UN PEQUEÑO PASO PARA UN HOMBRE…

Venía del trabajo escuchando música en el coche, con el mp3 en modo aleatorio y saltó una canción que hacía ya bastante tiempo que no escuchaba y que al volverlo a hacer hoy he visto que habla de un tema enormemente actual… el puto dinero.

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“Money”

Dinero. Escapa.
Consigue un buen trabajo con más sueldo y estás OK.
Dinero. Es divertido.
Coge la pasta con las dos manos y móntate en el taco.
Coche nuevo, caviar, sueños de cuatro estrellas;
creo que me compraré un equipo de fútbol.

Dinero. Vete.
Estoy bien, tío; no toques mis billetes.
Dinero es éxito.
No me hables de virtudes ni gilipolleces;
soy parte de la gente guapa
y creo que necesito un Jet privado.

Dinero es un crimen.
Compártelo justamente…
…pero no toques el mío.

Dinero. Por eso dicen que es la raiz
de todos los males.
Pero si pides un aumento
no te sorprendas de que no te den ni un céntimo.

Esta canción tiene ya la friolera de 39 años de edad y pertenece a un disco de Pink Floyd llamado “The dark side of the moon”, que es uno de los grandes monumentos de la historia del rock, una obra tan abrumadora desde el punto de vista estético como del estadístico. Un disco deslumbrante del que se han vendido más de 50 millones de copias en todo el mundo y del que aún se siguen vendiendo aproximadamente un millón más cada año que pasa en todos los formatos actuales. Y eso a pesar de no haber llegado a ser nunca número 1 en las listas de ventas de Inglaterra. Desde que se editó estuvo entre los 75 primeros de esas listas durante 310 semanas seguidas y todavía sigue apareciendo por ellas en periodos de grandes ventas, como las navidades, o cuando se reedita para conmemorar números redondos de su cumpleaños, por ejemplo. En los Estados Unidos, sin embargo, sí llegó a estar en el número 1, pero solamente durante una semana; aunque en el Top 200 de Billboard estuvo 741 semanas consecutivas… más de 14 años del tirón.

Pero si sus cifras son impresionantes, hay otra cosa que es más impresionante aún. Y eso es escucharlo.

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“Breathe”

Respira; respira en el aire.
No tengas miedo de sentir.
Vete, pero no me dejes.
Mira a tu alrededor y escoge tu propio terreno.
Vivirás muchos años y volarás muy alto,
tendrás muchas sonrisas y llorarás muchas lágrimas.
Y todo lo que puedas tocar y todo lo que veas
es lo único que tu vida será.

Corre, conejo, corre.
Cava el agujero, olvídate del sol.
Y cuando por fin hayas acabado el trabajo
no te sientes, es hora de empezar de nuevo.
Vivirás muchos años y volarás muy alto,
pero solo si te dejas arrastrar por la marea
y, balanceándote en la ola más alta
corres hacia una fosa temprana.

Y además no es en absoluto un síntoma de que te estás haciendo viejo ni una admisión de culpabilidad en los círculos más enrollados el admitir que admiras este disco, o que te gusta mucho. Desde que el punk dio a Pink Floyd una patada generacional en el culo este disco ha ido persuadiendo a las diferentes oleadas de adictos musicales de que sus veteranas credenciales son auténticas y buenas. Sobre todo, en la década de los ’90 se le demostró un especial cariño. Cuando la música dance se disparó y declaró que todo lo que se había hecho antes quedaba obsoleto, salieron los Shamen, uno de sus grupos principales, para proclamar mientras bailaban con los brazos en alto, que Pink Floyd eran su mayor fuente de inspiración. Cuando el britpop reafirmó la supremacía de las canciones de tres minutos, llenas de guitarra y buen rollito, los Radiohead se desmarcaron de la mayoría con su extraño y absorvente “OK Computer” y los críticos decían que sin duda eso había sido porque se habían pasado mucho tiempo escuchando “The dark side of the moon”. Pink Floyd son influyentes todavía, sí; sin ir más lejos ahí tienes a Nudozurdo, una de las mejores bandas que tenemos por aquí en la actualidad; o a los GAF, que tan fantástico concierto nos ofrecieron en el CICUS hace unos días…

Y la razón de eso es “The dark side of the moon”. Sin este disco Pink Floyd hubiesen sido considerados una fascinante excentricidad de la era post-hippy. Después de todo, y volviendo a las cifras como indicadores comerciales de su status, de ninguno de sus seis discos anteriores se habían vendido más de un cuarto de millón de copias; su último single de cierto éxito, “See Emily play”, lo habían editado hacía ya doce años; en los USA sus discos nunca habían llegado en las listas más allá del número 55 que logró “Atom heart mother” en 1970…

La cuestión es ¿por qué “The dark side of the moon”? Y, sinceramente, ésa es una pregunta que solo se puede responder con generalidades.

La clave parece ser el adecuado equilibrio de opuestos: está lleno de electrónica, tecnología, efectos de sonido, sintetizadores, sonido espacial, intelectualidad; pero también está lleno de alma, de grandes emociones, de voces que cantan (y que hablan) desde el corazón, y de guitarras y saxofones que hacen lo mismo. Está lleno de ruidos grandes, enormes… y de silencios casi subsónicos…

Y además estaba el lenguaje empleado. De forma muy consciente, Roger Waters se concentró en símbolos de extremos fundamentales: el sol y la luna, la luz y la oscuridad, el bien y el mal, la fuerza de la vida como opuesta a la fuerza de la muerte… y consiguió que no sonase todo como un ejercicio académico, como el sota, caballo y rey de la imaginería poética sino como si le estuviese hablando a cada uno de los oyentes concretos del disco y le estuviese diciendo: “mira, tío; sé que a veces tienes malos sentimientos e impulsos chungos porque a mí también me ocurre, y una de las formas en las que puedo estrechar mi contacto contigo es compartir el hecho de que yo también me siento mal muchas veces”. El título del disco lo explica muy bien; está extraído de una de las frases de la canción “Brain damage”: “I’ll see you on the dark side of the moon”.

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“Brain damage”

El lunático está en la hierba.
El lunático está en la hierba,
recordando juegos
y cadenas de margaritas y sonrisas.
Es necesario que los locos sigan el sendero.

El lunático está en mi pasillo.
Los lunáticos están en mi pasillo.
El periódico empuja sus caras dobladas al suelo
y cada día el repartidor de periódicos trae más.

Y si el dique se rompe demasiado pronto,
y si no queda más espacio encima de la colina,
y si tu cabeza explota con temores oscuros,
te encontraré en la otra cara de la luna.

El lunático está en mi cabeza.
El lunático está en mi cabeza.
Levantas el cuchillo, haces el arreglo.
Me arreglas hasta que esté sano.
Cierra la puerta con llave
y tíralá lejos.
Hay algo en mi cabeza,
pero no soy yo.

Y si la nube explota, atruena en tu oído.
Gritas y parece que nadie te escucha.
Y si el grupo en el que estás
empieza a tocar melodías distintas
te encontraré en la otra cara de la luna.

