LA TERCERA VEZ QUE NOS CITAMOS EN SEVILLA
Para Maese Rancio, que también anduvo por allí.
La tercera edición de “Cita en Sevilla” fue la más corta de las celebradas hasta ahora, y el motivo para que eso ocurriese era importantísimo: tenía que estar terminada antes de finales de mayo, y esta vez no se podía contar con el mes de junio para ningún concierto… porque en esas fechas se celebraba el Mundial de Fútbol de México ’86.
El otro aspecto importante que iba a distinguir a esta edición era que el Ayuntamiento salió escaldado de la poca participación que tuvo en la Cita anterior la gente de Sevilla, a excepción hecha de la juventud, y por eso ésta se iba a dedicar por completo a los jóvenes. Así que por el Solar de la Maestranza no pasaron tonadilleras, ni cantaores de flamenco, ni cómicos, ni grupos de sevillanas… solamente grupos de rock y pop españoles y extranjeros, junto a cantantes sobre los que ya se sabía que la apuesta era segura, y que también tenían buen predicamento entre los jóvenes; cantantes como Ana Belén y Victor Manuel, Serrat y Carlos Cano.
Durante los preparativos de la Cita, algunos de los nombres que se iban filtrando eran absolutamente ilusionantes. Se habían puesto a tiro artistas que jamás soñaríamos con que pudiesen tocar en Sevilla. Pero los tres más fantásticos de todos ellos se cayeron del cartel antes de empezar. El día de la presentación, cuando nos leyeron el programa de la Cita, casi nos echamos a llorar al descubrir que entre los nombres no estaban ni Ray Charles, ni Bruce Springsteen, ni los Cramps… pero es que tampoco estaban los Kinks!
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Sí, la Cita en Sevilla de este año comenzó con muy mal pie, y no solo en lo que respecta a las expectativas, sino también porque el grupo popular del Ayuntamiento se volvió a cebar con la organización. Esta vez sus puntos de queja eran tres principalmente. El primero, la suscripción de un contrato de organización con la promotora Bética de Ideas, para que ellos gestionasen toda la Cita a cambio de unos estipendios mínimos que había que pagarles. Y la verdad es que esta vez, y sin que sirva de precedente, los populares tenían razón, porque la Bética no gestionó de la forma más profesional posible, y para lo que hizo ya se podían haber bastado los miembros de la Consejería de Cultura, a los que además ya les pagaban para eso. Otra de las acusaciones era que hubo un recorte presupuestario debido a que el Partido Socialista había gastado más de la cuenta en la campaña electoral para volver a quedarse con el gobierno de la ciudad, y ese dinero de menos empleado en la Cita iba a implicar un gran descenso en la calidad. Aquí la razón creo que habría que repartirla a partes iguales, ya que aunque ésta fue la Cita en la que más dinero gastó el Ayuntamiento, es cierto que contó con ayudas, y es cierto también que, aunque el recorte no fuese tan grave como decían los populares, sí que los problemas de solvencia fueron los principales culpables de que se cayesen del cartel los nombres anteriormente citados. Y la tercera de las quejas, totalmente infundada en vista de lo ocurrido el año anterior era que estaban “en contra de su dedicación exclusiva al público joven. Entendemos que la cultura es patrimonio de todos y es anticonstitucional no entender que, al igual que todos los ciudadanos tienen obligación de pagar sus impuestos, también tienen derecho a recibir a cambio prestaciones”. Demagógico, ¿no?.
Asímismo, y haciendo honor a esa doble forma que tienen los populares de ver algunas cosas, a la vez de que se quejaban de cómo se derrochaba el dinero municipal, se quejaban también de que se hubiese contratado a una empresa privada que por carecer de margen para obtener beneficios, no podría traer a primeras figuras a causa de su excesivo coste, por lo que el Ayuntamiento debería invertir más dinero en traer a gente de primera fila ya que la Cita era su única actividad cultural… espera, no te rías todavía, que aún te queda por saber lo que la señora que decía esto, la concejal Dolores Menéndez, entendía por gente de primera fila:
No vendrán Pawlowski, la Orquesta Filarmónica Eslovaca, John Menville, ni tampoco los Payasos de la Tele. La ausencia de estos últimos me parece coherente porque con los que hay aquí ya tenemos bastantes.
Y esta señora se permitió llamar inútiles e ineficaces a los organizadores, tanto a los del área de cultura como a los de la empresa Bética de Ideas. Otro de los concejales populares, José Luis Montoya, parecía tener un poco más claros los conceptos sobre cualificación artística para estar presente en la Cita. Así que después de echar convenientemente en cara a la Concejalía de Cultura que pagasen un diez por ciento de presupuesto a otra empresa para que hiciese lo que estaban obligados a hacer ellos mismos, analizó la programación con tal profundidad que me voy a callar yo y voy a dejar que sepas lo que nos esperaba por boca de él:
Los Kinks, que estaban anunciados en un principio como probables, y que son de auténtica talla, no vienen ante el argumento de que son muy caros. Sí vienen, sin embargo, Rosendo, que no es nada del otro mundo; los Ilegales, que son bastante corrientitos y que aunque en tiempos tuvieron cierta altura, sobre todo cuando grabaron “Revuelta juvenil en Mongolia”, ahora se han convertido en un grupo perfectamente calificable como vulgarote. De igual modo Semen-Up es muy flojito, con un rock erótico más de verbena de pueblo que de una “Cita” de importancia. Los Elegantes son un grupito de última hora que no aporta absolutamente nada a la historia de la música por su vulgaridad. Olé Olé es un grupo que realiza una música que sirve más para escucharla tomando una copa en una discoteca que para llevar público. Séptimo Sello es también muy flojito, pues no acaba de cuajar. Hombres G es un grupo comercial que produce más pena que gloria. Peor Impossible tampoco puede ser considerado un buen conjunto. Son simpáticos, pero nada más. Por último, Chick Corea, que es bueno, trae una banda que no le permitirá repetir los conciertos que ha dado en Bilbao o Vitoria, por lo que decepcionará a sus seguidores.
Ya ves, que aunque faltando bastante al respeto a muchos de los artistas, la verdad es que algunas de sus consideraciones son para estar de acuerdo con ellas. Al final sí vinieron los Kinks, y a este flojo elenco repasado por el concejal habría que unir los nombres que se dejó fuera, por lo que imagino que no tendría nada que objetar sobre ellos: Sade, Jimmy Cliff, James Brown, El Último de la Fila, Sabina, y los Serrat, Carlos Cano y Victor y Ana mencionados anteriormente, así como nuestro intocable Silvio… que hasta ahí podía llegar la broma.

