INTIMIDAD A FUEGO LENTO

Estrenamos diciembre con un buen concierto en el Teatro Central. Nos visitarán ISOBEL CAMPBELL Y MARK LANEGAN. Y habrá que estar allí si no queremos perdernos algo único y singular, porque esta pareja ha sobrepasado las comparaciones con Nancy Sinatra y Lee Hazlewood, y han creado un sonido intenso, fluído, que es únicamente de su propiedad. La tensión sexual en los duetos de Isobel y Mark es palpable… si todo marcha como en los demás conciertos de la gira, la tercera canción será “Come undone”; ya veréis como esta cruda balada soul, llena de pasión reprimida, nos ilustra sobre cómo es el mundo de esta pareja.

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“Come undone”

Tardaron en darse cuenta, pero estos dos habían nacido el uno para el otro. Isobel ama esa voz clásica, que fluye sin esfuerzo, de Mark; y éste siente una atracción irrefrenable por esa forma de cantar, que no es de este mundo, que tiene Isobel. Y como dúo han conseguido su propia marca de fábrica. Su sonido ha ido creciendo en los tres discos que llevan editados, y ahora es una mezcla perfecta de la ronca voz de barítono, a medias entre Paul Rodgers y Johnny Cash de él, y la trémula y suave entonación folky de ella.

Pero no es solamente este contraste el que les hace únicos, lo es también su sensibilidad, la forma en que se “escuchan” el uno al otro. La mayoría de los dúos formados por estrellas que hemos conocido a través de los tiempos, y los que hay en la actualidad lo que hacen es darse autobombo, y los dúos son vehículos para el alarde y el vacileo de los dos componentes. Isobel y Mark, en vez de eso, se entregan uno al otro totalmente en cada canción, creando una intimidad especial… como cocinada a fuego lento.

Su combinación de melodrama fatalista y folk angelical brilló ya en su primer disco, “Ballad of the broken seas”, grabado en el 2.006. El que le siguió, ”Sunday at devil dirt”, ganó en ambición, dejando a Isobel exausta en un proceso demasiado intenso para crearlo, como si se hubiese frito el cerebro en el intento. Ahora vienen a presentarnos el tercero de sus discos, “Hawk”, en el que han explorado diferentes texturas, con un sonido mucho más ámplio y rítmico.

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“Time of the season”

Con este disco, además, Isobel ha mostrado su cumbre como productora y arreglista. Cuando ella dejó a un grupo indie de culto como eran Belle & Sebastian, en el 2.002, ya había editado dos discos llenos de un pop que se pasaba un pelín de cursilón bajo el nombre de The Gentle Waves. En el 2.004 se movió en una dirección más novedosa y escribió un puñado de canciones inspiradas por su amor al rock de la Costa Oeste de los ’60 y los ’70, que eran, esencialmente, “diálogos a dos voces”. Y le llevó un tiempo encontrar un homólogo masculino para cantarlas; pero cuando Mark Lanegan, antiguo vocalista de los Screeming Trees y Queens of Stone Age, aportó su tono bluesy, aunque vulnerable, a las canciones, éstas adquirieron vida. En este caso, al contrario de lo que suele suceder, el versátil e instintivo intérprete que es Mark, fue el que se convirtió en la musa de Isobel.

Así que a pesar de ser en su mayor parte escrito y producido por Isobel, “Hawk” necesita el componente del macho alfa, por eso en este disco Mark es un presencia dominante; a veces, la voz de Isobel apenas es una traza, pero salta al primer plano en canciones de dream-pop hipnótico como “To hell and back again”.

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“To hell and back again”

Isobel Campbell declaró una vez que ni ella ni Mark tenían amigos reales. Ciertamente, a pesar de sus estilos contrapuestos… el susurro catatónico de una “canteuse” como ella y el rugido indescifrable de un veterano del grunge como él… rezuman la tensión que se acumula tras años de búsqueda de un alma gemela, años de rencillas con colegas y amigos que dejaron de serlo, que les han nutrido emocionalmente para ahora regurgitar sus experiencias con la dificultad y el desgaste de las ostras cuando fabrican las perlas.

Igual que ocurriese en los momentos más brillantes de su primer disco, ocurre ahora en las mejores partes de su nuevo rerpertorio, en el que la voz de Isobel se desliza sobre la de Mark como un guante, y el dúo asume una sola y amenazante personalidad. Para ellos es una paradoja ese dicho de “la unión hace la fuerza”; para ellos la fuerza está en la soledad que intentan obtener convirtiéndose en un único ente. Y desde esa soledad dirigirse a ti, afectarte con sus gritos y susurros, con sus sonidos. Los sonidos, cuanto más bajos, más nos perturban, sobre todo si están hablando de nosotros… y eso es lo que ellos hacen en canciones como “We die and see beauty reign”, en la que nos dicen que nuestra única esperanza nos llegará post-mortem…

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“We die and see beauty reign”

El terreno nos lo irá preparando una figura emergente que a mí se me estaba pasando desapercibida hasta que nuestra amiga Lu me la puso en primer plano cuando estuvimos la última noche en este mismo Teatro Central: HARPER SIMON, un tipo que nos trae un country cósmico muy ecléctico, con algo de la magia familiar; no en balde es el hijo del gran Paul Simon.

Y aunque al final, con la madurez de la personalidad que da el tiempo, esta figura paterna se haya convertido incluso en una ayuda, para Harper la herencia familiar ha sido durante toda su vida un estorbo que ha querido borrar y renegar de ella, en un proceso que le llevó a ser esclavo de una adicción a los narcóticos y al alcohol.

La heroína le ayudó al principio a ser menos acomplejado y menos autocrítico, así que la usaba como medicina psicológica, pero al final se convirtió en un yonkie más. Durante este tiempo no fue ajeno al mundo de la música, y primero intentó hacer un disco de post-hardcore en su ciudad natal de New York, con Murph, el batería de Dinosaur Jr, antes de mudarse a Londres en el 2.002 y unirse a los Menlo Park, que hacían una música rock en clave judía, con los que Harper se sintió feliz durante algún tiempo pensando que era como el Keith Richards del grupo.

Pero el alcohol le pasaba factura, y cuando sus relaciones y su confianza se colapsaron se volvió a mudar, esta vez a Los Angeles, donde un amigo le convenció de que había que dar la cara y asumir el protagonismo, y hacer un disco en solitario.

La grabación de este disco se tuvo que parar a la mitad para poder finalizarlo sobrio. Tuvo que pasar un periodo de desintoxicación, pero Harper Simon salió definitivamente fortalecido. Quizás éste que tiene en la calle desde hace poco más de un año, y que nos va a presentar aquí, no sea el disco que él hubiese esperado, pero al menos ahora se siente dentro del juego, y cuando tenga que hacer el siguiente ya sabrá mucho más… lo que no quiere decir que a éste no haya que prestarle la debida atención.

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“All I have are memories”

El proceso de este disco homónimo de Harper Simon ha sido difícil por tanto. Él siempre quiso escribir, pero le daba miedo escribir canciones, sobre todo empleando su nombre para firmarlas debido a sus neuras particulares y a la relación que su apellido pudiese darle con los medios, así que escribía esbozos de novelas de ficción, de guiones…

Hasta que por fin se convenció de que no había malos espíritus esperándole con lanzas y flechas y se lanzó de lleno a mostrarnos su propio paisaje escénico a través de un disco en el que está presente el sutil pop de Elliott Smith y, sí, la respetada variedad de Paul Simon. Harper creció escuchando discos de los ’60 y los ’70, por eso su música es un sentido tributo que tenía que pagarles. Y como en su ADN, además de su padre también está su madre, Peggy Harper, que era de Tennessee, y le introdujo en el country psicodélico, el resultado es ese country cósmico del que os hablaba al principio, que desconozco como nos lo hará llegar a nosotros, porque supongo que aquí no vendrán con él toda esa gente tan dispar que le ayudó a plasmarlo en su disco, desde sus amigos Sean Lennon e Inara George y Steve Nieve, hasta una sección de músicos de sesión de Nashville, bastante más mayores, que incluyen a Lloyd Green y Charlie McCoy, que contribuyeron a hacer grandes algunos discos de Dylan y los Byrds.

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“Tennessee”

Ésta anterior es una de las tres canciones escritas a medias por Harper y su padre. Desde que a la edad de cuatro años apareció con Paul Simon en “Barrio Sésamo”, hasta que no cumplió treinta y seis, Harper no había vuelto a asociarse musicalmente a él. Todo comenzó con un rag instrumental que él tocaba y que a su padre le gustó, así que quiso componerlo del todo junto a él. Al principio los demonios interiores que aún le mordían le hacían ponerse nervioso con su padre envuelto en esto; pero logró superar la prueba y escribieron aún dos canciones más entre ambos. En realidad Paul Simon disfrutaba con este descanso que le apartaba de tener que resolver los problemas de su propio disco.

Ahora, Harper por fin se está haciendo un sitio propio en la música. Y hasta que lo ha logrado ha pasado por un viaje lleno de experiencias, inquietante y revelador. Vamos a arroparlo con nuestra presencia…¿no?

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“Wishes and stars”

Será el miércoles día 1. A las 9 de la noche en el Teatro Central, con las entradas a 20 euros. Las butacas del teatro se quitarán para poder ampliar el aforo y que podamos entrar como mínimo las quinientas personas que se necesitan para cubrir gastos y poder seguir en la brecha de traernos a más gente que merezca la pena. Más gente como Harper Simon e Isobel Campbell y Mark Lanegan con una completa banda de rock…

Ésta es la canción con la que el dúo está cerrando los conciertos de esta gira, tras haber dejado detrás otras veintidós… el último de los bises… una canción de uno de los discos en solitario de Mark Lanegan.

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“Wedding dress”

NO DIGAS QUE FUE UN SUEÑO (El banquete final)

Para Lu y Koloke, que suelen escribir posts dedicados a la comida. Y para Zambombo, que prefería un post a un comentario.

Yo tengo dos grandes pasiones, y durante el año de 1.992 que nos ocupa, y la gran muestra universal que tuvimos aquí en Sevilla, pude desarrollar las dos con una gran diversidad. En la Expo pasé casi tanto tiempo disfrutrando de sus conciertos como de su gastronomía. Y me ocurrió también que me tuve que tragar enormes bazofias… esta vez en sentido literal. Pero después de todo, igual que ocurrió con la música, creo que con la comida también el balance final fue positivo.

Eso sí, tuve que gastar pasta por un tubo. Pero en aquellos años todavía no tenía que preocuparme de ninguna hipoteca, y disfrutábamos de los tiempos a los que la señora Carrascus se refiere ahora cuando, tras un enorme suspiro, dice: “echo de menos cuando teníamos dinero…”

Porque de otra forma jamás podíamos habernos permitido el lujo de abonar facturas como las que reproduzco en este post (que han aparecido en la carpeta de recuerdos olvidados de la Expo), ni de haber sido comensales en muchos de los restaurantes de los que disfrutamos allí.

En la Expo podías comer cualquier cosa… bastaba que te girases hacia un lado y tenías alguna oferta culinaria. Y aptas para cualquier bolsillo. Pero igual que la gente hacía colas enormes para entrar en los pabellones o para consumir productos asequibles a una economía media, cuando uno acudía a los restaurantes que presentaban una oferta más singular apenas tenía problemas para realizar una reserva, o incluso podía presentarse en ellos sin realizarla siquiera y obtener una mesa. Porque los restaurantes de la Expo, en general, eran caros de cojones.

Y ese era el motivo de que siempre estuviesen llenos los bares que hemos mencionado en los anteriores posts… el “Kangaroo Pub”, el “Yankee Stadium” americano… así como el pabellón de la Cruzcampo, a pesar de ser la cervecería más grande de Europa, o las diferentes casetas del pabellón de las Tierras de Jerez; y pudieses ir a cenar sin ningún problema a “La Toque de Europa” o a la mayoría de los restaurantes de los pabellones autonómicos españoles.

En la cervecería más grande de Europa incluso fabricaban la cerveza que se consumía alli mismo.

La sra. Carrascus y yo no le hicimos ascos a nada: igual nos tomábamos un perrito caliente, una hamburguesa o unas raciones de pizza en cualquiera de los cientos de kioskos que nos encontrábamos al paso, que nos permitíamos el capricho de una cena romántica o familiar en algunos de los muchos restaurantes que se nos ofrecían a nuestra elección. Y de eso tratará esta entrada, de lo que vimos, padecimos y disfrutamos, entre fogones y mesas con manteles de hilo.

Desde el principio tuvimos claro que a los restaurantes de los pabellones autonómicos no no íbamos a acercar, más que nada porque su oferta podíamos degustarla fácilmente en otro entorno que no fuese el de la Expo… aún así no pudimos resistirnos al día en que el Pabellón de Extremadura ofrecía degustaciones gratuitas de jamón de sus dehesas, que al remojarlo la sra. Carrascus con abundante vino de pitarra de aquellas tierras, le hizo imposible dar un paso por aquel suelo de cristal de la planta superior, a través del cual se percibían muchos metros de espacio vacío hasta el nivel de la planta baja, lo que me hizo tener que representar el papel de caballero andante, y llevarla en brazos hasta los ascensores, entre el aplauso del nutrido (y muerto de risa) público asistente, que seguramente pensarían que estaban asisitiendo a una representación cutre de “Oficial y caballero”.

De todas formas, de la gastronomía española me quedé con ganas de asistir a algunas de las cenas del pabellón español. Bueno… sí que llegamos a estar en el mesón, en el que además de menús de unas 2.000 pesetas, había también raciones y bocadillos que se podían comer en un terraza magnífica con una espléndida vista sobre el lago… ¿o aquella terraza era la del pabellón de Andalucía…? No lo recuerdo con exactitud, pero en realidad da igual; a donde no pude acceder nunca fue al apartado exclusivo en el que cada cierto tiempo se dedicaba una jornada a algunos de los grandes restaurantes españoles… “El Bulli”, “Jockey”, “Sibaris”, “Señorío de Bertiz”… porque probablemente las mesas las repartirían entre la “crème” sevillana, y nunca había nada disponible cuando llamaba para hacer una reserva… en algún momento determinado me cansé de intentarlo y lo dejé por imposible.

Así que el mono de que nos cocinara un chef de gran prestigio nos lo quitamos en el restaurante “La Toque de Europa”, que era una maravilla al borde mismo del lago en el que se presentaban platos de toda la Comunidad Europea, cocinados por Iñaki Izaguirre, del que en aquella época se decía que era el Pablo Picasso de la cocina. Sabíamos que el caprichito nos iba a costar un buen pellizco, pero… qué cojones…!

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Cocinero, cocinero…

Cuando llegamos me sorprendió que la chica del atril de la entrada, en lugar de preguntarnos por la reserva que había hecho yo previamente me preguntase por las invitaciones… le dije que cuando llamé para reservar no me dijeron nada de invitaciones. Y es que la chica pensaba que veníamos a una cata de aceites que estaban haciendo en uno de los salones; lo que no me sorprendió, porque clientes… lo que se dice clientes de pago, solo estábamos nosotros dos; que teníamos a nuestra disposición toda la ámplia terraza exterior, como ya os digo, a la mismísima orillita del lago.

