I’M GOING WHERE THE SUN KEEPS SHINING (1)

Eligió salirse del negocio de la música y permaneció apartado de ella más de treinta años, hasta su muerte, cuando empezaba a nacer este nuevo siglo. Eligió también permanecer tan apartado de sus amigos y colegas como de sus fans. La última vez que se supo algo concreto de él fue en La Habana, protestando por ese moderno avance en la intrusión personal que era el identificador de llamadas telefónicas; él apenas llamaba nunca a nadie, pero siempre lo hacía desde una cabina o un teléfono de pago. En toda su vida solamente concedió una entrevista; fue en 1966 para la revista “Hit Parader”.

Aunque su reputación se basaba en un número relativamente corto de conciertos y una cantidad casi ínfima de material grabado, las vidas de la gente con la que se relacionó cambiaron para siempre. Se le recuerda como un cantante bendecido con una voz de barítono de resonancia imposible, sin igual en la música; como compositor de algunas canciones que se recordarán mientras perdure la música. Se le recordará también como un intérprete tan fascinante como reticente; que rechazaba las posibilidades de éxito con horror y cuyos discos apenas se vendieron pero fueron enormemente influyentes para otros músicos. Gente como Tim Buckley, David Crosby, John Sebastian, Stephen Stills y decenas más , siempre le citan entre sus preferencias más apreciadas.

Los que le conocieron sospechaban que por sus venas tenía que correr sangre negra, porque era imposible que ningún blanco tuviese una voz como la suya. Con el tiempo se convirtió en un cruce entre rumor y leyenda; pero su existencia fue muy real y palpable… se llamaba FRED NEIL. Y su paso por el mundo mereció la pena aunque solamente fuese por el hecho de dejarnos escrita una canción como “Everybody’s talkin’”.

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“Everybody’s talkin'”

Lo que se conoce sobre los primeros años de Fred Neil es muy superficial y casi imposible de documentar. Por ejemplo, parece que ni siquiera ése era su nombre de verdad, sino que Neil era el apellido de su abuela, que fue quien le crió. Lo que sí sabemos sobre el artista conocido como Fred Neil es que nació en 1937 en Treasure Island, Florida y que su padre trabajaba para Wurlitzer y viajaba constantemente por Florida, Georgia, Tennesse y Louisiana como técnico de mantenimiento de los jukebox que fabricaba esta empresa. Y muy a menudo le acompañaba su hijo Fred en los viajes, por lo que no sería extraño que así naciese su amor por la música. Su padre, además, le regaló una guitarra cuando tenía siete años y ya nunca la soltó.

También es conocido que Fred dejó el hogar familiar con trece años, en 1950, pero nadie sabe por qué. Para entonces ya tenía escrita algunas canciones bajo varios pseudónimos, seguramente porque era demasiado joven para poder firmar un contrato. Sus primeras canciones con el nombre de Fred Neil aparecieron publicadas cuando tenía 19 años. De aquellos tiempos se cuentan algunas historias, entre lo real y lo apócrifo, de cómo en Memphis conoció a Elvis, a Jerry Lee Lewis, a Carl perkins e incluso formó parte del staff de Sun Records con Sam Phillips. Por entonces era cantante de rockabilly, de los que hacían enloquecer a las fans; se dice que juntaba un montón de monedas de un cuarto de dólar y las metía en un calcetín, después se metía éste en el pantalón para simular que tenía una larga polla, que se movía de forma sexy cuando sacudía sus caderas y hacía gritar a las chicas. Se cuenta también que él mismo se encargaba de promocionar sus discos y solía terminar a hostias con los DJs que para programarlos en la radio le pedían antes pasta, o una putilla o algún otro “regalo”…

Lo que ya no se pierde en la noche de los tiempos y las leyendas fue su llegada a New York en algún momento de los años ’50 para grabar en Brunswick Records, posiblemente por recomendación de Buddy Holly, que había interpretado una de las canciones de Fred, “Come back baby”, durante sus últimas sesiones con Norman Petty de productor, en New Mexico. Una vez en la Gran Manzana, Fred grabó varios singles de escaso éxito y trabajó como guitarrista de sesión. Podemos oírle, por ejemplo, en la primera versión del “Dream lover” de Bobby Darin y en “Diana”, la canción de Paul Anka. Fue asiduo también de los pasillos del Brill Building, con la esperanza de vender sus canciones e incluso en 1958 estuvo asociado durante algún tiempo con Jimmy Krondes, que sí había tenido ya algún éxito con canciones de Earl Grant. Pero el trabajo era muy escaso y Fred Neil se veía obligado a pasar las noches al raso, durmiendo en algún banco de Central Park. Todo aquello cambió cuando se fue al Greenwich Village.

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“Come back baby”

Al comienzo de la década de los ‘60 el Village era el destino perfecto para cualquier joven que tuviese una guitarra. Fred comenzó actuando en el club Gaslight, donde le escuchó Len Chandler y se lo llevó con él a otro local mucho más importante, el Cafe Wha?, en el que solían actuar Dino Valente, Karen Dalton, Lou Gossett Jr, junto a un gran número de cómicos entre los que destacaba Bill Cosby… y, tocando la armónica por un dólar por noche, un chaval que se hacía llamar Bob Dylan.

El Café Wha? se abría a las once de la mañana y permanecía abierto hasta las cuatro de la madrugada, y durante todo ese tiempo siempre solía haber alguien en el escenario. El flujo de clientes no paraba tampoco durante todo el día, principalmente de turistas curiosos buscando fotografiar a los beatniks del Village. Allí Fred Neil solía cantar canciones al estilo de Josh White y se hacía acompañar por Bob Dylan a la armónica, dejándole también que cantase algunas de sus canciones mientras él se tomaba un descanso.

Durante el día Fred seguía en contacto con el Brill Building y así pudo conocer a Aaron Schroeder, famoso publicista de artistas como Al Kooper o Randy Newman. Éste le puso en contacto con Beverly Ross, una compositora que ya conocía el éxito con “Lollipop lollipop” y Fred le sugirió que escribiesen entre ambos una canción de la que él ya tenía una idea, que se iba a llamar “Candy man”. Beverly al principio se resistió porque pensaba que ya iban a resultar demasiado empalagosas sus canciones… “lollipop” es chupa-chups en inglés y “candy” es caramelo… pero se dejó convencer cuando Fred le explicó que “el hombre de los caramelos” de su canción era la forma en que llamaban los jóvenes a los chulos de las putas…

Esta foto se tomó la primera vez que Bob Dylan cobró por una actuación. Junto a él están Karen Dalton y Fred Neil.