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Como el año anterior la prueba que se hizo para ver si funcionaba un concierto organizado en plena feria había sido superada con éxito, este año se decidió repetir la experiencia, y la Cita en Sevilla se abrió el miércoles de feria, día 16 de abril, con un concierto de Sade, que por entonces (al igual que ocurre ahora mismo, tantos años después, con un disco que acaba de editar, que casi ha sido récord de ventas) gozaba de gran prestigio internacional, sobre todo debido a las canciones “Smooth operator” y “The sweetest taboo”, incluídas en sus dos recientes primeros discos, y era una de las cantantes de mayor seguimiento, con unas baladas que la habían convertido en la más exótica de las princesas del pop-jazz.
Y eso se notó en la afluencia de público. Esta vez el concierto no fue gratis, como el de la Mondragón el pasado año; había que pagar 500 pesetas por la entrada, pero aún así se agotaron todas las que se pusieron a la venta. El problema fue que él éxito de público no estuvo asociado al éxito organizativo. La noche del concierto se juntaron en la puerta de entrada los 7.000 espectadores que venían con su entrada ya comprada, con unos 2.000 más que llegaron con la esperanza de comprarla allí mismo, en la taquilla. Esperanza que se vio defraudada, porque ya no se iban a vender más después de que la última se despachase sobre las ocho de la tarde.
El maremágnum de la entrada aún se vio mucho más agravado porque los organizadores solamente habilitaron una pequeña puerta para acceder al interior, por la que solo pasaban dos personas cada vez, con lo cual la espera para entrar se hizo eterna. La aglomeración que se produjo en el Paseo Colón estuvo a puntito de crear un altercado de orden público porque la actuación dio comienzo con solo media hora de retraso después de las diez de la noche, y todavía quedaba muchísima gente fuera, que cada vez veía más difícil la forma de entrar. Era tremendo ver a tantos cientos de personas, brazos en alto, enarbolando su entrada para dejar claro que ellos ya la tenían, y vociferando contra la organización y contra los munícipes. Tan malamente se pusieron las cosas allí fuera que los organizadores se asustaron del todo y lo que hicieron fue CERRAR LA PUERTA. La gente, claro, intentó echarla abajo y entrar por la fuerza, por lo que la policía tuvo que hacer un amago de carga que no llegó a efectuar por no empeorar el cariz de la situación.
La puerta volvió a abrirse y además se habilitó para entrar una de las salidas de emergencia, con lo que por fin terminaron por entrar todos los que no habían huído ya despavoridos. Y total, ¿para qué? Para presenciar uno de los conciertos más sosos y aburridos en los que he tenido la desgracia de estar.

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El sonido era un caos. De momento imaginaos el griterío de fuera, unido a los claxons de cientos de coches que, si ya en condiciones normales transitaban penosamente por allí camino de la feria en un altísimo número, ahora se encontraban sumidos en un inmenso atasco… y ahora sumadle a eso un sonido bajísimo, que llegaba poco más allá de las cinco o seis primeras filas. No es extraño que la gente de más atrás estuviese mucho más entretenida pendiente de los líos de la puerta que de Sade y sus gran banda de ocho músicos y un corista. Que además, aunque nos estaba ofreciendo su mejor set de canciones, éstas eran para disfrutarlas tranquilamente en algún lugar más íntimo que este solar.
La noche hubiese merecido mucho más. Entre otras cosas porque esta morenita que apenas había dejado de ser veinteañera hacía poco, por alguna razón que desconozco, se había enamorado perdidamente de Sevilla en algún momento de su vida y fue ella misma quien eligió terminar aquí su gira española de seis ciudades. Vino buscando el abrazo de los sevillanos, y lo que se llevó fueron muchos achuchones de nuestras típicas y tópicas bullas.
La verdad es que no sé que fue más risible, si el numerito que se montaron al final del concierto un par de miembros del staff de Sade, descolgándose con cuerdas desde lo alto de la tramoya, vestidos con trajes de flamenca, o las declaraciones posteriores del jefe del Gabinete de Información del Ayuntamiento, diciendo que “la culpa de todo el follón es del público sevillano, que no está preparado para asistir a conciertos de rock, y por tanto no sabe que se debe acudir con un par de horas de antelación”. Por cierto, y por si os lo estáis preguntando, yo logré entrar cuando Sade llevaba ya cuatro o cinco canciones interpretadas.

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Y tras este accidentado prólogo, una vez que iba muriendo el mes de abril, se fueron sucediendo hasta finales de mayo las catorce actuaciones más que tuvieron lugar en el solar, a razón de una cada dos o tres días, o incluso muchas de ellas en días seguidos. Los amantes de la música tuvimos un mes de lo más ocupado.
El maratón musical lo comenzó Jimmy Cliff, quien a pesar de haber tenido no hacía mucho una canción de bastante éxito, como “Reggae nights”, de haber participado en el disco que los Stones editaron ese mismo año, “Dirty work”, y de ser una de las principales figuras del reggae, solo consiguió animar a 584 personas para que se comprasen alguna de las 7.000 entradas que se pusieron a la venta. Aunque en honor a la verdad hay que decir que también influyó bastante el mal estado del tiempo aquel día. Los que nos reunimos en el solar, aún estando en familia, estábamos más pendientes de resguardarnos del agua que estaba cayendo que de la música que se nos ofrecía sobre el escenario. Que tampoco fue nada del otro mundo, en realidad.
Al principio salió solamente Jimmy, enfundado en una manta, para sentarse en el suelo con unos bongos y cantarnos el insípido “Rivers of Babylon” que popularizaron los Boney M. Lo único que consiguió es que los espectadores más cachondos se uniesen en el grito de “más aguaaa pa ese negroooooo”. Pero la lluvia no le echó, más aún, salió el resto de la banda y la cosa se animó mucho más con su clásico “You can get it if you really want”… pero lo que realmente queríamos todos era dejar de mojarnos lo antes posible, por lo que no aguantamos demasiado allí dentro.