Y a nuestra disposición también, claro está, todo el servicio… un maitre amabílisimo y más pelota que el tío de la tienda de ropa de “Pretty woman”, un camarero atentísimo a cualquier mínimo detalle, como llenar los vasos de vino hasta su medida justa en cuanto los vaciábamos… el hombre no tenía otra cosa que hacer, de todos modos… el somelier, que vino a servirnos la botella cargado con toda la parafernalia de desgolletarla, abrirla, disponerla en la mesa, etc… con la pompa y el boato dignos de un banquete de película…

La comida estaba muy buena… buenísima… pero los platos eran algo escasitos y más historiados que el copón. Por ejemplo, el “Nido de jamón” de mi primer plato tenía poco jamón (aunque era un pata negra digno de aplauso) y mucha patatita fina formando un nido “picassiano” contrapunteado por salsas de colorines; en realidad, creo que era poca cosa para las casi 2.400 pelas que me clavaron por él (IVA aparte, jejeje), aunque el plato tenía nombre y todo, se llamaba “Curro”. El carpaccio de hígado de pato (pero de hígado de verdad) de la sra. Carrascus también era digno de prestarle una atención especial. Ahora bien, los lomos de buey rellenos de queso de cabra, acompañados de diferentes clases de purés, que nos metimos los dos de segundo fueron ya una cosa indescriptible del todo.

De postre pedimos dos diferentes para compartirlos: una “meloja”, como decimos aquí (¿qué coño es eso de “milhojas”?) con una mariconadita hecha con pétalos de rosa, y una marquesa de chocolate con jugo de fruta de la pasión… Y mientras disfrutábamos de ellos entre aaaaaahs y ooooohs de placer casi orgásmico vino el propio Iñaki Izaguirre a preguntarnos si todo había sido de nuestro gusto y a darnos un poquito de charleta. Todo muy de puta madre y digno del mejor recuerdo… hasta ahora.

Las pegas vinieron después. Y no, no estoy hablando de la factura de 14.774 pelas que véis ahí arriba. No es que fuesen cosas en exceso desagradables, pero que a mí, sin llegar a estropearme en absoluto la buena sobremesa en aquel ambiente tan encantador y propicio al hedonismo, sí que me lo enturbiaron un poquito. Para empezar, en un sitio tan “fino” y “exclusivo” como aquél no tenían bourbon del bueno… ni del corrientito siquiera; solo whisky escocés a mil pelas el pelotazo, por lo que con el cubata, aún sin ser del todo el de mi gusto, tuve que perderle el cariño a mil trescientas y pico de pelas más (IVA aparte, claro). Y fue durante esta sobremesa cuando aparecieron los únicos otros comensales que tuvieron esa noche, un pequeño grupo de tres adultos y un niño, encabezados por la señora Duquesa de Feria, que pasaron, por cierto, por nuestro lado sin dejar ni una pequeña muestra de algo que pareciese un saludo, a pesar de que éramos las únicas personas que estábamos allí en ese momento.

En cuanto se sentaron apareció junto a su mesa Iñaki Izaguirre y esta vez el peloteo fue más o menos como el que nos hizo a nosotros el maitre, pero multiplicado por diez. Y lo que me sentó fatal es que a ellos les regalase una botella de oloroso tan bonita e historiada como sus platos, para que se la llevasen de recuerdo o la disfrutasen mientras les servía… ¿Y por qué me molestó? Vale, yo no soy nadie de fama o prestigio como la señora Nati Abascal, y me parece muy bien que el chef quisiera tener un detalle con ella… pero yo lo hubiese hecho de forma más discreta para no hacer de menos a nadie que estuviese cerca… joé, que nosotros también éramos clientes (los únicos hasta ese momento, recalco) que nos dejábamos allí una pasta y no tuvieron ni el detalle de invitarnos a algo, aunque hubiese sido a una copa que compensase que la que me sirvieron no era siquiera la que me había apetecido.

No sé vosotros si pensáis como yo de una situación como ésa, pero a mí me hizo constatar cómo de diferentes son las atenciones a las personas según su clase social, aunque estén en el mismo entorno. Y lo peor no es eso, que no soy un iluso y sé que las cosas son así, sino mostrarlo abierta y ostentósamente sin cortarse lo más mínimo con quien pueda sentirse agraviado comparativamente. A mí personalmente me pareció una grandísima falta de educación.

Y aunque me quedó cierto regustillo amargo, opté por mandarlos mentalmente a todos al carajo, y seguir disfrutando de la compañía de la sra. Carrascus en aquel vergel de tranquilidad y belleza.

La vista de la sobremesa.

Como os dije antes, aunque con un chef español, y una mayoría de especialidades también españolas, éste era el restaurante que representaba a la Comunidad Europea. De países concretos de nuestro continente también visité bastantes, aunque los restaurantes tenían muchos altibajos. De entre los mejores, el pabellón de Alemania, que tenía en su planta superior un restaurante en el que todo te lo servían en porcelanas y cristalerías muy finas, aunque tanto arenque y pasta casera alemana no me terminase de convencer; el lomo de buey portugués y el bacalao también eran dignos de repetir visita; el italiano tampoco estaba mal, aunque era excesivamente caro y aunque tenían el gancho de tener un vino diferente por cada día que duraba la Expo, en realidad casi ninguno soportaba comparaciones serias con los españoles. El restaurante suizo, el “Eaten by…”, tenía mucha fama porque tenía colgados del techo y de las paredes muchos tiestos extraños, y cuadros con botellas, bandejas, pretendiendo ser todo muy artístico, pero en realidad a mí me parecía bastante feo y la comida era absolutamente forrajera, aunque se salvaban el mousse de chocolate y que los menús costaban solamente 1.650 pelas. El que sí era bonito de verdad era el restaurante del pabellón de Hungría, a dos niveles entre aquellos campanarios, con menús a base de oca, pescados de río, sopa gulasch. Normalmente los restaurantes que estaban en plantas altas presentaban unas vistas muy buenas de la Expo que hacían agradables las sobremesas, pero no eran muchos los que superaban la “prueba del 9”, y gastronómicamente hablando no tenían la misma altura… era una pena que en un rincón tan bonito como la terraza del pabellón que compartían Polonia y Bulgaria solo se pudiesen degustar derivados del chucrut…

Pero sin duda ninguna, nuestro restaurante favorito, no solo de los europeos, sino de toda la Expo, era el del pabellón de Noruega, el “Restaurante La Rica Noruega”, que tenía un buffet grandísimo en el que podías servirte a voluntad cualquier clase de salmón, preparado de múltiples formas; carnes de alce, reno, ballena, aves raras; muchos pescados y mariscos…

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Qué gustito, qué placer…

No era barato, pero merecía la pena; el cubierto costaba 3.800 pelas por cabeza, y los niños pagaban la mitad; y aunque podías comer todo lo que quisieras, la bebida te la cobraban aparte… nosotros solíamos remojarlo todo con su típica cerveza Ringnes, a razón de 350 pelas la jarra. Pero os juro que de allí salíamos que en vez de andar, rodábamos… por eso íbamos sobre todo a mediodía en vez de a cenar.

La factura que os he escaneado, en la que nos cobran dos menús infantiles debe ser de un día que vino con nosotros nuestra sobrina Laura (el Joselillo tenía apenas dos años y no pagaba), que era algo mayor que nuestra hija. Y recuerdo especialmente esa ocasión porque nos libramos por un pelo de que nos llamasen la atención. Las dos niñas estaban especialmente contentas y no paraban de ir y venir y andar entre las mesas (bastante separadas como para molestar a nadie) y por todo el salón, sin parar de reír y de comentar cosas que parecían hacerles mucha gracia… la sra. Carrascus y yo seguíamos comiendo y charlando con la tranquilidad que da el saber que por allí no iban a perderse; hasta que en uno de los momentos en que las miramos los ojos se nos quedaron abiertos como platos al ver que las dos estaban probando de todos los postres que había en el buffet… con las cucharas que había para servirlos! Las puñeteras se acercaban a alguno de los postres, cogían el cucharón con el que la gente se los apartaba a sus platos, lo llenaban y lo probaban… comentaban entre risitas si les gustaba o no, o vete tú a saber qué, soltaban el cucharón de nuevo en el recipiente del postre y se iban a hacer lo mismo con otro… y así. Menos mal que nos dimos cuenta antes que los atareados camareros…

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Con las manos en la masa…

Como véis, mi sobrina siempre ha tenido un talento especial para meter los dedos donde no debe.

De entre los restaurantes europeos hubo un par de ellos que me hubiese gustado visitar pero no pude hacerlo. Uno de ellos fue el de Rusia; pero no el autoservicio que tenían, que ése tenía de ruso lo mismo que yo, ya que estaba gestionado por la misma compañía que llevaba el restaurante del aeropuerto sevillano, y la comida era igual de previsible y mala, y más cara todavía que la de éste. Sin embargo tenían un pequeño restaurante, en el que por 5.000 pesetas te ponían un menú con caviar del de verdad, berenjenas rellenas con nueces, solomillos con salsas especiales… pero os juro que en toda la Expo nunca pude pillarlo abierto. De verdad que llegué a dudar de si este restaurante existía realmente, o solo tenía la puerta, sin nada más detrás… decenas de veces llamé por teléfono para reservar sin que nadie me cogiese el auricular en aquel lado, y otras muchas veces fuimos allí directamente mientras estábamos en la Expo, a horas del día diferentes, del mediodía y la noche, y nunca pude ver aquella puerta abierta; siempre estaba cerrado sin que nadie pudiese indicarme si había algún horario en el que pudiese uno venir a comer…

El otro que me quedé con las ganas de visitar fue el restaurante francés. “La Carte de France”, se llamaba, y era todo de diseño vanguardista y cálidez. Pero tenía muy pocas mesas y nunca pude conseguir ninguna. De todas formas la verdad es que tampoco lo intenté con tanto ahínco como con el ruso, porque aquí una cena te salía por unas 12.000 pelas por persona… y realmente era un precio que me echaba para atrás si me lo pensaba un poco.

De entre los restaurantes americanos nuestro favorito era el de Cuba. A él íbamos exclusivamente por la langosta, que te las servían cortadas por la mitad transversalmente, por lo que era muy cómodo comerlas. Eran pequeñas y por eso costaban solamente 500 pesetas cada una de esas mitades, un precio más que asequible para lo que se acostumbraba en el resto del recinto. Ya puestos, también comíamos cochinito con yucas y plátanos fritos, picadillos criollos, tartas de frutas tropicales…

La terraza de las langostas y los mojitos.

Allí tuve un problema en nuestra primera visita a la hora de pagar. En aquella época mi empresa tenía un convenio con American Express que nos reportaba algunas ventajas a los empleados, y ésa era la tarjeta de crédito que yo entonces usaba. Una tarjeta que era aceptada en todos los pabellones de la Expo igual que lo era en cualquier tienda del país. Pues cuando se la dí al camarero para que se cobrase la cuenta, me dijo que no… que no… “hermanoooo… esto es Cuba… hasta aquí llega el bloqueo americano…”, me dijo. Así que tuve que dejar allí a la familia un rato mientras yo iba al cajero más cercano (los había por todos lados también) a sacar dinero en efectivo.

Al resto de los pabellones americanos íbamos sobre todo a beber cócteles tropicales y café colombiano, porque en su mayoría sus platos estrellas eran ensaladas con frutos y verduras exóticas, y mucho forrajillo; aunque no nos quedamos sin probar también un día el menú único que ofrecían en su parrilla los argentinos, que consistía en ensalada, sopa de melón, y un enorme entrecot o solomillo de su famosa ganadería vacuna. No estaba mal, pero tampoco es que fuese una maravilla digna de las 7.000 pelas por comensal que nos dejamos allí. No repetimos.

Lo que sí estaba muy bien y era un sitio muy recurrente para nosotros era la tienda de helados de México. Había un kiosko abajo y otro en la terraza, por lo que lo normal era subir a ella, tomarse un helado allí disfrutando de aquel paisaje azteca que recreaban, y al bajar, comprar otro helado para disfrutarlo andando camino a otros pabellones.

La comida africana también la degustamos bastante. En la Plaza de África había un restaurante bastante informal en el que podía hacerse algo parecido a comer de tapeo como en los bares sevillanos. Y también la mayoría de sus “tapas” estrella tenían como base un componente muy andaluz: los camarones. Pero con una diferencia…

El caso es que a mí esos bichitos tan chiquitines nunca me han entusiasmado; no soy muy partidario de esas tortillas de camarones que tanto encandilan a mis paisanos. Y por eso allí en “La Marmita Africana” no iba a pedir hojas de mandioca con camarones, ni aguacate con camarones… hasta que ví como algunos de mis familiares sí los pedían, y comprobé que los africanos (la madre que los parió) llaman camarones a unos bichos que son como nuestros langostinos de la talla XXL. Por supuesto, las gambas, gambones y langostinos sí son de mi aprobación, por lo que me hice asiduo de aquellos platos.

Aquí se comía lo mismo que Aníbal 2.200 años antes.

Estuvimos una vez en el restaurante del pabellón de Marruecos, “La Mamounia”, que tenía un menú degustación por 8.000 pesetas de todas sus especialidades, y era una maravilla… tajines de ternera, hombros de cordero, pichones con almendras, dulces marroquíes… pero añadirle las bebidas a ese precio (cervezas a 400 pelas, y el vino ya ni te digo) hacía que fuese prohibitivo el volver por allí en más ocasiones. Así que se convirtió en nuestro restaurante africano de referencia el de Túnez, en el que te costaba comer menos de la cuarta parte que en el marroquí, y encima era menos conocido y estaba siempre muy tranquilo y con ambiente relajado. Y la verdad es que este restaurante, “Cartago” se llamaba, hubiese merecido mucha más atención, porque era toda una obra de investigación culinaria; los platos que tenían se basaban en los que habían heredado de los cartagineses, los fenicios, los romanos… vamos lo que se llama “dieta mediterránea” con absoluta propiedad. Allí, aparte de unas perdices que ríete tú de las que ponen en la sierra de Cádiz, me dí cuenta de que el cous-cous que yo acostumbraba a comer en el Hacho de Ceuta (por entonces yo aún viajaba por los centros de diálisis) no se parecía en nada al plato magrebí preparado en su forma clásica; aquí más que sémola casi seca, que es como suelen presentárnosla, era más parecido a nuestros potajes andaluces… y como no, la repostería de estos países, que es para no parar de comerla, aunque sea sin acompañarla con té, del que no soy nada partidario.

Y ya por fin, de los asíaticos dejamos aparte el japonés porque su comida no lograba ponernos a todos de acuerdo, y el chino, porque no ofrecía apenas nada más que no conociésemos ya en todos los restaurantes que hay por aquí. Así que nuestro rincón favorito era una especie de placita rodeada por kioskos en los que podías comprar comida de Malasia, de Singapur, de Taiwan… y comértela sentado por allí en alguno de los bancos y mesas dispuestos para ello. Un día que estábamos allí una gran parte de la familia, en total trece o catorce personas con algunos niños, tuvimos un problema que pudo llegar a ser bastante serio, porque un empleado de alguno de aquellos kioskos vio que a los niños les estábamos dando sandwichs y otras cosas que llevábamos nosotros (ya sabéis, nocilla, bollicaos, y esas guarrerías que les gustan), y el tío, en un español macarrónico casi imposible de entender, se empeñó en decirnos que aquello no podía ser y que había que consumir comida comprada allí. Nuestros intentos de convencerlo de que lo estábamos haciendo así y que esa comida era solo la de los niños, que no comen otras cosas, fueron infructuosos, y el hombre aquél cada vez gesticulaba y nos gritaba más y más sin atender a razones, e incluso hizo ademán de quitarle a uno de los niños su bocata… y cuando ya uno de mis cuñados iba a darle la primera hostia lo cogió por banda otro señor de su mismo tenderete (imagino) y lo puso firmes, diciéndole entre otras cosas que nos dejase en paz porque todos los adultos que estábamos allí nos estábamos dejando una pasta gansa en comida y bebida, y que no pasaba nada porque los niños comiesen lo que les diese la gana que trajésemos de casa. Ese señor sí que sabía mirar por su negocio…

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Comer es un placer…

Los niños huyendo del tío que les quería quitar los bollycaos.