De todas formas hay muchos artistas que pueden explicar su trabajo con una lucidez igual o superior, pero eso no significa que su música te vaya a conmover durante cuarenta años. Una gran parte del poder musical de este disco reside en los antecedentes y la experiencia de todos los miembros de Pink Floyd. Todos ellos gente de clase media que habían crecido con la disciplina mental y el orden de una buena educación. Roger Waters y Nick Mason estudiaron arquitectura y Rick Wright, piano clásico.

Pero llegó un momento en que todos se apartaron del buen camino y se sumergieron en el underground electrónico del Londres de los últimos años 60. Aunque nunca perdieron del todo esa reserva emocional que es la quintaesencia del comportamiento inglés que todos compartían, todos los miembros de Pink Floyd se contagiaron del semi salvajismo de su colega Syd Barrett, el improvisador incansable, y aprendieron a expresar sus sentimientos más oscuros a través del rhythm & blues, que era el fuerte de David Gilmour, y del blues tradicional, con el que Rick Wright creció a través del entorno musical de su madre, una activista política radical.

Pero más allá de cualquier intento de racionalización de esta obra, lo que está claro es que lo importante es la música, los músicos y la forma en que los oyentes respondían a su escucha. Por supuesto que cuando lo editaron, los de Pink Floyd pensaban que habían hecho un gran disco, igual que lo pensaron otro montón de millones de personas; pero dentro de ese resultado satisfactorio muchas de las ramificaciones de su éxito no tuvieron nada que ver con el carácter ni las intenciones de la banda.

Por ejemplo, se asumió que “The dark side of the moon” era el disco perfecto para drogarse; la banda sonora para un trip perfecto fuese cual fuese el narcótico elegido por el oyente. Se asumió también que lo miembros de Pink Floyd compusieron y grabaron el disco igualmente cargados, pero nada más lejos de la realidad según contaba David Gilmour años más tarde.

El mayor vicio de Roger y de Nick era el alcohol. Nick y yo fumábamos algunos porros, pero de forma esporádica. Pero en aquel tiempo ésa era la imagen que tenían de nosotros. No sé con seguridad si Roger llegó a tomar alguna vez LSD, pero lo que sí sé con seguridad es que todos nos apartamos de esa sustancia después de que Syd nos dejase en abril del 68. Pero nunca nos hemos podido librar de nuestra mala reputación. Ni siquiera hoy día.

Parece que eran gente más asentada de lo que pensamos… a finales de 1971, cuando comenzaron a escribir “The dark side of the moon”, David Gilmour era el único miembro del grupo que permanecía soltero. Nick Mason y Rick Wright acababan de ser padres por primera vez. Eran tipos serios, con vidas serias, haciendo un disco serio…

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“The great gig in the sky”

Pero el éxito se les fue de las manos. Fue más allá de lo planeado, más allá de lo que hubiesen querido, más allá de todo. El destino de “The great gig in the sky”, la pieza que cerraba la cara uno del disco, es lo que quizás ilustra mejor cómo la música puede llegar a alejarse de sus creadores. Conceptualmente compuesta como una canción sobre la muerte, en los años 70 era conocida, por ejemplo, como el respaldo favorito para las chicas de los sex shows en Amsterdam. O en 1990, por poner otro ejemplo, los oyentes de la emisora nacional de radio australiana la votaron como “la mejor canción del mundo para follar”. O en 1994, por cambiar de tercio sexual, la compañía Neurofen la adoptó como banda sonora para su cura contra los dolores de cabeza.

Hoy en día uno piensa en Pink Floyd y piensa en años en el estudio de grabación, en cientos de tomas, en importantes deliberaciones, en perfeccionismo obsesivo, en salir a tocar una vez cada cinco años si es que tienen ganas… pero la creación de “The dark side of the moon” no tuvo nada que ver con esto. Dadme unos días para escribir un nuevo post y veremos cómo se fue desarrollando todo…

IN THIS WORLD OF TROUBLES, MY MUSIC PULLS ME THROUGH

Todos los días 21 de junio ocurren dos cosas importantes: comienza el veranito y celebramos el día de la música. Con motivo de esto último, la gente de PriceMinister (ya sabéis, esa página en la que te puedes comprar el “Physical Graffiti” por 5,61 o el nuevo del Boss por 8,22), está moviendo un poco la blogosfera para que el marasmo canicular no nos adormile y yo voy a secundar la moción. Y si tú también lo haces conmigo puede que te lleves un buen premio. Atento…

El post que sigue está basado en otro que escribí hace mucho tiempo, cuando la mayoría de los que leéis ahora el blog no sabíais ni que existiese esta página, y en él hablo de uno de los discos cuyo descubrimiento más significó para mí e hizo que me interesase por la música en la forma en que ya lo continué haciendo durante toda mi vida. Leedlo con cariño, pues, ya que en el texto desnudo bastante de mi personalidad adolescente.

Al final os cuento qué regalo tengo para vosotros y cómo podéis conseguirlo…

Yo tuve la suerte de ser un niño del Polígano, y vivir rodeado de americanos. Para ir al cole, a la Academia Pio XI, me cruzaba andando todos los días de dos a cuatro veces la zona residencial de Nervión, donde todo eran chalets de oficiales americanos, y donde con ellos vivían sus hijos, que, como los niños somos niños en todos lados, sentían por nosotros y nuestra cultura tanta curiosidad como nosotros por la de ellos. Y al lado de mi barrio estaba Santa Clara, un trozo de los USA en Sevilla. Andar por sus calles, rebuscar en sus limpias basuras tebeos de Supermán que no podíamos leer o (¡qué gran tesoro!) revistas atrasadas del Play-Boy que sí (¡sí, sí, sí!) podíamos mirar, se convirtió en una experiencia tan brutal como ver a los gorilas aquéllos jugar al fútbol americano en un campo que hoy es el Colegio del Santo Ángel, o escuchar los discos singles que ponían en sus reuniones en el green (así llamaban a sus enormes jardines) y a las que a veces nos dejaban entrar cuando no nos reconocían como alguno de los que les habían dado una colleja para mangarle un rato las bicis mientras ellos compraban montones de petardos y triquitraques en el puestecillo del viejecito que vivía en la plazoleta de detrás de mi casa.

Sí, fui afortunado. No solo podía escuchar las canciones que nos ponían en la radio de la época, sino también a Wilson Pickett, a Sam Cooke, a Otis Redding… En el instituto no había mucha gente con la que poder compartir los gustos musicales, y yo me sentía como alguien diferente. Y era una sensación que me gustaba, de alguna manera me colocaba un paso más allá… no al mismo nivel de aquellos héroes que corrían delante de los grises, pero en ese camino.

Lo que os quiero decir con esto es que yo, por entonces, ya era una persona muy interesada en el rock, que (dentro de los límites propios) conocía muchas formas de música, y tenía un criterio que no era el habitual del resto de mis amigos y mi entorno; pero que tampoco era algo demasiado significativo en mi vida o en mi comportamiento.

Y un día vi un disco que lo cambió todo.

La apariencia de máscara. El rayo de lamé. La brillantez de la cara iluminada como un relámpago por los cosméticos. La cara de Bowie en la portada del “Aladdin Sane”.. Y de pronto, en un salón de reuniones de jóvenes del barrio en la Iglesia de San Francisco Javier, del Polígono San Pablo, me di cuenta de que un oscuro estremecimiento recorría mi cuerpo de dieciséis años, algo peligroso me desafiaba a ir a un lugar para el que yo no estaba preparado.

