Atrapado por el blues de Memphis
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76 – Adjudicado al caballero del fondo

Escrito originalmente por Carrascus, el 19 de julio del 2.006 

Por una extraña asociación de ideas al pedirle al Profe Franz una carta de las que nos cruzamos cuando él andaba por Carolina del Sur, recordé que una vez contó que allá en los USA, aunque todos pensásemos que los conciertos de rock eran lo que primaba, estábamos muy equivocados, allí lo que de verdad arrastra a la gente a las salas es el country. Y normalmente la gente que va a esos conciertos suelen ser tipos duros.

Pagan su dinero por la entrada, y a cambio quieren su generosa ración de caballos y cowboys, malas mujeres y peor whisky; y que a sus estrellas preferidas no se les ocurra darles todo eso en cantidades cortas. Como GEORGE JONES pudo comprobar cuando su gira le llevó a Fredericksburg, en Texas, en los primeros años 80.

En aquel tiempo, el legendario cantante de country se estaba dando cuenta que la vida en la carretera exigía un gran esfuerzo, por no mencionar lo cara que también era. Su primer intento de apañárselas con las vicisitudes de los conciertos en directo (simplemente suspenderlos) tuvo como resultado que le visitasen un montón de abogados enviados por promotores de muy mala leche.

Entonces, George recurrió al Plan B. Salir y tocar unas poquitas canciones, bajarse del escenario, y mientras todo el mundo pensaba que después de mear y aclararse la garganta iba a volver a subir para dar un mastodóntico concierto, salir pitando del local.

Pero los fans de Fredericksburg no eran tan paletos como parecían. Y cuando después de la brevedad de su aparición vieron que George se estaba preparando para irse, hicieron un rápido cálculo aritmético mental y llegaron a la conclusión de que no habían recibido todo lo que el dinero pagado merecía. Y también se imaginaron que no iban a conseguir nada si se dirigían a la taquilla a protestar y exigir la devolución de la pasta. Así que asaltaron el escenario.

Cogieron a George y a su banda, les forzaron a volver al escenario y les rodearon para que no pudiesen huir. Entonces uno de los que más pinta de bestia tenía se acercó a George, le arrebató la guitarra, y blandiéndola como un hacha de guerra se acercó al micrófono:

A ver, colegas… -anunció- ¿Cuánto ofrecéis por esta bonita guitarra…?

Y luego siguió.

¿Cuánto por este micrófono…? ¿Y por estos magníficos amplificadores…?

Los lugareños todavía recuerdan aquella como la más exitosa de todas las subastas que en Texas ha habido nunca.