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“Candy man”

Fred era inflexible con las cosas que escribía y no permitía que cambiasen ni un solo acorde de como él los había dejado. Con Beverly tuvo muchos choques porque prácticamente no la dejaba meter baza e incluso grababa las tomas cuando ella no estaba para que ya las encontrase hechas y sin posibilidad de vuelta atrás. Por eso cuando oyó su canción después de haber pasado por las manos del productor Fred Foster para dejarla tal como la interpretó Roy Orbison quiso irse a su casa y suicidarse… en sentido figurado, claro está. De todos modos no le vinieron mal ni el dinero ni la fama que sacó del enorme éxito que fue la canción en la voz de Orbison.

Así que Fred Neil volvió al Village, pero esta vez convertido en compositor de éxito, y comenzó a tener seguidores a su alrededor. Uno de ellos fue Richie Havens, que lo recuerda de esta forma:

La primera vez que fui al Café Wha? vi a Fred Neil y Dino Valente. Eso fue antes de que yo empezase a tocar la guitarra y ver a Fred fue lo que me empujó en esa dirección. Yo venía de Brooklyn y hasta entonces lo que me interesaba era cantar duduá, pero esa noche significó un cambio en mi vida. Fred y Dino volaron la cabeza a todos los espectadores. Terminaron su actuación con “What’d I say?”, que era una canción muy extraña para un típico cantante de folk, pero es que ni Fred ni Dino eran típicos en absoluto. Ellos extendieron la melodía y la transformaron en un grito de llamada y respuesta con el público, como los cantantes de góspel. Después se bajaron del escenario y se fueron a la salida por en medio del público, con las guitarras en alto, todavía gritando la canción mientras se iban. La gente estaba alborotada. Fred y Dino salieron a la calle y le dieron una vuelta al edificio donde estaba el local, sin dejar de cantar y tocar y volvieron a entrar en él y volvieron a subir al escenario. La audiencia estaba en los límites de la locura. Aquello fue increíble. Para mí fue mágico. Yo estaba viendo como dos artistas estaban esculpiendo arte en el aire…

En aquellos primeros años de los 60 había una fuerte dicotomía entre los músicos que eran tradicionalistas y los que no lo eran. Los tradicionalistas eran los que conocían bien las raíces de las que provenía el folk, mientras que los músicos cuyo punto de referencia estaba contaminado por la música popular estaban considerados más o menos que como minusválidos culturales. Fred Neil fue inmediatamente sospechoso porque “escribía sus propias canciones” y no cantaba las de la antología ancestral. Es difícil de creer ahora, pero hubo un tiempo en que escribir tu propio material era considerado una actividad frívola.

A principios de 1961 Fred fue descubierto por otro de los outsiders claves del folk. Él y Dino Valente fueron una noche al Third Side Coffehouse a ver un concierto de Hoyt Axton y éste estaba acompañado por Vince Martin, otro cantante que ya había flirteado con el éxito en el mundo del pop en 1956 con la canción “Cindy Oh Cindy”, aunque la grabase con un grupo de folk como eran los Tarriers. Vince Martin tenía una potente y clara voz de tenor que resultaba ser una interesante combinación con la profunda voz de barítono de Fred; así que solo fue cuestión de tiempo que se asociaran para formar un grupo informal.

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Martin & Neil – “I know you rider”

Hasta ahora a Fred solamente podían escucharle cuando estaba sobre un escenario; no tardó demasiado en entrar en estudios de grabación. Pero esa será otra historia, que dejaremos para la segunda entrada, en la que comenzaremos a entender también la profunda aversión que Fred Neil sentía por los discos que editaba.

FUN FUN FUN (25 DIVERTIDOS AÑOS)

Estos días se celebra el 25º aniversario del “Fun Club”. Hace ahora justo cinco años, este blog ya existía y entre Ambrosio y yo escribimos una entrada para conmemorar el aniversario número 20… ¡cómo pasa el tiempo! Y ya que por entonces el grupo de lectores habituales de esta casa era bastante diferente al que hay ahora, creo que es el momento adecuado para volver a traer aquí aquel post; espero que todo lo que escribimos entonces sea nuevo para los que lo lean ahora, o al menos les siga interesando a los que ya conocían el texto. Y espero que vosotros también colaboréis un poco en los comentarios. Ya os diré luego cómo hacerlo…

Este mes de febrero se cumple el vigésimo quinto aniversario de la inauguración del FUN CLUB, allá por 1.987. En muchas otras ciudades de España esto sería una hazaña. Pero si hablamos de Sevilla, nos encontramos ante un imposible. Que, afortunadamente, se ha roto por esta vez. Esperemos que no sea la única excepción en esta regla de locales fallidos y dueños cansados de intentarlo que ha acompañado a la escena local desde sus inicios.

Logo Fun Club

Supongo que el que más y el que menos (al menos de entre el público sevillano que se acerca a leer este blog) tendrá algún recuerdo en su vida ligado al local de la Alameda. Y, más que posiblemente, Pepe Benavides aparezca en él. Nosotros, lógicamente, también tenemos el nuestro.

Las batallitas de Ambrosio

BenavidesLos años 1986 y 1987 van asociados para mí a las oficinas de “La Factoría”, una improbable agencia de artistas de rock locales que solía convertirse con frecuencia en un puerto donde recalaban numerosos músicos a ver si había algo de suerte y alguna tocata a la vista. Con frecuencia, a Pepe Benavides le tocaba bregar con aquella procesión diaria. Le recuerdo intentando manejar un machacado radiocassette de coche que, conectado provisionalmente a un transformador, nos proporcionaba la única compañía musical, y que nos obligaba a rebobinar manualmente las cassettes ensartándolas en un bolígrafo bic y haciéndolas girar. Aquellas cintas contenían en su mayor parte los conciertos que Pepe grababa en la sala “Roll Dancing”, donde oficiaba de DJ por las noches, aunque a aquello no se le veía mucho futuro. Y muchas maquetas de grupos, esperando que sonase la flauta.

Un día, Pepe comentó que la tarde anterior, de regreso del “Roll Dancing”, había visto un cartel de “Se vende” en la puerta de un pub que había por la Alameda (No estoy seguro, pero creo que se llamaba “Extrarradio”) y que el número de teléfono se le había quedado en la memoria. “Prueba y llama”, le dijo alguien. La tarde siguiente, Pepe ya se encontraba viendo el local. Pasadas algunas semanas, unos cuantos socios (entre ellos algunos integrantes de “Dogo y Los Mercenarios”) y avales después, el local ya era suyo. Ahora sólo quedaba ponerse el mono y empezar a reparar y pintar aquel sitio. Cuando algunos de nosotros le manifestábamos nuestra perplejidad por el hecho de elegir un sitio tan lumpen como la Alameda (era el año 1986, nada que ver con ahora) para montar un club, su respuesta siempre era “No te preocupes: la gente acabará viniendo a la Alameda. Por cojones.”.