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David Bowie – “Jean genie”

Ser un adolescente en la España de los primeros 70 hizo que, básicamente, me perdiese el glam rock. Aquí la música, incluso la más underground, seguía otros cauces mucho más “populares” o “americanizados”, como os contaba antes. Pero conforme avanzó la década se hizo mucho más evidente, incluso para todos aquellos que andábamos ocultos por los barrios proto-canis de entonces, que algo estaba al acecho en las sombras de la música que tanto nos gustaba. Algo extraño e intoxicante que contravenía cualquier clasificación. De pronto, un montón de nuevas palabras salían de los labios pintados de rojo cereza de las pocas chicas que había en la Escuela de Ingenieros Técnicos, cuando entablaban diálogo con los hombretones de tercero. Conversaciones extrañas frescamente salpicadas con iggys, ziggys, bowies, bisex… Aquella cara de la portada de “Aladdin Sane” me alborotó y me fascinó, y me hizo preguntarme muchas cosas sobre mi todavía apenas emergente sexualidad. Sin estar muy seguro de que fuese conveniente, me las apañé para conseguir el disco por los cauces alternativos a las tiendas de la época, donde era imposible comprarlo.

No fue en realidad hasta mis primeros momentos de universitario, allá por el 74, en los que supe de qué modo iba a amar la música. Bowie, Lou Reed. Iggy, Roxy (¡aquel primer disco de la banda comprado por cauces normales en Discolibro, ¿o ya lo había absorbido el Círculo de Lectores?!)… Ahora llegaba a nosotros lo que estaba siendo un breve capítulo en la historia del pop, centrado en Londres; el resultado de una mezcla única de rock underground americano con una distintiva marca inglesa de teatralidad demodé (¿o todavía se decía “camp”?) y cambio de sexo. Y durante un breve tiempo, la cultura pop proclamaría que las identidades y la sexualidad no eran cosas estables, sino palpitantes y de quita y pon, como cualquier disfraz; y el rock se pintaría la cara y se miraría al espejo subvirtiendo nuestro mundo tal como lo conocíamos hasta ahora.

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David Bowie – “Lady grinning soul”

Musicalmente y a nivel de letras de canciones y de revolución de imágenes, el glam fue nada más y nada menos que un ataque al rock and roll. Cuando Marc Bolan apareció en la tele llevando sombra de ojos; cuando Bowie se la chupó a Mick Ronson encarnado en su guitarra; cuando la androginia se convirtió en bisexualidad; toda la homofobia y misoginia que poblaban las canciones con las que crecimos los jóvenes de entonces, se transformó en atrayente futurismo, en calientes baladas combinadas con rock duro, en melancolía irónica combinada con mandar al carajo los valores. Desde la elegante delgadez de Bowie al masoquismo hardcore de Iggy, el glam impuso, justo al contrario que el punk años después, una feroz e innnatural femineidad a las tradiciones masculinas del rock. Por supuesto, solo era una pose, pero tal como hiciese antes Oscar Wilde, artistas como David Bowie o Bryan Ferry eran capaces de elevar el artificio y la ironía en su comportamiento sin sacrificar ni un ápice de emoción en su música. Por encima de todo, en aquel desfile de andróginos de estilo propio y de alter-egos, y en su declaración de “ch-ch-ch-ch-changes”, la etapa glam presentó al mundo un nuevo y más fluido modelo de identidad sexual, no tanto definido por su permanencia, sino por el multicolor resultado del constante cambio y la reinvención.

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David Bowie – “The prettiest star”

Y no duró, claro. Estaban llegando los años 80, y con ellos una huida global de todas las inversiones politico-sociales que hicieron posible el glam. Con pocas excepciones, el glam se fue marchitando en la frágil memoria de la cultura pop, disperso y rediseñado por el gay-rock y el heavy metal, y enterrado por las negativas y rechazos de Bowie y Lou Reed a sus pasados homosexuales. El glam se convirtió en algo inconsecuente para un mundo de valores restaurados; de límites bien marcados entre una cosa y su binaria; un mundo de hombres y mujeres; de gays y heteros; de mandos y mandados; sin nada de interés común entre ellos.

Y a lo mejor ahora, en estos tiempos de corrupciones institucionales, es el momento de la resurrección. De volver a caminar por el lado salvaje.

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David Bowie – “Cracked actor”

Como siempre, aquí debajo tienes la sección de comentarios. Cuéntanos algo que significase un punto sin retorno en tu amor por la música… un disco, un concierto, la visión de una chica que escuchaba su walkam… cuéntanos por qué hoy tú también celebras el día de la música como algo tuyo. Y si en tu comentario incluyes una determinada palabra clave que tiene bastante que ver con esta celebración, tengo para ti un fantástico lector de mp3 de 4 gigas; un regalo cortesía de nuestro común amigo Juanlu.

Es tu turno…

THE GUITAR ARMY (y 6)

Una de las últimas canciones que Ronnie escribió, “That smell”, estaba llena de un presentimiento particularmente profético y macabro: “El hedor de la muerte os rodea…”; la escribió como una historia con moraleja para el resto de su banda, porque sentía que estaban echando a perder su futuro con los excesos de alcohol, drogas y juergas.

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“That smell”

Ronnie podía ver el futuro. Él le decía a todo el mundo que no iba a llegar a los treinta años. Y murió a los 29. Una vez, era mi cumpleaños, el 13 de febrero de 1976, estaba yo en Escocia, con la banda; y Ronnie le dijo a la audiencia de aquel concierto escocés “no creo que vaya a volver para veros y tocar para vosotros de nuevo, porque presiento que no voy a vivir para cumplir los treinta…” (Lacy Van Zandt)

Hay quien cree que la banda atrajo a este accidente hacia ellos porque la actitud de Ronnie de “no hacer prisioneros” no la restringía al terreno estrictamente musical, sino que alcanzó tales proporciones que mucha gente, miembros de la banda incluidos, vieron el desastre como una simbólica culminación del violento estilo de vida del grupo.

Cuando ocurrió el accidente yo estaba tendido en el barro, con la cara hundida en él, pensando, gracias a Dios, la violencia ya se ha terminado. (Billy Powell)

Pero Billy se equivocaba; después del accidente, los miembros supervivientes experimentaron varios grados de stress post traumático. Algunos se refugiaron en una imprudente auto medicación; otros sufrieron brotes de eso que se llama culpabilidad del superviviente y, creyendo que habían burlado a la muerte, se echaron en brazos de los comportamientos más autodestructivos que se les podían ocurrir. Billy Powell tuvo muchos problemas con la policía debido a unas acusaciones sobre maltratar a su esposa; Artimus Pyle fue acusado de comportamiento sexual impropio con sus dos hijos, aunque él siempre negó su culpabilidad. Uno de los roadies que sobrevivió al accidente se suicidó poco después; otro fue asesinado por una amante loca y violenta.

