Ayer os contaba que en estos días no puedo contar con mi ordenador, por lo que no podía subir ningún nuevo post al estar en él los textos que había preparado y las herramientas para manejar las fotos y las canciones que incluyen. Así que os decía también que en unos días no habría ninguna entrada nueva.
Pero lo que sí puedo hacer con cualquier ordenador, como éste portátil que le pillo a mi hijo aprovechando que no está esta tarde en casa, es acceder a través de la página de administrador a todos los posts anteriores, y cortar y pegar por aquí y por allá de las entradas más antiguas, y confeccionar un collage que os ofrezco mientras se restablece la normalidad. Perdonad los lectores más antiguos por el refrito; pero estoy convencido de que los más nuevos de la casa no conocerán estos retazos de historias.
Y ahora iré a echarle un ojo al partido del Mundial… la verdad es que nunca he entendido por qué a estos partidos como el Alemania-Uruguay de hoy, que juegan los perdedores, le llaman final de consolación. Cuando en realidad deberían llamarle final de desconsuelo…
El batería de la Bongo Band era Jim Gordon, al que todos recuerdan mucho más porque también formaba parte del grupo Derek and the Dominoes. Seguramente habrás oído innumerables veces la canción “Layla”; pues el piano que suena en la parte final lo toca él, y además Jim Gordon fue co-autor de la canción junto a Eric Clapton. A Jim además podemos oírle en incontables discos de, entre otros, John Lennon (en el “Imagine”), George Harrison, Traffic, Frank Zappa, Steely Dann, los Monkees… un músico absolutamente increíble.
Jim Gordon se sumergió de cabeza en la faceta más tópica del mundo del rock. Después de años de vida entre lujos y de mantener su reputación como músico de confianza, pasó a ser famoso como uno de los drogadictos más tirados. Dejaron de llamarlo para tocar en sesiones y comenzó a obsesionarse con voces que oía en su cabeza. Después de una serie de episodios violentos y de ingresar voluntariamente una temporada en una institución psiquiátrica, en 1.983 asesinó a su madre con un cuchillo, porque la suya era una de las voces que le atormentaban en su mente. Desde entonces está ingresado en el Hospital de Salud Mental de Atascadero (que también tiene cojones el nombrecito del sitio), y sobrevive sin demasiados problemas gracias a los royalties de sus canciones, sobre todo de “Layla”.
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Neil Diamond siempre ha sido una intrigante mezcla de contradicciones. Un hombre intensamente callado y profundamente introvertido que sin embargo ha usado sus canciones para, de una forma inversa a su propia manera de ser, desnudarse autobiográficamente, mostrar una muy convincente ventana a sus propios demonios interiores; y quizás esta haya sido la válvula de escape para un hombre que ha procurado mantenerse solitario y al margen de la manada, y para el que la vida no ha sido todo lo fácil que pudiéramos pensar por el brillo de lamé que desprende su figura más tópica. Estoy seguro que a cualquier persona debe marcarle mucho que a la edad de 12 años, viviendo en uno de los barrios más peligrosos de Brooklyn, y perteneciendo a una de sus bandas juveniles, te peguen dos tiros en la cabeza. O que con 16 años haya cambiado de colegio 9 veces… ¿Si pasas por eso, no tendrías también tú una resistencia patológica a cualquier clase de conformidad?
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Neil Diamond – Sweet Caroline
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En este profundo Sur en el que Junior creció, allá por los finales años treinta y principios de los cuarenta, no había nada parecido a guarderías para niños ni nada para facilitarles la vida; más bien el pensamiento de la gente era del estilo de “si tu mula se muere, te compras otra” y “si tu negro se muere, contratas a otro por un salario de mierda”. Lo que significaba que si te ponías enfermo, o te curabas solito o te morías; y si te ibas al otro mundo, habría varios cientos más esperando a ocupar tu lugar. Así que había poco interés en mantener la salud de los negros. Junior perdió casi todos sus dientes debido a la piorrea y se mantenía bastante desnutrido, y desde entonces siempre mantuvo en su interior el fuego y la rabia que traen consigo la pobreza, los rompimientos familiares, y la indiferencia social que experimentó en su niñez. Y como muchos otros negros nunca pudo sacudirse del todo ese miedo adquirido tan pronto.
