Atrapado por el blues de Memphis
Si no te gustan estos colores, recarga la página; gracias.
I’M JUST A DREAMER WHO DREAMS OF BETTER DAYS (7ª Semana)
Categorías: Tangled up in blue
Carrascus

¿Dónde está mi sueño de ayer…? (Dogo, el de los Mercenarios)

Una vez cerraron una escuela por mi culpa. Aquello debió ser entre 1967 y 69, no recuerdo exactamente, en las casitas bajas del Polígono. Los directivos de “Educación y Descanso” habían abierto una escuela nocturna para jóvenes currantes y adultos utilizando una de las aulas del colegio del barrio y D. Antonio, un profesor que me conocía y que veía en mí cierto potencial, vete tú a saber por qué, que era quien se encargaba de dar aquellas clases, le propuso a mis padres que asistiese a ellas porque serían un buen complemento a mi educación escolar primaria. Y como mi opinión no importaba lo más mínimo, allí que fui a parar; aunque no me desagradaba, porque me codeaba con tíos muy mayores con los que aprendía también cosas muy diferentes que las que enseñaban en clase. El problema fue que el presidente, D. Benito, pensaba que un niño de poco más de diez años como yo no pintaba nada en aquella reunión de adultos y le dijo a D. Antonio que me sacase de allí. Como éste no atendió a su petición, lo que hizo D. Benito después fue ordenárselo. Y D. Antonio se encaró con toda la directiva diciendo que “para uno que estaba realmente interesado en las clases y que era el que más las aprovechaba, no iba a echarlo de ellas”. El asunto se convirtió en un cisma interno en el que D. Antonio no tenía más remedio que ceder, por lo que la decisión que tomó fue que si yo no iba a las clases no iría nadie más. La directiva le mantuvo el pulso y él cumplió su palabra. No volvió a dar clases y la escuela nocturna se cerró. Esta noche me apetece recordar en sueños aquellos tiempos en que había gente que creía firmemente en mí y en los que yo era todavía un diamante en bruto antes de que realmente se descubriera que al pulirme lo que encontrarían sería un marmolillo. Buenas noches a todos; que descanséis.

Aunque ya no viva en el barrio yo siempre seré un polinganero militante y eso ha hecho que hoy, como hago otras muchas veces, me haya dado una vuelta por mi antiguo barrio para hacer algunas gestiones en sus (bares y) comercios, en los que me conocen tanto como yo conozco a sus dueños. Y mientras lo hacía iba pensando en lo diferente que era ir escuchando en el coche una canción que podía elegir con solo el movimiento de un dedo de entre otras cientos de ellas, de cómo teníamos que ir avanzando el cassette hasta dar con una de entre apenas otras diez o doce; me di cuenta de que sin embargo la escena que presentaba la avenida por la que circulaba no difería en ninguna forma significativa de cómo se hubiese visto en 1967. Bueno, el diseño de los coches ha cambiado, pero se siguen moviendo por el suelo impulsados por motores de combustión, y no hay coches voladores ni teletransportación. Los peatones siguen caminando por las aceras en vez de moverse a gran velocidad en plataformas unipersonales. E incluso la ropa y los peinados de la gente no son especialmente singulares. De acuerdo que al igual que el resto de Sevilla y del mundo muchas calles han cambiado de aspecto, pero desde los semáforos hasta el clásico buzón de correos de al lado de la parada de autobús, pasando por éste mismo o por los taxis que paran enfrente, o el estanco de la esquina, el siglo 21 en mi barrio es penosamente poco futurista. Para un sempiterno fan de la ciencia-ficción como yo, esto es algo brutalmente decepcionante. Por eso esta noche me apetece soñar que vivo en un mundo en el que me puedo ir de vacaciones a la luna; en el que los trenes viajan como un rayo entre continentes a 1500 kilómetros por hora aspirados por el interior de túneles sumergidos; en el que las mochilas con mini-motores a reacción nos pueden hacer volar; en el que mi mujer tienen un robot mayordomo; en el que veo el baloncesto en una televisión tridimensional, cómodamente instalado en mi casa inteligente, que se anticipa a mi humor o mi estado de ánimo con cambios en su interior o simplemente en la decoración o en mantener el frigorífico siempre lleno de mis delicatessen favoritas; o en el que disponemos de algo tan pueril como el traje que nos hace invisibles para poder colarnos en la casa de esa chica que debe estar tan guapa desnuda… Buenas noches a todos; que descanséis.