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Para los Ilegales y Rosendo sí que se animó la peña mucho más… hasta Maese Rancio anduvo por allí aquel viernes 9 de mayo… porque los heavies querían ver a su totem hispano y los oyentes de la radio-fórmula acudían en manada a todo lo que fuese un concierto “recomendado por la cadena SER”, y el de los Ilegales (aunque te cueste creerlo) lo era. Y la verdad es que los Ilegales estaban ya lejos de ser aquel grupo que hacía loas a putas, macarras y borrachos de forma creíble y su concierto estuvo plagado de topicazos musicales para gente de bien, que alucinaba con sus demostraciones de barbarismo y de eficacia instrumental, que eso sí que nunca se les pudo negar… yo me pregunto cuantos de aquellos pijillos oyentes de los 40 Principales reconocería la versión que hicieron del “God save the queen”.
Lo de Rosendo sí que fue un espectáculo para vivir y transpirar con él. Con la mirada más lúcida que nunca, a pesar de tener el cuerpo repleto de la inevitable cerveza, Rosendo dio un paso más en su intento de rodear su música macarra con una técnica precisa que le daba un encanto sibilino, muy lejos del que podía alcanzar la música del resto de los aporreadores metálicos patrios… y muchísimos de los del extranjero. Las canciones de Rosendo las cantaban todos los asistentes con la voz y el alma, mientras él las iba desgranando entre la sutileza en el manejo del entorno y la ferocidad de sus riffs con la guitarra.
Recuerdo que la gente iba más por Rosendo, que presentaba su primer disco en solitario, “Loco por incordiar”, y que interpretó casi en su totalidad, mientras que apenas tocó uno o dos temas de Leño, cosa que nos resultó un poco insuficiente a los que esperábamos más repertorio de su antigua banda.
¿Ilegales?… lo que más recuerdo del concierto es un solo que se marco el amigo Jorge Martínez con una botella de J&B a la que pegaba unos buenos lingotazos mientras aporreaba las cuerdas. (Maese Rancio)

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El siguiente concierto también fue doble, y también desigual, como el anterior. Por una parte El Último de la Fila estaba presentando prácticamente su segundo disco, y el recital cálido y casi intimista que nos ofrecieron se apuntaló sobre todo en las nuevas canciones, sin que faltasen las mejores de su primer disco ni bastantes guiños al repertorio antiguo de los Burros y los Rápidos, bastante más elementales que las de esta nueva etapa, pero al igual que ellas con una sencillez que se convertía en vehemencia cuando la banda las entonaba. Fue un concierto fino, de escuela clásica, en el que aparecieron todas las virtudes de El Último de la Fila… y también se asomaron sus ocasionales errores, como esa tendencia a sinfonizar las canciones demasiado y darles un puntito tremendista y épico que no les hace ningún bien. Quimi y Marc disfrutaron con sus coreografías simplistas, pero graciosas, y Manolo derrochó flexibilidad para adaptarse perfectamente a las pautas musicales de algo tan sentido como “Querida Milagros”, y a las de un baño de multitudes como “Insurrección”. La sonrisa que teníamos todos los presentes demostraba que habíamos disfrutado. Fue una buena noche para terminar de celebrar mi 29 cumpleaños.

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Sus compañeros de cartel fueron Semen-Up, que aunque viniesen aquí con la aureola de ser el grupo revelación del año, su música era más escuchada por la novedad de ser aquello que se llamó porno-pop, y tener una canción que describía una mamada sin cortarse un pelo, que por sus valores musicales. La verdad es que fueron un grupo bastante censurado en la tele, aunque no en la radio, lo que hizo que su desinhibición y sus letras explícitas y sensuales llegasen a gran cantidad de público; pero la curiosidad por ver a Alberto Comesaña representando en directo aquello de “Lo estás haciendo muy bien” no llegaba más allá de eso, de curiosidad.
Y entonces, el lunes 12 de mayo, llegó el inesperado momento cumbre de la Cita. Esa noche tuvimos en directo un trozo de la mejor historia del pop. Esa noche asistimos a un concierto de los Kinks.
Aunque su actuación estaba prevista en un principio, se descolgó del cartel, como os dije antes, por problemas presupuestarios, puesto que pedían 17 millones de pelas por tocar aquí (a lo mejor convendría decir también que por su tocata en Madrid de dos días antes cobraron más de veinte). Después de eso se estableció un largo proceso negociador que terminó precisamente la vispera de ese concierto de Madrid, cuando la banda ya había comenzado su gira española, porque los Kinks aceptaron venir a tocar a cambio de la taquilla completa más un fijo de cinco millones, que aportó a fondo perdido el Instituto Municipal de la Juventud. Así se cubriría más o menos su caché inicial, porque se pondrían a la venta 10.000 entradas, al precio de mil pesetas, lo que hacía un total de diez millones, que llegaría hasta quince con el fijo que percibían. El problema fue que solo se vendieron 2.300 entradas…
Las previsiones se fueron a hacer puñetas y el solar de la Maestranza registró una entrada que, contando a los que por una u otra razón entraban gratis, no llegó ni a un tercio de su aforo. Un enorme descalabro económico para los organizadores (que se volcaron con la seguridad y las comodidades para que no ocurriese como la noche de Sade), los Kinks (que viajaban con un gran séquito de personas, entre las que incluso había un cocinero propio) y sus representantes. Aún así, la banda dio un concierto maravilloso que, como decían los del ABC, mereció un llenazo.