Su vida real comenzaba por la noche. Cuando todos los niños buenos se iban a dormir, él tomaba las calles, bailando a cambio de monedas, o abrillantando zapatos para sacar algo más. Aunque fuese una obligación el tener que ganar el dinero suficiente para aportar comida a la mesa, a Junior le excitaba ganarlo; y si un día lograba la inmensa cantidad de diez dólares, éso le hacía sentir que ya había aprendido todo lo que necesitaba saber en la vida.
Sobre todo, bailar le hacía sentirse alguien. Y a medida que lo iba haciendo mejor y la gente le pedía que bailase más y más, sintió la necesidad de adquirir un nombre para ese “alguien” que ya empezaba a ser. Junior era poca cosa, era como le llamaban desde niño, y él ya no era un niño. Así que un día decidió que se lo iba a cambiar. Quería un nombre corto, fácil de recordar. No era necesario que dijese nada sobre él, solo que sonase bien y tuviese ritmo. Quería que sonase como uno de sus héroes, ese actor que le maravilló en “Objetivo Birmania” y que ahora hacía de Teniente Rip Masters en su nueva serie favorita, “Rin Tin Tin”; además se llamaba casi como él, podría mantener el apellido… sí, definitivamente, desde ahora el mundo iba a conocerle con el nombre de JAMES BROWN.
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…Y así cantaba
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Eran algo completamente diferente. Para empezar, todos los grupos existentes eran de hombres o de mujeres al completo. Y esta mezcla de timbres vocales, unido a sus grandes melodías y a sus frescas armonías, le daba un nuevo giro al folk-rock. “El grupo de pop más innovador y el primero con un sonido vocal realmente novedoso desde los Beatles…” la prensa musical les dio así su bendición a THE MAMA’S AND THE PAPA’S.
Justo lo que John había soñado toda su vida. Y aún así, atravesaba uno de los momentos más bajos de ella, sabiendo que Michelle estaba viéndose con Denny sin preocuparse por ocultarlo delante suya. Pronto quedó claro que era imposible que los cuatro siguieran viviendo juntos. Y como los tiempos de penuria económica habían quedado muy atrás podían permitirse vivir separados. Denny se compró un palacio de 14 habitaciones en Laurel Canyon. El matrimonio Phillips adquirió la mansión que Jeanette McDonald tenía en Bel Air. Y Mama Cass pudo hacer realidad su casa soñada en el barrio de los famosos.
Ninguno reparaba en gastos. Sus vidas enloquecieron a base de comprarse cualquier ropa o capricho que se les antojaba o en alquilar aviones particulares para desplazarse a cualquier lugar. Se hicieron legendarias las fiestas en Bel Air con los Beach Boys, Jane Fonda o Jack Nicholson; o la costumbre de Cass de invitar a desayunar a todos los ocupantes del hotel en el que se despertase esa mañana. En esas condiciones de derroche continuo salir de gira en realidad les costaba dinero; y si a eso sumamos los problemas de convivencia en carretera y que siempre tenían diversión garantizada en casa, no es extraño que en dos años y medio en que el grupo estuvo junto, solo diesen 30 conciertos.
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I Saw her again
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A través de Toshi, Yoko Ono conoció a John Cage y a otros compositores y artistas de vanguardia, dadaístas y librepensadores con los que comenzó su carrera artística: poemas, pinturas, performances, arte conceptual de inspiración Zen que buscaba estimular al espectador para obtener de él cualquier clase de respuesta mental. Formó parte de la secta artística que se llamó “Fluxus”, con la que se ganó una reputación como artista creativa conceptual. Se casó entonces con el productor Tony Cox, y tuvo a su hija Kyoko. Yoko también fue una adelantada a su tiempo como mujer casada que se dedica a su trabajo mientras su marido se queda cuidando a la niña. Se trasladaron a Inglaterra y llegaron los experimentos sobre improvisación musical y películas como “Bottoms”, en la que se mostraban 365 culos desnudos de la flor y nata del “Swinging London”, con comentarios de los participantes; interpretaciones como “Cut Piece”, en la que la audiencia iba cortándole sus ropas con unas tijeras mientras ella permanecía impasiblemente sentada; o la publicación del libro “Grapefuit”, un pequeño volumen de ideas conceptuales publicado en una edición limitada para los USA y Japón.

