder ni un poquito del sentido de la melodía. Geniales en directo.
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Died Pretty – “Blue sky day” (En directo en el “Roll Dancing”)
Pero volvamos a la Cita en Sevilla, porque la noche siguiente también había concierto, el tercero de los que organizaba la Universidad. El invitado de esta noche era Lito Vitale, un músico argentino, pianista, encuadrado últimamente en la New Age, que inicialmente tendría que haber actuado la noche siguiente en el Teatro Lope de Vega, un escenario que se adapta mucho mejor a su música, pero que al estar ocupado por José Luis Gómez y su representación de “Azaña”, rebotó a este espacio abierto del Auditorio. Me perdonaréis que no reseñe más de este concierto, pero lo cierto es que preferí quedarme en casa descansando de la intensísima noche anterior.

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Loquillo y los Trogloditas – “Mis problemas con las mujeres”
Volví al Auditorio dos días después, el jueves 31 de mayo, para ver la actuación de Loquillo y los Trogloditas. Había mucha gente para ver a José María y su banda, totalmente entregados todos de antemano; y en momentos así es como Loquillo se crece; esta noche estuvo más estrella, más chulo y hasta más alto que nunca, ofreciendo un muy buen concierto de rock and roll, en el que también brillaron los Trogloditas, una de las mejores formaciones de rock que había entonces en España… que pena que ya no estuviese Sabino en ella. Una lástima también que Loquillo, con los años, no haya seguido siendo el revulsivo para el rock nacional que solía ser, y se haya tirado de lleno a esa ola de conservadurismo formal que, para qué vamos a engañarnos, siempre dejó también entrever.
Y hasta el miércoles siguiente, día 6 de junio, en el penúltimo de los conciertos del programa de este año, no hizo acto de presencia Silvio, que seguía sin fallar en ninguna de sus ediciones.
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Pero antes que él hubo otros invitados. La noche se abrió con la Sevilla Big Band, una banda dirigida por Pepe “El Saxo”, que aglutinaba a músicos de la banda municipal, profesores del conservatorio, y rockeros sevillanos de amplia trayectoria; dieciséis músicos en total, que tocaban cinco saxos, cuatro trompetas, tres trombones, tuba, guitarra, bajo y batería, entre los que destacaban, además de Pepe, Ángel de Jesús con la trompeta, Manolo Rosa en el bajo y Manuel Marinelli en la batería. Su repertorio se nutría de piezas de Glenn Miller, Duke Ellington… ya os podéis hacer una idea.
Emilia Pinzón Group era la banda siguiente. Se suponía que éste debía ser el concierto de presentación del disco que Emilia tenía que haber grabado en Discos Senador como premio por haber sido la ganadora del Festival de la Canción Femenina; pero la maqueta previa que presentó no cuajó y el disco no llegó a grabarse, con lo que se jodió la presentación de esta noche. Y en realidad no sé siquiera si llegó a existir ese Group de acompañamiento de Emi, que debía estar compuesto por el Pájaro a la guitarra, Ale al bajo, y algunos miembros más, pero esta noche el concierto lo hizo Emilia Pinzón (espectacular sobre la moto) acompañada de algunos de lo músicos de Silvio, cantando el repertorio habitual que le conocíamos, en el que siempre brillaba su versión de “My way”.
Y el posterior concierto de Silvio y Sacramento tampoco fue para recordar. Presentaban su nuevo disco, “En misa y repicando”, que aún no había salido siquiera, y del que Silvio prácticamente no atinaba con ninguna de sus letras. Estaba ya en condiciones bastante malas y esto era el principio del fin de la banda, e incluso de “La Factoría” que lo sustentaba todo. Pive Amador se estaba pasando ya de lleno a la televisión (era el tiempo de “Fanzine”, “Duduá”, en el que también colaboraba yo…) y los músicos de la banda estaban cada uno con sus proyectos paralelos… el disco de Los Flotadore, el grupo del Pájaro y Miguel Ángel Iglesias, salió casi a la vez que el de Silvio… todo iba quedando ya en recuerdos… ¿volvería Silvio también a la Cita del año próximo?