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De todas formas, ese recorte del ABC es bastante sesgado y tergiversa la realidad, porque no dice que el concierto de Madrid, que a tanta gente reunió, era gratis. Y tampoco dice que en el concierto anterior a ése, el que dieron en el Palacio de los Deportes de Barcelona, se reunieron la misma gente que en Sevilla, o incluso menos; aunque también es cierto que allí la entrada costaba el doble que aquí, 2.000 pelas.
Porque si bien los Kinks eran una leyenda para muchos, en el año 1.986 ya eran una banda de esa otra generación que se había terminado con el punk; incluso ellos mismos ya eran otra cosa que solo mantenía de sus inicios a los hermanos Ray y Dave Davies, los otros miembros de la banda que estuvieron aquí eran el teclista Ian Gibbons, el bajista Jim Rodford y el batería Bob Henrit. Pero cuando Ray entonó el “You really got me” haciéndonoslo corear a todos, nada de eso importó; lo importante era reverenciar el desgarro vocal de Ray para darnos durante casi dos horas canciones a medios tiempos, riffs duros, sensaciones clarísimas y también ambiguas… hasta tres veces amagó con tocar “Lola” para cambiar a “Sunny afternoon”, “Dead end street”, “Come dancing”, “Word of mouth”, o cualquiera otra de las que desgranó aquella noche; y cuando por fin, después de arrancar otra vez siguió ya con ella, todos supimos que nos encontrábamos ante el espectáculo musical con el que siempre habíamos soñado… lo lo lo lo lo lo loooooola… y después, mientras la gente se desgañitaba gritándole aquello tan de moda por entonces de “torero, torero”, Ray me dio mi regalo.
Yo estaba en primera fila con mi amigo Pepe Conciertos, ése del que a veces os he hablado, y del que nunca supe su apellido a pesar de ir juntos a tantas tocatas. Y cuando Ray lanzó al aire la púa de su guitarra llegó directamente hasta mi mano. La dirigí hacia ella y cerré el puño… justo para sentir como otra docena de puños más se aferraban sobre el mío, mi muñeca, y casi todo el brazo. Así estuvimos inmóviles algunos segundos, mientras pensaba qué hacer… porque la púa había rebotado y no la pude pillar… cayó al suelo, pero eso los demás no lo sabían. Miré hacia abajo, la divisé y le coloqué el pie encima; en ese momento abrí mi puño dejando ver que estaba vacío y en las siguientes décimas de segundo un tropel de espectadores que me rodeaban se fueron al suelo a buscarla. Ni que decir tiene que no la encontraron, estaba a buen recaudo; cuando se aburrieron de buscar, la cosa se calmó, y siguió el concierto, yo me agaché disimuladamente para recojerla de debajo de mi pie. Después quisieron comprármela algunos (hasta 700 pelas me daban por ella, y eso que era una mierda de púa de plástico gris), pero todavía está en algún cajón de la casa de mis padres, a donde fue a parar cuando la sra. Carrascus y yo nos mudamos a Huelva por tres años.

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El rock en su estado más clásico era lo que nos aguardaba en la actuación siguiente, la de Silvio, que ese año era un concierto más de los de Barra Libre, porque aún no se había hecho la transición al Silvio semanasantero y “bético”, que tendría lugar en el ’87. Así que sin recordar nada especial de él, debido como el año anterior a que estuve en varios suyos, éste sería simplemente un buen concierto. Porque Silvio nunca falló en sus noches de Cita en Sevilla.
En el siguiente concierto no estuve. Ni prácticamente nadie más, porque apenas se vendieron quinientas entradas. Esa era la noche en que se presentaban Olé Olé con una de las primeras actuaciones en las que su cantante era ya Marta Sánchez, tras haber sustituido a Vicky Larraz. Pero su música nunca me invitó a escucharles. Sí en cambio me hubiese gustado más oír a Los Eelegantes, que les servían de teloneros y era uno de los pocos grupos nacionales que todavía conservaban el espíritu de las bandas de rock callejeras. Pero alguna noche había que faltar…
…y no iba a ser la siguiente, claro está. Era imposible no rendir visita al solar el día que venía el viejo tramposo enardecedor de masas.
Allí, ante el escenario vimos como comenzaban a salir negros y más negros, todos ellos aplaudidos por un público que no tenía demasiado claro si ése que estaba saliendo ahora era el que todos esperaban. Pero ninguno lo era, ni siquiera ese saxofonista medio loco, Maceo Parker, que capitaneaba a la docena de musicos (allí estaban Fred Wesley, Saint Clair Pickney…) que habían invadido ya el escenario tocando frenéticamente canción tras canción, y todas nos sonaban. Y tampoco era el negro que esperábamos ese maestro de ceremonias, loco del todo, que solo sabía dar gritos pelados de “Who’s the kiiiiiing!!!” (¿Quién es el rey?). Ni, obviamente, la negrita que cantaba muy, pero que muy bien… el espectáculo real no comenzó hasta casi pasados veinte minutos, en que apoyado en el hombro de Maceo, apareció por el fondo del escenario el que todos reconocimos como la verdadera estrella, el rey que tanto nos anunciaba el otro… James Brown.

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“Gonna have a funky good time” (“vamos a tener mu buen rollito funky”) para empezar; y desde ahí todas sus canciones conocidas, alargándolas hasta cansarnos de bailar, igual que hacía él mismo mientras las interpretaba… “Try me”, “It’s a man’s man’s man’s world”, “Papa’s got a brand new bag”, “Please, please, please” a toda velocidad, mientras le rendían tributo otorgándole la capa de armiño de los reyes… y “I feel good”, “Too funky in here”… y el eufórico “Sex Machine” que todos nos sabíamos y todos coreábamos en inglés macarrónico… guirappppa… más de dos horas de un dinamismo inimitable, de una voz fuera de serie, de una inmensa presencia que todo lo dirigía a su antojo, cuando no se sentaba él mismo al teclado o a la batería. Fuerza y sabiduría para dominar el escenario; puro nervio. Y nosotros, a sudar.
Una preciosa chavalita bailaba sin parar delante de mí y mi amigo Pepe, haciéndonos fijar nuestra vista en ella más veces incluso que en el Soulfather. En un momento determinado, la chica, tras un saltito, aterrizó con su tacón directamente sobre mi pié. Al volverse y ver mi expresión de grito reprimido, supongo que para hacerse perdonar, me echó los brazos al cuello y me dió un pequeño beso en los labios. Así, sin decir ni una palabra siquiera; tampoco eran necesarias.
…ni que decir tiene que me pasé el resto del concierto intentando meter de nuevo mi pié debajo de los suyos.
La ví de nuevo esa misma noche, aunque solo intercambiamos un ligero saludo cómplice, en un bar nocturno que había entre los jardines del río, por su orilla trianera, allá por la antigua Chapina, a donde fuimos a parar también muchas noches tras los conciertos, y del que no logro recordar el nombre… ¿lo podríais hacer alguno por mí?
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A Victor Manuel y Ana Belén esta vez me los salté. De todas formas supongo que su concierto no diferiría demasiado del que dieron en la primera Cita hacía dos años, justo los que se pasaron sin pisar un escenario juntos precisamente hasta ahora, ya que éste era su segundo concierto desde su nueva reunión, por lo que tampoco estarían muy engrasados que digamos. Presentaban su disco “Para la ternura siempre hay tiempo”, ése que era doble, pero con uno de ellos cantando en cada disco, por lo que también podía comprarse por separado. Esta noche la gente no siguió mi ejemplo, y el solar registró un llenazo absoluto para corear con ellos “La Puerta de Alcalá”.
El que tenía que haberme saltado también, y sin embargo no lo hice, fue el siguiente, el que abrieron los Séptimo Sello, muy bien dispuestos, pero que perdieron una más que magnífica oportunidad para haber cambiado un poquito la letra de su canción más famosa y haberla cantado tal como lo hacíamos los sevillanos en nuestros campos de fútbol: “todos los paletos SON del Madrid”…
Y tras ellos el griterío, un millón de niñas histéricas (o tal cantidad parecían), algunas incluso ondeando el sujetador, para recibir al auténtico bombazo de grupo de la temporada, Los Hombres G. Con ellos llegó el delirio, el terror… algunas de las enamoradas de David Summer se tiraban de los pelos, otras se daban pellizquitos con sus amigas, mientras sus novios acompañantes ponían cara de circunstancias, y se miraban unos a otros como diciendo “oye, que yo a ésta no la conozco de ná”. Para ellas, la G del nombre de la banda era la G de grandes, la G de genios, la G de guays y, sobre todo, la G de guapos. El “marcapasos que tenía Marta” seguramente reventaría con sus nervios. Y menos mal que había un callejón entre ellas y la banda, de no ser así, los Hombres G habrían salido de allí sin camisetas, sin pantalones y probablemente hasta sin pelos.
La verdad es que yo, personalmente, lo pasé en grande viendo a tantas chavalitas felices y entusiasmadas. Eso sí, procuré verlas dejando espacio entre yo y ellas, así que me aparté hacia la pared que daba a los jardines, donde estuve charlando tranquilamente con José Casas (ya sabéis, el de La Pistola de Papá, por aquella época en Helio) que, enfundado en un peto de color naranja chillón, era uno de los miembros del staff de seguridad que velaban por la manada.