En 1.966 John Lennon asistió a una exhibición en Londres del trabajo de Yoko, donde apreció el positivismo de un “Sí” sobre el peldaño de una escalera, y el descaro de un stand donde se vendía una manzana por 200 libras (unas 50.000 pesetas de aquella época), y reconoció un espíritu gemelo al suyo en aquella chica, a la que hizo su compañera en el arte y en la vida.
En mayo del 68 Tony Kox y Kyoko estaban de viaje en Francia, y Cynthia Lennon estaba de vacaciones. Yoko fue a casa de John y éste la invitó a subir a su estudio para grabar unas cintas experimentales (que con el tiempo se convirtieron en “Two Virgins”). La medianoche les sorprendió arriba, pero el amanecer, no. Cuando Cynthia llegó por la mañana y vió por allí a aquella japonesa vestida apenas con un escueto pijama de John, se hizo evidente lo que había ocurrido. Lo siguiente fueron dos divorcios en las vidas de John y Yoko y los capítulos que están en la mente de todos vosotros.
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“Nadie me mira como lo haces tú” remixed by Apples in Stereo
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¿Y Arthur Kane? Se hundiría en la oscuridad durante casi treinta años, una vez desistido de perseguir el sueño de convertirse en una estrella del rock respetada por sus semejantes, no sin haber antes pasado por un montón de grupos sin pena ni gloria. En este período vería como fallecieron sus amigos Johnny Thunders (en un hotel de Nueva Orleans en 1991, solo y desatendido, enfermo de leucemia y presumiblemente envenenado con estricnina) y Jerry Nolan (1992, debido a una neumonía fatal complicada con meningitis), e incluso él mismo pudo haberlo hecho de prosperar el intento de suicidio que cometió en 1.989 saltando al vacío desde una ventana, para salir del paso con las rodillas hechas polvo, o si el tipo que lo asaltó unos años después le hubiese machacado un poco más con su bate de beisbol hasta darlo por muerto y dejarlo tirado en la calle; de aquello también escapó Arthur con sólo una placa de metal en su cabeza tras casi un año de hospital. Por aquel entonces Kane se había establecido en Los Angeles y convertido al mormonismo. Los hijos de Mormón le habían buscado un trabajo en su famoso Archivo Histórico, donde Arthur trabajó con miles de árboles geneaológicos, llegando incluso a reconstruir el de aquel chico de Londres que tanto le admiraba, y que acabó tan mal, Sid Vicious. Y así hubiera acabado sus días, yendo cada día al trabajo en el bus y recordando su pasado de rock star, como describe el film “New York Doll”…
…de no ser porque uno de aquellos jovenes ingleses que se enamoraron de la banda en su aparición televisiva en la BBC en 1973, Morissey, tenía entre sus manos la organización del famoso festival musical londinense Meltdown, con bastantes medios a su disposición, por lo que no dudó en llamar a Sylvain y Johansen (quienes no se hablaban desde hacía más de diez años) para que reformasen los Dolls y tocasen en Meltdown 2004. Estos se acordaron de su amigo Kane, quien se vió tremendamente sorprendido por la noticia. Después de todo, había estado fuera de la música treinta años, y ni siquiera en sus mejores tiempos fue un bajista fiable. Echandole valor, Arthur decidió que aquella era la ocasión de su vida y acompañó a sus amigos en lo que fue, a todos los efectos, la canonización de aquella banda de Nueva York que había sido pionera para tantos otros arriba mencionados pero que tan poco reconocimiento había tenido. Los aplausos y las críticas de aquella noche en el Royal Albert Hall debieron sonarles a gloria después de tantos años.
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The New York Dolls, directo Londres Meltdown 2004 – Looking for a kiss
Aquella fue la gran noche de Kane. David y Sylvain se le acercaron para abrazarle y besarle en más de una ocasión entre canción y canción, como si fuera él precisamente el hijo pródigo recien llegado al rebaño. Todo parecía listo para la reaparición, al fin y con todos los honores, de The New York Dolls. Al dia siguiente del concierto, Arthur regresó a Los Angeles a un chequeo médico, sintiendose cansado. El diagnóstico fue contundente: leucemia. Arthur falleció dos horas después de recibir los resultados. Se hicieron planes para que fuese enterrado en el mismo cementerio en que estaban Johnny Thunders y Jerry Nolan, pero hasta éso le salió mal y fue incinerado en Los Angeles. A pesar de todo, muchos de los obituarios que le dedicaron mantenían que Arthur había fallecido con una sonrisa en su cara; su más ferviente deseo, volver a tocar con los New York Dolls encima de un escenario, se había hecho por fin realidad.