Durante los tres años que siguieron al accidente me refugié en la botella. Todos lo hicimos. Estábamos amargados por haber perdido a los Skynyrd. Fue entonces cuando las borracheras y los enfrentamientos nos comieron. (Billy Powell)

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“Ain’t no good life”

Allen Collins y Gary Rossington se convirtieron en amigos inseparables después del accidente. Se pasaban la mayoría de las noches sentados a la mesa de la cocina de Judy Van Zant bebiendo y esnifando cocaína, intentando verle el sentido a la tragedia que había destrozado sus vidas. Durante una de aquellas noches se pusieron de acuerdo en que nunca volverían a reformar a los Lynyrd Skynyrd, una decisión de la que pronto se iban a arrepentir. Cuando sus heridas físicas comenzaron a sanar, los supervivientes, con excepción de Artimus, que se había roto una pierna en un accidente de moto y tuvo que pasar, fueron encontrando sus caminos de vuelta de unos hacia otros. En el año durante el que transcurría todo esto, su último disco, el “Street Survivors”, había estado subiendo por las listas de éxitos, convirtiéndose, irónicamente, en su disco más vendido de todos los tiempos. Y en el otoño de 1979 Allen y Gary ya tenían la suficiente confianza en sí mismos como para anunciar a la prensa una nueva aventura musical. Se pusieron el insípido nombre de The Rossington-Collins Band y, para huir de las inevitables comparaciones entre cualquier nuevo cantante y Ronnie, pusieron al frente de la banda a la joplinesca corista de los 38 Special, Dale Krantz.

Su primera obra, “Anytime, anyplace, anywhere”, fue disco de oro en los USA; parecía que por fin la suerte le sonreía a los supervivientes de Lynyrd Skynyrd, pero una noche de noviembre de 1981, al terminar uno de sus conciertos, Allen Collins recibió una llamada telefónica en la que le decían que su esposa, Kathy, que estaba embarazada y a punto de cumplir, había tenido una fuerte hemorragia mientras estaba en el cine y la habían llevado al hospital, donde fallecería poco después. Fue un golpe del que el guitarrista no re recuperó jamás. Comenzó a apartarse de su familia y de sus amigos y lo único que parecía mantenerle en este mundo era su propensión para beber y conducir como un loco. El segundo disco de la Rossington-Collins, “This is the way”, se lo dedicaron a la memoria de Kathy; pero comparado con el primero que habían grabado, éste era malísimo. El paisaje musical de los años 80 era ya muy diferente de aquél otro en el que ellos habían sido los maestros.

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The Rossington-Collins Band – “Three times as bad”

Gary Rossington y Dale Krantz terminaron por contraer matrimonio y para 1982 la banda ya se había disuelto, con Allen formando The Allen Collins Band, dejando fuera de ella a Leon Wilkeson y a Billy Powell, que terminaría formando parte de Poison. En 1986 el coche que conducía Allen Collins se precipitó por un barranco, matando en el acto a su nueva novia, Debra Jean Watts, y dejándole a él parapléjico. Confinado así a una silla de ruedas, Allen murió cuatro años más tarde de una neumonía sobrevenida a consecuencia de las heridas que padecía.

Allen era un tío grande. Era muy divertido, feliz y loco. No le preocupaba mucho el futuro, siempre vivía para el presente. Pero después de que muriese su esposa se convirtió en un ser amargado, incluso conmigo. Pero él tendría que haber sabido que tuvo influencia en mucha gente. Nunca tuvo la oportunidad de escuchar todas las alabanzas sobre su forma de tocar que le dispensaron. Los fans están todavía intentando aprenderse el “Free bird” y tocarla como lo hacía él. (Gary Rossington)

Los miembros de la banda, muy alejados unos de otros, apenas se vieron entre sí hasta el décimo aniversario del accidente. La banda de Billy Powell, Vision, emprendió una gira con Mark Farner, el antiguo cantante de los Grand Funk, en 1987, en la que interpretaban versiones de las canciones de Lynyrd Skynyrd y se sorprendían de la buena reacción de la gente ante ellas. Así que durante el mes siguiente, Billy estuvo reuniendo a sus antiguos compañeros, con la ayuda de Charlie Daniels, para reconfigurar la banda de nuevo como Lynyrd Skynyrd y aparecer como invitados especiales en un concierto de la Charlie Daniels Band en Georgia… antes de que pudiesen darse cuenta, este único concierto se había convertido en una gira completa de 32 más, que comenzaría en Baton Rouge, la ciudad a la que se dirigían cuando tuvieron el accidente de aviación.

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“Workin’ for the MCA” (Presentación de Lacy Van Zant)

Una vez que terminó esta gira había algunas decisiones difíciles que tomar. Aquella decisión que Rossington y Collins tomaron en la cocina de Judy Van Zant, y que después, redactada sobre un papel, firmaron todos los demás, iba ahora a enfrentarlos. Judy Van Zant y Theresa Gaines, ahora las dos casadas de nuevo, contrataron abogados para prohibir el uso del nombre de Lynyrd Skynyrd. Se evitó un penoso juicio porque las partes llegaron a un acuerdo fuera de los tribunales por el que se garantizaría a las viudas de Ronnie y Steve que se les pagaría la parte correspondiente a ellos del merchandising y los contratos discográficos y de los conciertos, así como de los royalties, y que en la banda siempre tenía que haber al menos dos de sus miembros originales para seguir utilizando el nombre.

La verdad es que ninguno de los componentes de la banda actual quedó muy satisfecho con las facturas de los abogados, máxime cuando eran poco felices por tener que compartir sus ganancias con gente que no estaba de gira con ellos…

Ronnie habría querido seguir con nosotros. Judy pensaba que como Ronnie había muerto, Lynyrd Skynyrd tendría que morir también… (Billy Powell)

Todos dicen que Ronnie hubiese estado de acuerdo con ellos, pero nadie sabe lo que él hubiese pensado de verdad. Yo estoy segura de que Ronnie nunca hubiese permitido que le apretasen las tuercas a la familia de ninguno de ellos… (Judy Van Zant)

Y la verdad es que incluso muchos de los fans de la banda estaban en desacuerdo con estos planes de resurrección. Pero Gary Rossington no estaba dispuesto a que nada les parase.

Ed King dejó esta nueva encarnación de los Skynyrd a finales de año, después de sufrir un ataque cardiaco. “¿Sabíais que Steve Gaines, el chico que me reemplazó, había nacido el mismo día exactamente que yo? El 14 de septiembre de 1949. Me di cuenta la primera vez que fui a visitar su tumba tras el accidente y lo vi escrito en su lápida. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Sentí como si él se hubiese llevado la bala que estaba destinada a mí…”. Después de dejarle, Ed sentía que los actuales Skynyrd no se estaban comportando bien con él durante su enfermedad y les demandó por incumplimiento de contrato. Ed King pensaba que los demás no le estaban tratando como un igual porque él no había estado en el avión que se estrelló, y en realidad no les culpaba porque esa experiencia había hecho nacer en ellos una camaradería a la que él no podría aspirar jamás, pero su familia tenía que seguir comiendo…

De todos modos, el aspecto más difícil de la reforma de la banda fue poner como cantante de ella a Johnny Van Zant, el hermano de Ronnie. Éste era muy reacio a asumir el papel de su visionario hermano mayor, aunque Ronnie en sus últimos meses de vida le había dicho que estaba pensando en retirarse y dejarle como cantante de la banda a él o a Paul Rodgers. Después de mucho pensarlo, fueron los propios padres de Johnny los que le convencieron para que aceptase.