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Y así llegamos al viernes 23 de mayo, en que la ciudad se dividió musicalmente en dos partes. El concierto de Joaquín Sabina no fue el acontecimiento musical más importante de Sevilla en ese día, ya que se vio superado por otro de mucho mayor calado.
Esta primavera del ’86 se cumplía un año desde que El Corte Inglés inauguró su centro comercial de Nervión, y quería agradecer a los sevillanos la cantidad de compras que habían hecho allí en ese tiempo. Para ello nada mejor que organizar un concierto con Isabel Pantoja, muy de moda por entonces porque había vuelto a los escenarios tras la muerte de Paquirri, y aparecía hasta en la sopa con su hijo Paquirrín, haciendo llorar a moco tendido a todas las marujonas españolas. El concierto lo organizaron en el Sánchez Pizjuán, y con entrada gratuita, por lo que se dieron cita allí más de 60.000 personas para escuchar como la Pantoja les decía que “hoy quiero confesar que sigo enamorada”, mientras ellas se sonaban entre lágrimas de delirio.
Y Sabina no fue ajeno a la competencia que tenía, y en un momento de su actuación se dirigió a los que estábamos allí escuchándole: “Quiero daros las gracias a todos. Muchas gracias, de corazón, porque sé que hoy más que nunca es un esfuerzo estar aquí… pudiendo estar en el campo del Sevilla… ¿os imagináis…? Ahora estará saliendo Paquirrín, y ella estará con la baba caída presentando a “mi niiiñooo”… que se pondrá a cantar con ella…”.
No estuvo mal el concierto de Sabina. Por entonces aún no se había disfrazado con el traje del Emperador, hecho de pseudo-poesía de frases deslavazadas, y todos teníamos frescas sus historias sobre princesas malditas y locas juanas que salían del armario. Y todas esas canciones anteriores a la pérdida de su credibilidad estaban reunidas en el doble “En directo” que acababa de editar, y ahora andaba presentando en sus conciertos.
Y la banda que le acompañaba, Viceversa, eran unos músicos de gran altura, que cuando acometían una pieza ellos solos, sin la voz de Joaquín, lo que ocurrió al menos un par de veces, hacían exclamar a Manolo Be-Bop (actualmente Manolo Ajoblanco), que estaba allí conmigo, que “ésa sí era una banda de verdad, con sonido moderno, y no como estos grupos sevillanos, que suenan todos iguales y tela de antiguos…”.
Aquella fue la última vez que le ví en un escenario; todavía apreciaba la poesía de sus letras, la fuerza de su música, el buen hacer de su banda y la marcha que él mismo derrochaba en sus actuaciones. Pero después dejó más de lado las historias urbanas para ponerse a escribir canciones de amor, a las que hasta ahora solo se había aproximado en plan ligue callejero con “Quédate a dormir”, o con el romance deliciosamente convencional de “Rebajas de enero”, las cuales sonaron también esta noche… y su posterior disco “Hotel, dulce hotel” creo que ya ni lo compré siquiera.

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Aquel mismo día ocurrió también la historia más graciosa de la Cita, también relacionada con la música, pero con ésa otra que celebraban en teatros, centros culturales e iglesias. Y en una de éstas, en la de El Salvador, daba un concierto la Filarmónica de Leningrado, una orquesta por cierto, que había costado traer a Sevilla casi tanta pasta como a los Kinks. Pues cuando la orquesta salió se encontró con la desagradable sorpresa de que el piano que tenían que utilizar, entre otras, para una de sus piezas estrella, la “7ª Sinfonía de Shostakovich”, no estaba. Tras el desconcierto inicial, el director de la orquesta optó por cambiar el programa de actuación. Nadie de la organización supo darle al pobre señor una explicación coherente… la verdad es que nadie se había preocupado del piano… que apareció al día siguiente, olvidado en un descansillo, bajo una de las escaleras de la Consejería de Cultura.
Y ya que hablamos de pianos. El siguiente invitado a la Cita en el Solar de la Maestranza también era un músico de los que se gana la vida con él, Chick Corea. Y esta vez venía acompañado de la Elektric Band, que, como su nombre bien indica, era una banda eléctrica. Se ve que Chick, después de haberse metido de lleno en la fusión del jazz-rock con su grupo Return To Forever, la vuelta al jazz clásico le vació los bolsillos de tal manera que decidió electrificar de nuevo su acompañamiento. Y aquí estaba, respaldado por una banda jazz-rockera, pero que en vez de tener entre sus componentes a Joe Farrell, Al Di Meola, Stanley Clarke y Airto Moreira, estaba compuesta por jóvenes músicos de estudio que, aunque buenos instrumentistas, no podían compararse con aquellos. Bueno, quizás con la excepción del guitarrista Scott Henderson, que tocaba con una pasión que nos arrastraba a todos.
Pero en Chick Corea no apreciábamos al genuino músico que solía ser, no veíamos la autenticidad, ni la personalidad creativa e innovadora que se perdía en un estilo musical que se estaba quedando viejo. En la música que nos estaba dando aquí los arreglos eran más simples, menos sinfónicos, con más espacios para los lucimientos personales que, en realidad, solo aprovechaba el guitarra. Yo creo que para el final del concierto todos estábamos ya algo cansados de aquello y prácticamente solo nos motivamos cuando comenzó a sonar “Elektric City”, que curiosamente era la pieza que contenía más ingredientes comerciales.