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Y The Supremes se convirtieron en las primeras cantantes, después de Elvis, en conseguir cinco números 1 seguidos. Después de aquello tuvieron cinco números 1 más, y un álbum también en la cima. Solo los Beatles rivalizaban con ellas en las listas de éxitos americanas. Las Supremes se convirtieron en un símbolo de las aspiraciones del propio Berry Gordy y de todos los que aspiraban a terminar con la segregación y a reconocer a la clase media negra. Berry, con sus clases de Artist Development, había reemplazado el sudor de los artistas de Rhytm and Blues de los 50, por la elegancia, encanto y sofisticación de los refinados y planeados hasta el más mínimo detalle, artistas de la Tamla Motown. Y la Alta Sociedad americana les admiraba cuando Diana Ross se presentaba ante ella: “Señoras y señores… la de aquel lado es Florence Ballard… ella es la calladita… la de en medio es Mary Wilson… ella es la sexy del grupo… y mi nombre es Diana Ross… y yo soy la inteligente…” Los aplausos atronaban.
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“You can’t hurry love”
La televisión les llevó a todos los hogares de América, y hasta los astronautas del Apolo V querían oírlas desde su nave en órbita. Anuncios para la Coca-Cola, sus caras te presentaban perfumes y comidas…

…pero en 1.966 Diana estaba tan exhausta que sufrió un colapso en plena actuación en Boston. Y a Florence, el hecho de que Diana cada vez dominase más el grupo y cantase como solista la mayoría de las veces, estaba destruyéndola poco a poco. Comenzó a beber para ser capaz de sobrellevarlo. A final de año los periodistas no cesaban de preguntarles por el rumor de que el grupo iba a pasar a llamarse Diana Ross & The Supremes; Florence y Mary lo denegaban continuamente, y nadie de la Motown le daba veracidad, ni siquiera Diana dijo una palabra sobre éso. Pero ahora Diana tenía su propio camerino mientras Florence y Mary tenían que compartir uno, y contestaba todas las preguntas de las entrevistas sin mirar siquiera a quien le habían preguntado de ellas.
El principio del fin fue en julio del 67, cuando poco antes de un concierto con todas las entradas vendidas en el Flamingo Hotel de Las Vegas, Berry Gordy reveló que desde ahora el grupo se iba a llamar Diana Ross & The Supremes, haciendo realidad el largo rumor.
Las chicas, además de por sus canciones, tenían una reputación más que merecida por las coreografías lujosas y de gran calidad que acompañaban a sus interpretaciones. Pero esa noche algo fue muy mal. Florence estaba borracha, con la peluca torcida, vistiendo un modelito de dos piezas que estaba visiblemente confeccionado para una figura mucho más esbelta que la suya… y para Berry Gordy, que había pasado su vida creando la impoluta imagen de la Motown, aquello era imperdonable.
La increpó llamándole gorda, y que tenía que hacer algo con su peso y con su comportamiento; ya no iba a pasarle por alto sus borracheras ni sus desplantes. La respuesta de ella fue arrojarle a la cara la bebida que estaba tomando y salir de allí gritando.
La noche siguiente Florence fue reemplazada en el escenario por Cindy Birdsong, que antes había cantado con el grupo de Patti LaBelle. Para Diana y Mary esto no fue más que otro capítulo del melodrama en que se había convertido su vida. Para Florence era la última vez que cantaba con las Supremes, el grupo que ella formó, al que le dió notoriedad con su potente voz, y al que incluso le puso el nombre.
“Al menos tuve algún crédito por algo”, dijo en su última entrevista, antes de morir.
