Atrapado por el blues de Memphis
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MY DREAMS IT’S NEVER QUITE AS IT SEEMS (5ª Semana)
Categorías: Tangled up in blue
Carrascus

Deja que tus sueños sean olas que se van…

Echo mucho de menos los cines de verano de mi preadolescencia. En las casitas bajas del Polígono había uno la mar de bueno, el “Terraza Cinema”. Y a mi padre, que era socio de “Educación y Descanso” le daban todos los días un vale. Con ese vale y una peseta nos daban dos entradas de preferencia, así que mi hermano y yo íbamos al cine todos los días… no os podéis ni imaginar la cantidad de pelis que vimos en esos años mientras nos inflábamos de comer pipas “Sayma”; porque el cine lo abrían en cuanto pasaba la feria y duraba abierto hasta “la Hispanidad”, el 12 de octubre, así que eran unas 130 películas al año. Esta noche me apetece revivir en sueños aquellas noches de pelis del oeste, de romanos, de risa, de Tarzán, de Cantinflas… y las de aquel agente secreto con licencia para matar que conseguía llenar siempre el cine hasta agolpar a la gente que le miraba en la pantalla incluso en los pasillos, pegada a la pared. Buenas noches a todos, que descanséis.

En 1967 nos dieron un piso para que dejásemos las casitas bajas. Nos podía haber tocado el Tiro de Línea, pero nos tocó “el Polígano” que construyeron al lado de Santa Clara, el barrio residencial de los oficiales americanos de las bases de Morón y Rota. Y aquello era otro mundo. No había gran relación entre los dos barrios, pero los niños son igual de niños en todos lados y nosotros nos relacionábamos más, aunque fuera para darnos collejas y para mangarles todo lo que podíamos; mi botín más preciado fue un casco de futbol americano, bastante usado ya. Por entonces no había apenas Lps, todo eran discos pequeños de 2 ó 4 canciones, que nos cambiábamos con los americanos, cuando no por discos españoles, por triquitraques o tebeos. De entonces, recuerdo haber tenido, aparte de EPs de los Beatles, el “Black is black”, el “Summertime girl” de Los Iberos, el “Get on your knees”, que entonces se conocía como “el pollo en lata”, de los Canarios (de cuando Teddy Bautista aún era cool), “El muelle de la bahía” de Otis, “Spirit in the sky” de Norman Greenbaum, “Psychotic reaction” de Count Five, “I had too much to dream” de Electric Prunes, “We ain’t got nothin’ yet” de Blues Magoos, el single de los sevillanos Green Piano, el “Satisfaction” de Franklin que os recordaba aquí no hace mucho… esta noche me apetece revivir en sueños aquellos ratos pasados en Santa Clara, con mis jóvenes ojos abiertos como platos al “american way of life”. Buenas noches a todos; que descanséis.

Aparte de la música, yo siempre he sido un gran amante del fútbol. Y se me daba muy bien. Aunque esté mal que yo lo diga, la verdad es que era un excelente extremo izquierdo de esos que tan en falta se echan ahora. Y esa falta ocurre en gran parte debido a los entrenadores, a los que siempre he odiado profundamente, y de los que pienso que han sido el mayor cáncer del espectáculo. Por aquella época en que yo estaba en las últimas etapas de juvenil jugaba en el Betis (aunque soy sevillista, el equipo de mi barrio era filial del Betis, no había elección), y tenía que aguantar el cachondeo de los cabroncetes que tenía de compañeros porque Pedro Buenaventura (el padre, el clásico, la voz más autorizada del beticismo) solía decir de mí que yo “la meneaba muy bien”… el hombre, sin pararse a pensar en cómo lo decía, se refería a “la pelota”, claro… pero os podéis imaginar la guasa con la puñetera frasecita de los cojones… Eran buenos tiempos; titular indiscutible, reconocido, jugando en un equipo que hacía un fútbol de ataque al estilo del que siempre se hacía hasta entonces… Hasta que llegaron los entrenadores y sus “revoluciones futbolísticas”. Llegó el fútbol defensivo, el quitar gente de delante para meter más gente detrás. Y surgió esa figura que desde entonces se llamó “el carrilero”, que era un futbolista que jugaba de defensa pegado a una banda y se iba también mucho hacia delante, con lo cual podía reforzarse la defensa con otro central y poner también a lo que entonces era “un líbero”, en detrimento de los extremos. Y el entrenador de mi equipo era de ésos. Llegó para mí el banquillo… unido a que por entonces también entré en la Universidad, me eché de novia a la Sra. Carrascus, y mis intereses cambiaron desde el fútbol, al que terminé por abandonar, hacia otros más amplios. Este abandono no fue de la noche a la mañana, por supuesto… pasé por otras posiciones en el campo que no me terminaban de gustar, y calenté mucho banquillo, lo que me gustaba todavía menos. Al Betis habíamos llegado cuatro chavales desde el San Pablo, con uno de los cuales ya había jugado también en el Hispania. Éste era un chaval canijo y desgarbado, con patitas de alambre, del que yo siempre pensé que estaba algo majara desde que de pequeños, en la obra de construcción del Barrio E, se embadurnó los huevos con alquitrán porque quería tenerlos negros, como las personas mayores… el loco éste, en el Betis, se reconvirtió de delantero centro, que es como empezó, a lateral izquierdo. Y como era un carrilero que corría mucho y centraba muy bien, pues yo dejé de tener sitio. Seguí coincidiendo algún tiempo con él, pero ahora en el autobús, a mediodía, de vuelta al Polígono, cuando yo lo cogía para volver desde la Escuela de Ingenieros y él ya había subido en la anterior parada, que era la más cercana al campo del Betis, y volvía de los entrenamientos. No penséis que guardo ningún rencor por nadie (bueno, puede que por los entrenadores sí), ni mucho menos por él. Porque aunque yo hubiese perseverado y no me hubiese ido del fútbol, la banda izquierda ya no hubiese vuelto a ser mía nunca más… ¿para qué iban a quererme a mí si en ella tenían a un tío que con el tiempo llegó a ser el mejor del mundo en ese puesto…? Esta noche me apetece revivir en sueños aquellos años de futbolista juvenil en los que el fútbol no era la locura en la que se fue convirtiendo después. Y volver a correr por todas aquellas bandas en las que, como si fuese el caballo de Atila, no volvía a crecer la hierba cuando galopaba por ellas con el balón. Buenas noches a todos; que descanséis.