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A Carlos Cano también me lo salté. Si ya me aburría con él cuando hacía canción testimonial y satírica, imaginaos ahora que estaba presentando su recién salido disco “A través del olvido”, en el que se había vuelto (todavía) más intimista, y le cantaba al amor, y a la ausencia… pues eso, que le cantase también a la mía.
Mucho más divertida se presentaba la siguiente noche, porque se celebraba la segunda edición del Festival de la Canción Femenina, que este año ya nació directamente dentro de la programación de Cita en Sevilla. De todas formas los ensayos y las primeras cribas, como Pibe Amador y Pepe Benavides contaron esta vez con un buen presupuesto, se hicieron en el recientemente re-abierto Teatro Duque, asignado desde hacía poco tiempo a Comisiones Obreras.
En esta edición del festival se abrió el espectro también a la canción ligera y, sobre todo, a las folklóricas, de la mano de una niña de 12 años llamada Carmen Feria, que asombró a la gente con su vozarrón interpretando ”Aquella Carmen”, ante el silencio atónito del personal. Se llevó el segundo premio.
Tras dejar atrás tanto horror saliendo de bellas boquitas, entre las demás que pasaron a la final del día de la Cita estaba Eva Luengo, hermana de la Cristina Luengo que participó en la edición anterior, y que traía bajo el brazo una canción compuesta especialmente para ella por su amigo Dogo, “Disparo de amor”. Con el transcurrir de los años, esta chica, rebautizada como Evita Dinamita presentaría un programa infantil de Canal Sur y después marcharía a Madrid, donde siguió luciendo sus (muchos) encantos y sus gloriosos piños en el programa matinal de Pepe Navarro en Antena 3, donde preguntaba cada día a algún concursante pillado en su casa desprevenido aquello de “¿Tiene usted pelos en la lengua?”. E incluso llegó a ocupar toda una página en “El País Semanal” como futurible chica Almodóvar, además de otros hechos interesantes en su curriculum, que conocen ya algunos de nuestros discretos lectores habituales.
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Eva Luengo (Evita Dinamita) – “Disparo de amor”
(…entrando antes de tiempo.)

Algo mejor que ella, pero tampoco mucho, hizo su interpretación la primera negrita que pasó por el Festival, Donna Jameson, que aunque se presentó como una amante del jazz, eligió para cantar “Walking between the raindrops”, un precioso tema de Donald Fagen, quien, dentro y fuera de Steely Dan, tampoco orbitaba precisamente lejos del Cotton Club. Meses después, Donna regresaría a los USA y se le perdería la pista.
Como también se le perdió muy pronto a Merchi Rivero, la chica que quedó en tercera posición con el alegre “Walking on sunshine”.
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Merchi Rivero – “Walking on sunshine”
(…el de la mesa tardó en subir el otro canal.)
Entre lo mejorcito de la noche estuvieron Mercedes Carbonell y Ana Ferrán, bautizadas para la ocasión como Las Hijas de Elena, que le devolvieron a la ceremonia la irreverencia de la que estaba tan necesitada. El arma elegida fue una canción, por entonces todavía inédita, que Pablo Carbonell (todos sabéis quien es, ¿verdad?), hermano de Mercedes, tenía en cartera para el segundo disco de Los Toreros Muertos, “Me gusta jugar con mi amigo Manolito”. Para la ocasión se trajeron a varios colegas de la facultad que se marcaron un “Gaudeamus igitur” que, la verdad, pegaba tanto allí como una trompetilla de carnaval en medio de un requiem de guerra. Ambiente plenamente festivo para Mercedes (hoy en dia pintora, como podéis comprobar en este enlace), y Ana (vinculada hoy en día al Gran Casino Aljarafe), en aquella aparición.
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Las Hijas de Elena – “Me gusta jugar con mi amiga Manolita”
(…el de la mesa seguía con la torrija)
Y de pronto, en el último tema, se hizo la luz, cuando una jovencísima Emilia Pinzón (por entonces alternando su trabajo en orquestas con una banda propia llamada Anis del Gnomo) le birló la cartera a Paul Anka, Frank Sinatra y Sid Vicious, resucitando ese cadaver exquisito que era “My Way” para luego follárselo allí mismo, delante de todo el mundo. Surfeando por encima de todo el desenfreno de la banda (los músicos de Silvio y Manuel Marinelli), su voz no se sale de límite en ningún momento, siempre bajo control dentro del más riguroso espíritu iconoclasta, como nos gusta en este blog. Los que viváis en Sevilla posiblemente os hayáis encontrado alguna vez con Emi en alguna de sus actuaciones y sabéis que, siempre y cuando ese día no haya conectado el modo autosabotaje, es dificil encontrar una voz que le haga sombra en cientos de kilómetros a la redonda. Pero como aquella noche, nunca más… Por supuesto, el primer premio fue para ella.