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Todo el mundo esperaba esta intentona militar, pero nadie esperaba que fuese tan brutal, con tanta bestialidad y tanto odio. Cuando Víctor Jara volvió a llamar a casa por la tarde ya se sabía que Allende había muerto. Lo comentó con Joan. Le dijo también que esa noche no podría volver a casa por el toque de queda…
-No te preocupes, aquí estaremos bien, toda la gente está aquí dentro… -no quiso decirle, sin embargo, que en ese momento la Universidad estaba rodeada por los militares. –Mañana intentaré llegar a casa… cuídate, Joan… sabes que te quiero mucho.
Pero no hubo mañana. El doce de septiembre amaneció con Joan esperando a su marido. Mientras tanto, a las nueve de la mañana, los militares estaban entrando en la Universidad con los tanques. Habían pasado toda la noche ametrallando a los que estaban dentro; a los que habían tratado de salir les habían matado a tiros. Víctor se pasó casi toda la noche cantando para mantener el ánimo de los que permanecían allí.

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El derecho de vivir en paz
Les hicieron prisioneros a todos nada más entrar; profesores, estudiantes… unas seiscientas personas, incluyendo al Rector. Los trataron brutalmente… sobre todo a Víctor, a quien habían reconocido. Ya se la tenían jurada de antes; conscientes del poder que podía tener una canción, odiaban a Víctor Jara y ya le habían atacado antes más de una vez, los fascistas le habían apedreado una vez en uno de sus conciertos, era un enemigo declarado de la reacción. Los llevaron a un estadio cercano, donde los juntaron con los demás prisioneros que habían ido recogiendo de las fábricas y otros lugares… unos cinco mil… para una capacidad normal de tres mil quinientos. Víctor conocía muy bien aquello, había cantado allí varias veces.
El trece de septiembre Joan ya estaba desesperada. Por la radio oyó la noticia de la toma de la Universidad y de los prisioneros. Un amigo del matrimonio que había podido salir del estadio le trajo una nota de Víctor: “…no podré salir de aquí… cuida de nuestras hijas… ten valor y continúa con nuestra lucha…”. A pesar del desconcierto, lo que su amigo le contaba le hizo darse cuenta de la gravedad de la situación, le hizo darse cuenta de que aquellos eran capaces de matar a la gente teniéndoles prisioneros, a sangre fría.
El resto del día lo pasó en la embajada británica, intentando que sus compatriotas le brindasen ayuda, o al menos, se enterasen de cómo estaba su marido. No consiguió nada. Y así pasó los siguientes cinco días.
No consiguió saber que a pesar de sentirse reconocido desde el principio, Víctor tuvo una actitud de fuerza moral inquebrantable contra los militares; que cantó para todos a pesar de ellos, primero acompañándose con la guitarra, y después solo con la voz, cuando el teniente Edwin Dimter Bianchi, “El Príncipe”, le rompió las manos.
-¡Canta ahora si puedes, hijo de puta…! ¿Me escucha la cloaca marxista? ¿Me oyen los comemierda? ¡Ahora se acabaron los discursos, chuchas de su madre! Ahora van a tener que trabajar. Los que se nieguen a trabajar, los fusilaremos. ¿Me escuchan los vendepatria…?
No consiguió saber que le torturaron a la vista de todos, y que después de esa violencia pública le llevaron a los vestuarios del estadio donde el teniente coronel Roberto Souper ordenó que acabasen con su vida con una ráfaga de balas y un disparo de gracia final.
No consiguió saber que su marido compuso un poema final y que algunos de los que estaban presos con él lo aprendieron de memoria…
Somos cinco mil aquí,
En esta pequeña parte de la ciudad;
Somos cinco mil.
¿Cuántos somos en total en las ciudades y en todo el país?
Solo aquí, diez mil manos, que siembran y hacen andar las fábricas.
¿Cuánta humanidad con hambre, frío, pánico, dolor,
presión moral, terror y locura?
Seis de los nuestros se perdieron
En el espacio de las estrellas.
Uno, muerto; uno, golpeado como jamás creí
que se podía golpear a un ser humano.
Los otros cuatro quisieron quitarse todos los temores.
Uno, saltando al vacío;
Otro, golpeándose la cabeza contra el muro.
Pero todos con la mirada fija de la muerte.
¡Qué espanto produce el rostro del fascismo!
Llevan a cabo sus planes con precisión artera, sin importarles nada.