Las batallitas de Carrascus

El primer recuerdo divertido que tengo del Fun Club fue precisamente del día de su inauguración, pero como ése ya lo he contado no hace mucho tiempo en alguno de los comentarios de anteriores posts, no lo repetiré ahora.

En el Fun Club, ya cuando nuestro grupo de Producciones Informales iba decayendo y prácticamente solo quedaba yo con la ayuda del “gordo” de Burial, tuve ocasión de organizar algunos conciertos con grupos de por ahí, con desigual suerte, ya que nos dieron plantón Chris Cacavas, The Meteors (a los que ya habíamos traído dos veces) y Wilko Johnson; tuvieron buena acogida por parte de los que asistieron, que fueron poquísimos, los Inmates; y triunfaron en toda regla con lleno absoluto del local las Lunachicks y Barrence Whitfield.

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Lunachicks – “Born 2B mild”

En menos de dos semanas, entre el 27 de mayo y el 8 de junio de 1993, la adrenalina me salía hasta por las orejas intentando controlar el descontrol que supone organizar cuatro conciertos con grupos extranjeros que no sabes muy bien por donde te van a salir (solo falló uno, no está mal), y además tienes a Pepe Benavides encima como si fuese tu sombra, intentando mirar por “su negocio”, que a veces chocaba frontalmente con “el mío”.

Desde el Fun Club hasta el hotel, o hasta el restaurante, o donde hiciese falta, a los músicos solía llevarlos yo en mi coche cuando era posible, sobre todo porque esa es la parte que más me hacía disfrutar de todo el tinglado, ya que me permitía poder hablar con ellos, conocerlos mejor, observar sus detalles divinos y humanos… en fin, el paraíso hecho realidad de cualquier mitómano iconoclasta como yo. Y a Barrence Withfield también tuve ocasión de “pasearle” bastante.

Barrence era un tipo curioso. Tenía una formación cultural tan buena que incluso era profesor en la Universidad de Boston, charlaba de forma fluida de cualquier tema con bastante conocimiento de causa, y, aunque en su grupo todos los músicos eran blancos, él era negro… con esto de que era negro quiero decir que formaba parte de una minoría que ha pasado lo suyo en su país, y que se supone que las intransigencias deben molestarle mucho.

Por eso lo que hizo aquella noche me dejó tan perplejo…

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Barrence Whitfield – “Ramblin’ Rose”

Salíamos a cenar en mi coche desde el “Fun Club” por la Alameda, que en aquella época era aún una zona clásica de la prostitución sevillana, y donde ejercían tanto las putas (bastante arrastradas las pobres) de siempre como los transexuales y travestís, que en aquella época había bastantes. Al pasar cerca de un grupo, donde uno de ellos (¿o se dice de ellas?) estaba tratando con un cliente, Barrence, que iba sentado a mi lado, bajó el cristal de la ventanilla, y sacando la cabeza empezó a hacerles aspavientos con las manos a la vez que se puso a gritar con esa voz que empleaba en los registros más altos de sus piezas de Rythm & Blues…. “Meeeeeeeennn !!! Meeeeeeeennnn !!!!….” Hostias, el mamón éste estaba llamándoles “Tíos” a los travestís, les estaba insultando desde mi coche, y además seguía así hasta que nos perdimos por la calle Trajano… yo no sabía qué hacer ni donde meterme… no sé si era más la vergüenza de ser testigo de semejante hecho, o el miedo de que los travestís se hubiesen quedado con mi cara o con mi coche… porque yo tenía que seguir apareciendo por allí algunos días más… y a esta gente ya les había visto más de una vez sacar sus navajas…

Cuando ya dejó de gritar me dijo algo sobre que no aguantaba a los maricones o algo similar, y yo preferí dejar pasar el tema. Pero parece que tampoco le gustaba mucho la venta ambulante, o eso de ser pobre y trapichear para malvivir, o vete tú a saber qué; porque a la vuelta de la cena también la emprendió a gritos con los viejecillos que vendían tabaco en La Campana…

Para tranquilizaros, debo deciros que no tuve ningún problema en la Alameda los días posteriores… posiblemente los travestís ni siquiera entendieron lo que les gritaba “el guiri colgao” ése.


La madre de Ducky Carlisle me quiere.

También recuerdo con mucho cariño una noche en que se celebraba en Sevilla el “Congreso Nacional de Nefrología” y yo había tenido que ayudar montando el stand de mi empresa junto con un par de técnicos más de por aquí, mis amigos Paco, el técnico de Cádiz, un tío serio donde los haya, que además tiene pinta de serlo, y cara de Harry el Sucio; y Jose María, el técnico que estaba aprendiendo el oficio porque se iba a quedar en mi puesto cuando yo me fuese a la clínica que estoy ahora, y que es un tío enorme, tanto de altura como de anchura. La noche de la presentación, hartos ya de canapés gilipollas y de gente (gilipollas también la mayoría) muy fina que solo hablaba de vender dializadores, decidí que era hora de cambiar este ambiente tan pijo por otro más canalla, así que los monté en el coche y nos fuimos al “Fun Club”.

Al llegar a la Alameda, aparcamos en la calzada que hay al otro lado del “Fun” y salimos del coche, los tres muy puestecitos, con nuestras chaquetas, nuestras corbatas medio desanudadas ya, y nuestro desaliño informal dentro de ir trajeados. La parte peatonal de la Alameda estaba muy concurrida, los banquitos estaban todos ocupados por corrillos de la gente habitual de por allí… en fin, todo normal. Lo que ya no me pareció tan normal es que de pronto casi todo el mundo decidió desaparecer. Para cuando habíamos cruzado hacia el “Fun” apenas quedaba nadie en la Alameda.

El que estaba en la entrada ni siquiera nos preguntó nada, tal como llegamos nos abrió la puerta con algo parecido a una inclinación. Al entrar me dio la impresión de que el volumen de las conversaciones bajaba bastante y casi solo se escuchaba la música… en fin nosotros a lo nuestro, pedimos en la barra y seguimos charlando de nuestras cosas. Pero me daba la impresión… como de que la gente nos miraba mucho… demasiado…

…hasta que ya se nos acercó Pepe y me dijo: “Quillo, haced el favor de quitaros de la barra y tomaros los cubatas en el salón ése de atrás, que tenéis a la gente espantá… macho… que es que tenéis un pinta de maderos que no veas…”.