Y en realidad todos estos restaurantes orientales era así como funcionaban, basándose en preparar comida para llevar; así que no había mucha variedad entre la que escoger, sobre todo porque además uno de los restaurantes convencionales, el de Filipinas, lo cerraron por problemas de higiene durante las primeras semanas. Prácticamente solo quedaba que mereciese la pena el de Pakistán, al que fuimos varias veces porque no era muy caro (unas 2.500 pelas el menú) y tenía unos excelentes platos de ternera preparada de muchas formas diferentes, en filetes, en pinchitos, picada, en albóndigas, horneada… había un plato de ternera con gambas y arroz pakistaní que era una maravilla.

Y así se nos fue pasando la Expo. A lo mejor os parece que comíamos demasiado, pero no os preocupéis porque bajábamos bien todo lo que comíamos a base de paseos por el recinto y los pabellones… de verdad que no acumulábamos nada de grasa.

He ido hilvanando mis recuerdos intentando estructurarlos de alguna forma, y mientras iba escribiendo me iba acordando de algunas otras cosas. Como el restaurante de Nueva Zelanda, al que era un coñazo ir a comer porque a cada rato estaban los maoríes ésos de los cojones bailándose una Haka a tu lado; que la primera vez que lo ves tiene su gracia, pero después son más pesados que las tunas de aquí.

En otro restaurante (y en general en todo el pabellón) donde eran también particularmente pesados era en el de Yugoslavia. En aquellos días la guerra de los Balcanes estaba en todo su apogeo y los servios, que eran los que estaban en el pabellón, se empeñaban en decirnos una y otra vez que ellos “no eran los malos”, y a cada momento te venían con un papelito para que lo firmases, en el que decían que ellos estaban allí muy bien, y que no tenían nada que ver con las guerras contra los bosnios y los croatas, que esto era una fiesta y no hiciésemos caso a los exterminios que decía la prensa… y otro montón más de tonterías justificativas. Y encima los puñeteros te ponían mala cara si no se los firmabas…

Los Estados Unidos tampoco ofrecían nada especial, más que una hamburgesería de “genuino sabor americano”, que era inmensa y siempre estaba hasta la bola… creo que allí solo llegué a comerme un hot-dog de ésos que veía en las pelis, pero tampoco fue nada especial. Y qué cosa más incómoda de sitio…

Una vez fui al pabellón de Australia con la esperanza de poder comer canguro (si es que se come) o algún bicho raro de los de por allí, pero los cabrones no tenían restaurante para el público, el que tenían era solamente para recibir a los visitantes VIPs y a los políticos y a toda esa gente a la que había que darle coba. Se ve que con el “Kangaroo Pub” consideraban que tenían bastante para la plebe… y aún así se fugaron de él en mitad de la Expo con la pasta que pudieron arramplar.

También quise probar el cordero tan famoso que preparan los turcos, pero el restaurante de ese pabellón, aunque sí abierto al público, era también una especie de saloncito VIP, de un lujo inalcanzable, así que…

Y al de Gran Bretaña ni me acerqué… total, para comer asquerosas “fish and chips” en una típica y tópica taberna inglesa no merecía la pena perder el tiempo.

Y ya para terminar, a los que seáis muy queseros, como es mi caso, os daré un poco de envidia al contaros que en el restaurante de Dinamarca había una tablas de quesos enormes, en el que todos estaban buenísimos… y rizando el rizo, en el restaurante del pabellón de Holanda, lo único que había para comer era queso. En pequeñas porciones. De todas las variedades y calidades. Y todos también buenísimos.

Que aproveche, amigos.

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Buen menú…

NO DIGAS QUE FUE UN SUEÑO (y 4ª Parte)

En la entrega anterior nos quedamos pendientes de lo que ocurría en el concierto de No me pises que llevo chanclas

Con los Chanclas el éxito estaba garantizado de antemano; la fiesta ya había comenzado horas antes de que salieran al escenario, con sombreros, vasos e incluso sillas volando por encima de nuestras cabezas. El grupo bien, cuatro discos de agropop dieron para hacer un repertorio infalible. El grupo quizá fallaba a la hora de encajar un par de temas algo más serios en el repertorio, aunque les agradecía el intento de colar “Maria Ignacia” en el setlist. (Zambombo)

Por allí también anduvo nuestra amiga Lu. Pero ella, como siempre, iba más bien a lo suyo…

En el de No me pises me lo pasé teta, cantando “Bolillón” y demás canciones chorras. Pegar botes y beber cerveza, mis amigos y yo no hicimos otra cosa. Y había sombreros de paja por todas partes. (Lu)

Mucho menos divertida fue la noche del jueves 13, en la que yo había vuelto ya de mis vacaciones para sufrir el aburrimiento desplegado por John Lurie.

Esa fue la noche en la que estrenó “World is fair”, una obra que le había encargado la Expo hacía ya dos años, y que le había pagado por adelantado; y que en vista de lo que nos ofreció, nos hizo salir de allí bromeando a los que estábamos, Blas, Luis, yo, algunos más, que este tío se había pasado casi los dos años puliéndose la pasta que le dio la Expo y a última hora, cuando ya le pillaba el toro, se puso a improvisar una cadena de pizzicatos, que aquí corrieron a cargo de The Balanescu Quartet, con un par de solos de saxo, para cubrir el expediente. La cosa fue así de frustrante.

No empezó mal del todo, porque como la obra le había quedado tan cortita, para poder ofrecernos un espectáculo musical que pudiese llamarse así, antes salieron solamente los Balanescu para interpretarnos “Stranger than paradise”, la banda sonora que Lurie compuso para la película de Jim Jarmush. Pero cuando él se unió al cuarteto y comenzaron con el estreno de la nueva obra, aquello no había por donde cogerlo; una cosa tan fría, reiterativa y cansina, que solo consiguió de los espectadores que todavía no nos habíamos ido de allí levantar unos aplausos al final precisamente por eso, porque era el final. Y recibimos nuestro merecidísimo premio con un bis que, gracias a Dios, no tuvo nada que ver con lo anterior y nos devolvió a nuestro John Lurie enérgico, sacando de su saxo notas de verdadera belleza.

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John Lurie – “Harlem nocturne”
(El bis valió por todo el concierto)

Y mientras tanto los conciertos de grupos españoles del actual mercado del pop se iban sucediendo en la Plaza Sony…

Me saqué, es decir, mis padres me pagaron, el pase nocturno, así que estaba día sí, día no, en aquel recinto. Me llevé grandes recuerdos y también pésimos resultados académicos. Debí asistir a bastantes conciertos en aquella Plaza Sony.

En el de OBK pasé por allí pero no me quedé ni de coña. Recuerdo a la gente gritando “la misma, la misma”, pidiendo que volvieran a interpretar su único éxito. (David González)

Había que tener ganas… y mucha necesidad de música en directo para ir a ver hasta a OBK.

También fui a OBK; el único del que me marché al segundo tema, pues me parecieron peor aún que en disco, la fotocopia de la fotocopia de unos grandes, con todos sus defectos y ninguna de sus virtudes.

Siempre que podía, gracias a tener el pase de temporada, me acercaba a la plaza Sony a ver qué caía. Tenía 21 años, y apenas había asistido a un puñado de conciertos hasta entonces. No era virgen en ese terreno, pero casi. Mis gustos, por aquel entonces, eran bastante convencionales. Sólo ello explica que omitiera a grandes figuras y me tragara grandes bodrios. (Zambombo)

Nuestros dos comentaristas solo pasaron esa noche de refilón; pero hubo más noches para quedarse: Cómplices, Revolver, La Unión, Danza Invisible

Otros de los “prescindibles” que me tragué por pura curiosidad melómana fueron Modestia Aparte (sin comentarios), Rico (que no estuvieron mal, divertidos), Los Limones (poca cosa) y unos aún recientes Revolver que ya entonces me hicieron echar de menos a Comité Cisne. Pese a un par de buenos temas en su repertorio y a que Goñi no era aún el soso en que se convirtió después, me pareció imperdonable el que eligieran “La Bamba” como bis. ¿No había otro tema? Además llevaban un guitarrista que estaba más emocionado de la cuenta, demasiada pose para un público tan frío.

La Unión fueron sólo a cubrir el expediente ante un público poco exigente, pero les observé mucha menos pasión que en 1989, donde tuve la suerte de verles dos veces en muy buena forma.

Algunos de esos grupos pop dieron un espectáculo más que digno, como Cómplices, que estaban en su mejor momento, con Teo de multinstrumentista; creo recordar que había dos baterías en el escenario. Uno de esos casos en los que te das cuenta de que el directo amplía tu concepto del grupo, aunque realmente se tratara de un proyecto personal. Por otra parte, también quedaba claro lo poco que pintaba allí la señora de este hombre.

Danza Invisible es otro de esos que dieron un buen espectáculo, enérgico y largo, parecían incansables. Aún no habían pasado a hacer ese pop insulso que hacen ahora, aunque ya estaban en plena transición, y desde luego el repertorio no era el de su Directo del 86, aunque sí que tocaron una durísima “Espuelas”, por ejemplo. Los Raperos del Sur se les unieron para hacer y ampliar el rap de uno de los temas del “Catalina”. (Zambombo)

Y el lunes, 31 de agosto, tuvimos la mayor sorpresa de la Expo: los Scorpions, que se estaban tomando un año sabático, replanteándose muchas cosas de su carrera, de la que ya habían descabalgado a Francis Buchholz y aún no habían dado paso a Ralph Rieckerman, hacían una excepción y se venían los cuatro que en ese momento formaban la banda a Sevilla a dar el único concierto que hicieron ese año, en formato semiacústico, en el pequeño auditorio del pabellón de Alemania.

El concierto que más recuerdo es el de Scorpions en el Pabellón de Alemania. Set acústico ya sin la presencia del bajista Francis Buchholz, que acababa de dejar la banda y que no fue reemplazado por ningún músico para este concierto.

Clásicos del rock (Elvis, Beatles…) y clásicos de Scorpions se mezclaron en un concierto sin trampa ni cartón, allí no había grandes equipos de sonido, sino lo básico para que aquello sonara decentemente.

Supongo que el show que pocos tuvimos la oportunidad de presenciar fue lo más parecido a ver a los músicos alemanes tocando en casa para unos colegas.

La anécdota más destacada fue los coros béticos “a lo Silvio” que el público cantó mientras los Scorpions interpretaban, con cierta cara de asombro, el clásico de Elvis “(Marie’s the name) His latest flame”. (Maese Rancio)

Era curioso ver la cara de asombro de los señores scorpiones mientras el auditorio acompañaba la parte instrumental de esa canción de Elvis con los gritos de “Beeeeetis, Beeeeeetis…”.

Un par de guitarras, acústica y eléctrica, un instrumento percusivo que no llegaba a batería, y la voz versátil de Klaus (junto a las palmas de un par de chicas en alguna canción), para llevarnos durante algo menos de una hora por un viaje en el tiempo, que comenzaba en Elvis y los Beatles, pasaba por las baladas más conocidas de la banda alemana, y volvía de nuevo a los orígenes, poniendo punto final al concierto con “Long tall Sally”.

Esta noche aquí en la Expo quedó tirado por tierra ese tópico sobre lo bien que lo organizan todo los alemanes, porque después de anunciarse que el concierto sería gratis y se dejaría pasar a la gente hasta que se ocupase todo el aforo del auditorio, al ir llegando el personal se encontraron con la sorpresa de que les pedían unas invitaciones que nadie tenía ni puta idea de donde tenían que haber recogido (menos mal que los carnets de prensa sirvieron para algo). Los que estaban dentro no sé como se las apañaron, pero lo que sí sé es que fuera se quedaron muchos chavales que habían pagado la entrada a la Expo solamente para ver a los Scorpions y se encontraron jodidos y sin concierto.

Con todo el dolor del mundo me perdí a Crowded House porque me había ido de acampada y a los Scorpions. Cuando nos presentamos en el pabellón de Alemania no nos dejaron pasar. No sé si estaba ya lleno o era necesaria invitación, pero fue una gran decepción. Nos contentamos con escuchar el concierto desde fuera. (David González)

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Scorpions – “Still loving you”

La semana siguiente la música más atractiva se desarrolló puertas afuera de la Expo, durante los “Encuentros de Nueva Música”, así que cambiamos la Plaza Sony (que al fin y al cabo lo más interesante que ofrecían esta semana era a los Presuntos Implicados) por los escenarios de los teatros Maestranza y Alameda, e incluso por la mismísima calle, ya que también tuvimos música en la Plaza de San Francisco y en otras de las más emblemáticas de la ciudad.

Gavin Bryars fue el encargado de abrir el ciclo con un concierto en el Teatro Alameda lleno de minimalismo melancólico que no fue lo suficientemente atractivo como para apasionarnos con su música. Es cierto que el grupo que le acompañaba vino bastante menguado con respecto a lo que se esperaba, por ejemplo, nos quedamos sin la guitarra de Bill Frisell, así que lo más interesante era el violín de Alexander Balanescu oscilando entre los patrones repetitivos que tejían dos vibrafonistas. Gavin se mantuvo casi imperceptible conduciendo las piezas (cinco en total) tras el contrabajo o los teclados del sintetizador y el piano, saliendo al primer plano prácticamente nada más que en la ocasión en que se sentó al piano con Dave Smith para desgranar una agradecida lluvia de notas a cuatro manos que rompieron la monotonía que nos amenazaba.

El día siguiente me salté a Joanna McGregor y volví al teatro (esta vez al Maestranza) el miércoles para ver al gran maestro de los loops y los sonidos secuenciales. Stockhausen se presentaba en Sevilla con un grupo de siete u ocho acompañantes (perdí la cuenta a base de salir bailarines y trompeteros) entre los que se encontraban sus tres hijos, Markus, Simon y Jellena, para presentar parte de la gran ópera que llevaba componiendo desde 1.977 sobre los días de la semana y de la que aún le quedaba mucho por componer… a razón de cuatro años de escritura para cada día, echad la cuenta…

Aquí tuvimos el “lunes”, el día dedicado al personaje de Eva (los otros son Miguel y Lucifer), que representa los espíritus de nacimiento y renacimiento del ser humano, es decir, el día de la mujer y los niños… pero todo eso lo sabemos porque lo explicó él mismo en la conferencia de prensa anterior al concierto, porque lo que es con su música… bueno, con sus sonidos… o con sus ruidos… o con los resultados de sus inmersiones en la electroacústica y la fonética… o bueno, con lo que fuera aquello que vimos y oímos allí..

Como de allí salí vacunado de “nuevas músicas” para una buena temporada, decliné la asistencia dos días después al concierto de Schönberg, y por supuesto al de Michael Nyman, al que ya de antemano tenía previsto faltar porque con una vez en mi vida que haya estado en uno de ellos ya ha sido suficiente.