La sangre para ellos son medallas.
La matanza es acto de heroísmo.
¿Es éste el mundo que creaste, Dios mío?
¿Para esto tus siete días de asombro y de trabajo?
En estas cuatro murallas solo existe un número que no progresa,
Que lentamente querrá más la muerte.
Pero, de pronto, me golpea la conciencia,
Y veo esta marea sin latido.
Y veo el pulso de las máquinas,
Y los militares mostrando su rostro de matrona llena de dulzura,
Y Méjico, y Cuba, y el mundo, que gritan esta ignominia.
Somos diez mil manos menos que no producen.
¿Cuántos somos en toda la patria?
La sangre del compañero Presidente
Golpea más fuerte que bombas y metrallas.
Así golpeará nuestro puño nuevamente.
Canto, qué mal me sabes cuando tengo que cantar espanto.
Espanto como el que vivo, como el que muero, espanto
De verme entre tantos y tantos momentos del infinito,
En el que el silencio y el grito son las metas de este canto.
Lo que veo nunca vi,
Lo que he sentido y lo que siento
Hará brotar el momento…
…Y ahí quedó inconcluso.
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Portavoz
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La izquierda norteamericana estaba siendo despedazada con el beneplácito de la gente, temerosa de lo que pudiese traer esa “guerra fría” en la que su patria se hallaba inmersa. Las organizaciones de izquierda se habían quedado sin afiliados y hundidas en la clandestinidad; los sindicatos habían sido purgados de elementos indeseables.
Y Pete Seeger fue llamado a declarar. Cuando el “New York World Telegram” publicó los archivos del FBI que había filtrado el propio Edgar Hoover, se rebeló que Pete y su grupo The Weavers habían sido los primeros músicos en toda la historia americana en ser investigados por sedición. Tampoco le ayudó nada a Pete Seeger que su nombre apareciese en el “Red Channels”, una lista de 151 nombres de escritores y personalidades del cine y la música, a los que se acusaba de haber pertenecido a organizaciones subversivas anteriores a la Segunda Guerra Mundial, pero que no habían llegado a estar en las listas negras de McCarthy. En ella estaban también Edward Dmytryck, Dalton Trumbo, Elia Kazan, Larry Adler, Leonard Bernstein, Dashiell Hammett, Burl Ives, Zero Mostel, Arthur Miller…
Pero él no se dejó amilanar. No recurrió siquiera a cobijarse bajo recursos constitucionales como la Primera o Quinta Enmienda que habían invocado antes muchos de los testigos que se negaban a someterse a las canallescas preguntas de los cazadores de brujas. Para Pete Seeger eso eran fríos legalismos y para él aquella situación era un atropello inmoral de toda clase de libertades. Así que simplemente lo que hizo fue impugnar la legalidad del Comité y manifestar su absoluto desprecio por los inquisidores.
“Estas preguntas son impropias. Yo no voy a responder ninguna pregunta que se refiera a mis contactos, mis creencias religiosas o filosóficas, mis creencias políticas ni ninguna otra cuestión privada. Creo que es muy impropio que a cualquier americano se le hagan esa clase de preguntas, sobre todo bajo una coacción como ésta.”
Naturalmente, no se lo perdonaron y le acusaron por “desprecio al Congreso”. Le procesaron formalmente en 1.957, y en 1.961 fue condenado a un año de prisión. Durante todos esos años su nombre fue borrado de todas las bocas, apenas pudo cantar más que en algunas Universidades y sus discos dejaron de radiarse en todas las emisoras, a pesar de que en los años anteriores a este declive fueron tan populares como para haberse vendido más de cuatro millones de ellos.
En 1.962 el Tribunal de Apelaciones anuló su condena, presionado por las protestas que le llegaban desde todo el mundo, pero aunque liberado de prisión, Pete siguió siendo un ciudadano sospechoso.
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Un tiempo para nacer, un tiempo para morir.
Un tiempo para sembrar, un tiempo para cosechar.
Un tiempo para matar, un tiempo para curar.