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“We ain’t much different”

Nunca soñé que podría hacer esto. Yo tenía un disco propio que iba a salir y realmente no sabía qué hacer. Yo no soy Ronnie. Si a veces canto como él es solo porque dormíamos en la misma habitación y los dos odiábamos el pollo frito. Yo era un fan de los Skynyrd antes de meterme en esto de la música y pensaba que los demás fans iban a pensar que esto sería el final de la banda. Pero en vez de eso, la verdad es que se mostraron increíblemente solidarios. (Johnny Van Zant)

El resto de los miembros eran Rossington, Wikeson y Powell y habían reconstruido la banda con un sentido de familia que guardaba muchos ecos de la unidad original. Ricky Medlocke, el guitarrista de Blackfoot, se sentó a la batería de los Skynyrd durante un corto periodo de tiempo. El guitarrista Hughie Thomasson, líder de los Outlaws, que a veces teloneaban a Lynyrd Skynyrd, más el batería Owen Hale y las voces de Dale Krantz y Carol Chase estaban también en la banda durante la gira de promoción del disco “Twenty”, llamado así para conmemorar el vigésimo aniversario del accidente. En este disco, a la moda de entonces, se consiguió de forma electrónica que los dos hermanos Van Zant cantasen a dúo una nueva versión de “Travellin’ man”

Fue un sueño hecho realidad. Di todo lo mejor de mí porque sabía que mi hermano me estaba mirando. Yo le sentía. Sé que un día yo también me voy a morir y no quiero que Ronnie me esté esperando allí arriba para darme una patada en el culo por no haber cantado de la mejor forma que podía. (Johnny Van Zant)

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“Travellin’ man” (Voces: Johnny Van Zant y el fantasma electrónico de Ronnie Van Zant)

Y la historia ha seguido hasta el presente, incluso, de forma que ya tenemos anunciada la edición de un nuevo disco para este próximo mes de agosto, “Last of a dying breed”, y la inclusión de la banda en el Azkena Rock. Por el camino se han ido quedando Leon Wilkeson, a causa de un enfisema y su crónica enfermedad hepática; Huggie Thomasson, muerto de un ataque al corazón a los 55 años de edad; Billy Powell, también de otro ataque al corazón, aunque sin confirmar por la negativa de la familia a realizar una autopsia… e incluso el propio espíritu de la banda, víctima éste de un exceso de repeticiones de conceptos y de una indigestión de tributos y conciertos grabados para el disfrute en HD de los más nostálgicos del lugar…

Incluso Leonard Skinner, quien inspiró el inmortal nombre, también nos dejó hace un año y pico, abandonándose a la parca en la residencia de ancianos donde vivía, mientras miraba la tele y se terminaba de comer una tarrina de helado de crema… un final nada emocionante, ¿verdad? Como la vida misma de los actuales LYNYRD SKYNYRD

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“Skynyrd nation”

THE GUITAR ARMY (5)

Nadie era inmune a la furia de Ronnie. Sobre él se cuenta una historia sobre cómo estuvo a punto de tirar a uno de los miembros de su equipo de la gira desde un avión, cuando volaba a 4.000 metros de altura. Joe Barnes, que de pipa de Lynyrd Skynyrd ascendió con el tiempo hasta presidente de un banco (“degenerando, degenerando”, como dijo Juan Belmonte), parece ser que rompió una mesilla con ruedas de ésas de servir bebidas, que andaba desarmada por allí. Un indignado Dean Kilpatrick le dijo que aquel cacharro le había costado 500 dólares. Ronnie escuchó la conversación y se dirigió muy mal encarado hacia Barnes… “he oído que te has cargado algo que ha costado 500 dólares, Joe…” Barnes lo admitió, intentando explicar que solo era un montón de chatarra. Ronnie arremetió contra él e intentó abrir una de las puertas de la cabina para tirarlo por ella. Seguramente solo estaba intentando asustarlo, pero lo siguiente que se sabe es que cuando el avión aterrizó Barnes tenía un terrible mordisco en su estómago, cuyo dolor intentó aliviar demandando a Ronnie por un cuarto de millón de dólares en concepto de graves lesiones corporales.

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“Gimme back my bullets”

Cuando Ronnie contrataba a alguien nuevo para el equipo siempre le decía que “cuando sales de gira con nosotros estás trabajando para mí, así que mejor presta atención siempre o tú y yo tendremos unas palabritas después del concierto”. Y no era solamente a los roadies a los que controlaba así, una vez puso contra las cuerdas al bajista, Leon Wilkeson, por beber alcohol en el escenario; y a Billy Powell le rompió dos dientes de una hostia porque pensaba que se había excedido con su solo de órgano en “Free bird”. (Craig Reed)

Pero cuando no bebía de más, parece ser que Ronnie era una combinación de filósofo y psiquiatra, dando consejos, resolviendo problemas o simplemente diciendo siempre la mejor forma de hacer las cosas. De acuerdo a los que le conocieron, Ronnie te escuchaba con todo su ser, con una media sonrisa asomando de sus labios y con toda su atención enfocada en lo que le decías, sin perderse ni una palabra y dejándote hablar sin interrumpirte hasta que habías terminado. Y después se limitaba a decirte lo que tenías que hacer. Todos están de acuerdo en que siempre te daba el mejor de los consejos… pro tenías que atenerte a las consecuencias si no lo seguías al pie de la letra…

Su hermano menor, Donnie Van Zant, recibió uno de esos consejos cuando, aburrido de andar de gira con su grupo, 38 Special, sin ganar un puto dólar, y a punto de dejar la música para meterse a ferroviario, escuchó de boca de Ronnie que tenía que darle otra oportunidad a la música, porque la llevaba en la sangre, y que si no lo intentaba de nuevo se arrepentiría durante el resto de su vida.

Cuando Lynyrd Skynyrd ganaron su primer disco de oro por “Pronounced Leh-nerd Skin-nerd”, Ronnie le dio reproducciones del disco de oro, que él mismo compraba, a todo el mundo. Donnie le pidió una y Ronnie se rió de él… “No, tío; gánate tus propios discos de oro…”

Una noche, los 38 Special abríamos un concierto de Lynyrd Skynyrd. Ronnie vino al backstage y me dijo muy serio: “Espero que esta noche toquéis muy, pero que muy bien. Espero que esta noche toquéis como nunca, porque cuando nosotros salgamos después ahí fuera os vamos a machacar…” ¿¡Quién coño le dice eso a su hermano, joder!?. Pues así era Ronnie. (Donnie Van Zant)

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“Double trouble”

Después de su contundente debut discográfico, cada uno de los dos discos siguientes de Lynyrd Skynyrd sonaron más precipitados y menos inspirados. Para grabar el cuarto, ”Gimme back my bullets”, incluso cambiaron de productor, fichando a Tom Dowd, pero éste no consiguió tampoco poner freno a la cuesta abajo. La falta de chispa musical ponía sobre el tapete lo importante que había sido en sus obras anteriores la electricidad instrumental para animar las canciones de Ronnie, a veces de estructura bastante simple. Con este disco volvieron también a los juegos de dos guitarras dobladas, de dos guitarras gemelas, y por fin aceptaron que necesitaban reemplazar a Ed King; pero las probaturas que hicieron con amigos famosos de la banda, como Leslie West y Mick Jones, les hicieron ver que no iba a ser fácil encontrar a un tercer punteador que se sintiese como un miembro más de la familia.