La Michael Nyman Band cerró los “encuentros” en el Auditorio de la Cartuja. En esta ocasión junto a la Orquesta Andalusí de Tetuán. Después de sufrir la decadencia de ambas bandas, tocaron el encargo hecho por la Expo a Nyman. Un tríptico pastiche a caballo entre música druida y villancico gitano. Impersonal, superficial… (Antonio Murga)

Y el domingo, día 20, por la noche en la Plaza de San Francisco el gran bluff final de este ciclo, con la broma de llamar “Nueva Música Española” a Eduardo Laguillo, Gualberto y Manuel Imán… ¿qué serían entonces Esplendor Geométrico, Macromassa, Gringos…? Y terminar con las aburridas notas y cacareos de Wim Mertens. Una noche totalmente opuesta a la anterior, la del sábado, en la que un montón de grupos de percusión de diferentes paises y estilos se adueñaron de esta misma plaza, además de las del Salvador, el Pan, Santa Ana, Alianza y Santa Marta para ofrecernos todo un viaje por el espacio y por el tiempo, desde Mozambique hasta Japón, y desde los rítmos tribales más arcaicos hasta la percusión más contemporánea.

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Stockhausen – “Montags – Eva” (Corte)

Y así entramos en el último mes de la Expo, el más aburrido de todos en cuanto a música. Y si a esto le uníamos que el cuerpo ya estaba resintiéndose de los cinco meses y pico que llevábamos arrastrados, yo ya estaba deseando que terminase la cosa.

Sé que después lo iba a echar de menos, como así fue. Y puede que tuviesen razón los que pensaban que aquello debía durar todavía más, sobre todo porque nunca habíamos tendio tanta oferta cultural diferente en la ciudad… pero mirado desde mi punto de vista de padre de familia, en la que (aparte de los conciertos) la asistencia a la Expo prácticamente todos los días, y todos los fines de semana, se había convertido en una obligación, por el afán de que los niños lo viesen todo, de que a nosotros no se nos escapase nada que mereciese la pena, y de que a cambio solo obtuviésemos colas y más colas interminables para entrar a pabellones que solamente ofrecían mediocridades (los buenos, buenos de verdad ya los habíamos visto y revisto con anterioridad), hacía que yo estuviese deseando que llegase el día 12 de octubre.

En las últimas tres semanas, apenas un par de cosas interesantes musicalmente ocuparon nuestra atención…

Quizás mi mayor sorpresa fue la Orquesta Mondragón. Nunca los había visto, y no sabía que fueran tan rockeros, tenía otro concepto de ellos. Con un gran Toni Carmona a la guitarra y un Gurruchaga como no hay otro, vestido con un traje de chaqueta rojo rojísimo y probablemente zapatos de charol, disfruté enormemente de esa sobredosis de rock and roll, con muchas versiones, largos solos y las posturas obscenas de, creo recordar, una corista con mucho morbo (aparte de la obesa negra de gran voz), que simuló hacerles mamadas a Carmona y Gurruchaga. Ahora me pregunto qué sería haberlos visto en su mejor momento, pero entonces me parecieron grandes, a pesar de que también tocaran la del “Huevo de Colón”, qué remedio. (Zambombo)

A Zambombo le gustó la Orquesta Mondragón en la Plaza Sony; yo me perdí a los Chieftains en el Auditorio de la Cartuja, y el padre de Lu se sorprendió con Nacha Guevara en el Auditorio de la Plaza de América.

También recuerdo que mi padre fue a ver a Nacha Guevara, pues siempre ha sido fan de ella, y se quedó muerto. Llegó a casa diciendo “¡Nacha Guevara se ha hecho heavy!”. (Lu)

Y no era para menos el asombro del padre de Lu, porque Nacha, tras sacar una rara inspiración de un concierto de Bon Jovi al que asistió, en el que se imaginaba a la banda interpretando tangos endurecidos, decidió hacerlo ella misma, y montó el espectáculo “Heavy tango”, que fue el que presentó aquí en los días finales de la Expo, en el que cantaba los tangos más clásicos y conocidos, respaldados por rítmo hard rock de guitarras eléctricas, bajo y batería. La división de opiniones suscitada parecía no importarle a la cantante, que decía que prefería que a la gente le pareciese ridículo que mediocre.

Mi útima experiencia musical en la Expo no fue en directo, sino grabada; pero fue tan alucinante como el mejor concierto. Quedaban dos días para el final de la muestra, y todavía no había tenido ocasión de ver la película de los Rolling Stones en el Pabellón de los Descubrimientos. Así que el día 10, que era además el último día en que la proyectaban, la familia Carrascus y los allegados nos dirigimos allí a poner remedio a la situación, previo sufrimiento matutino en una larguísima cola que nos daba derecho a adquirir la entrada que puedes ver aquí debajo.

En ese pabellón había un cine en formato Omnimax, el Cine Espacial Alcatel, que ocupaba toda una enorme cúpula, en la que tú estabas en el interior, y se te ofrecían dos o tres películas rodadas con un sistema nuevo, de las que una (la de las 11 y media de la noche) era sobre la gira del ’91 de los Stones, con imágenes de sus conciertos de Berlín, Londres y Turín. El resultado era algo impresionante y sin igual. Tú estabas allí, en medio de Ron Wood y Keith Richards, acompañando a Mick Jagger en sus carreras por el escenario, y mirando a la vez que él las pantallas del telepronter que había al pie del escenario con el orden de las canciones.

Eran dos partes de 45 minutos cada una, con un pequeño descanso para cambiar los rollos (en este formato no se pueden encadenar), en la que pasábamos del incendiario “Start me up” a “Brown Sugar”, “Satisfaction”, “Sympathy for the devil”, “Honky tonk woman”… tras el descanso, “Paint it black”, y un delirio psicodélico a base de efectos digitalizados con “2000 light years from home”. Quince canciones en total que te dejaban absolutamente abrumado.

El primer síntoma de que todo se acababa fue el irónico párrafo que se marcó por los altavoces un speaker de entre los currantes del cine, antes de empezar la película, que vino a decir más o menos que “esta proyección va dedicada a todos los que curramos aquí: acomodadores, azafatas, proyeccionistas, etc, que después de ver esta película todos y cada uno de los días de los últimos seis meses, estamos ya hasta los mismísimos güevos de los Rolling Stones y tenemos unas ganas locas de perderlos de vista…”

Y así dio comienzo el principio del final.

NO DIGAS QUE FUE UN SUEÑO (3ª Parte)

Cuando hablábamos en la anterior entrega del concierto de Guns N’Roses alguien mencionó que éstos se cayeron del cartel de Madrid por la aluminosis del estadio del Atleti. Pues el caso es que el estadio del Betis también la padecía, aunque con mucha menos gravedad que aquél, y si el día de los rockeros no pareció importar mucho, sí que se habló bastante de ello en los días previos al concierto de Elton John. Porque aquí sí que se preveía desde el principio que aquello iba a estar lleno a reventar.

A mí Elton John nunca me ha gustado y no tenía el más mínimo interés en ese concierto, pero sí en cierta chica que era muy fan; así que aproveché para quedar como un señor rumboso invitándola a zona vip. De esa noche tengo el recuerdo muy vivo del voladizo del campo del Betis agitándose como si la tierra temblara cuando la gente se puso a pegar botes. En cuanto pude me fui de allí. Ah, la chica al final resultó ser una petarda. (El Profe Franz)

Pero aparte de unas tiritonas de la tribuna, probablemente más imaginadas por la prevención que tenía la gente que reales, allí lo único que se derribó fueron los prejuicios que cualquiera pudiese tener contra Elton John, que nos ofreció un concierto maravilloso, sustentado prácticamente por su repertorio anterior a sus discos más recientes… es decir, por todas sus canciones buenas. Fue una delicia absoluta escuchar en directo “Tiny dancer”. Pero es que también nos cantó “Rocket man”, “Daniel”, “Saturday night”, “Funeral for a friend” encadenado a “Love lies bleeding”, “Your song”, incluso una versión del “Show must go on” de Queen.

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Elton John – “Tiny dancer”

Se habla de la puntualidad inglesa como un tópico, pero es que Elton se pasó. Si miráis la entrada que os pongo aquí arriba veréis que su hora de comienzo era las 22:30… bueno, pues para entonces ya llevaba un rato cantando. Y ese adelanto fue debido a que Versace le había diseñado un escenario y un cambio de vestuario que, para poder mostrarlo entero sin agobios, necesitaba como mínimo dos horas, así que para toda la gira española amplió un poco el repertorio y la duración de los conciertos, y los adelantó a su hora.

Pero nadie se perdió nada porque allí estábamos todos ya a las 9 y cuarto pasadas cuando salieron al escenario Tomatito y Juan Carmona (el de Ketama), con un bajista y otro que tocaba el cajón, para ir calentando el ambiente a base de bulerías a la guitarra, aunque nadie les echase demasiada cuenta. Era la reaparación de Tomatito tras la muerte de Camarón y allí se mantuvo serio, dedicándole la actuación al cantaor desaparecido y manteniéndose en el escenario poco menos de media hora. Telonero de lujo.

El concierto de Elton John fue todo lo intimista que se puede ser ante una audiencia de varias decenas de miles de personas, y ante su piano, con las mismas ganas y sensibilidad que se le apreciaban en sus primeros discos, nos regalaba tres baladas por cada rock directo, en el que quien se lucía era Davey Johnston, un guitarrista buenísimo como pocos. Cuando el primer plano lo recuperaba Elton, los tonos de su voz te atravesaban.

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Elton John – “Love lies bleeding”

Y la noche siguiente nueva sesión de apretujones, esta vez en la plaza Sony de la Expo, porque estaban allí los chicos de La Frontera dando un concierto que estaban grabando porque poco después se editaría como LP doble con el título de “Capturados vivos”.

El calor que pasamos fue sofocante a pesar de ser las once de la noche… que agobio de gente, por Dios, ni en las madrugás de la semana santa me había visto tan apretujada. A mí me gustó mucho, no es que el sonido fuese una maravilla y como además la gente se sabía las canciones y las cantaba con el grupo pues lo que yo escuchaba era más a tíos desafinando que al cantante, pero hicieron todas las canciones buenas de sus primeros discos y aquello lo compensaba todo, aunque la mejor se la guardaron para el final del todo, cuando ya creíamos que no iban a salir más y que aquello se había terminado, pero por fin cantaron “Cielo del sur”. Despues de aquello ya fue imposible que siguieran con más bises. (Lali)

No les quedaron mal ni el concierto ni el disco, la verdad. Mucha potencia derramada en la voz de Javier Andreu… aunque a Lali se la tapasen los coristas de alrededor… y un acompañamiento musical demoledor, en el que tenía mucho que ver que en la batería estaba Ñete, el que ocupase ese mismo puesto en Nacha Pop. También andaban estrenando guitarra, Guille Martín, que anduviese antes en los Desperados.

El disco en directo en realidad no se grabó en su totalidad aquí en la Expo, también tiene canciones del concierto que dieron en Alicante dos noches después. Pero en la mayoría, a los que se oye aullar es a nosotros.

Mucho más relajados estuvimos cuatro días después, el lunes 20 de julio, cuando en el Auditorio de la Cartuja apareció Ryuichi Sakamoto con una camisa amarilla de ésas que dicen que da mala suerte a los artistas… a lo mejor por eso su concierto fue tan desigual.

De entrada recuerdo que me pasé casi todo el tiempo en el bar del auditorio charlando con Jose Pardo, que andaba por allí igual de aburrido que yo. Y es que el concierto fue bastante pesado en su mayor parte. El Moriyama era un cantante melódico si ningún interés; Sakamoto venía él solo con piano, como Mari Cruz Soriano, y fue un tostón de los que hacen época…

…estooo, Profe Franz, disculpe la interrupción, pero me parece que aquella noche estaba usted más pedo de lo que recuerda. Se lo digo más que nada porque Moriyama no era un tío, sino una mujer… vale que al ser japoneses y vestirse tan raro y parecerse todos y eso, pudiese usted confundirse… ¿pero que el Sakamoto vino solo con el piano…? Si había cinco tíos y hasta una cantante con él…!

Bueno, no es de extrañar. Yo creo que en aquella época bebíamos demasiado y seguramente hasta nos drogábamos, por lo que las neuronas que tenían que fijarse en las cosas para luego recordarlas estaban generalmente a otro rollo.

Eso sí, con la Orquesta de la Luz disfruté como un enano: eran un combo de salsa con una puesta en escena espectacular, vestidos todos iguales con camisas de chorreras, con movimientos coreografiados y todo eso, y cantando en español con acento japonés: para mí, lo más divertido de la Expo. (El Profe Franz)

Antes de que apareciese la estrella de la noche tuvimos a Ryoko Moriyama, una cantante melódica, que en Japón seguramente sería una gran figura, pero que a nosotros no nos dijo apenas nada. Y después, como ha dicho el Profe, sí nos divertimos mucho más con la Orchestra of Light, antes de que Ryuichi comenzase con su atípico set.

Los ecos de “Nuages” marcaron el inicio, y solo frente al piano desgranó las notas compuestas para “Tacones lejanos”. Sonaron piezas de “Music Encyclopedia” y “Field work”, con diferentes formaciones, antes de que la banda al completo (dos violines eléctricos, bajo, percusiones, la deliciosa Vivian Saunders a la voz y Manu Katché a la batería) atacara la vertiente house del repertorio. Relevo de público: los de la new wave se fueron a echar una cervecita y los bailones se levantaron de sus sillas; sonaron “Beauty” y “Heartbeat”. Pero la fiesta es corta, porque cuando el personal comienza a calentarse Ryuichi dice adiós. Concede un bis relajante, un fragmento de la banda sonora de “Hollywood Zen”, y muy educado y simpático nos deja con un palmo de narices. Entre lo sublime y lo deslabazado. (Blas Fernández)

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Ryuichi Sakamoto – “Nuages”

Y tres noches después nueva cita en la Plaza Sony, que esta vez sí ibamos a tener rock internacional, o al menos algo que se le parecía mucho, porque aunque lo suyo no fuese la caña por la cara, pero Crowded House sabían despachar impecables joyas melódicas, que había que oír… aunque haya más gente que no se acuerde muy bien de aquello…

Del concierto de Crowded House recuerdo sobre todo a Parachokes, eran de mi barrio y había expectación por verlos en directo, y encima en un escenario grande. Eran (éramos) unos niños jugando a ser los Stones. (Lu)

Y no solo los Stones, el concierto de Parachokes fue toda una muestra de las actitudes que podíamos ver en los conciertos de las grandes figuras. Musicalmente jugaban a ser tanto los Stones como los Guns N’Roses, y visualmente tenían todos los tics de las bandas de rocks conocidas, el cantante se cambiaba la camisa según la ocasión, se subía en los bafles, corría por el escenario pa’ un lao y p’al otro… varios conciertos en uno. ¿A quien le importan las malas críticas cuando aquello era pura diversión?

Los Parachokes llegamos a Sevilla, para tocar en la plaza Sony, despues de una gira con Crowded House. Éste era el penultimo concierto con ellos y la verdad es que ya llevabamos siete u ocho por toda España, sin contar otros compromisos anteriores. El caso es que llegamos muy cansados pero con muchas ganas de estar con nuestras familias y ver a nuestra gente, pero sobre todo a nuestras familias, porque en esa época aun vivíamos con nuestros padres.