Un tiempo para reir, un tiempo para llorar…
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Bobby Darin tuvo una vida digna de ser novelada, y por eso también ha sido llevada al cine. Su nombre de verdad era Warren Robert Cassotto, pero en realidad ni siquiera eso era cierto, porque Bobby nunca conoció a su padre, y su padre nunca llegó a saber que había tenido un hijo. Esta situación todavía era más complicada por el hecho de que su madre, Nina Cassotto, crió a Bobby haciéndole creer que era en realidad su hermana, y que los dos eran hijos de Polly, la madre de Nina.
Nina quedó embarazada en el colegio y no le quiso decir nada a su joven amante. Así que toda la familia se mudó a otra ciudad para evitar las murmuraciones propias de los años 30. Y pasó el tiempo y nadie informó a Bobby de la verdad hasta 1.968, cuando éste ya tenía 32 años de edad y ya era un famosísimo cantante que se codeaba tanto con los rock’n’roleros de su época como con el mismísimo Frank Sinatra. Era además un músico consumado, que dominaba el piano, la batería y el vibráfono. Y además tuvo bastante éxito como actor, llegando a estar nominado para un Oscar por su papel de fascista psicótico en la película “La escuela del odio”, que dirigió Stanley Kramer en 1.962. Y si aún no tenía bastante, en 1.968 se echó en brazos de la política, en las filas del Partido Demócrata americano.
Así que sabiendo que ahora toda la vida de Bobby iba a estar bajo el atento escrutinio de la mirada pública, y que el partido de la oposición no iba a pestañear siquiera a la hora de usar los hechos de su nacimiento contra él, fue por lo que Nina Cassotto por fin le reveló la verdad.
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“Dream lover”
Aquello le dejó destrozado, pero siguió adelante, uniendo su carrera musical y sus creencias políticas. Estaba en el equipo de Robert Kennedy cuando éste ganó las primarias del estado de California y se perfilaba como el nuevo presidente de los Estados Unidos. Pero en cuestión de horas la pistola de Sirhan Sirhan le redujo de nuevo a la desesperación. En el funeral de Kennedy, Bobby contaba a sus amigos más cercanos que había tenido una experiencia mística que le había llevado a vender todas sus posesiones y retirarse al Profundo Sur a llevar una vida de ermitaño. Los rumores comenzaron a circular: que si era alcohólico, que si era drogadicto… la realidad era muy diferente; Bobby había sufrido problemas cardíacos desde muy joven, hasta el punto de que se llegó a dudar de que alcanzase los 16 años siquiera.
Viviendo ya una vida de prestado, Bobby volvió a cantar, incluso fue uno de los pocos cantantes blancos que fichase por la Motown. Su primera operación del corazón llegó en 1.971, tras la cual ya todos los pulgares apuntaban hacia abajo…
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Con todos los flashbacks que me vinieron a la mente preparando el post anterior sobre los conciertos recordé algunas cosas divertidas que entre copas me contaban los miembros de La Iguana, los promotores nacionales a los que solíamos comprarles la mayoría de las actuaciones que traíamos a Sevilla.
Una de ellas tenía como protagonista a Biff Byford, gritón solista de los metaleros SAXON, que apenas era cascarón de huevo cuando la banda tuvo su primer éxito allá por 1980.
Doce años después, la banda estaba en su fase de bajada cuando los trajeron de gira por nuestro pais y un oscuro secreto de Biff (un legado de lo rápido que se aprecian los efectos de la edad cuando llevas mala vida) iba a ser revelado a todo el mundo.
En uno de los conciertos en directo en España, una combinación del implacable calor de nuestro verano unido a los sudores propios del heavy tuvieron su efecto en el grupo telonero de Saxon, la banda de la rocker-glam y modelo a tiempo parcial LISA DOMINIQUE.
Corriendo fuera del escenario en mitad de la actuación debido a la urgente necesidad de alguna bebida fresca, la rubia cantante pilló un vaso de agua en el abierto camerino más cercano y comenzó a engullirla… para encontrarse un par de dentaduras postizas tintineando siniestramente en el fondo del vaso.
Guiado al camerino por el inconfundible sonido de una vomitona, Biff identificó los picarones dientes como su “dentadura de hablar”, explicando que la que él llevaba puesta en esos momentos era su “dentadura de cantar”, una prótesis mucho más resistente y adherente que la del vaso que le permitía gritar sin contemplaciones himnos metálicos tales como “Wheels of steel” y “Strong arm of the law”.