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Y al día siguiente se acabó todo por este año; el jueves 7 era Canal Sur quien patrocinaba el concierto, y se trajo a dos bandas que estaban en plena campaña de promoción de sus últimos discos: Los Rebeldes, con “En cuerpo y alma” y los Presuntos Implicados, con “Alma de blues”. Pero tampoco esa noche anduve por allí.
Se cerraba una edición en la que, con algunos conciertos que reunieron a bastante público, no se llegó a llenar el Auditorio ni una sola noche, y eso que su aforo tampoco era nada espectacular. Los miembros del grupo popular del Ayuntamiento volvieron a incidir en el fracaso de la Cita y esta vez fueron incluso más allá, con unas declaraciones kafkianas del concejal Jaime Bretón que consideraba que la Cita de este año había sido tan floja porque el Ayuntamiento lo había hecho así deliberadamente, para el año próximo programar algún bombazo que la hiciese subir de calidad y así usarla de forma partidista para ayudarle a ganar las elecciones que se habían convocado durante la celebración de la misma… !!!
Y al margen del relativo éxito o fracaso artístico, en lo que no hay duda es en que económicamente sí que fue un palo para el Ayuntamiento, porque la Cita generó un déficit de 58 millones de pesetas. En su conjunto, organizarla costó más de 145 millones y medio, de los que solamente se recuperaron 41 a través de los distintos taquillajes… una cifra para echarse a llorar.
Este certamen anual cada vez interesaba menos a la gente, y ya solo quedaba darle la puntilla… pero eso ya será una historia que tendrá lugar a partir de “la octava y última vez que nos citamos en Sevilla”.








Pero volviendo al dinero, si sumamos, nos salen solo 60 millones. ¿Y los otros diez…? Pues esos los pondría un patrocinador nuevo que desde este año salía a la luz y del que ya no íbamos a dejar de tener noticias hasta en la sopa. La mayoría de ellas para bien. Y este nuevo mecenas no era otro que la Expo ’92, y estaba dispuesto a hacer un regalito de 10 millones de pesetas para la causa.









Además de poder cantar de nuevo ante tanta gente, las chicas tuvieron la oportunidad también de grabar un disco, patrocinado por el Área de Cultura del Ayuntamiento, y editado por Cambayá Records, en el que cada una de ellas aportó una canción (que es la que ilustra este texto), acompañada por la flor y nata de los músicos sevillanos, Juanjo y el Pájaro en las guitarras, Antoñito Smash en la batería (excepto en “I’ll go crazy”, que las baquetas las tomó el Pive), Miguelito Suarez al bajo, los saxos de los hermanos Aquiles y Gautama del Campo, las trompetas de Guillermo Fernández, el piano de Jesús Arispont… en realidad no todas ellas cantaron la misma canción en el Festival que en el disco, Lourdes cantó en directo “I’m a man”, pero había grabado el “I’ll go crazy” de James Brown con el que ganó la edición del año anterior.










El fonógrafo Diamond Disc no era una “máquina parlante” cualquiera, un término, además, que a Edison le parecía un insulto a lo que él consideraba nada menos que como un instrumento musical. Él y su equipo de investigación cuidadosamente seleccionado habían pasado años desarrollándolo, realizando cientos de pruebas y haciendo incontables ajustes para conseguir una máquina que sonase de forma perfecta. Incluso habían inventado ellos mismos un nuevo tipo de resina para los discos.
Fuller invitó a pasar a Christine Miller al escenario y puso en el fonógrafo un disco de ella cantando “O rest in the Lord”, un aria del “Elijah” de Mendelssohn. El disco comenzó a dar vueltas y Christine lo dejó sonar unos momentos. Luego comenzó a cantar a la vez que él… y después se paró. Hubo exclamaciones de sorpresa entre la audiencia. Era extraño lo cercanamente que la voz grabada de Christine reflejaba los sonidos que salían de ella misma en el escenario. El disco continuaba sonando con Christine parándolo y volviéndolo a poner en marcha, como un DJ. La audiencia aplaudía cada vez que ella dejaba de mover sus labios y hacía que el disco cantase por ella. Después hizo lo mismo con otra grabación de ella misma cantando el “Abide with me” de Liddle.












Puede ser discutible que precisamente las tres chicas que actuaron en los últimos lugares fueron a la postre las que ganaron los tres primeros premios, pero después de todo las reglas de un buen espectáculo dejan claro que la traca siempre va al final, y no cabía la menor duda de que en aquella ocasión resultaron ser las que más juego dieron. Y también, aunque en distintos niveles, las tres siguen aún en activo.
Y la gran triunfadora fue Lourdes Rodriguez Carvajal (aunque el Rodriguez desapareció enseguida de su nombre artístico), una chica que por aquel entonces prácticamente debutaba con el micro, aunque siempre se había movido por la llamada “Escuela Sevillana”. Esa noche se puso a James Brown por montera, y cantando en un lindo dialecto vikingo no muy distinto al que Silvio solía emplear en sus actuaciones, se llevó al jurado de calle.