Entonces, una noche en Kansas City, Cassie Gaines, la chica que les hacía los coros, les dijo que su hermano pequeño había ido a verla, y se preguntaba si los demás podían hacerle una prueba también a él. Ellos se miraron con sonrisas y se hicieron algunos guiños de complicidad, y le dijeron que sí; pero después le dijeron aparte a Kevin Elson, el encargado del sonido, que bajase hasta el cero el canal de su guitarra si era un asco. Pero cuando el chavalín enchufó su guitarra al ampli y comenzó a a tronar con el solo de “Call me the breeze”, todos vieron que habían encontrado lo que buscaban. Steve Gaines no solo no era un asco, sino que su guitarra hacía que todo lo demás que sonaba a su alrededor quedase perfectamente enfocado.

Steve y Cassie nunca tuvieron el suficiente reconocimiento por la nueva vida que insuflaron a Lynyrd Skynyrd. Gary y Allen, los otros dos guitarristas, se sentían intimidados por Steve, porque era un estilista fluido que podía tocar cualquier cosa. Era maravilloso ver como él inspiraba a los otros dos, por no mencionar también a Ronnie. Con él éramos de nuevo el Ejercito de las Guitarras. (Artimus Pyle)

La llegada de Steve todavía era muy reciente como para que su poder guitarrero se desplegase totalmente en el disco en directo “One more from the road”, pero el “Street survivors” de 1977 fue el retorno a las formas con el que soñaban todos los fans de Kynyrd Skynyrd. Y puede que tampoco fuese una coincidencia que en estos momentos los miembros de la banda comenzasen también a dar los primeros pasos hacia una vida más limpia y sana.

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“You got that right”

La joya de la corona de su renacimiento fue su aparición en el Festival de Knebworth de 1976, en el que las estrellas fueron los Rolling Stones. Aquello fue un hito para la banda, que finalmente conseguía algo perdurable entre las audiencias europeas. Ronnie tenía muy claro la importancia de aquel lugar en el que habían tocado Pink Floyd, los Who y ahora también los Stones; y se sentía especialmente orgulloso de estar allí porque todavía tenía una espinita clavada con los ingleses tras las críticas que recibieron al principio de su carrera, cuando muchos opinaban en ese país que el grupo solamente era una versión pretenciosa de los Free. En cuanto aparecieron en el escenario, cayendo la tarde, con el sol prestándole sus últimos rayos como telón de fondo, todos los que pensaron aquello cayeron rendidos a sus pies. Después del concierto se fumaron algunos canutos con Mick Jagger y los demás Stones, estuvieron de palique con Paul y Linda McCartney, e incluso hicieron el tonto un rato con Jack Nicholson… después de todo, no había sido un mal día para unos catetillos de Shantytown; una noche gloriosa con la que ni siquiera Ronnie Van Zant se hubiese encontrado en sus sueños más atrevidos…

Esa noche debió haber sido la puerta de entrada a un futuro brillante para unos Lynyrd Skynyrd maduros, sin embargo marcó su punto de inflexión antes del brusco descenso a las profundidades del 20 de octubre de 1977 que contamos en la primera entrada de esta serie. Y que también nos servirá para cerrar el círculo, como inicio de su último capítulo.

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“Free bird” (Live at Knebworth)

THE GUITAR ARMY (4)

Ronnie Van Zant, al que ya vamos conociendo mejor, sin embargo, hizo más que escribir las crónicas de los excesos del rock’n’roll. Fue a la vez un icono del individualismo y el portavoz oficioso de todos los perdedores del nuevo Sur que ansiaban una nueva ascensión después de la destrucción física y moral que les supuso la derrota de su Guerra Civil del siglo anterior. Ronnie no solo clamaba contra la dureza de la vida como miembro de una sociedad marginada, sino que mostraba a sus hermanos sureños un camino a seguir para salir de ella. Creó sus propios himnos de batalla de la República; canciones de liberación que le tocaban la fibra sensible a los alienados y desempleados jóvenes del Sur… y de más allá.

La actitud pre-punk de Lynyrd Skynyrd se hizo evidente sobre todo en canciones como “Sweet home Alabama”, el single extraído de su segundo disco que ascendió a la cima de las listas y permaneció como su canción más conocida para siempre. En ella le leyeron la cartilla a Neil Young por el tono, que ellos consideraban condescendiente, de su “Southern man”. Como era costumbre en ellos, los Skynyrd no se cortaron lo más mínimo a la hora de plantarle cara a la estrella: “He oído al señor Young hablar de ella, / he oído al viejo Neil menospreciarla. / Vale; pues yo espero que Neil Young no olvide / que los hombres del sur no le necesitamos para nada…”

Pero es que en realidad los Skynyrd sentían un inmenso respeto por Neil Young, y Neil estaba contento de que le nombrasen en una canción tan buena. Neil Young incluso les envió maquetas de “Captain Kennedy” y “Powderfinger” para que la banda se pensase si querían grabarlas; y se hicieron planes para una colaboración entre Ronnie y Neil.

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“Sweet home Alabama”

Tengo el vivo recuerdo de Ronnie intentando que los demás chicos de la banda no derrochasen las oportunidades que se les presentaron. Sé que para él significó mucho que les llamasen para tocar en Knebworth con los Rolling Stones. Y creo que le dolía mucho en su interior que los demás no quisiesen ser más que un puñado de gañanes que solo querían divertirse y que la increíbles oportunidades que se les ofrecían las tiraban por las terrazas lo mismo que los muebles y televisores de los hoteles a los que iban. En vez de eso, Ronnie quería que fuesen una banda como las que le encantaban a él, y quería que se convirtiesen en algo intemporal, como los Stones, o Free, o los Allman Brothers. Él sabía que para eso había que sacrificarse, sabía que había que renunciar a buena parte de la diversión para conseguir la verdadera longevidad como banda y estaba preparado para ello. Pero quería que los demás estuviesen preparados también. (Cameron Crowe, periodista de “Rolling Stone” y posteriormente guionista y director de cine)

El primer eslabón en soltarse fue Bob Burns. El batería se rompió en la habitación de un hotel inglés a finales de 1974, durante la primera gira europea de la banda; un colapso que los demás miembros del grupo achacaron a la insana cantidad de veces que Bob había visto “El exorcista”. Llevaba ya algún tiempo tocando fatal y aguantando por ello las continuas broncas de Ronnie, hasta que le dio un ataque de locura y tiró al gato del hotel por una ventana del cuarto piso, para después amenazar con un pico al manager de la gira. Los demás la continuaron durante las dos semanas más que duró, pero a Bob lo metieron al día siguiente en un avión de vuelta a casa.