Y ya se me hizo la luz…

Y ahora llega vuestro momento. Todos los habituales de este blog que seáis sevillanos tendréis, con total seguridad, alguna batallita que contar, relacionada con el “Fun Club”. Hagamos de la sección de comentarios un foro divertido, lleno de recuerdos.

BORRARSE DE LA FOTO

Lowell George dijo de él que era “el guitarrista más grande que había oído nunca en cualquier estilo”. En la revista “Rolling Stone” se leía que él “podía dejarte sobrecogido y boquiabierto de asombro”. Y Les Paul decía que él “ha cogido todo lo que yo he soñado hacer siempre, todo lo que yo he hecho siempre y ha construido con ello algo totalmente propio”.

Pero el guitarrista de Washington DC, DANNY GATTON, sin embargo, nunca pudo traducir todas estas extasiadas alabanzas de sus colegas y de la crítica en ninguna clase de éxito palpable y el 4 de octubre de 1994 se quitó la vida, disparándose él mismo un tiro en la cabeza. Solamente tenía 49 años de edad.

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“Cruisin’ deuces”

Podría decirse que Danny Gatton fue el guitarrista mejor dotado técnicamente y el más ecléctico de toda la historia del rock; podía tocar de forma increíble su instrumento en cualquier estilo: rock and roll, rockabilly, country, blues, jazz… e incluso incorporar varios de estos estilos perfectamente en una única canción o en un inventivo solo. Y Danny solamente tocaba por diversión, nunca tuvo en mente convertirse en un guitar-hero; ése no era su propósito, todo lo que hacía era, simplemente, para expresar lo que tenía en su interior.

Para cuando editó su mejor disco, el “Unfinished business”, en 1987, Danny era una especie de ídolo local, aunque fuera de su ciudad apenas era conocido a pesar de que ya tenía en su haber otros dos fabulosos discos como eran “American music” y “Redneck jazz”, éste último grabado con una banda en la que estaba Buddy Emmons, uno de los steel guitars más finos que nunca se han oído. Su tercer disco es el que mejor muestra sus declaraciones de intenciones, sus veloces y abrasadores solos de guitarra, llenos de pasión y que eran tan cerebrales como los de Jeff Beck y tan cachondos como los de Les Paul.

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“Cherokee”

Les Paul, efectivamente, fue una de las influencias claves en Danny; los dos alcanzaban la misma velocidad del rayo, los tonos más dulces y un talento increíble para los arreglos de guitarra. Cuando Danny Gatton vio a Les Paul junto a Mary Ford por primera vez sobre un escenario en 1959 pensó que había muerto y estaba en el cielo… “con su Paulveriser, Les podía hacer que Mary Ford sonase como Bing Crosby”, recordaba Danny en una entrevista meses antes de su muerte.

La influencia que Les Paul tuvo en él se puede seguir en sus incesantes exploraciones sónicas. Danny construyó el Magic Dingus, una caja similar al Paulveriser, pero mucho más avanzada; la de Les Paul tenía cuatro botones y la de Danny tenía 13, además le había metido un volumen master y otro de ecos, repeticiones de ecos, reverbs por un tubo y desfasadores… muchas cosas que hacían que aquello sonase como un antepasado del amplificador Leslie.

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“Lappin’ it up”

En ese blues que acabáis de escuchar Danny tocaba tanto la guitarra eléctrica como el lap steel, y en el estudio no sé cómo lo grabaría, pero en directo tocaba los dos instrumentos a la vez; se sentaba detrás de una guitarra Emmons de 19 cuerdas, con su Les Paul 61 conectada al Magic Dingus, e iba y venía entre el steel y la guitarra. A veces conectaba también un banjo para poder tocar bluegrass. Pero la gente comenzó a llamarle Danny Gadget por la cantidad de tiestos de los que se rodeaba en sus conciertos, y pensaban que esos gadgets eran los que estaban tocando la música que se oía y no él; así que al final lo dejó todo para quedarse solamente con una Telecaster y un ampli Fender Bassman.

Pero con unos instrumentos o con otros, cuando se oye su música se ve que era virtualmente imposible encasillar a Danny Gatton. En mitad de una melodía ostensiblemente jazzy era capaz, con total confianza en sus poderes guitarreros, de insertar unas líneas del más puro estilo country de Merle Travis de forma que hasta los más puristas no se sintiesen sobresaltados. No en vano Danny Gatton fue nombrado cuatro veces por la revista “Guitar Player” como Mejor Guitarrista de Country, a pesar de que nunca editó ningún disco de ese estilo musical.

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“Homage to Charlie Christian”

Yo tenía una hermana mayor y en los años 50 ella traía a casa todos los discos de Fats Domino, de Ricky Nelson; todo lo que hacía Elvis. Y discos de big-bands con Charlie Christian y todo aquel western swing. Yo me zambullí en todo aquello y siempre lo he tocado todo; siempre he estado con bandas que cambiaban de color como los camaleones. En la variedad está la diversión.

Ése era el material que le interesaba a Danny Gatton: lo que se hacía a finales de los 50 y en los 60; allí estaba su corazón, en todas las formas de música de esa época. Después, cuando llegó la psicodelia, perdió todo el interés porque decía que esa música era muy fácil de tocar. Tampoco le gustó cuando el jazz se convirtió en space-jazz; para él aquella forma nueva estaba falta de melodía y él siempre fue muy claro con las melodías. Le gustaban las canciones con una línea melódica bien definida, para embellecerla y llegar desde ahí a cualquier sitio que se propusiera, para después volver a donde todo empezó. Su teoría era que uno tiene que recordar siempre la melodía cuando termina de escuchar la canción.

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“Melancholy serenade”

El garaje que se ve en la portada del “Unifinished business” fue un mal presagio. En él fue donde posteriormente Danny se quitaría la vida. Cuando se editó tuvo muy pocas ventas, pero sirvió para que algún cazatalentos del potente sello Elektra se fijase en él, por lo que en los primeros años 90 su carrera inició un nuevo intento de ascenso.

Pero él ya estaba demasiado desencantado con la música de los nuevos tiempos, como os he dicho antes, y solamente se volvió a meter en ella de nuevo para evitar que su mujer tuviese que levantarse todos los días a las tres y media de la mañana para ir a trabajar. Eso iba a matarla, así que no tuvo más remedio que buscar una fuente de ingresos que a ella le quitase de aquello. Danny, como decimos ahora, no tuvo más remedio que ponerse las pilas.