Lo mas importante era tocar en un gran escenario en nuestra ciudad. Recuerdo que llegamos a Sevilla y nos encontramos con una rueda de prensa como nunca tuvimos. Era en la sala de un Hotel y había por lo menos cuarenta medios de comunicación. Esto nos puso muy nerviosos y suponía una gran responsabilidad para la hora de la actuación.

El concierto en nuestra opinion fué un buen concierto y creemos que la gente quedó contenta y satisfecha. Lo digo porque a la semana salió el concierto en un canal de televisión (Canal Plus) y las imagenes lo dicen todo.

Como anécdota, es que cuando nos disponiamos a hacer un bis, el manager de Crowded House se negó porque esto retrasaba la hora del concierto de su grupo, nosotros contamos hasta tres y salimos corriendo antes de que lo hicieran ellos y tuvieron que esperar tres temas más.

En general tampoco es muy diferente de otros conciertos que dimos en esa época, claro, teniendo en cuenta que es nuestra ciudad. (Ramón Arias, guitarrista de Parachokes)

Y tras ellos, Crowded House, sin Tim Finn, se metieron al público en el bolsillo en un momento; la verdad es que estaban de muy buen humor y estuvieron muy simpáticos desde el escenario, con aquellos jueguecitos con las banderas del público y los saludos por nacionalidades… y con su música, un pop sublime, tocado por la varita mágica de los Beatles más acústicos, a los que hicieron un guiño incluso, metiendo en una de sus canciones algunos acordes de “I’m looking throuh you”.

Como había grandes canciones, al igual que ocurrió en el concierto de Elton John, no se necesitó mucha parafernalia ni un gran montaje; bastó con el saber estar de los componentes de la banda, que se mostraban tan intimistas como energéticos, y tan eléctricos como acústicos según lo requerían las canciones… y no unas canciones cualesquiera, que estamos hablando de “Weather with you”, “Don’t dream is over”, “Fall at your feet”… a pesar de que aquello se había convertido en una fiesta en que la mayoría iba a su bola, la magia se conservó intacta. Fue éste uno de los conciertos de los que mejor recuerdo conservo de la Expo.

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Crowded House – “Always take the weather with you”

Y el fin de semana que comenzaba tras este concierto, comenzaba también el periodo de vacaciones familiares, así que durante los siguientes diez días no estuve en Sevilla y no pasé por la Expo, pero nuestros amigos del blog sí anduvieron por allí, y nos cuentan qué pasó.

El domingo, día 2 de agosto, era el estreno de “Rock andaluz. Ayer y hoy”, un espectáculo musical que la Expo le había encargado a Manuel Imán, y tras su presentación en la Plaza Sony, coincidiendo con el Día de Andalucía en la muestra universal, se paseó por las ocho provincias andaluzas. Aquí se recortó con respecto a su duración normal porque a la una de la noche tenía que estar acabado para poner en la pantalla del Jumbotrón el resumen diario de los Juegos Olímpicos (había un acuerdo con el Comité Olímpico).

La primera parte era para Manuel Imán, acompañado de músicos de aquellas bandas… Pepe Roca y Manuel Marinelli, de Alameda; Pilo Menchén, el bajista de Cuarto Menguante; Chano Domínguez, el teclista de Cai; Antoñito Smash a la batería; las percusiones de Tato Macías… que hacían un repaso del ayer del rock andaluz, con temas de Cai, Smash, Goma, Triana, Alameda e Imán. La segunda parte era el hoy del rock andaluz, y para eso el grupo elegido (que manda güevos la cosa) fue Tabletom. Y la tercera parte era Manuel Imán en solitario presentando su último disco de entonces, aunque él mismo decía que aquello de rock andaluz no tenía ná de ná…

Tabletom no me dijo nada. La superbanda de rock andaluz tocó principalmente temas de Triana, Alameda, Cai e Imán, y sorprendía sobre todo la compenetración de Chano Domínguez y Manolito en los diálogos de teclados y guitarra al recrear temas de Cai (“Mercado del piojito”) o Imán (“Darshan”). Creo que también sonaron “Abre la puerta” de Triana y “Amanecer en el puerto” de Alameda. E interpretaron “El Garrotín” de Smash.

De Tabletom no recuerdo nada, no me gustó mucho. Y lo mejor fue Manuel presentando su disco “La danza del espacio”. Recuerdo concretamente tres temas: “Batalla de dos sueños”, (que también ha llegado a interpretar con Imán en la reciente etapa) y dos temas muy elegantes de ese disco, que sin ser rock andaluz tenían ecos arabes y andaluces respectivamente: “Sombras de Tanger” y “Anhelo sevillano”, el set, que no podía pasar de la media hora, lo completó con “Rumbo” y “Jardín oculto”. Recuerdo que alternó guitarra acústica (amplificada) y guitarra eléctrica. (Imanato)

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Manuel Imán – “Rumbo”

La plaza Sony estaba llena y en el público creo recordar que se identificaban dos sectores; unos, seguidores del rock andaluz y principalmente de Triana, porque coreaban con más entusiasmo los temas de Triana que interpretó la Superbanda y llevaban camisetas alusivas al grupo. Otro, seguidores de Manuel Imán, celebrando su vuelta a la música creativa tras su abandono de la Década Prodigiosa, y que habían llenado un año antes el salón de actos de la Escuela Universitaria Politécnica de la calle Virgen de Africa (para mí, que no soy de Sevilla, recuerdo que pensé en la plaza Sony que muchas caras eran las mismas que había visto el año antes en Virgen de Africa) donde Manuel presentó el repertorio que formaría en el ‘92 el disco “La Danza del espacio”.

De esta iniciativa se desencadenó una gira por las ocho capitales de provincia. Yo ví la de Cádiz, en el Teatro Pemán, en esta cita gaditana faltó Pepe Roca, el vocalista, por enfermedad, y tuvo que cantar el repertorio Manolito. Me gustó más porque se prestó más a la improvisación y frescura. Chano estaba en su tierra, y al final improvisaron un rhythm and blues de quilates. (Imanato)

Después me enteré de que al finalizar el concierto, y antes de que apareciesen los Juegos Olímpicos, en la pantalla del Jumbotrón pusieron el video-clip del “Combustión” de Helio… nadie sabe quién lo programó así ni por qué, así que nos quedamos sin saber a quién agradecer este grandioso milagro… a no ser que tuviese algo que ver con aquello Paco Parra, el batería de los propios Helio, que por entonces curraba en la Plaza Sony.

Y como hasta ahora todo estaba siendo demasiado pulido y limpito, para arreglarlo, el jueves día 6 llegaron Siniestro Total.

De lo que mejor recuerdo fue el infame concierto de Siniestro Total. Seguro que más de uno lo cuenta. Estaban ellos en su momento álgido, tan punkirrones, dando mucha caña, cuando un vaso o una botella de cristal se estampó en el escenario. Ya habían caído varios objetos previamente, así que pararon y Julián Hernández, creo recordar, se dirigió a la audiencia y dijo que mejor nos dejamos de tonterías o el concierto se va al carajo. Así que se fueron p’adentro dejando al público reflexionando. Decirle eso a la gente en un concierto como éste es como decirle a mi crío de año y medio que no toque los mandos de la tele, así que en cuanto volvieron a tocar no pasaron dos minutos hasta que otro capullo tiro otra botella al escenario. Como es lógico cumplieron su palabra y se fueron con viento fresco, para horror, supongo, de la seguridad del concierto, que debió temer que aquello degenerara en disturbios. (Daviz González)

Sin embargo, no sé si es que David no se quedó a esperar, pero un cuarto de hora más tarde los Siniestro salieron de nuevo al escenario por tercera vez, seguramente forzados por los ejecutivos de los “40 Principales”, para, con gesto muy serio y sin dirigir la palabra a nadie, atacar el “Vamos muy bien” de Obús y “Bailaré sobre tu tumba”, con dedicatoria vitriólica incluída. Para entonces las cosas ya se habían calmado, y aunque el rítmo estaba totalmente roto con tanto incidente y tanta entrada y salida, todavía la banda salió una cuarta vez para despedirse definitivamente con un bis que incluyó el “Highway to hell” de AC/DC.

Hubo otros que pudieron ser grandes conciertos y se quedaron en un triste recuerdo, como el de Siniestro Total, interrumpido varias veces por objetos lanzados al escenario. De nada sirvió que uno de los miembros pidiera un sonoro “hijo de puta” para el lanzador del último vaso o botella, aquello no tenía arreglo, y el grupo acabó tocando su setlist de mala gana. (Zambombo)

Y después de aquello tocaba diversión descarada… aunque, a juzgar por lo que nos contará también Zambombo, no exenta de algún peligro… ¿sillas volando en un concierto de No me pises que llevo chanclas…?

…eso lo veremos en la cuarta y última parte de esta historia. Venid preparados, porque en ella nos picarán los escorpiones…

NO DIGAS QUE FUE UN SUEÑO (2ª Parte)

La primera parte la habíamos terminado de camino al campo del Betis…

Por aquella época, yo era un chavalín de escasos 16 añitos, con unas incipientes greñas que no acababan de crecer y dedicado a ir al cole, a hacer botellón los fines de semana y a escuchar rock. Me juntaba con un grupo de amiguetes con intereses comunes pero, por entonces, lo de comprar discos era un poco prohibitivo (y sin descargas, claro) y los macroconciertos eran pura ciencia ficción para nosotros. Así que nos conformábamos con las gangas del BID y con algunas revistas que te enviaban cintas de VHS con conciertos piratas (todavía conservo una con Guns N’ Roses en el Ritz, el “Texas Jam” de Aerosmith en el 78 y un show de los Ramones nosedonde).

En ésas estábamos cuando anunciaron la llegada a Sevilla de Guns N’ Roses, grupo al que teníamos devoción casi religiosa (recuerdo incluso quedar en casa del Nicolai para escuchar un concierto que retransmitían en la radio desde París). Así que el shock fue brutal, te puedes imaginar: en cuanto salieron a la venta, corrimos a por nuestras entradas y desembolsamos la pequeña fortuna que nos suponían 4.500 pelas (coño, 4 talegos y medio daban para mucho). (Koloke)

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Guns N’Roses – “Welcome to the jungle”

Total, que con nuestras entradas aseguradas en el bolsillo esperamos impacientemente a que llegara el día del concierto, sin saber que fuimos de los pocos primos que compraron la entrada. Sí señor, a falta de pocos días para que se celebrara el concierto, la venta de entradas había sido tan miserable que ante la amenaza de tener que suspender el concierto no les quedó otra a los promotores que regalarlas. Una amiga me contó que se presentó su jefe en su empresa con un fajo de entradas para repartir. A otro amigo le regalaban la entrada sin más que comprar un disco de Guns N’ Roses en la tienda. Sólo así consiguieron un aforo decente. ¿Cómo es posible que con un cartel como éste ocurrieran estas cosas?. Tengamos en cuenta que hablamos de la primera y entonces única actuación en España de Guns N’ Roses (el concierto de Madrid se suspendió por aluminosis en el estadio Vicente Calderón). ¿Falta de promoción?…¿Falta de medios para comprar la entrada?… No lo sé, pero básicamente creo que es que aquí somos unos catetos que nos creemos que estas cosas deben ser gratis. El caso es que aquel fiasco lo hemos pagado los sevillanos con creces y no ha sido hasta hace bien poco que se vuelven a celebrar en esta ciudad eventos de esa magnitud. (David González)

Yo también me pagué la mía, y mientras esperábamos en la tienda del Gordo hasta que nos reunimos todos y nos pusimos de acuerdo sobre las clases de whiskey y drogas que había que llevar, cuando llegamos al estadio los Soundgarden ya habían tocado y dentro estaban ya las 25.000 personas que se congragaron para el evento. Una entrada pobrísima si tenemos en cuenta que solamente para cubrir gastos se necesitaban 30.000 espectadores. Y de esos 25.000 muchos habían pasado con entradas conseguidas del modo que cuenta David, cuando no las habían comprado en la misma puerta del estadio por solo 1.000 pelas, o las habían conseguido con una simple llamada a la radio, ya que Gled S. L., la productora de Rufino González, que organizaba el concierto, había distribuido así muchísimas, llegando a darle a la SER más de mil entradas para que las regalase de esa forma.

Me pasó una cosa curiosa durante la Expo, y es que el promotor de los conciertos que se hicieron en el campo del Betis, Rufino González, era amigo de mi padre, con lo que yo tenía entradas VIP para todos los espectáculos. Es más, llegó a ofrecerme que me hiciera cargo del servicio médico de los conciertos a lo que yo, prudentemente, me negué. Lo siento por las jugosas anécdotas que podría haber contado.

De este primer concierto recuerdo que pasé de la zona VIP y me fui con la gente al césped. Recuerdo también que entre tomarnos unas copas antes e ir a pillar algo llegamos tarde y nos perdimos a Soundgarden. No lo lamentamos entonces mucho porque en aquella época no eran tan conocidos como luego llegaron a serlo; yo personalmente no los conocía. De la cosa musical sólo recuerdo que los Guns N’Roses nos aburrieron soberanamente. (El Profe Franz)

Pero con lo que sí nos divertimos fue con Faith No More y su legendaria lluvia de objetos.

Ya perfectamente situados comenzó el concierto de Soundgarden, la banda del entonces melenudo Chris Cornell. No recuerdo mucho del concierto porque desconocía la discografía de este grupo y el concierto fue muy breve, una media hora más o menos. No sonaban mal, ¡pero se les veía tan diminutos en aquel inmenso escenario!. Todo lo contrario que los siguientes Faith No More, que aunque tenían el mismo espacio reservado, se hicieron dueños absolutos del mismo. El show de los Faith No More dejó pequeños a los mismísimos Guns N ’Roses. “Caffeine”, “The Real Thing”, “We Care a Lot”, “Epic”…todos temazos en un show de poco más de una hora. Fue al finalizar “Land of Sunshine” cuando el zumbao de Mike Patton comenzó a provocar al público: “Cabrones”, “Bastardos”, eran algunas de las lindezas que soltaba. El respetable comenzó a lanzar al escenario todo tipo de objetos y el Patton, lejos de amedrentarse, animaba a la gente a tirar más cosas: “Más cosas aquí! …Ahorita! …Más cosas!”, decía. De pronto, como en la película “300”, el sol se oscureció. Una impresionante lluvia de botellas y latas sobrevolaba nuestras cabezas hacia el escenario. Y el Patton esquivándolas con una habilidad alucinante. “Hurt me!, Hurt me!”, seguía arengando. En pocos minutos todo el escenario era un mar de plásticos y latas. Y ellos tocando como si nada. Acojonante. Hay un vídeo comercial que se llama “Video Croissant” donde los propios Faith No More rememoran este concierto y lo califican como uno de los mejores de la gira. (David González)

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Faith no more – “Epic”

Esta es la única foto que no está tomada en Sevilla en aquel tiempo. Es de Lisboa, de unos días después que aquí, en que repitieron el numerito. No le tiraron ni la décima parte de basura que nosotros… pero te puede servir para hacerte una idea.

El día del concierto nos plantamos en el Estadio del Glorioso sobre las 12 de la mañana. Corría el rumor de que iba estar medio vacío aún habiendo regalado entradas a patadas, pero nos daba igual: Guns N’ Roses llegaban a la ciudad y nosotros íbamos a estar en primera fila. Así que allí estábamos, sentados en la puerta, pertrechados con innumerables botellas de Hunting Lodge (menos de 1000 pelas la botella, más venenoso incluso que el Dyc), litros de refresco y algunas bolsas de hielo, que se fundieron a las primeras de cambio. Toda la mañana tirados, buscando alguna sombra miserable en un día en el que estaban cayendo papas cocidas del cielo, pero privando sin interrupción. Hasta que a eso de las 4 de la tarde se abrieron las puertas y corrimos como posesos hasta la primera fila.