Los demás siempre pensamos que Bob era una Satanista. Pero yo creo que era más un caso de alguien que estaba obsesionado, más que poseído. Un mes después de lo del hotel estábamos ya en el estudio con el nuevo batería, Artimus Pyle, grabando nuestro tercer disco, cuando nos enteramos de que Bob había perseguido a una chica por la carretera en Jacksonville y después la había asesinado. Creo que definitivamente fue absorbido hasta la locura por un poder del que yo no quiero saber nada”. (Ed King)

Pero Bob Burns no iba a ser la única víctima.

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“I ain’t the one”

La siguiente gira, a la que pusieron el adecuado nombre de “Torture Tour”, comenzó en febrero de 1975, con la salida al mercado de “Nuthin’ Funcy”, su tercer disco. En los últimos tres años se habían establecido como una de las más grandes bandas de América, capaces de agotar las localidades en pabellones de 10.000 espectadores y estaban ganando dinero a manos llenas. No podían arriesgar este buen momento que ellos mismo se habían creado tomándose un descanso, así que la presión comenzó a subir, y los miembros del grupo no solamente aniquilaban suites de hoteles y camerinos, sino que comenzaron a hacérselo también entre ellos mismos.

Ed King vio las señales de peligro en abril del ’75 y alertó de la situación tanto a Ronnie como a Peter Rudge, el nuevo manager que tenían. Estaban a mitad de la gira y la banda no estaba preparando, ni siquiera había compuesto, ninguna canción para el próximo disco; el pánico comenzaba a hacerse presente. Por eso los demás delegaron en Ed para que diese el aviso y le dijese a Ronnie que querían cancelar lo que quedaba de la gira porque estaba siendo demasiado para todos ellos y querían ponerse con el nuevo disco. En vez de eso lo que hicieron fue acusar a Ed de que quería arruinar a la banda y le amenazaron con la expulsión. Pero no fue necesario que le echaran, el propio Ed King, viendo que todo comenzaba a ir cuesta abajo, les dejó el 26 de mayo.

Ronnie intentó sobreponerse a la marcha de Ed, aunque le preocupaba que su arsenal de guitarras perdiese uno de sus componentes. Tampoco tuvo mucho valor al enfrentarse a las preguntas de los periodistas sobre la marcha de King: “Heredó un montón de pasta entre nuestro primer disco y el segundo. No sé cuánto, pero un montón. Así que él ya no tenía por qué seguir currando. Y cuando comenzamos a sentir la presión sobre nosotros me dijo ‘que os jodan, tío; no tengo necesidad de aguantar más esto’. Y se fue. Eso es todo”.

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“Tuesday’s gone”

La presión continuó creciendo y durante los siguientes seis meses Ronnie pasó a volcar su rabia sobre Gary Rossington, que era su mejor amigo y el único de la banda que pasaba algún tiempo con él cuando no estaban tocando. La tormenta estalló en octubre, cuando la banda había cruzado el océano y la gira les había llevado hasta Hamburgo. Todo el mundo estaba exhausto y padeciendo jet lag y nadie ha sabido contar nunca que pasó exactamente, pero antes de que acabase la noche Ronnie rompió una botella sobre la cabeza de John Butler, uno de los roadies. Después, sosteniendo aún el cuello de la botella con los filos de cristal roto que le quedaron, se volvió hacia Gary, amenazándolo: “¿Y tú piensas que eres guitarrista…? Estaré mejor sin ti…” Y antes de que Gary pudiese responder, dio unos pasos hacia él y le cortó las manos con el cristal. Después, en algún momento de la pelea que comenzó, Ronnie dio con su puño derecho en algún hueso sólido y se fracturó algunos dedos. Eso y que la banda pasase de tres guitarristas a uno solo útil dejaba pequeños otros problemas como que la dirección del hotel les obligase a pagar la alfombra que habían llenado totalmente de sangre… y no creáis que les salió barato, porque aquél era un hotel de lujo, con habitaciones de 400 años de antigüedad y alfombras orientales que tenían la misma cantidad de años…

El caso es que aquella noche Gary no había tocado mal. Puede que se perdiese una vez o dos, pero en realidad eso no importaba. Si Ronnie quería patearle el culo no necesitaba excusa. Él era así de malo. Solía decirnos: “Cuando estoy borracho no soy amigo de nadie”. Pero cuando estaba sobrio era el tío más simpático y amable que pudieses conocer. Callado, pensativo… por eso era tan complicado de sobrellevar”. (Craig Reed, tour manager)

Ronnie Van Zant, durante los años 74 y 75, en los que concedió muchas entrevistas, solía contarles a los periodistas que él era “un hombre al que solamente su madre puede querer”. Pero lo que más le atormentaba era la relación con su padre: “Aprendí de él todo lo que sé. Mi padre siempre quiso que yo fuese algo que nunca fui; y siento mucho haberle decepcionado por eso. Quería que yo fuese como él, pero no pude serlo. Tengo este tatuaje en su honor.” Y se remangaba para que pudiesen ver en la parte de arriba de su brazo derecho el elaborado dibujo en el que se podía leer la palabra “Lacy”.

Ronnie regresaría a este tema de la decepción paterna de forma muy recurrente, tanto en las conversaciones con sus colegas de grupo como en las letras de sus canciones, sobre todo en la evocadora e inquietante “Was I right or wrong”, en la que cuenta como un cantante se va de gira contra los deseos de sus padres; pierde el contacto con ellos, pero una vez que triunfó y ya fue pasando toda la excitación del principio, coge el primer vuelo de vuelta a su casa para demostrarles que había elegido el camino correcto. Pero trágicamente, ninguno de los dos está ya vivo cuando llega, y Ronnie termina cantándole a sus lápidas, implorando que alguien le diga si “estaba en lo cierto o equivocado”.

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“Was I right or wrong”

THE GUITAR ARMY (3)

El camino de inicio fue arduo. Para cuando Al Kooper descubrió a LYNYRD SKYNYRD, la banda llevaba ya más de mil conciertos, un par de singles muy locales y varias grabaciones más inéditas en los estudios Quinvy y Muscle Schoals. Incluso por miedo a que su banda se perdiese en el laberinto del naciente rock sureño, que ya contaba con nombres como Marshall Tucker Band, Wet Willie, Charlie Daniels Band, Hydra, etc; Ronnie no titubeó a la hora de rechazar un contrato que el año anterior le ofreció Capricorn Records, el sello de los Allman Brothers, a pesar de que ninguna otra compañía había mostrado el más mínimo interés en ellos. Ronnie no fue el único que tuvo que hacer esta clase de sacrificios, su esposa Judy tenía que trabajar poniendo copas en un bar de strip-tease de Jacksonville para poder pagar el equipo de la banda.

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“On the hunt”

Al Kooper, socio de Dylan, fundador de Blood, Sweat & Tears y músico de sesión de lujo, se había mudado a Atlanta con el fin de poder hacerle la competencia a Capricorn Records con el sello Sounds Of The South, que su compañía MCA acababa de fundar. Y Kooper no era un oportunista de tres al cuarto, como ya había demostrado insuflando nuevas energías y electricidad al festival de Newport, sacando a la superficie mucho rock del underground, ayudando a montar el Festival de Monterey, dando brillo al sonido de Hendrix y los Rolling Stones… cuando vio a Lynyrd Skynyrd pensó que había encontrado la joya de la corona del rock sureño. De hecho, lo que había encontrado era la banda que iba a hacer trascender a este género mucho más allá.