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“Elmira Street boogie”

Con Elektra edito dos discos más, “88 Elmira Street” y “Cruisin’ deuces”, pero a pesar de que la crítica los alabó bastante lo cierto es que prácticamente todas las copias se quedaron sin vender en los cajones y estanterías de las tiendas. Por este motivo le despidieron de la discográfica… y las consecuencias fueron trágicas.

Y de forma desgarradora el mundo de la música perdió a uno de sus talentos más grandes y más indignamente despreciados. Su muerte no originó el frenesí de la de Kurt Cobain, ocurrida unos meses antes en circunstancias similares, en realidad apenas se enteró nadie más allá de su familia y sus amigos; quizás también los más fanáticos de la guitarra, que le habían visto y seguido en sus actuaciones por el circuito de locales de Washington y Maryland, en los que dejó su indeleble marca de fábrica.

Su prematura marcha siempre seguirá siendo un enigma. Aunque las pocas publicaciones que le dedicaron una necrológica se fijaron en el único ángulo que parecía tener sentido: alguien que se tomaba la música como un trabajo para subsistir y que no fue capaz de resistir las subidas y bajadas de una profesión imprevisible.

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“Harlem nocturne”

Puede que en la superficie, la historia de la vida de Danny pudiera seguir la predecible senda de los artistas cuyo trabajo no hace concesiones a las tendencias pero que tampoco consigue el favor del público. Pero la realidad es mucho más complicada, la mente siempre innovadora de Danny Gatton nunca dejó de explorar nuevos territorios musicales. A cualquier sitio al que él iba siempre había otros guitarristas que le seguían. La lista de los compañeros que le admiraban… James Burton, Vince Gill, Albert Lee, Evan Johns… parece un libro de recortes de los idiomas de las raíces musicales a las que Danny se aferró. Más recientemente hay otros nombres menos obvios que también han predicado las excelencias de Danny, como ha sido el caso de Lou Reed, de Richie Sambora, de Slash…

Danny nunca alcanzó las alturas en términos puramente de ventas. Tampoco quiso nunca invertir mucho tiempo en giras interminables, él sacaba más satisfacción de estar con su familia y restaurar coches antiguos, como los que hay delante de su garaje en la portada del disco. Siempre estuvo en contra de la ética de que el guitarrista fuese el que estaba al frente y se llevara la luz de los focos. La cultura de la celebridad que premia la ambición por encima de los logros no era terreno firme para alguien del nivel de virtuosismo de Danny. Que él se resistiese a estas inclinaciones es admirable… y que pagase un alto precio por ello es innegable.

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“Poinciana”

CINCO RAZONES PARA RESPETAR A UNA ARTISTA

Ahora que han pasado ya varios días desde la muerte de WHITNEY HOUSTON y los obituarios se van diluyendo en la rutina diaria, me gustaría rendirle desde aquí un pequeño homenaje, porque a pesar de ser una diva y una cantante pop totalmente comercial, también era una artista con una de las voces más poderosas que hemos podido escuchar desde muchos años atrás para acá, de la que, como nuestra amiga Lu apuntaba muy acertadamente en su blog, nunca hemos podido disfrutar del disco que realmente tendría que haber hecho.

Con toda seguridad, para respetarla como artista y como cantante hay muchísimas razones, pero yo voy a apuntar aquí solamente cinco de ellas.

Y la primera por la que hay que hacerlo es porque su voz era de verdad. Con esto quiero decir que tenía detrás toda una tradición gospel que había llegado a ella junto con su sangre y sus genes. Su voz era considerable, imponente, imperiosa, dominante… superior. El botón de muestra es una canción que grabó en 1987 con su madre, Cissy Houston; una balada desolada de ésas que fueron la marca de fábrica de Whitney durante toda su carrera posterior, pero que aquí se convierte en un vehículo fascinante para escuchar su voz en el mismo contexto sustrato sociológico que la de su madre y comprender que era genuina de verdad.

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“I know him so well”

Porque a pesar de grabar una canción que es el paradigma de la confección musical dirigida hacia el triunfo comercial se atrevió a hacer con ella algo que ninguna otra de las estrellas que pululan por los primeros puestos de las listas de éxito hubiese aceptado hacer de ninguna manera: cantar a pelo, sin acompañamiento, sin respaldo, dibujando cada una de las sílabas que salían de su boca, cambiando la altura de cada una de ellas a medida que las cantaba, rizando el rizo.

Puede que hayas oído “I will always love you” hasta el cansancio, pero eso no quita para que tenga una de las mejores introducciones del pop; cuarenta y cinco segundos para la historia.

También puede interesarte saber algunas cosas más de esta canción, como que originalmente era una balada country de Dolly Parton, usada en otra película, que fue “La casa más divertida de Texas”. Eso se aprecia muy bien en el contexto sustrato sociológico de “El guardaespaldas” y es que Whitney la canta en el climax final porque en otra escena anterior de la película, la de la cafetería, en la que ya queda claro el amor entre ella y su guardaespaldas, la están escuchando de fondo en la versión, respetando todos los cánones de su género original, que hace John Doe, un cantante que se pasó del punk seminal que hacía en la banda X al country. La canción fue número uno en ventas durante catorce semanas seguidas, lo que en aquel momento significaba un récord. Y lo menos conocido de todo es que esta introducción a cappella tan magnífica, que hace tan singular esta canción, fue una sugerencia de Kevin Costner… mira que si hemos cambiado un mediocre actor por lo que podía haber sido un imaginativo productor musical…

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“I will always love you”

Porque Whitney Houston sentó las bases de las baladas de pop-soul que durante los últimos años de la década de los ’70 y los primeros ’80 florecieron en la música que escuchábamos por todos lados. Y después se han mantenido también, de forma tan lujosa.

Su segundo single, “Saving all my love for you”, una version de Marilyn McCoo y Billy Davis, que grabó en 1978, combinaba los arreglos de “monísimos” teclados y saxos super cursis que todos los productores comerciales copiaron posteriormente. Aunque nadie más pudo incluir el ingrediente secreto, que era la voz cantante, capaz de ascender desde una risilla tonta hasta el tono más potente y mantenerse ahí, sin perder ni un ápice de su poder, sin esfuerzo aparente, clavando en el aire una grandiosa nota alta tras otra…

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“Saving all my love for you”

Porque no solo demostró Whitney la calidad de su voz cuando comenzaron a respaldarla productores de gran prestigio comercial, sino que desde su juventud ya derrochaba ese estilo que fue madurando con los años, aunque fuese en discos del extrarradio musical.

Una de las primeras veces que pudimos oírla como solista fue cuando con 19 años prestó su voz al grupo de art-rock neoyorkino Material para la grabación de esta versión del “Memories” de Soft Machine. ¿A que no te esperabas esta incursión de Whitney en el rock progresivo…? Pues no te pierdas tampoco el contrapunto del disonante saxo que le ponía Archie Shepp, toda una leyenda del jazz.