Al principo se estaba desahogado, tranquilitos, finiquitando los últimos litros de güijqui mezclado que habíamos colado al campo y soportando como podíamos la caló (ahora a pleno sol, sin refugio posible). Pero, poco a poco, se fue masificando la zona y empezamos a pasarlo una mijita regular. Además, se nos acabó el bioalcohol, así que lo único que podíamos beber eran las pocas gotas que podías pillar, sacando la lengua, cuando daban algún manguerazo. Pasaban las horas y recuerdo sed y calor y más sed y más calor. Pero de allí no nos pensábamos mover aunque tuviéramos que acabar bebiendo meados.

En éstas que empezó Soundgarden. No les había escuchado antes: sonaban bien, pero mi preocupación principal en esos momentos era no morir deshidratado, así que no recuerdo mucho de ellos. Una pena.

Tras otro rato, aparecieron Faith No More. Eran tan espectaculares en escena que se me pasaron todos los males y me puse a hacer el cabra como loco. La presencia en el escenario de Mike Patton era impactante, un auténtico showman que saltaba, gritaba, corría y transmitía una fuerza que te obligaba a desatarte como un poseso. Y me acuerdo muy bien de Jim Martin, con sus barbas y sus gafas colorás, aparentemente impasible pero llenándolo todo con cada guitarrazo que daba.

Y, de pronto, comenzaron a tocar “Epic”. Y, de pronto, se armó la de San Quintín: Mike Patton empezó a provocar al público y éste respondió lanzando al escenario latas, botellas y todo lo que pillaban. A mí me tocó en primera fila y puedo jurar que aquello era una puta tormenta. Y el Patton seguía achuchando, “más, quiero máaaas”, decía en un macarrónico español. Y más que caía. Impresionante, no he vuelto a ver nada semejante en mi vida. (Koloke)

A Mike ni lo tocaron con ninguno de los proyectiles improvisados… latas, botellas y plásticos variados, vasos, cualquier objeto susceptible de ser lanzado… aunque parezca un contrasentido, aquella lluvia de basura fue un momento bellísimo y lleno de simbolismo; uno de los mejores efectos visuales que se hayan podido vivir en un concierto de rock.

Y tras este breve pero intenso show, abandonaron el escenario para que se preparara para los Guns N’ Roses. Entre cientos de pipas correteando por todos lados, un tipo de la organización, viendo el panorama, advirtió a la audiencia que con el señor Axl y compañía nada de tirar cositas al escenario, o el concierto se va al carajo. Y la gente se comportó, creo más bien que porque se había quedado sin munición. Es curioso que en aquellos tiempos fueran tan permisivos con los posibles objetos arrojadizos. Estamos hablando de latas de refresco o cerveza que bien podrían estar totalmente llenas. Tiempos más salvajes, sin duda.

En los Guns N’ Roses del año 92 no está Izzy Stradlin, y ya hace tiempo que expulsaron al drogata de Steven Adler, pero están en su momento más popular y llevan uno de los más impresionantes shows de aquellos tiempos. Pantallas y carteles gigantes, metros y metros de pasarela para correr, luminotecnia, pirotecnia, sensual sección de viento, Slash con su chistera, la Les Paul y el pelo de perro chouchou, un Axl Rose más endiosado que nunca, el petardo de Duff McKagan, versiones clásicas como “Live and Let Die” y “Knocking on Heaven’s Door”, guiños a “Mother” de Pink Floyd y “Wild Horses” de los Rolling, el Padrino, “Welcome to the Jungle”, “Paradise City”, “Sweet Child of Mine”… “Guns N’ Roses at his best”. Un concierto memorable que no distó mucho de alguno que hay publicado oficialmente en vídeo. (David González)

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Guns N’Roses – “Nightrain”

Y, bueno, tras una larga espera y agotados por la maratoniana jornada, por fin llegaron nuestros ídolos. Estábamos ya bastante cascados, así que para no perder lugar, nos atamos a las vallas con los cinturones, para que ni la madre de todos los pogos pudiese apartarnos de la primera fila. Poco te puedo contar, porque estaba en pleno éxtasis y se me pasó el show volando. Sé que salté, canté, grité, me embrutecí y disfruté como el enano que era. Pero no te puedo hacer una crítica musical seria porque al terminar el concierto se me formateó la neurona.

Salimos del concierto flotando, agotados pero felices. Y, como colofón, recuerdo muy bien que me tomé las dos mejores cervezas de mi vida: arrastrándonos conseguimos llegar al bar La Viña y nos pedimos dos cada uno, la primera de un trago y la segunda saboreándola mientras hacíamos balance de un día tan grande. (Koloke)

Vale, como el Koloke no puede, dejemos la crítica musical seria en manos de Blas Fernández, que escribía esto en el “ABC”:

Se encienden los focos y las pantallas de vídeo, y el “The lion sleeps tonight” sirve como prólogo antes de que la guitarra de Slash provoque una explosión de júbilo entre los asistentes. Las gradas vibran y el césped queda apisonado: los Gunners descargan su calculada electricidad sobre Sevilla.

…Los trucos pirotécnicos hacen acto de presencia con “Live and let die”. No serán los únicos; un par de inmensos globos, para regocijo del personal, se hinchan mientras suena “Welcome to the jungle”. Estamos asistiendo a un espectáculo en el más exacto sentido del término, y lo musical, aunque la más importante, solo es parte de él.

En uno de esos solos que quitan el hipo Slash exagera los aires pseudoflamencos al final de “Double talkin’ jive”, que cierra con un guiño, siempre tan bien recibido, a Hendrix.

…Y como no hay jardín sin flor ni concierto heavy sin solo de batería, Matt Sorum se pasa siete minutos golpeando los tambores, tiempo que el resto de la banda probablemente aprovecha para una cena rápida.

Y así, entre lucimientos individuales y canciones coreadas por la mutitud (aquí el estadio ofrecía ya un aspecto menos lamentable) llegamos a la buena versión del “Knockin’ on heaven’s door” tras el que la banda se despide, para volver poco después a ofrecer el único bis, de antemano previsto.

Esa previsión en todos y cada uno de los movimientos que realizan sobre el escenario es lo que me molesta de Guns N’Roses. Musicalmente no descubren nada en absoluto, pero sería ridículo no reconocerles un directo impecable y lleno de fuerza, una calidad como instrumentistas fuera de toda duda y una capacidad innata para conectar con su audiencia. (Blas Fernández)

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Guns N’Roses – “Sweet child o’ mine”

No es extraño que ante tal descarga, el día siguiente no acudiese ni Dios al Auditorio a escuchar a Celine Dion en la fiesta del día de honor de Canadá. De hecho, ni siquiera en la prensa hubo crónicas del concierto… se ve que Blas Fernández, Luis Clemente y Quico Pérez-Ventana todavía estaban desatascándose los oídos. Sí recuerdo haber visto circulando por YouTube algún vídeo de aquel concierto, porque fue retransmitido por la televisión canadiense y era fácil de copiar. Aunque ése, si os interesa, lo buscáis vosotros mismos.

El siguiente gran concierto tuvo lugar varios días después, el sábado día 11 de julio, en el auditorio de la Plaza de América, organizado por el pabellón de Brasil. Esa noche disfrutamos del encanto de Marisa Monte.

Cuando llegamos a la Expo todavía se veían por allí centenares y centenares de agüeletes; ese día estaba dedicado a la tercera edad, o al Inserso, o a algo por el estilo, así que los ancianos campaban a sus anchas por el recinto. Y había multitud de ellos en la inmediaciones del auditorio, cosa que me chocó bastante, hasta que una vez comenzado el concierto me dí cuenta que todos estaban allí porque se creían que a quien iban a ver era a María del Monte. Así que después de quitarle muchísimos asientos a gente realmente interesada en la brasileña (menos mal que yo llevaba acreditación, si no me quedo fuera con mi amigo el Profe Franz, que también pudo entrar por fin), prácticamente todos los vejetes se fueron del concierto después de las primeras canciones, cuando vieron que aquello no era lo que esperaban. Y después de todo, hubo asientos vacíos de sobra.

Aquél fue un concierto para recordar, lleno de aires brasileños y neoyorkinos; de reggae y de funk; de pop y de rock; por el que sobrevolaron los espíritus de los Beatles (increíble versión del “Dig a pony”) y de los maestros del soul (no menos increible versión del “I can see clearly now”)… y sobre todo, la indescriptible presencia de una mujer tan llena de magnetismo como Marisa. Cuando salimos de allí, hablando de todo aquello, le propuse a Blas que coronase su crónica de “ABC” con el escueto titular de “Sexo platónico”. Aunque no se atrevió del todo y lo suavizó un poco…


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Marisa Monte – “De noite na cama”

Marisa Monte canta con todo el cuerpo, hasta con las manos y los ojos. Su presencia es sexo sonoro, ensoñación sensual, excitación mental y física que entra por los oídos y se instala en las neuronas con efectos adictivos.

Cuando se acerca lentamente al micrófono, a paso de sensualidad incendiaria, y entona el “De noite na cama” de Caetano Veloso, hasta el iceberg del pabellón chileno sube de temperatura. (Blas Fernández)

Y si verla era un enorme placer, escucharla cantar era una experiencia inolvidable. Blas la comparaba también en su crónica con una mujer mezcla de Carmen Miranda, Vampirella y Martha Davis, que sobrepasó todas nuestras expectativas con una soltura que debía salirle del alma.

Después del concierto, habían preparado una pequeña fiesta en uno de los salones del Auditorio, en la que el propio comisario del pabellón andaba por allí preocupado de que a ninguno de los periodistas nos faltase nunca en la mano un vaso de caipirinha, servidos por una ámplia muestra de las bellísimas azafatas brasileñas, que fueron otra de las principales atracciones de la Expo.

Y allá andaba yo cuando por una de las puertas laterales entró una chica jovencísima, enfundada en un ceñido y espectacular traje largo negro, que se paró conmigo saludándome efusivamente e interesándose por cómo estaba… no había terminado yo aún de preguntarme quién sería esta diosa cuando un movimiento generalizado de todos los que estaban allí hacia nosotros me hizo caer en la cuenta de que estaba ante la presencia de Marisa Monte. Imperdonablemente no la había reconocido, seguramente porque en el concierto no la veía desde tan cerca, y allí su presencia me deslumbraba por completo. Además, uno siempre se imagina a las estrellas más mayores de lo que son en realidad, y Marisa era una jovencita que acababa de cumplir 25 años hacía unos días…

Yo ya iba advertido de la posibilidad de que podía encontrármela tras el concierto y me había llevado la portada de su reciente CD para que me lo firmase. Ese momento de cordialidad mientras lo hacía, más el descubrir que yo era el único de los presentes que sabía algo de ella y que ya la había escuchado antes de esa noche hizo que su conversación se dirigiese a mí casi por entero; así pude enterarme de que la semana siguiente estaría en New York trabajando con la élite musical de aquella vanguardia, incluyendo a John Zorn, así que le pude decir que le conocí unos años antes y que cuando le viese le dijera que el cantaor de flamenco que tan flipado le dejó cuando estuvo en Sevilla, acababa de fallecer.

Todo se desarrollaba de modo fantástico… hasta que se me ocurrió meter la pata como el gilipuertas inexperimentado que era entonces (y que espero que no penséis que sigo siendo). Se me ocurrió preguntarle si no era una contradicción que alguien como ella, que había escrito letras como las de algunas canciones de su disco, viniese a participar en una fiesta que conmemoraba su colonización… antes de que pudiese contestarme unas manos se apoderaron de mí y me retiraron a un rincón; el comisario (político) del pabellón se ocupó de contestarme él mismo mientras me quitaba de en medio a base de tópicos como que el Pabellón estaba haciendo un gran esfuerzo para traer a actuar a las principales figuras de su país y bla-bla-blá. Y allá que me dejó en el exilio del rincón rodeado de azafatas, supongo que con la misión de mantenerme la boca ocupada constantemente con caipirinhas, para que no pudiese volver a sacar mi lengua viperina. Aunque, en realidad, pensándolo después, tampoco estuvo tan mal…

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Marisa Monte – “Dig a pony”

Cuando bajé de la nube seguían sucediendo cosas en la Expo. Pero ésas os las contaré ya en la tercera parte de la historia, la que, al igual que ésta segunda, la comenzaremos camino del campo del Betis…

NO DIGAS QUE FUE UN SUEÑO (1ª Parte)

Para todos los que habéis colaborado con vuestros recuerdos.

El alcalde de Jerez, Sr. D. Pedro Pacheco, ha interpuesto una queja oficial a la organización de la Expo debido a que la pantalla gigante (la pantalla de video más grande de Europa) que Sony ha instalado en la plaza de su nombre, el Jumbotrón, no deja de vomitar durante todo el santo día video-clips a un volumen altísimo, por lo que en el Pabellón de la Tierras de Jerez, que está justo a su lado, no logra entenderse nadie; los caballos andaluces bailan al rítmo de U2 en vez de al que les ha compuesto Luis Cobos y las niñas tienen que bailar las sevillanas al compás de Bruce Springsteen. (Noticia que yo mismo envié a la agencia con la que colaboraba en aquellas fechas)

Ah… la Expo y sus contradicciones. En realidad casi la única música de rock que se oyó en la muestra universal es la que salía de los poderosos altavoces de ese Jumbotrón y sus video-clips. Hubo muchísima música en directo, de muchísimos estilos distintos, pero muy poco rock. Hubo grandes estrenos mundiales en el Teatro Central a cargo de grandes figuras a las que se había pagado mucho dinero por adelantado para que las creasen, y hubo mucha música de radio-fórmula delante de este Jumbotrón a cargo de todos los grupos que eran algo en el panorama del pop nacional, y a los que se obligaba, se coaccionaba, para que actuasen gratis. Las comisarías de los pabellones andaban algunas tan escasas de recursos financieros que muchas veces la programación musical que tenían establecida peligraba, y los artistas tenían que cobrar por su arte gracias al mecenazgo de empresas privadas, como fue el caso de Farruco y su gente en el Pabellón Disperso (y Difuso) de Sevilla; y por fuera de la Expo otras empresas privadas empeñadas en mantener el rock a buena altura tenían que desistir porque la Expo se tragaba todas las iniciativas culturales paralelas; y por eso, aunque en el campo del Betis se ofrecieron tres conciertos guapetones, hubo que desistir de hacer también los de Dire Straits, Prince, Michael Jackson y el cuarteto de leyendas del rock compuesto por Chuck, Jerry Lee, Carl y B.B.; además de que (a un nivel muchísimo menor) los de Producciones Informales, que también sacamos adelante dos o tres noches, tuvimos que anular las de The Fall, Lagartija Nick, Mick Taylor y Teenage Fanclub.

Pero en este post no vamos a lamentarnos por lo que no vimos, sino a recordar y celebrar lo que sí disfutamos; porque, como dice Lu:

…mi Expo fue más cachondeo que otra cosa, y disfruté mucho de la música… (Lu)

La lista completa, con las fechas y el lugar de celebración, de todos los conciertos de la Expo, la tienes en este post anterior. Aquí vamos a desgranar las sensaciones que tuvimos en aquellos conciertos a los que pudimos asistir.