El grupo fue presentado en una fiesta que la MCA organizó en el club Richard’s de Atlanta, que también servía para presentar el sello Sound Of The South. Lynyrd Skynyrd fueron la última banda en salir y lo hicieron atronando con “Workin’ for MCA”, una canción escrita especialmente para la ocasión, que no figuraba en el primer disco que habían grabado, con Al Kooper en la producción. Ronnie Van Zant, descalzo por el escenario, amenazaba escupiendo la letra de la canción… “tendrás que pagarme toda la pasta, tío, y quizás evites que te marque con una cicatriz…”. Detrás de él, una pared de guitarras rabiosas; Ed King, el refugiado de la Strawberry Alarm Clock que habían contratado para que tocase el bajo en el disco, se había pasado a la guitarra, y su Stratocaster rellenaba todos los huecos que había entre la Gibson Firebird de Allen Collins y la Les Paul de Gary Rossington. Y todavía más atrás de ellos, la sección rítmica de Billy Powell, Leon Wilkeson y Bob Burns lo reventaba todo.

El ejercito de guitarras se había formado, y el local, repleto de ejecutivos de la MCA cayó rendido a sus pies desde las primeras notas de “Workin’ for MCA” hasta los últimos ecos de “Free bird”. Tan devastador fue el asalto de Lynyrd Skynyrd que los otros grupos del sello que también participaban en el concierto, Mose Jones y Elijah, fueron borrados del mapa instantáneamente y de ellos nunca más se supo. Lynyrd Skynyrd, tras siete años de rodaje, estaban preparados por fin para la carrera.

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“Workin’ for MCA”

Gracias a Al Kooper, Lynyrd Skynyrd consiguió asegurarse el prestigio de abrir los conciertos de The Who en su gira americana de 1973. Así pasaron de los clubs más pequeños de Florida a los más grandes estadios de USA, tocando música que nadie conocía ante multitudes que lo normal era que estuviesen impacientes por que saliesen las estrellas. Pero todos los miedos se disiparon la primera noche, cuando los 20.000 espectadores del Cow Palace de San Francisco pasaron de tirotear con moneditas a aquella desconocida banda a pedirles un bis a voz en grito, algo que nunca antes había ocurrido con un grupo que telonease a los… a los Quién???

Y eso fue algo que se repitió constantemente (lo de la petición de bises, no lo de la lluvia de monedas, jejeje) en todos los conciertos de la gira. ¿La razón? En dos palabras: “Free bird”. La sencilla canción de amor había crecido en paralelo con la banda. Primero por Billy Powell y su elocuente introducción de piano, unida al coloreado rítmico. Después, durante las sesiones de grabación con Al Kooper, no solo adquirió el formato de triple guitarras sino el duelo final aumentado por la grabación con multipistas; aquel pasaje instrumental que la cerraba se metió en el subconsciente de todos y cada uno de los seguidores del rock de los años ’70. Nueve minutos en el disco, que en directo nunca bajaban de doce. “Free Bird” se convirtió en un himno, que ganó todavía muchísima más resonancia cuando Ronnie comenzó a dedicársela al espíritu de Duanne Allman, después del mortal accidente de éste en octubre de 1971.

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“Free bird” (Live)

Pero el verse todas las noches con los Who no fue algo que ayudase a modelar el comportamiento de Lynyrd Skynyrd. Sin ir más lejos, esa primera noche de la que hemos hablado fue también la del famoso concierto de los Who en el que la mezcla de alcohol y polvo de ángel provocó un colapso en Keith Moon y mientras le transportaban al hospital la banda terminó el concierto con un fan de 19 años sacado de entre la audiencia, sentado a la batería. Después de aquello, otro día Keith Moon fue detenido en un vuelo comercial y todos los Who, además de 12 miembros más del equipo de la gira, fueron a parar a una cárcel de Montreal por haberse pasado una noche “remodelando” un hotel.

Resulta irónico que sabido todo eso fuese Roger Daltrey quien tuvo que llamar a Ronnie después del concierto número doce que daban juntos, para pedirle a él y al resto de los Skynyrds que fuesen más comedidos. Y es que los miembros de Lynyrd Skynyrd eran unos bebedores salvajes. El alcohol era el carburante de las tres guitarras a las que se enganchaba el resto de la maquinaria. Tenían que beber de antemano para calmar el nerviosismo de aquella experiencia nueva; tenían confianza en su música, eso sí; e incluso sabían que al final la audiencia se les rendiría. Pero la bebida formaba parte del ritual.

Tras los Who siguieron teloneando a las principales figuras de los 70: Peter Frampton, Aerosmith, REO Speedwagon, Bad Company… y siempre quisieron ganarles a todos ellos por K.O.

Nunca he visto otra banda con tal intensidad. Normalmente el grupo estrella no nos dejaba usar el equipo de luces ni hacer la prueba de sonido. Pero Ronnie decía: “Que les den por culo a las luces. Usaremos linternas. Iremos a sus camerinos y les diremos que nos importa una mierda no tener luces; eso les intimidará”. Había veces que también nos cortaban la actuación, nos decían que teníamos solamente 15 minutos para tocar y a veces que ni íbamos a tocar siquiera. Y nosotros les respondíamos: “Dadnos 10 minutos y aún así os daremos una patada en el culo. Y con linternas”. (Craig Reed, road manager).

El apogeo de sus tácticas de asalto musicales llegó cuando abrieron para Eric Clapton en Memphis. “Tú eres Dios”, le dijo Ronnie a Eric cuando se lo presentaron. “Lo hemos aprendido todo de ti. Pero esta noche te vamos a machacar”. Y lo hicieron. Extrayendo cada gota de energía de los espectadores, de forma que los dejaron exhaustos para cuando salió Clapton, cuyo concierto fue tan ridículamente plano y alicaído que Ronnie se sintió obligado a pedirle disculpas después. A la mañana siguiente el titular del periódico que hablaba del concierto decía “La banda rebelde le afeita las barbas a Dios”. Pero Dios se lo tomó con filosofía. E incluso les dio unos buenos consejos a sus Hijos musicales: “Manteneos siempre cambiando. No os quedéis en el mismo sitio durante demasiado tiempo”.

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“Travellin’ man”

La carretera fue el hogar de Lynyrd Skynyrd durante más de doce años, y nunca se quedaban más de dos días en la misma ciudad. Y aunque Ronnie suspiraba por una vida menos complicada en canciones como “Comin’ home” y “Simple man”, lo que a él le definía era su estilo de vida nómada más que el tiempo que pasaba pescando en el lago cercano a su casa. Cuando a su viuda, Judy, le preguntaron si Ronnie fue el amor de su vida, ella confesó que “ya no me acuerdo siquiera del sonido de su voz, en realidad no era un hombre muy hogareño”. Canciones como “Travelin’ man” y “On the hunt”, con sus historias de borracheras, peleas y amor furtivo, iban con su personalidad mucho más que las anteriores.

Estamos llegando al final de la cuesta arriba. El descenso comenzará a partir del próximo post…