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Material – “Memories”

Y porque inspiró a otras muchas cantantes que quisieron seguir sus pasos. Con mayor o menor fortuna. Con mayor o menor éxito. Pero sin Whitney Houston posiblemente no hubiese existido toda una generación de cantantes entre las que podíamos citar, por poner solo un ejemplo, a Alicia Keys, que fue agradecida y escribió el último single que Whitney grabó: “Million dollar bill”.

Entre la canción que grabó con Material y ésta otra pasaron 27 años de una vida con todos esos altibajos que la prensa se ha encargado de airear esta semana pasada, y todo ese tiempo y sus efectos hicieron disminuir el rango vocal y la agilidad de su juventud, pero no su maestría. Su arte aún permanecía. Y por eso era capaz de domar una canción de amor, salida de una mente salvaje y joven, para convertirla en una pieza tintada de aires disco, en la que permanece la mayoría de lo que siempre había sido Whitney Houston: una artista capaz de hilar cada frase de sus canciones con fuerza y precisión.

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“Million dollar bill”

GRANJERO ÚLTIMO MODELO

Escribiendo sobre la granja de Ronnie Lane me acordé de otro músico que tiene en común con él eso de los pollos y las berenjenas además de que de éste también conoces su música (su canción más famosa, al menos), pero no su persona. Hoy vamos a hablar de NORMAN GREENBAUM.

En 1966, en Boston, era el líder de una efímera banda psicodélica, de extraño nombre, Dr. West’s Medicine Show And Junk Band, que tuvo su minuto de gloria cuando en el prestigioso Billboard apareció como número 52 de la lista de ventas un single que editaron, de nombre aún más extraño que el del grupo: “The eggplant that ate Chicago” (La berenjena que se comió a Chicago).

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Dr. West’s Medecine Show and Junk Band – “The eggplant that ate Chicago”

Pero como la banda de Dr. West demostró que su futuro era bastante más morado que el de la berenjena de su canción, Norman Greenbaum pilló los royalties que ésta le dejó y se mudó a Los Angeles, donde él y su mujer montaron una granja de pollos, en la que criaban también algunas cabras. Y algunos cochinos también. Bueno… y una llama. Pero resulta que para la gente que quiere matar el gusanillo de la música, pues Los Angeles no es el sitio más adecuado, y claro, Norman volvió a reincidir en su vicio. Al cabo de poco tiempo le había dejado las tareas ganaderas a su mujer y él estaba en un estudio de grabación con el productor Erik Jacobsen, quien habiendo trabajado ya con los Lovin’ Spoonful y los Sopwith Camel tenía el gusto muy desarrollado para toda clase de músicos estrafalarios.

Norman tenía una idea para una cancioncilla medio religiosa, que él llamaba “Spirit in the sky”, que incluía versos como “tengo un amigo en Jesús”, “cuando me muera iré a descansar a un lugar mejor”, “como yo nunca he pecado, Él me convertirá en un espíritu en el cielo”… se le había antojado escribir una canción en tono góspel porque veía el programa de televisión que hacía el cantante country Porter Wagoner y siempre lo terminaba con una canción así, un góspel… pero que a su parecer tenía un gran fallo, que es que en la canción de Porter Wagoner el creyente que buscaba la salvación no la pudo conseguir porque el sacerdote de su parroquia estaba de vacaciones. Así que Norman decidió que en su canción las cosas iban a ser como Dios manda.

Jacobsen y Norman se metieron en los estudios de Coast Recorders a finales de octubre de 1969 y comenzaron a darle vueltas a la idea de la canción. Al principio los intentos no fueron muy satisfactorios, hasta que Jacobsen se cansó y le dijo a Norman que se dejase de rollos y probara animándola un poco metiéndole ritmos de boogie, y que él tenía al guitarrista adecuado para ello. Bill Sievers, que así se llamaba el guitarrista, al que Jacobsen conocía de haber estado en los Sopwith Camel, no solo le dio el tono adecuado a la canción, sino que siendo él también un fan de la música góspel, congenió enseguida con Norman y le sugirió que para que su “Espíritu en el cielo” sonase mejor habría que buscar a algunos cantantes de góspel que le diesen el necesario nivel de autenticidad. Y se fueron a buscar esa autenticidad a una iglesia de verdad, en Oakland, donde encontraron al trío que estaban buscando: The Stovall Sisters. Así que las metieron también en el disco… y el resto ya es historia.

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Norman Greenbaum – “Spirit in the sky”

Norman, Jacobsen y Sievers quedaron entusiasmados con el resultado, pero no todos los de Coast Recorders compartían su entusiasmo, sobre todo el ingeniero de sonido, un tío larguirucho y antipático, cuya frase favorita era: “eso se va a parecer demasiado al jazz”; aunque en realidad lo que quería decir con eso era que las partes que grababan ya estaban bien como estaban y no iba a repetir más tomas con los caprichos que se le antojaban a los otros tres.

Por Navidad se editó el LP con el que Norman Greenbaum debutaba en solitario y de él se extrajo como single su “Spirit in the sky”. Y el público americano reaccionó con el mismo entusiasmo que el larguirucho antipático. La suerte de Norman es que el disco se publicó a través de Reprise Records, el sello que fundó Frank Sinatra y que era propiedad de la multinacional Warner Brothers, y a algunos de los ejecutivos del sello sí que les gustaba la canción, así que mantuvieron el envío constante de singles a los DJs de las radios y siguieron promocionándola hasta que consiguieron que por fin le gustase a la gente.

Y vaya si ahora les gustó, porque en la discográfica tuvieron que hacer incluso una reedición del single en febrero y llegó a ser número 1 en las listas de ventas tanto de Inglaterra como de los USA (bueno, en realidad en los USA solo llegó al tercer puesto, pero decía lo del nº 1 por no cortar el rollo). El caso es que “Spirit in the sky” se convirtió en el single más vendido de la historia de la Warner hasta entonces. Yo recuerdo perfectamente que uno de los DJs de la emisora de Rota solía ponerlo mucho y a mí también me gustaba, así que en cuanto se lo vi a uno de los chavales americanos de Santa Clara no dudé en cambiárselo por mi single del “Black is black”, que lo tenía ya de los más trillado… lo que me apena es que aquello fue antes de convertirme en coleccionista compulsivo y ya no lo conservo, sino uno español comprado de segunda mano varios años después.