A mí no me pilló la Selectividad por un año. Sin embargo después la pasé cuatro veces. No sé si esto que voy a contar aquí es conveniente, de todas formas hace tantos años que ya no importa. En los primeros años de la implantación de la Selectividad el control no era nada riguroso. A los que se examinaban les habían dado un carnet con su foto, sí, pero luego nadie te miraba ese carnet; la mecánica para entrar al examen era la siguiente: los estudiantes entraban al aula y se sentaban en unos bancos enormes en los que cabían muchos. Todos iban entregando los carnets al que tenían al lado, de forma que se amontonaban en el extremo del banco, donde uno de los profesores que vigilaba los recogía y los dejaba en la mesa que presidía el aula. Después, a medida que iban terminando el examen, los estudiantes dejaban las hojas en esa mesa, cogían su carnet y salían de allí. Así los dos días, el del examen de las optativas y el de la redacción del texto sobre la conferencia. Por eso pudieron presentarse a hacer el examen algunos que no eran el titular del carnet. Y no es que hubiese una red de suplantadores de alumnos de Selectividad, al menos no me consta, pero sí sé que, con mucho secretismo, por razones obvias, hubo bastante gente que se presentó en lugar de otros menos preparados, y yo fui uno de ellos. A través de mí entraron en la Universidad sevillana cuatro árabes que vinieron para estudiar Medicina, que no estaban seguros de poder pasar el filtro por el idioma o los conocimientos de las asignaturas. Ellos y yo coincidíamos en dos optativas, Matemáticas Especiales y Química, la tercera mía era Física y la de ellos Biología, por lo que tuve que empaparme de esta asignatura por mi cuenta. Pero valía la pena porque la pasta que te daban por entrar te apañaba el verano. A ellos no los llegué a ver nunca más que en foto, pero sé que eran dos libaneses, un jordano y un sirio, de los que mi cuñado palestino me traía en junio y septiembre los carnets y después los talegos. Esta noche me apetece revivir en sueños esa sensación agridulce de peligro que casi nunca más he vuelto a sentir, esa descarga de adrenalina cuando los profesores manipulaban los carnets y el cosquilleo en el estómago cuando eres consciente de que estás haciendo algo ilegal. En sueños no hay consecuencias posteriores. Buenas noches a todos; que descanséis.

En el concierto de los News y Doctor Explosion al que he asistido esta noche, mientras mi amiga Lu decía que hacía tiempo que no veía un pogo en las primeras filas, con chavales saltando y brincando, me he acordado de aquella otra noche en la que vi actuar en Sevilla a James Brown y de la que guardo un recuerdo imborrable, aunque no fuese él quien me lo proporcionó de forma directa. Allí estaba yo con mi amigo Pepe Conciertos, y fue una noche de mucho bailoteo al son del Padrino del Soul. En un momento la chica que saltaba delante de mí aterrizó con uno de sus tacones sobre uno de mis pies. No me dolió demasiado, pero ella debió pensar que sí, y en vez de un “perdona” o una disculpa al uso, no dijo nada, solo me echó los brazos al cuello y me dio un beso en los morros. Eso, y su sonrisa de despedida al terminar el concierto, hicieron inolvidable el show de James Brown. Ahora suelo tomármelo con más tranquilidad, y aunque hoy sí hemos andado cerca del escenario, la mayoría de las veces me mantengo más cerca de las cervezas que ponen en la barra que del mogollón de los espectadores cercanos a dicho escenario, lo que ha hecho que, básicamente, me pierda más momentos como ése que os contaba. Esta noche me apetece revivir en sueños alguno de esos instantes vividos en primera fila, en los que llegaba hasta mí el sudor que despedía la melena de Reg Presley o cazaba al vuelo la púa de la guitarra que Ray Davies había arrojado al aire. Viendo desde lejos a los Def Con Dos cuando hace unos años estuvieron en Sevilla pensaba que, a pesar de todo, nunca me atreví a ser como esos chavales medio locos de ese concierto, que se subían al escenario y desde allí se tiraban en plancha sobre los espectadores, que los recogían en su salto y los mantenían planeando por encima de sus cabezas… y, anda, mira, no solo es cosa de ellos, sino que algunas chicas también están igual de locas para hacer lo mismo. El nuevo trago de cerveza se me quedó congelado junto a la sonrisa cuando, fijándome mejor, me di cuenta de que la saltadora que ahora estaba volando sobre las primeras filas era… mi hija! Buenas noches a todos; que descanséis.

El primer libro que tuve entre mis manos fue una edición infantil de “La Isla del Tesoro” que mi madrina me regaló el día de Reyes. Cuando el viejo y curtido navegante, con su rostro cruzado por un sablazo, buscó cobijo en la hostería del “Almirante Benbow” y conoció a Jim Hawkins me sentí imbuido por el espíritu de éste y mi imaginación comenzó a viajar rumbo a la América Española. Y después el viaje siguió junto a “Un capitán de quince años”, de Verne, para continuar surcando las páginas de ingentes cantidades de libros y más libros que he ido leyendo desde entonces. Esta noche, en la que estaré apurando el final de mis vacaciones al lado del mar, me apetece revivir en sueños alguna aventura en la que yo fuese un intrépido pirata, a medias perverso y a medias héroe, porque desde que de pequeño me enamoré en aquel primer libro de John Silver “El Largo”, siempre he querido serlo de mayor. El problema es que en vez de tener la pinta de Jack Sparrow tengo la del Señor Smee, el segundo de a bordo del Capitán Garfio… y, sinceramente, no es lo mismo. Buenas tardes a todos, que paséis un buen fin de semana. Nos volvemos a encontrar al final del domingo.

Se terminaron las vacaciones. Las tardes y noches de los domingos siempre son tristes y en este caso lo hubiesen sido todavía más de no ser por la singularidad de que el niño se va ya mañana a terminar sus estudios a París y la casa ha sido hoy desde que hemos vuelto un constante trasiego de visitas de familiares, despedidas y lloriqueos. Y al final hemos optado por irnos a Sevilla a cenar en ese restaurante jordano que tanto nos gusta. No nos ha dado tiempo a pensar que mañana vuelve la normalidad. Esta noche me apetece soñar que septiembre nunca llega. Buenas noches a todos; que descanséis.

Categorías: Tangled up in blue -

No hay comentarios

(Required)
(Required, will not be published)

Si quieres poner una afoto en tu comentario, pega el enlace aquísh. Muuusho cuidao con lo que ponemoh.