Cuando yo era jovencito nuestros discos solo podíamos escucharlos en casa o si acaso en la de algún amigo, pero no podíamos sacar nuestra música a la calle hasta que llegaron los radiocassettes. El primero que tuvimos en casa fue un Sanyo que mi padre le compró a unos gitanos y se lo vendieron con una cinta dentro. De ello deduzco que aquél debió ser el año 1.973 porque fue cuando se editó dicha cinta, que era la de Las Grecas… y anda que en mi casa no se escuchó veces ni ná aquello de “testoy amando locamenteeee pero no sé cómo te lo viá desiiiiiiií….”. Esta noche me apetece revivir en sueños las horas pasadas grabando las primeras cintas, encontrando tesoros en la radio y en las casas de los amigos, empezando a coleccionar joyas musicales. Buenas noches a todos; que descanséis.

Todos tenemos derecho a que una música nos guste o no. Y las hay de todos los estilos y épocas. Y prescindiendo de las múltiples clasificaciones que se hagan de la música, hay muchos críticos e intérpretes que solo establecen dos: música buena y música mala… Aunque yo en realidad estoy más de acuerdo con clasificarla en otras dos modalidades mucho más intuitivas: música que nos gusta y música que no nos gusta. Al fin y al cabo la música, como todas las formas de cultura, es algo que apreciamos de forma individual y subjetiva, y dividirla en buena o mala ya implica que uno se arroga una objetividad que no tienen por qué compartir los demás, y que solo sería válida para analizar elementos concretos de la música, pero nunca para analizar cómo estos elementos inciden en el ánimo de cada uno… esta noche me apetece revivir en sueños el momento en que mis amigos más “enteraos” descubrieron que me gustaba esta canción y estuvieron a punto de quitarme (y le robo la terminología a mi amigo Pablo) el “carnet de moderno”. La cara que pusieron me tuvo con la risa floja varios días. Buenas noches a todos; que descanséis.

Los placeres culpables tienen una explicación que normalmente no se rige por la lógica. Anoche os hablé de uno de los míos en el plano musical. Y hoy os contaré su razón de ser. En los primeros años 70 los jóvenes no teníamos la capacidad moral ni social que tienen los jóvenes de ahora para poder sacar adelante sus relaciones amorosas. Y no hablo ya de mantener relaciones sexuales de forma más o menos abierta sino de tener algún lugar en el que besarse, hacer manitas y hablar de esas cosas que hablan los novios… y si esta terminología que estoy usando os parece anticuada seguro que muchos de vosotros ni siquiera os acordáis de que esta forma de mantener el contacto físico y emocional con tu novia se describía con una frase que ya está en desuso desde hace mucho tiempo: “pelar la pava”. La sra. Carrascus y yo lo hacíamos en una de las paredes laterales del bloque en el que ella vivía, en la que no había ventanas y nos amparaba la sombra de un frondoso árbol. Pero de todas formas estábamos en mitad de la calle, como aquél que dice, y por allí pasaba gente y escuchábamos cómo se desarrollaba la vida vecinal a través de las ventanas abiertas de los demás bloques. Y precisamente a través de una de esas ventanas se escuchaba la canción que puse anoche mientras nosotros acercábamos nuestros labios por primera vez. Esta noche me apetece revivir en sueños aquel primer beso. Con el tiempo le han seguido muchísimos más, pero aquél, a pesar de ser corto y un poco desmañado, siempre ha sido especial. Y, por cierto… ella también lo recuerda. Buenas noches a todos; que descanséis.

Nunca había visto a Bob Dylan en directo hasta 1991, ya bien metido yo en la treintena. Vino a Sevilla a una serie de conciertos previos a la Expo, que se llamó “Leyendas de la Guitarra” y que era un producto más televisivo que otra cosa, con los músicos saliendo, tocando algo con el anterior, luego dos o tres cosas ellos solos, y otra más acompañado por el que le iba a relevar. No recuerdo quien estaba tocando, creo que Richard Thompson, cuando de pronto entreví a Bob Dylan apareciendo por detrás del escenario de forma muy desapercibida… y todo fue verlo y erizárseme el vello, y sentir un cosquilleo por la espalda… parecerá una tontería, pero es algo que he sentido muy pocas veces… ante el David de Miguel Angel, por ejemplo… luego ya lo vio todo el mundo y comenzaron los aplausos, pero nadie me quitó la magia del instante… Esta noche me apetece revivir en sueños alguno de esos momentos en que me he convertido en un mitómano apasionado. Y volver a sentir de nuevo el escalofrío de la emoción. Buenas noches a todos; que descanséis.

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