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Norman Greenbaum – “Tars of India”

“Spirit in the sky” convirtió a Norman en una estrella y después le amargó la vida. En prácticamente todos los países civilizados del mundo (incluso en España sonó mucho durante el verano, y eso que estábamos bajo los dominios del Ministerio de Información y Turismo que acababa de abandonar Manuel Fraga) fue nº 1 o, al menos, estuvo entre los cinco primeros de las listas. Al rebufo del éxito Norman Greenbaum fue llamado para las giras de otros grupos más conocidos, como los Moody Blues; hasta que él mismo ascendió a cabecera de cartel de los conciertos.

Pero el distintivo sonido de la canción se convirtió en una maldición para Norman; la gente quería de él otro “Spirit in the sky” y no podía dárselo. Esa canción era demasiado especial. Igual que unos años antes había ocurrido con la canción de la berenjena, Norman no era capaz de repetir la cualidad tan difícil de alcanzar que había hecho de “Spirit in the sky” una bomba de tales proporciones. Así que cuando las ventas del disco comenzaron su cuesta abajo, Norman se retiró de nuevo a la granja, donde su mujer le dijo que ahora le tocaba a él hacerse cargo de los bichos, que ella ya estaba cansada de quitar cacas de pollo, y le presentó los papeles del divorcio.

Así que Norman convirtió la granja en un restaurante de comida rápida para llevar a domicilio y se convirtió él en una especie de recluso que rehusaba hasta hablar con los periodistas que de vez en cuando iban a pedirle alguna entrevista para recordar sus tiempos de éxito.

Pero la canción se negó a marchitarse como lo estaba haciendo su autor y continuó proporcionándole a Norman un discreto, pero continuo, flujo de ingresos; y no solamente por el éxito que tuvo la versión que de ella hicieron en 1986 los Dr. And the Medics, sino por su uso continuado en películas de mucho éxito como “Apollo XIII”, “El mundo de Wayne 2” y “Contact”, y el lucrativo respaldo musical de anuncios de televisión de American Express o Chrysler.

No obstante Norman no pudo ir manteniendo la misma buena salud que su cuenta corriente y desde hace años sufre el Síndrome de Fatiga Crónica, por lo que está cansado todo el día sin hacer casi esfuerzo alguno y siempre anda confundido y con problemas de concentración, por lo que se ha roto ya las piernas varias veces, necesitando tantas prótesis que él mismo decía que “tengo ya tanto metal en mis piernas que me puedo sentar delante de la tele y no necesito antena, la veo con solo apoyar el pie en su mesita…”

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Norman Greenbaum – “Milk cow”

LA SONRISA EN TUS LABIOS ES LO MÁS MUERTO QUE EXISTE (y 4)

Su estancia en Londres fue el punto más bajo de la carrera de Ronnie. Sus conciertos casi siempre eran bastante malos y a medida que la esclerosis múltiple progresaba las funciones corporales de Ronnie se hacían cada vez más difíciles de controlar y cada vez podía tocar menos. Y el abatimiento le hacía irse al pub más cercano a beber cerveza hasta que las piernas dejaban de sostenerle.

Un día Ronnie cogió una pistola que tenía y le dijo a Kate que iba a venderla porque necesitaban dinero. Salió y nunca más volvió a casa. Después de una semana de frenética búsqueda y llamadas de Kate a todos sus amigos, Ronnie apareció en el portal de la casa de Boo Oldfield, una mujer que había estado trabajando en el estudio móvil de Ronnie. Boo se hizo cargo de él con la condición de que dejaría las drogas y el alcohol y seguiría una dieta y haría ejercicio y todo lo que hiciese falta para sobrellevar su enfermedad. Con Boo y sus hijos fue con quienes Ronnie voló a Florida a primeros de 1982 para someterse a un tratamiento experimental que incluía inyecciones de veneno de serpiente. La clínica estaba dirigida por Fred Sessler, un antiguo asociado de los Rolling Stones, que eran los que pagaban el tratamiento de Ronnie, por deseo de Ron Wood. Pero la United States Food And Drug Administration cerró esta poco convencional clínica muy poco después de que llegasen Ronnie y Boo, que decepcionados y abatidos volvieron a Londres.

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Ronnie Lane – “Only you”

Después de una cena con Pete Townshend a Boo Oldfield se le ocurrió la idea de organizar a algunos músicos para conseguir dinero con el que comprar algunas cámaras de oxígeno hiperbáricas, un método poco ortodoxo de tratar la esclerosis múltiple, pero que llevaba una considerable mejoría para la movilidad de Ronnie. A Pete le pareció muy bien y le brindó la idea al sempiterno productor Glyn Johns, quien enseguida le dijo a Ian Stewart que formase una banda para un concierto en el Albert Hall. Eric Clapton, que también se enteró del asunto fue otro de los que más tiempo dedicó a la organización de más conciertos todavía, cuyos beneficios iban a servir para fundar la ARMS (Action Research into Multiple Sclerosis).

Todos los músicos a los que se pidió su participación se prestaron sin problema alguno… además de Eric Clapton, Pete Townshend e Ian Stewart estaban también Jimmy Page, Jeff Beck, Steve Winwood, Charlie Watts, Bill Wyman, Kenney Jones… los beneficios ascendieron hasta el millón de dólares. Se planearon más conciertos en los USA con el fin de fundar allí otra rama del ARMS. Los seis conciertos americanos fueron organizados por Bill Graham y con ellos se sacó otro millón de dólares más, de los que 250.000 se donaron a una Universidad de Texas para ayudar en la investigación.

Los dos brazos del ARMS debían funcionar en paralelo; el director era el propio Ronnie Lane y en Inglaterra quien llevaba los asuntos era el abogado Paddy Grafton-Greene. Había que buscar a alguien más para que los llevase en los Estados Unidos. Y la elección que hicieron fue la equivocación más grande de sus vidas. Mae Nicol era una iluminada que decía que ella había padecido la enfermedad y se había curado, por lo que todos asumieron que entendería perfectamente tanto la parte financiera del asunto como la clínica, que sería el perfecto eslabón entre las dos. Pero Mae, pensando que el flujo de dinero iba a ser constante, que los músicos siempre estarían disponibles para seguir cooperando una y otra vez para volver a llenar las arcas, dilapidaba el dinero a manos llenas en construir un lujoso imperio alrededor de la esclerosis múltiple. En menos de un año habían desaparecido todos los fondos y los viajes de Mae desde California a Londres intentando persuadir a Glynn Johns de organizar más conciertos benéficos fueron infructuosos.