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El fin de fiesta del festival corrió a cargo de la banda Peor Impossible, un combo muy divertido y muy mariquita en el que figuraban entre otros la “Estrella” de Utrera y una mucho más joven, pero igual de feísima que ahora, Rossy de Palma. Su concierto, cantando sobre que “nadie era tan mutante como ellos” y “payeses en motorino que les sepan follar bien”, pasó entre bailes y risas, y lo que más recuerdo de la ocasión es que arrojaron al público posters de la banda, enrollados a lo largo y convertidos así en lanzas, que tras adquirir gran velocidad de planeo se estrellaban contra las caras del respetable, y a punto estuvieron de saltarle un ojo a más de uno.
Y tras 11 folios que llevamos hasta ahora, llegamos ya al final, que como ocurriese el primer año, volvió a correr a cargo de Joan Manuel Serrat, esta vez mucho más bienvenido aún por su reciente declaración de intenciones plasmada en el título de su nuevo disco, “El Sur también existe”. Y aunque ya esperaba encontrarme con prácticamente lo mismo que aquella otra vez, había que ir aunque solo fuese para disfrutar del sabor de la despedida junto a otros ocho mil espectadores más totalmente entregados de antemano, como siempre, y capaces de perdonarle al monstruo (como así le gritaron repetidas veces, agradeciéndolo Serrat con un “gracias, pero de verdad que no soy tan feo”) que olvidase la letra de alguna canción, como también ocurrió esta noche. Pero salió bien del paso, no en vano es, de los cantautores, el más hábil, el que tiene más tablas, el más profesional de todos. Y en cualquier concierto suyo hay dos cosas garantizadas, el llenazo a rebosar y la absoluta satisfacción del público.
De todas formas, y con el espíritu iconoclasta que os mencionaba antes, he de ser un poco crítico y decir que había algo que chirriaba en la sacralización de Antonio Machado, y que había algo que no encajaba (como tampoco lo hace ahora de nuevo) en la operación de envolver con celofán al poeta de la cara de patata… en los recitales de Serrat todo es demasiado medido, demasiado elegante, demasiado perfecto incluso con el fallo del olvido convertido en acierto espontáneo… y es que hay algo inevitablemente demagógico en el hecho de que una persona se dirija a otros varios miles desde encima de un escenario, algo inaceptable y forzosamente comercial en sus disertaciones sobre la ecología, la geopolítica, la historia reciente de España… aparte, claro está, de que se esté de acuerdo con la postura, las buenas intenciones y la sinceridad del cantante. Pero como es eso, un cantante, y además perfectamente compenetrado con su banda de guitarra, bajo, batería y piano, desgranó casi dos horas de canciones de esas suyas que tanto conectan con la sensibilidad de todos precisamente porque no tienen un universo propio y hablan de todo. Gracias a Dios la inevitable ración de doctrina no fue demasiada y al final fui también yo mismo parte del público que le aplaudía entusiasmado. Sí, fue un gran final.

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Aunque en el momento de ponerse a echar números, los concejales del grupo popular no estaban tan entusiasmados. El Ayuntamiento presentó un balance en el que aparecían unas pérdidas económicas de 71 millones de pesetas, ante unos gastos que llegaron a los 120 millones, de los que solo se recuperaron 49 entre taquillaje, concesiones de ambigús e ingresos varios. El problema, y hay que reconocer que esta vez a los populares tampoco les faltaba razón, es que el Ayuntamiento no contaba entre los gastos suyos los 17 millones que aportó la Junta de Andalucía, ni los cinco que aportó la Delegación de Juventud para el concierto de los Kinks, y que, al fin y al cabo, también es dinero que sale del bolsillo del contribuyente, por lo que sumando estos 22 millones, en realidad el déficit de la Cita en Sevilla de este año ascendía a 93 millones de pelas. Que son muchos millones para el dudoso resultado en el acierto de poner a Sevilla en el mapa cultural.
Y es que la culpa de todo la tuvimos los propios sevillanos, que solo fuimos capaces de comprar 52.000 entradas durante toda la Cita, en la que solo se vendió prácticamente todo el billetaje con los de siempre: Victor y Ana, Serrat, Sabina, además de con Sade y, curiosamente, con el concierto de Ilegales y Rosendo.
Este año también decíamos adiós definitivamente al solar de la Maestranza, en el que se iba a comenzar a construir el Palacio Provincial de la Cultura, al que ahora todos conocéis como el Teatro de la Maestranza, y se comenzaba a hablar del nuevo alojamiento para la Cita en Sevilla que, por supuesto, los concejales socialistas pensaban mantener a pesar de todo. Así que a la espera de lo que decidiese la Gerencia Municipal de Urbanismo, la Cita de 1.987 la íbamos a tener en la Encarnación, la Alameda, la Plaza de España o el Prado de San Sebastián… pero eso ya es una historia de “la cuarta vez que nos citamos en Sevilla”.





Y por eso el cartel de la Cita en Sevilla de 1.985 fue un batiburrillo tremendo en el que todo tenía cabida, desde las sevillanas a la copla, pasando por el humor, los cantantes babosos y la verbena popular. Y si las expectativas que levantó su presentación no fueron del todo malas, a medida que se iba desarrollando el evento los ánimos decayeron mucho debido a las bajas de última hora.

Y así llegamos a un nuevo fin de semana, en el que ocurrió algo muy divertido. Estaban programadas dos noches dedicadas a la copla, el viernes un concierto de “voces nuevas de la canción andaluza”; y el sábado, las consagradas, con la actuación de Lolita Sevilla y las dos grandes divas de la canción, Juanita Reina y Marifé de Triana. El problema es que éstas dos últimas se pasaron las semanas previas porfiando sobre quién era la mejor, y la que merecía ser cabecera de cartel; sin ponerse de acuerdo en absoluto, claro está. Así que al final la organización optó por una solución salomónica, reestructuró los dos conciertos, de forma que en cada uno de ellos cantasen algunas de las voces nuevas, y Juana y Marifé cerrasen una noche cada una en plan estrellona.

No sé si muchos de vosotros recordaréis aquellos festivales de la canción femenina que se estuvieron celebrando en la Cita durante varios años. Pues el primero de ellos tuvo lugar este 1.985, aunque en realidad no se celebró en la Cita en Sevilla, sino algunas semanas antes, concretamente el 20 de abril, el sábado anterior al inicio de la feria, en el Roll Dancing. Pero después, ya en la programación de la Cita tuvo una repetición, fuera de concurso, simplemente como una muestra de las cantantes, y como forma de que éstas pudiesen lucirse en un gran escenario y ante el numeroso público que acudió la noche del 26 de junio a ver a las estrellas del cartel: Silvio y Kiko Veneno.
A Maite seguro que la recordáis todos, porque desde aquel año, en que era una incipiente actriz (a la que se ve que sí habían enseñado a respirar mientras cantaba), pasó con el tiempo a ser una famosa presentadora de Canal Sur, donde la vimos, por ejemplo, en aquel “Tal como somos” que la cadena dedicaba a los pueblos andaluces, desde que se inauguró en 1.989, hasta 1.993. Después sustituyó a María del Monte en la programación matinal en los meses de verano… si no la recuerdas, mira la foto.