Ya desde el primer día tuve ocasión de atisbar un poco el concierto de Youssou N’Dour en el Palenque. Pero solo un rato; no era tarde aquella de apalancarse en un solo sitio, era la inauguración de la Expo y toda la familia tenía los ojos llenos en cada rincón de ella. Había que ver los pabellones por fuera, el ambiente festivo, la fastuosa cabalgata, el deslumbrante espectáculo del lago… Martika, que estaba en la Plaza Sony, podía esperar.

El primer concierto que disfruté completo fue el de Milton Nascimento en el auditorio de la Plaza de América. Y fue también la primera vez que mi hija vino conmigo. Era por entonces una niña de diez años vivaz y simpática que después, andando por el backstage con Blas y otros periodistas que tenían que currar, llamó enseguida la atención de todas las chicas brasileñas azafatas que tan enamorados nos tuvieron. Fue la primera de las dos veces que estuve rodeado de ellas, y aunque sus atenciones no estaban dirigidas a mí directamente, era un verdadero placer estar inmerso entre tanta belleza. Lástima que Celia se aburriese con Milton y no quisiera venir conmigo a ningún concierto más…

Así que al siguiente al que asistí lo hice acompañado de Epi, el guitarrista de la Compañía Malpaso, y Viqui, su mujer. Todos éramos fans de Laurie Anderson y no podíamos perdernos el estreno mundial de “Halcyon days”, el espectáculo que le había encargado la Expo. Pero en realidad aquí nos aburrimos bastante todos.

No fue éste un concierto al uso, sino más bien algo parecido a una “spoken word”, en la que Laurie se presentaba ella sola en el escenario, en el que solamente había un templete, una pantalla de video y una esfera y un cilindro sobre los que se proyectaban imágenes mientras ella iba desgranando sus historias y diatribas sobre la guerra nuclear; su abuela, que se fue al Japón a evangelizar a los budistas; la crispación de la sociedad actual americana, las neurosis colectivas… “cuando cayó el muro, observé un gesto conocido en la cara de los berlineses: el ansia de comprar…”, y otro montón de cosas más que apenas pudimos entender a pesar de que Laurie tuvo el detalle de esforzarse en contárnoslas en castellano, aunque su forma de leer fuese “de aquella manera”, supongo que ya me entendéis.

La música estaba pregrabada casi en su integridad, y el único instrumento musical que apareció por allí fue un sintetizador que apenas manipuló. Vanguardia dura.

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Laurie Anderson – “The end of the world”
(A nosotros nos lo leyó en castellano… o casi)

El concierto de los Gun me pareció cañero y me gustó. No había mucha oferta de rock porque creo recordar que aquello era dominio de los 40 Principales, ¿no?, así que con este concierto tuve mi racioncita. (Lu)

Es curioso que el concierto de los Gun del 27 de mayo en la Plaza Sony sea el más recordado por todos los lectores habituales de este blog. Quizás sea por eso que apunta Lu ahí arriba, y yo también en los primeros párrafos, sobre la poca oferta de música rock en la Expo. Había que aprovechar la que nos diesen.

Quizá el concierto que recuerdo con más cariño sea el de Gun. Ya los había visto en directo en Valencia, en la gira del primer disco. Aquí llegaban con el segundo, y me encontré con que venían con un guitarra menos y una puesta en escena mil veces más gamberra. Guitarreo, desmadre y más guitarreo, me pareció todo un señor concierto de rock. El desmadre fue tremendo en el escenario y también entre el público; recuerdo a gente muy pasada de vueltas orinando en todo el centro de una Plaza Sony abarrotada. Aunque no fue el momento más destacable, imposible de olvidar que el batería agarró el micro en los bises para regalarnos la peor versión de “Smell like teen spirit” que consigo recordar. (Zambombo)

Yo sin embargo ví un concierto soso, sin chispa ni feeling, e incluso con un sonido de muchos menos watios que los conciertos anteriores (joé, si hasta Sergio Dalma sonó más fuerte la noche antes, y eso que había mucha más gente aún que hoy). Y además, el fuerte viento que había en ocasiones se encargó de llevarse esos pocos watios, por lo que el sonido fue muy desigual; aunque eso nos libró de sufrir bajo el amasijo de notas creadas por los dos guitarristas, que ni siquiera tuvieron el detalle de ofrecernos un buen punteo. La cosa se animó un poco hacia el final del set, cuando interpretaron sus temas más conocidos y versionaron a Metallica; pero en realidad se animó por detalles ajenos a la música, como fueron el engullimiento por parte del público del cantante, que al principio se dejó hacer, pero que llegó a pasarlo mal y emergió de entre la marabunta sin micrófono y casi sin pantalones. Luego se puso a ligar con una chavalita a la que sacó desde las primeras filas al escenario, aunque le quedó bastante burdo el numerito final de meterle entre las tetas (que se realzaban en todo su esplendor en el Jumbotrón) una acreditación para el “aftershow”, o al menos creo que yo que sería eso, para que luego pasase a verle.

El mayor desastre vino al final, en un segundo bis en el que el cantante pasó a la batería, el batería al bajo y el bajo se puso a cantar. En realidad eran todos tan malos que daba igual el instrumento que tocasen cada uno, y como ya nos ha dicho Zambombo, hicieron una versión del “Smell like teen spirit” de Nirvana, que si éstos llegan a oírla les ponen una demanda. Hasta consiguieron enfriar a un público que despertó al reconocer los primeros acordes de la canción, pero que pasaron tanta vergüenza ajena que ya no les pidieron más bises.

Glenn Branca era un absoluto desconocido para mí cuando tuve la ocasión de acudir a una de tantas convocatorias musicales que se ofertaban en la Expo, que por lo general no conseguían motivarme lo suficiente para entrar en el engranaje de aquella macroestructura festiva, en la que los esfuerzos e impedimentos varios no compensaban la mayoría de los resultados… pero aquella noche de mayo, en unión de toda la peña, acabamos en el teatro Central después de salir huyendo de lo que hoy es su explanada de aparcamiento, entonces el cine de verano de la Expo… allí se encontraba actuando Enrique Morente junto a una banda de cornetas y tambores, en lo que parecía una amalgama imposible e injustificable (las cosas de la Expo)… (Losmi)

Al entrar al concierto de Glenn Branca, las chicas de la puerta nos daban unos tapones para los oídos, diciéndonos que eran para preservar nuestro sentido, ya que el sonido en el interior iba a ser demasiado fuerte. Yo dudo de que cualquier oyente habitual de música rock se los llegase a poner, y tampoco fue para tanto el nivel de decibelios. Sobre el escenario una banda compuesta por bajo, batería, percusión, teclados y seis (!!!) guitarras. Lo que ocurrió allí y sus antecedentes os dejo que lo cuente Losmi.

Lo de los tapones fue un gesto efectista que predisponía a una experiencia sónica brutal y que sin embargo era perfectamente asumible, al menos para los oídos educados a pie de las torres de sonido de cualquier concierto de rock…

…el programa, un encargo de la Expo al artista, se configuraba en tres partes, correspondientes cada una a un movimiento de la Sinfonía nº 8, estreno absoluto en los dos días que se ejecutó (28 y 29 de mayo)… sin embargo, el registro discográfico de esta obra (1994) recoge una versión reducida a dos movimientos (“Pasión” y “Anarquía Espiritual”), debido a que en el disco se incluye asimismo la Sinfonía nº 10 y el formato CD por aquel entonces, solo permitía 72 minutos de música… en el camino y de acuerdo al programa, se ha quedado el segundo movimiento, denominado “Destrucción”, en una maniobra comercial de baja estofa, muy habitual en la edición musical y con una larga tradición en todos los géneros, que ha afectado decisivamente a muchas obras clásicas (en su caso, por la normalización en la duración de los espectáculos), que hoy nos han llegado en versión “reader digest”… desconozco si existe un registro sonoro de los conciertos de la expo, lo que supondría un documento de enorme interés para conocer la obra íntegra, tal y como se recogió en la partitura original y tuvimos la inmensa suerte de disfrutarla en el teatro Central…

…me parece evidente con la perspectiva de los años y el conocimiento de la obra de Glenn Branca (quien desde aquella noche entró a formar parte de mi santoral particular), que el compositor y director orquestal hacía años que se había apeado de su prominente lugar en el escalafón de la No Wave neoyorquina, de la que había sido un pionero destacado si bien sus seminales registros discográficos (rescatados por Branca muchos años después), apenas nos hacen vislumbrar sus decisivas aportaciones… no obstante, la principal característica de la musica de Branca, el tratamiento tímbrico de la armonía atonal, se recoge en algunas de las canciones de su primera banda de rock Theoretical Girls (1977), dónde encontramos ese sonido que generado por guitarras eléctricas, resulta “otra cosa” absolutamente diferente, resultante de sus afinaciones particulares, tan apartadas de las claves (temperadas o no) de la música canónica… en resumidas cuentas, Branca no vino a tocar rock a Sevilla, un género del que se había apartado con bastante anterioridad, como pone de manifiesto en una de sus primeras obras de cámara, “Lesson nº 1” de 1979, con un formato múltiple de guitarras similar al de este concierto… (Losmi)

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Glenn Branca – “Symphony Nº 8 – 1st Movement – The Passion” (Corte)

Este concierto, que fue uno de los más arriesgados y brillantes de toda la Expo, fue un caos calculado milimétricamente por Branca. La belleza del estruendo, con la armonía dentro; cuando la encontrabas, el éxtasis estaba garantizado…

…el sinfonismo de Branca no se sustenta en la tridimensionalidad melodía-armonía-ritmo habitual en el planeta sinfónico, por mas que algunos presuntos dinamitadores como Bartok apuntaran tímidamente en esa dirección… Branca construye un muro de sonido mediante una amalgama armónica de tonos disonantes en principio, que esquivan conscientemente cualquier dibujo melódico y va mutando imperceptiblemente en una sucesión temporal que hace evolucionar los acordes de forma imperceptible, logrando un efecto narcótico que desde luego no tiene antecedente alguno, siquiera en las elucubraciones de la psicodelia sesentera, efecto narcótico que no eliminaba un ápice la tensión a la que el oyente se encontraba sometido (si se prestaba al juego propuesto con la concentración adecuada… fueron muchos los que abandonaron la sala y algunos aprovechamos para abalanzarnos a las primeras filas bajo el pasillo transversal para no perdernos detalle…)

Personalmente y en mi experiencia como oyente, este concierto marcó un antes y un después, sirviendo fundamentalmente para abrirme de orejas a otros formatos musicales y sobre todo, comprender los fundamentos de la música modal, en la que la melodía pierde protagonismo y la construcción artística se basa en la resonancia orgánica con un estímulo mas primordial, conseguido exclusivamente por la tensión armónica y tímbrica suspendida de forma intemporal, sin conclusión aparente… (Losmi)

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Glenn Branca – “Symphony Nº 8 – 2nd Movement – Spiritual anarchy” (Corte)

Otro que recuerdo muy bien fue el de Celtas Cortos, que ya entonces se habían vendido a la radiofórmula descaradamente y estaban lejos de ese grupo folk de los primeros discos. Los gratos recuerdos no son por el concierto en sí, que estuvo bastante bien, sino porque tuve un affaire con una chica a la que llevaba persiguiendo hace tiempo. (David González)

Es curioso lo que dice David, porque en ese concierto de los Celtas Cortos también yo reencontré a una antigua amiga a la que hacía siglos que no veía, y con la que pasé todo el concierto y gran parte de la noche. Y era difícil, ya que ésta era la noche en la que más público se había congregado hasta ahora en la Plaza Sony. Para mí fue una recompensa por haber acudido por inercia a la cita con una banda que no me interesaba nada en absoluto y a la que siempre consideré un pastiche.

Los Celtas Cortos ya en su cuesta abajo, solo sus dos primeros discos me interesan. Concierto a años luz de uno magnífico que dieron en Sevilla años atrás en una pequeña sala, cuyo nombre no recuerdo. Lo más “divertido” fue el mitin antidescubrimiento de América que el cantante dió entre canción y canción, precisamente en un concierto que tuvo lugar en un recinto donde se celebraban los 500 años de dicho descubrimiento. Pelín demagógico cobrar de ellos y luego largar. Lo lógico habría sido haberse negado a actuar en la Expo, pero poderoso caballero es don dinero. (Maese Rancio)

En realidad el poderoso caballero esta vez no era don dinero, como apunta el Maese, porque como ya he dicho por ahí arriba, allí había que tocar gratis. Pero, como decía Blas en su crónica del “ABC”, el grupo tenía que devolver el favor a esa cadena de radio sin la cual seguirían siendo un grupo minoritario. Y una vez “vendidos” resultaba una completa incoherencia salir al escenario a cantar vestido con una camiseta con el lema estampado de “V Centenario… ¿de ké?”, y lanzar la diatriba a la que se refiere Maese, y algunas proclamas más contra la mili, demasiado facilonas, solo para caer bien a la gente.

Eso fue el jueves, 4 de junio; dos noches después , de la mano del Pabellón de la Cruzcampo, otro lleno absoluto en la plaza, ésta vez para escuchar a Luz Casal.

El de Luz me sorprendió mucho por la calidad del sonido. Fue brutal de bueno, unos músicos de lujo. ¿Llevaba dos bateras? ¿Uno de ellos era Tino di Geraldo? En mi cabecita retuve esa información, pero no sé si es cierta o me la inventé. Lo que sí puedo asegurar es que aquello sonó de putísima madre. (Lu)

Y tan de putísima madre que sonaría, al menos en lo que se refiere a potencia, algo que puedo atestiguar aunque no estuve allí. Por entonces yo aún vivía en el Polígono de San Pablo, que en relación a la ubicación de la Expo está en el otro extremo de Sevilla según el eje Oeste-Este; pues con las ventanas de mi piso abiertas, y una leve brisa de poniente, podía escuchar desde mi salita la voz de Luz… os lo juro…

Y los conciertos de los “40 Principales” y “Cadena Dial” se fueron sucediendo… el siguiente fue el de los Hombres G

Asistí a algunos conciertos totalmente prescindibles, como el de Hombres G, aunque me parecieron bien, dentro de su línea, porque era un grupo que ya había perdido un poco su sitio y estaba más bien en tierra de nadie. Recuerdo que el guitarra solista (Rafa) estuvo pésimo, con algunos solos fuera de escala. Tuvieron la osadía de tocar uno de los temas que le compusieron a Luz Casal (“Te dejé marchar”) y salir airosos del lance, aunque algunos días antes la propia Luz ya le hizo verdadera justicia al tema en el mismo escenario, en un buen concierto. (Zambombo)

Después fueron pasando por allí Duncan Dhu, La Trampa, La Guardia, Los Ronaldos

Los Ronaldos también dieron un concierto interesante y caliente, pero algo extraño; ya habían dejado de ser una sopresa y unos chavales y estaban sondeando, quizá demasiado, otros territorios, no siempre bien entendidos por el público. La imagen que mejor recuerdo de ese concierto es a Coque Malla echándole cubos de agua al público. (Zambombo)

Y tras dos cubos para bañar a la multitud, el tercero fue para bañarse él mismo, que hacía mucho calor y Coque estaba dando lo mejor de sí, en un concierto que me reconcilió con ellos después de sus vulgares apariciones de la Cita en Sevilla.