Cuando Ronnie Lane se dio cuenta de que del millón de dólares, 900.000 se habían gastado en organización, con grandes oficinas llenas de mesas de teléfonos y empleados que los atendían, sin que Mae pensase que había nada malo en ello ni le preocupase que el dinero se fuese consumiendo, se sintió tan avergonzado que no quiso ni volver a oír hablar siquiera de aquello, y mucho menos que su nombre figurase al frente de nada. Pero ya era muy tarde para eso…

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“Goodnight Irene” (Concierto para el ARMS. Voz solista, Ronnie)

Tuvo lugar una gran batalla legal. El Fiscal del Distrito de Texas cerró el ARMS por mala administración financiera. Mae Nicol fue acusada de varios cargos por su negligencia; sin embargo, ella también pasó a la acción y presentó en el juzgado alegaciones a su favor, echando toda la responsabilidad sobre los hombros de Ronnie, quien, técnicamente, era el director de ARMS también en los USA. Además Mae demandó por diez millones de dólares a Ronnie por difamación, calumnias e injurias. El abogado de Ronnie pensó que lo mejor era llegar a algún acuerdo extrajudicial: el estado de Texas seguiría adelante en su proceso a Mae y si no recobraban de ella al menos una pequeña cantidad de lo que debía en impuestos y facturas impagadas, entonces tendría que ser Ronnie quien la abonase.

Ronnie no quiso volver a estar relacionado con nada de esto nunca más. Su salud había alcanzado un punto en que ya no podía más con esta carga. La situación le había devastado. A él y a todos los que habían comenzado esta obra altruista, que había terminado en una cosa podrida por completo. Ninguno de los músicos participantes en estos conciertos lo habían hecho por otra razón que no fuese ayudar a Ronnie.

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“Stairway to heaven” (Concierto para el ARMS. Guitarras: Jimmy Page, Eric Clapton y Jeff Beck)

A finales de 1982 Ronnie Lane se había trasladado a Austin, donde encontró una calurosa acogida por parte de la floreciente escena musical de la ciudad. Allí formó una versión tex-mex de Slim Chance y también tocó muchas veces respaldado por los músicos de The Tremors, entre los que estaba Bobby Keys, al que recordaréis todos por sus colaboraciones con los Rolling Stones. En Austin pasó cinco años con Jo Rae Dimenno, una mujer a la que había conocido en Houston cuando estaban montando el ARMS, pero en otoño de 1987 conoció a Susan Gallegos en una fiesta de Halloween y seis meses después la convirtió en su tercera esposa.

En Austin estaba bien, allí Ronnie era bastante activo, dando conciertos y apareciendo muchas veces en los que las emisoras de radio locales retransmitían en directo. En 1990 se fue de gira a Japón con una banda en la que estaba su antiguo compañero Ian McLagan y a finales de ese mismo año se embarcó por otra gira más a través de los USA; pero ya se le hacía cada vez más difícil mantener el tipo sobre el escenario; su voz ya no era muy fuerte y el micro se le escapaba muchas veces de las manos, por lo que nadie podía oírle.

Por aquel tiempo sus amigos y parientes comenzaron a perder el contacto con él y las relaciones con su nueva esposa se tensaron mucho, debido sobre todo al interminable flujo de visitantes y colgados que entraban y salían de su casa día y noche. Ronnie tenía una política de puertas abiertas, que permitía acceder a su casa incluso a los personajes más dudosos, y continuamente desaparecían posesiones familiares como Susan estuviese en su trabajo en vez de allí para vigilar; así desaparecieron algunas de las guitarras de Ronnie. Era triste, pero irónico, como sus antiguos amigos músicos siempre le habían apoyado e incluso ayudado económicamente, y ahora que más falta le hacía, sus nuevos amigos músicos no solo vivían del sueldo de Susan, sino que le robaban lo que podían.

Y mientras tanto, en su país, los periódicos más amarillistas pintaban su situación de forma todavía más lúgubre con historias que no eran ciertas en absoluto, porque la realidad es que Susan cuidaba muy bien de él; tenía un buen trabajo que les permitía vivir sin muchos apuros, le mantenía limpio, bien alimentado, contento… a pesar de las tiranteces se podía decir que eran felices juntos.

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Ronnie Lane – “All or nothing”

De repente, un día Susan y Ronnie se mudaron a Colorado, en 1994. Esta mudanza coincidió con el alivio económico proveniente de varias fuentes; por un lado, la oficina de management de Ron Wood se hizo cargo de forma desinteresada de los asuntos musicales de Ronnie; el propio Ron Wood y Rod Stewart se hicieron cargo del pago de sus facturas hospitalarias y de las medicinas necesarias para su tratamiento; las negociaciones de Kenney Jones con Castle Records significaron para Ronnie una fuente fija de ingresos por royalties y varios discos, incluyendo uno de tributo a los Small Faces, aliviaron posteriormente las presiones de su cada vez peor condición física.

Ronnie pasó los últimos meses de su vida en esa casa de Trinidad, cerca de las Montañas Rocosas, en una limpia y bien ventilada habitación con una enorme ventana que le permitía ver la calle. En las paredes, reproducciones de pinturas de Van Gogh, un calendario con una foto de los Small Faces, una foto de él, con ocho años, vestido de pirata y una carta enmarcada de Ronald Reagan agradeciéndole sus esfuerzos durante los conciertos para la creación del ARMS. La mayor parte del tiempo la pasaba con Susan viendo la tele (le gustaban sobre todo las películas del Oeste) y escuchando discos… aunque sobre todo lo que más les gustaba oír es como los amigos que venían a visitarle le decían lo mucho que su trabajo había significado para los demás.

Al final ya solo podía tocar la mano de quien estuviese cerca de él cuando quería decirle algo, y el otro tenía que acercar su oído a la boca de Ronnie… hasta que se hizo imposible discernir siquiera lo que éste quería decir. El conocimiento lo mantenía claro, pero era imposible la comunicación; aquellos versos de Thomas Hardy parecían haber sido escritos para él: ”…la sonrisa en tus labios es lo más muerto que existe / estás vivo solo lo suficiente para reunir fuerzas para morir…”.

Ronnie Lane fue enterrado solo unas horas después de fallecer, en una ceremonia privada, en Trinidad. Con una pálida luz diurna, una fina lluvia cayendo, a un mundo de distancia de su Inglaterra natal, el descarado y sonriente chaval de Forest Gate descansaba en paz; su espíritu, infinitamente inquieto, encontraba por fin el descanso eterno. La inscripción de su lápida, extraída de su canción “Annie”, la maravillosa oda a la inmortalidad y al infinito ciclo de la vida que escribiese una vez, decía, simplemente, “Que Dios nos bendiga a todos”.

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Ronnie Lane & Pete Townshend – “Annie”