Otra participante ilustre de aquella edición era una chica de la Rock School de los hermanos Genil, que venía al frente de un grupo de cinco adolescentes de San Jerónimo que se llamaban BB-57. A pesar de que como os he dicho eran del entorno heavy de Storm, y de que incluso habían colaborado con sus epígonos de Cadena Perpetua, en el festival acabaron haciendo duduá de los Tennessee (sí, esos que tenían un cantante en silla de ruedas), interpretando “Prueba con mi amor”. Esta chica que os digo era Eva Rubio, pero todos vosotros la recordaréis mucho mejor con el nombre de “Marfario”, que era como se llamaba la brujita a la que encarnaba en la primera época del programa infantil de “La Banda del Sur” que tanto éxito tuvo entre los niños que lo veían en Canal Sur. Después se dedicó al teatro y fue, por ejemplo, la Yerma del “Yerma Máter” de Salvador Távora.






Sí, la Cita en Sevilla de este año comenzó con muy mal pie, y no solo en lo que respecta a las expectativas, sino también porque el grupo popular del Ayuntamiento se volvió a cebar con la organización. Esta vez sus puntos de queja eran tres principalmente. El primero, la suscripción de un contrato de organización con la promotora Bética de Ideas, para que ellos gestionasen toda la Cita a cambio de unos estipendios mínimos que había que pagarles. Y la verdad es que esta vez, y sin que sirva de precedente, los populares tenían razón, porque la Bética no gestionó de la forma más profesional posible, y para lo que hizo ya se podían haber bastado los miembros de la Consejería de Cultura, a los que además ya les pagaban para eso. Otra de las acusaciones era que hubo un recorte presupuestario debido a que el Partido Socialista había gastado más de la cuenta en la campaña electoral para volver a quedarse con el gobierno de la ciudad, y ese dinero de menos empleado en la Cita iba a implicar un gran descenso en la calidad. Aquí la razón creo que habría que repartirla a partes iguales, ya que aunque ésta fue la Cita en la que más dinero gastó el Ayuntamiento, es cierto que contó con ayudas, y es cierto también que, aunque el recorte no fuese tan grave como decían los populares, sí que los problemas de solvencia fueron los principales culpables de que se cayesen del cartel los nombres anteriormente citados. Y la tercera de las quejas, totalmente infundada en vista de lo ocurrido el año anterior era que estaban “en contra de su dedicación exclusiva al público joven. Entendemos que la cultura es patrimonio de todos y es anticonstitucional no entender que, al igual que todos los ciudadanos tienen obligación de pagar sus impuestos, también tienen derecho a recibir a cambio prestaciones”. Demagógico, ¿no?.











Tras dejar atrás tanto horror saliendo de bellas boquitas, entre las demás que pasaron a la final del día de la Cita estaba Eva Luengo, hermana de la Cristina Luengo que participó en la edición anterior, y que traía bajo el brazo una canción compuesta especialmente para ella por su amigo Dogo, “Disparo de amor”. Con el transcurrir de los años, esta chica, rebautizada como Evita Dinamita presentaría un programa infantil de Canal Sur y después marcharía a Madrid, donde siguió luciendo sus (muchos) encantos y sus gloriosos piños en el programa matinal de Pepe Navarro en Antena 3, donde preguntaba cada día a algún concursante pillado en su casa desprevenido aquello de “¿Tiene usted pelos en la lengua?”. E incluso llegó a ocupar toda una página en “El País Semanal” como futurible chica Almodóvar, además de otros hechos interesantes en su curriculum, que conocen ya algunos de nuestros discretos lectores habituales.







Y por eso el cartel de la Cita en Sevilla de 1.985 fue un batiburrillo tremendo en el que todo tenía cabida, desde las sevillanas a la copla, pasando por el humor, los cantantes babosos y la verbena popular. Y si las expectativas que levantó su presentación no fueron del todo malas, a medida que se iba desarrollando el evento los ánimos decayeron mucho debido a las bajas de última hora.

Y así llegamos a un nuevo fin de semana, en el que ocurrió algo muy divertido. Estaban programadas dos noches dedicadas a la copla, el viernes un concierto de “voces nuevas de la canción andaluza”; y el sábado, las consagradas, con la actuación de Lolita Sevilla y las dos grandes divas de la canción, Juanita Reina y Marifé de Triana. El problema es que éstas dos últimas se pasaron las semanas previas porfiando sobre quién era la mejor, y la que merecía ser cabecera de cartel; sin ponerse de acuerdo en absoluto, claro está. Así que al final la organización optó por una solución salomónica, reestructuró los dos conciertos, de forma que en cada uno de ellos cantasen algunas de las voces nuevas, y Juana y Marifé cerrasen una noche cada una en plan estrellona.