Las entradas se habían agotado algunos días antes del concierto. Y para que entrasen los miles de personas que teníamos entrada a algún lumbrera de la organización se le ocurrió abrir la puerta (una sola) a las nueve y media de la noche… cuando el concierto era a las diez. Y aunque se retrasó un poco, para cuando Victor Manuel dio comienzo al espectáculo cantando “Déjame en paz”, en la puerta todavía quedaba muchísima gente queriendo entrar. Y las canciones seguían, y la gente seguía estando fuera, por lo que terminaron por perder la paciencia y enfadarse, formando tal alboroto que al final la organización dejó las puertas abiertas para que entrasen libremente… tanto los que tenían su entrada como los que aprovecharon la ocasión para pasar también de forma gratuita.
Cuando Manuel del Valle y Bernardo Bueno terminaron de pasear entre los stands, una vez inaugurada la exposición, comenzaron a sonar unos cencerros en la azotea del edificio de la Casa de Granada, allí, en su parte más alta, visible desde toda la Plaza de San Francisco, un tío, vestido solamente con un taparrabos y una corona de espinas, se crucificó en una cruz forrada de papel de estaño, mientras otro grupo a su alrededor encedía bengalas.


























Y todo fue debido al nacimiento de un sello discográfico, MPS, iniciales que, aunque todo el mundo del jazz pronto comenzó a extender que eran de “most perfect sound”, en realidad correspondían a Musik Produktion Schwarzwald (Producciones Musicales de la Selva Negra); y aunque totalmente tradicional en su origen, terminó por convertirse en uno de los sellos de jazz más esotéricos de Europa, editando más de 700 títulos entre 1.968 y 1.983. A lo mejor fue una cantidad excesiva, pero la calidad de su producción y sus valores musicales siempre estaban asegurados.


Ya hemos tenido a un francés; el que sigue, BORA ROKOVIC, era yugoslavo.
Uno de los pioneros de la libre improvisacion, Wolfgang era un compositor intrigante y un pianista ambicioso que combinaba el jazz, el rock, la música electrónica y elementos de la ópera y el teatro para crear unos trabajos de muy ámplio enfoque. Sus mejores obras eran muy provocativas, tanto a niveles musicales como de conceptos culturales.
Antes de la formación de MPS existía otra discográfica llamada SABA, de la que Brunner Schwer heredó su pequeño catálogo y continuó editando sus discos a través de su nuevo sello. De SABA provenía KAREL VELEBNY, un profesor de música checo especialista en vibráfono, que formó equipo con los músicos del Puppet Theatre Band de Praga para formar un grupo fantástico y original, que añadía a su música oboes y fagots.
Rimona era natural de Israel, pero desde muy pequeña vivió en Bulgaria, y había formado un grupo de jazz-rock muy respetado, que había aprendido bien el oficio haciendo continuas giras por el circuito de kibbutzs de su país de origen. Después se marchó a New York a ampliar sus horizontes, y a la vuelta se encerró en los estudios de MPS para realizar unas sesiones en las que fundía su amor por Bela Bartok con el ultramoderno free-jazz que había aprendido en los USA.














Lo primero es contestar la pregunta de Zambombo de un comentario anterior, que ilustra claramente esto que digo de mezclar conceptos: no se puede decir que esté muy extendido el que los derechos de las canciones no pertenezcan en absoluto a los artistas, porque éstos siempre serán propietarios de los royalties que generen sus canciones. Siempre.
Para que os hagáis una idea. Imaginad un artista que vende diez mil CDs, cada uno de ellos con diez canciones compuestas por él. Los royalties que genera son de 9,1 céntimos por canción (que es lo que marca la ley desde que se revisó por última vez, que yo sepa, en el 2.007), lo que significa que serían (al haber diez canciones) de 91 céntimos por cada disco. Multiplicado por diez mil discos, sale en total una suma de 9.100 dólares (hablo en dólares porque me refiero a los USA, en España no sé como están las leyes sobre royalties).
Están también los royalties por “interpretación pública”. Estos son los que genera una canción cuando la ponen en la radio, o es interpretada (por su autor o por otro músico cualquiera) en un concierto, o ponen el disco en un bar, o en cualquier tugurio nocturno, o incluso en una boda, ya sea en disco o porque la cante la orquesta que contratan los novios (¿recordáis el caso aquél del tío de autores que se presentó en una boda anotando todo lo que tocaba la orquesta, hasta que lo echaron a patadas?)
Están también los royalties por “edición impresa” de una canción, que aunque no sean tan importantes como los anteriores, también son generados cuando una canción aparece reproducida en un medio impreso, por ejemplo en cancioneros de algún autor, libros de tablaturas de guitarra, libros recopilatorios de éxitos, letras reproducidas en revistas… el reparto de estos royalties suele negociarse entre el autor y la compañía de derechos de edición, que normalmente suele quedarse con casi todo.
El que Michael Jackson tuviese los derechos de las canciones de los Beatles no significaba que se iba a llevar pasta por la cara cada vez que una canción de ese grupo se editara o sonase por la radio. Lo que significaba es que iba a tener una entrada de dinero como propietario de una compañía (la ATV) que se llevaba más de la mitad de todos los royalties de los Beatles a cambio de velar por los intereses de éstos. Y eso llevaba consigo que tenía que supervisar todos los contratos con las compañías discográficas que reeditaban sus discos; que tenía que negociar con las multinacionales del cine cuando usaban sus canciones para las pelis, y luchar para que incluyesen el mayor número de canciones posibles (originales o versiones) en el mayor número de películas posibles; que tenía que llegar a acuerdos con otras compañías como ella de todo el mundo para que les pagasen los derechos que generasen allí; que tenía que estar encima de las Sociedades de Autores de todo el mundo para que le ingresasen regularmente los royalties que después repartiría con McCartney y los herederos de Lennon y Harrison, y para que en ningún sitio infrinjan las leyes de copyright sobre los Beatles…
Lo que ocurre es que muchas de las grandes (y más avispadas) estrellas son a su vez socios de esas compañías, como es el caso de los U2 con “Blue Mountain Music”. Eso ocurría en menor medida también en el caso de los Beatles, que eran socios en “Northern Songs” pero dejaron de serlo cuando esta compañía pasó a la ATV y ellos vendieron su parte para poder coger dinero con el que sanear el desaguisado que tenían con Apple y la ruina heredada de Klein y Epstein.


