No sé si muchos de vosotros recordaréis aquellos festivales de la canción femenina que se estuvieron celebrando en la Cita durante varios años. Pues el primero de ellos tuvo lugar este 1.985, aunque en realidad no se celebró en la Cita en Sevilla, sino algunas semanas antes, concretamente el 20 de abril, el sábado anterior al inicio de la feria, en el Roll Dancing. Pero después, ya en la programación de la Cita tuvo una repetición, fuera de concurso, simplemente como una muestra de las cantantes, y como forma de que éstas pudiesen lucirse en un gran escenario y ante el numeroso público que acudió la noche del 26 de junio a ver a las estrellas del cartel: Silvio y Kiko Veneno.
A Maite seguro que la recordáis todos, porque desde aquel año, en que era una incipiente actriz (a la que se ve que sí habían enseñado a respirar mientras cantaba), pasó con el tiempo a ser una famosa presentadora de Canal Sur, donde la vimos, por ejemplo, en aquel “Tal como somos” que la cadena dedicaba a los pueblos andaluces, desde que se inauguró en 1.989, hasta 1.993. Después sustituyó a María del Monte en la programación matinal en los meses de verano… si no la recuerdas, mira la foto.




Las entradas se habían agotado algunos días antes del concierto. Y para que entrasen los miles de personas que teníamos entrada a algún lumbrera de la organización se le ocurrió abrir la puerta (una sola) a las nueve y media de la noche… cuando el concierto era a las diez. Y aunque se retrasó un poco, para cuando Victor Manuel dio comienzo al espectáculo cantando “Déjame en paz”, en la puerta todavía quedaba muchísima gente queriendo entrar. Y las canciones seguían, y la gente seguía estando fuera, por lo que terminaron por perder la paciencia y enfadarse, formando tal alboroto que al final la organización dejó las puertas abiertas para que entrasen libremente… tanto los que tenían su entrada como los que aprovecharon la ocasión para pasar también de forma gratuita.
Cuando Manuel del Valle y Bernardo Bueno terminaron de pasear entre los stands, una vez inaugurada la exposición, comenzaron a sonar unos cencerros en la azotea del edificio de la Casa de Granada, allí, en su parte más alta, visible desde toda la Plaza de San Francisco, un tío, vestido solamente con un taparrabos y una corona de espinas, se crucificó en una cruz forrada de papel de estaño, mientras otro grupo a su alrededor encedía bengalas.


























Y todo fue debido al nacimiento de un sello discográfico, MPS, iniciales que, aunque todo el mundo del jazz pronto comenzó a extender que eran de “most perfect sound”, en realidad correspondían a Musik Produktion Schwarzwald (Producciones Musicales de la Selva Negra); y aunque totalmente tradicional en su origen, terminó por convertirse en uno de los sellos de jazz más esotéricos de Europa, editando más de 700 títulos entre 1.968 y 1.983. A lo mejor fue una cantidad excesiva, pero la calidad de su producción y sus valores musicales siempre estaban asegurados.


Ya hemos tenido a un francés; el que sigue, BORA ROKOVIC, era yugoslavo.
Uno de los pioneros de la libre improvisacion, Wolfgang era un compositor intrigante y un pianista ambicioso que combinaba el jazz, el rock, la música electrónica y elementos de la ópera y el teatro para crear unos trabajos de muy ámplio enfoque. Sus mejores obras eran muy provocativas, tanto a niveles musicales como de conceptos culturales.
Antes de la formación de MPS existía otra discográfica llamada SABA, de la que Brunner Schwer heredó su pequeño catálogo y continuó editando sus discos a través de su nuevo sello. De SABA provenía KAREL VELEBNY, un profesor de música checo especialista en vibráfono, que formó equipo con los músicos del Puppet Theatre Band de Praga para formar un grupo fantástico y original, que añadía a su música oboes y fagots.
Rimona era natural de Israel, pero desde muy pequeña vivió en Bulgaria, y había formado un grupo de jazz-rock muy respetado, que había aprendido bien el oficio haciendo continuas giras por el circuito de kibbutzs de su país de origen. Después se marchó a New York a ampliar sus horizontes, y a la vuelta se encerró en los estudios de MPS para realizar unas sesiones en las que fundía su amor por Bela Bartok con el ultramoderno free-jazz que había aprendido en los USA.