Quizás es que estuvo imbuído por algún espíritu de leyenda que llegase a él a través del suave viento nocturno. Ese mismo día, el 2 de julio de 1.992, se había apagado una estrella. Y Coque lo recordaba desde el escenario: “Este concierto se lo vamos a dedicar todos a Camarón, pero no con minutos de silencio, sino con todo el ruido posible, que a él le encantaría”.

Sí que recuerdo mucho que en la Plaza Sony ponían ¿todos los días? a Camarón, acababa de morir y siempre se me saltaban las lágrimas cuando aparecía en el pantallón. Me sobrecogía escucharle, verle cantar ahí con el torso desnudo, consciente de que le quedaba ya poco tiempo. No lo podía evitar. (Lu)

Seguramente, de todos nosotros, a pesar de momentos de congoja como los que nos cuenta ahí, quien mejor se lo pasaba por allí era nuestra amiga Lu.

De Los Ronaldos, ¿qué te voy a contar? No me acuerdo absolutamente de nada… Pero… ¿no tocaron los Ketama? Recuerdo perfectamente habérmelos encontrado en la Plaza Sony y hablar con ellos, al día siguiente actuaban y les prometí que iría a verlos. No recuerdo si lo hice, la verdad, en esa época mi vida era un continuo desmadre. La adolescencia… tú sabes. (Lu)

Pues no, Ketama no llegaron a tocar porque su noche era la del 30 de junio. Y esa noche el público musical de verdad no iba a estar en la Plaza Sony, sino en el campo del Betis.

…pero eso ya lo contaremos en la segunda entrega de esta historia.

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Ronaldos – “Adiós, papá”

EL CANTOR DEL CREPÚSCULO (Y LOS ZOMBIES)

Cuando llega el domingo por la tarde, más aún en estas fechas del nuevo horario recién estrenado, en que la noche te cae sobre las espaldas sin que apenas te des cuenta, le entra a uno algo parecido a una depresión, que es la antesala de otra dura semana de trabajo y rutina. Pero este fin de semana, que pone para mí un punto y seguido entre una semana de vacaciones y otra que aún me queda, no va a terminar con un domingo de ésos. Y si queréis, para muchos de vosotros tampoco, porque el inicio de semana es más que bueno en lo que se refiere a poder salir a disfrutar de conciertos, incluyendo un agradable viajecito rápido a Cádiz en la noche del lunes.

Pero de eso hablaremos después. Primero nos vamos a ocupar de lo que va a ocurrir el martes en el Teatro Central de nuestra ciudad. Esa noche podremos ver a GREG DULLI, presentándose en directo en los escenario por vez primera con su propio nombre en lugar de cómo integrante de una banda.

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The Twilight Singers – “The killer”

En este post, en el que lo que hacemos es reseñar unos conciertos, no vamos a detenernos mucho en los detalles biográficos de los músicos, porque además son bastante conocidos. Greg Dulli, como cabeza visible del grupo The Afghan Wighs, entró de lleno en el mundo del rock, más que por una puerta grande, por una puerta inmensa que le propiciaba el que a medidados de los años ’90 le quisieron considerar como “el nuevo Kurt Cobain”. Pero Greg no quiso medrar bajo esa etiqueta, y en vez de dedicarse a lo seguro, se ha pasado una década y media amalgamando el Rhythm & Blues con el trip-hop y el folk-rock en solitario y en otras formaciones como The Twilight Singers, con los que todavía sigue, como veréis seguidamente, o como The Gutter Twins, en el que estaba asociado con Mark Lanegan, otro tipo que pasará dentro de poco también por aquí.

Así que Greg Dulli es un animal de escenario al que las arenas del tiempo no han conseguido enterrar, a pesar de que nunca le ha sonreído demasiado el éxito comercial ni ha colocado discos en las listas de ventas. En lugar de eso ha sido una gran figura del rock alternativo que ha conseguido arrastrar a una legión de seguidores de culto, que le mantienen todavía artísticamente vivo, mientras muchos de sus contemporáneos han sido relegados por la historia al papel de cadáveres o, lo que es peor, de músicos que graban discos de ésos que van casi al día siguiente directamente a los cajones de saldos de las tiendas. Greg eligió no estancarse.

Porque posibilidades de hacerlo tuvo. Ya te he dicho antes que él no quiso medrar bajo ninguna etiqueta, y eso que hace diecisiete años, cuando The Afghan Whigs fichó por una discográfica multinacional, editó un disco con canciones maravillosas como “Debonair”, “What jail is like” o “Gentlemen”, que eran productos totalmente de su tiempo y que eran radiadas continuamente; eran el paradigma de lo que esa escena rockera alternativa podía producir. Pero el género comenzó a marchitarse y Greg prefirió no continuar intentando revalidar sus éxitos.

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The Afghan Whigs – “What jail is like”

En los discos que siguieron la música de Greg Dulli ha sido siempre oscura, con letras que te describen los rincones más sombríos y los espacios más horrorosos del alma de la mayoría de las personas. Pero él en realidad parece ser un tipo divertido que en el escenario se transforma y no tiene nada que ver con su otro yo que escuchamos en los discos. Él es uno de los cantantes más carismáticos de los últimos veinte años, romántico y expeditivo, intenso como muy pocos más, un especialista en convertir el rock en música soul en constante tensión emocional.

En la gira que le trae aquí no viene con una banda completa, le acompañan solamente dos músicos más, Rick Nelson, que es el violinista y cellista de The Polyphonic Spree, y Dave Rosser, un guitarrista eléctrico y acústico, desde hace mucho tiempo compañero de Greg en The Twilight Singers, que aquí también le respalda en las voces.

Y la gira es una cura saludable para él. Un descanso… aunque parezca un contrasentido. Greg llevaba mucho tiempo enredado en la grabación del próximo disco de The Twilight Singers, que tras cuatro años de gestación saldrá al mercado en el sello Sub Pop de aquí a pocos meses, y necesitaba parar, dejar de pensar en él porque se iba a volver loco. Greg es propenso a los trastornos obsesivos y compulsivos y tenía que retirarse a un rincón a meditar sobre la situación. Así que para no seguir dándole vueltas y más vueltas a la música que grababa se fijó a sí mismo una fecha definitiva para la masterización del disco, que siempre iba posponiendo. Y para no poder postergarla nunca más contrató para unos días después esta gira, que al tener fechas comprometidas en diferentes ciudades era imposible cancelar.

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The Afghan Whigs – “Let me lie to you”

Entre los tres eligieron unas 30 o 35 canciones de todas las épocas de Greg y las desnudaron hasta el hueso, hasta dejar totalmente al descubierto su núcleo oscuro y atormentado, y las ensayaron prácticamente unplugged. Las críticas de los primeros conciertos de la gira, allá en los USA, hablan unánimemente de magia, de abrasadores conciertos dignos de las mejores encarnaciones de Dulli con sus bandas completas, de interpretaciones en las que tanto los músicos como los espectadores terminan sudando fuego.

Con tantas canciones preparadas, los conciertos no se parecen mucho de una a otra noche, pero Greg promete que siempre habrá al menos una canción de cada uno de los discos que ha hecho. En su mayoría son canciones que nunca ha interpretado antes por una razón u otra, algunas versiones de Bjork, Basement Jaxx, Big Star… e incluso hay alguna que otra del disco que acaba de terminar. Todo un reto para Greg, que es la primera vez que encara una serie de conciertos de matiz minimalista; pero lo va superando con creces, le gusta como quedan así las canciones. Y es que cuando una canción es buena se puede interpretar como se quiera; y como las suyas lo son, ahora también brillan aunque estén despojadas de todos sus lujos y oropeles, que es como puedes escucharlas en este post. Todas las que he puesto forman parte de los sets de la gira.

Pero aunque el montaje en su conjunto sea más sobrio de los que acostumbraba con sus bandas, Greg Dulli no pierde ni un ápice de su poder de showman ni de su sentido teatral; él sabe perfectamente como trabajarse un concierto, en el que cada canción sobrepasa a la anterior, hasta terminar con el auditorio puesto en pie, pidiendo más aún.

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The Afghan Whigs – “Candy cane crawl”

Antes que Greg Dulli ocupará el escenario DANI LLAMAS, un músico jerezano que lleva ya más de once años editando discos y dando infinidad de conciertos tanto por España como por Europa y Canadá. Primero integrado en el grupo G.A.S. Drummers, y desde hace algún tiempo en que Ken Stringfellow le animó a desarrollar el potencial de sus composiciones, dejando sus joyas pop en solitario.

Aquí estará presentando su disco “Speaking thru the others” él solo, tal como canta siempre en directo, pero seguro que a todos los que vayamos nos gustará, porque tiene tablas, desparpajo y, sobre todo, canciones, llenas de melodías acertadas, sobriedad y elegancia. Os dejo una muestra.

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Dani Llamas – “Kiss me when I’m dead”

Y el lunes todos a Cádiz. Aunque el que no quiera ir tiene también la opción de ver a los BellRays en el “Malandar”.

Pero es que en el “Aulario de la Bomba” de Cádiz estará uno de los grupos ingleses míticos de los años ’60, THE ZOMBIES, todavía en buena forma porque sus dos líderes, Colin Blunstone y Rod Argent, no han dejado nunca de estar en la brecha, como lo demuestra que el último disco de la banda se editase en el 2.004 y actualmente se encuentren grabando uno nuevo, que verá la luz en mayo del año próximo.

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The Zombies – “She’s not there”

Pero aquí vienen con el repertorio de “Odessey and oracle”, la obra maestra de los Zombies, que vio la luz en 1.968, y del que la banda viene celebrando su 40º aniversario desde hace dos años, ofreciéndolo en directo en conciertos en los que junto a la voz de Colin y los teclados de Rod, se alinean la guitarra de Tom Toomey, la batería de Steve Rodford y el bajo de Jim Rodford, que ya militase antes en los Kinks entre 1.978 y 1.996, por lo que fue el bajista que vino con ellos a la “Cita en Sevilla”.

Sus canciones, desde que debutasen con el single “She’s not there” hace una eternidad, siempre se han beneficiado de la susurrante voz de Colin y de los imaginativos arreglos de teclados de Rod, lo que les daba una marca de identidad muy distintiva. Su estilo se mantuvo en los demás singles que siguieron al primero, excelentes todos ellos, aunque sin demasiado éxito comercial en su país, debido sobre todo a la estrechez de miras de la Decca, discográfica que si unos años antes no quiso saber nada de los Beatles, ahora no tenía ni puta idea de cómo vender estos diamantes pulidos. No fue así en los USA, donde fueron estrellas incontestables. Pero el no ser profetas en su tierra fue algo que les frustró y amargó a la banda durante toda su carrera en los sesenta, por lo que terminaron por romper justo al terminar de grabar el “Odessey and oracle”, comenzando Colin Blunstone una carrera en solitario, y Rod con la banda que fue ámpliamente conocida con su apellido de Argent. Pero como fueron un grupo que merecía mucha mejor suerte de la que tuvo, el destino les iba a deparar una larga vida después de todo.

La promesa de todos aquellos primeros singles culminó con la magnífica colección de canciones que presentaron en este disco, las cuales combinaban muy hábilmente innovación, melodías y harmonías muy bien construidas. El cierre lo ponía “Time of the season”, el mayor éxito que tuvieron The Zombies en toda su historia.

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The Zombies – “Time of the season”

A pesar del paso de los años Colin sigue haciendo que voz se interrelacione perfectamente con las harmonías, y el grupo mantiene la mayor parte del nivel de energía y entusiasmo de los primeros brillos. Y aunque esta celebración de los cuarenta años del disco comenzase siendo un movimiento nostálgico, los conciertos tenían tal sentimiento que sin ser algo calculado por Colin y Rod tuvieron una influencia decisiva en que ambos se metiesen de nuevo en los estudios de grabación para experimentar y cambiar acordes de canciones que ya tenían pensadas, para ensayar con ellas y para completar un nuevo disco. Y la magia y el misterio eran de tal calibre que todavía hoy, muchos meses después de aquella fecha conmemorativa, siguen rememorando los viejos tiempos encima de los escenarios.

Lo mejor de todo, según le he leído a Rod en una reciente entrevista, es que todavía siguen aprendiendo; y ese proceso de descubrimientos nuevos es lo que les da el poder que les impele a seguir y a arrastrar a la gente con ellos.

Y por eso, aunque normalmente soy reacio a los ejercicios de añoranza, yo el lunes pienso dejarme llevar hasta donde ellos quieran. Larga vida al rock and roll!.

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The Zombies – “Care of cell 44″

CINCO AÑOS CAMINANDO DESDE EL CRUCE

Cómo pasa el tiempo… ya hace cinco años que estoy inmerso en este mundo de la blogosfera. Nunca me planteé que esto fuese a durar tanto tiempo, ni tampoco lo contrario. Por aquí habéis pasado muchos, enriqueciendo mis textos con vuestros comentarios. A unos os he puesto cara y a otros no. Unos habéis desaparecido, o habéis dejado de escribir comentarios, y otros seguís haciéndolo, otros más habéis ido apareciendo con el tiempo. Con algunos de vosotros he cimentado una buena amistad… y aunque solamente haya sido por eso, la andadura está valiendo la pena.

Muchas, muchas, muchísimas gracias a todos los que estáis a ese lado de la pantalla.

Cinco años hace ya. Y todo comenzó con este post.

…y el mejor comienzo creo que será la leyenda más antigua de todas, una de las más bonitas y, sin duda, la que más canciones, literatura y películas ha generado. La Leyenda del Cruce de Caminos.

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Robert Johnson – “Hellbound on my trail”

Robert Johnson se dirigió al cruce de caminos aquel cálido y fatídico día. “Quiero ser el bluesman más grande de todos los tiempos”, gritó, secándose el sudor de la cara. “Necesito ser maaalo, tocar la guitarra como si la tierra estuviera llorando y cantar como si matara. Quiero escribir canciones que hagan que las mujeres se aferren a mi cuerpo. No sólo canciones para hoy, sino cosas perdurables. Canciones que se transmitan a través de los tiempos”.

El Diablo escuchaba. Luego, sonriendo como ninguna otra criatura había sonreído antes, se sentó, considerando la situación, sólo considerando. “Pides mucho, chico. Pides tanto como el infierno. Y nadie sabe más del infierno que yo”… Se afiló sus grandes garras y continuó: “Déjame que te diga, ya he tenido bluesmen, jazzmen, incluso cantantes de gospel aquí antes. Todos ofreciendo sus almas uno por uno. Pero tú quieres mucho, condenadamente demasiado. Un alma no es suficiente para pagarlo. A cambio, necesitaré las almas de todos aquellos que sigan tu estela. Gente que tú nunca conocerás, pero gente que seguirá tu mismo camino. Guitarristas que tocarán con el poder del relámpago, cantantes que se dirigirán a campos repletos de miles de personas, algunos tan jóvenes que sus madres ni siquiera tendrán tiempo de secar las lágrimas de sus ojos antes de que yo exija mi pago”.

Robert Johnson escuchaba. No comprendía, pero sabía que si aceptaba, la fama llegaría hasta él. Fama real. Fama eterna. “Coge mi alma”, accedió, “y coge todas las almas que vengan; todas las que quieras”.

Llegado el acuerdo, hubo un flash de luz. Robert Johnson rasgó su guitarra y salió un imponente sonido, como el quejido de varias generaciones. El diablo sonrió y anticipó lo que quedaba por llegar. Drogas, blasfemia, sexo, asesinatos… rock’n’rooooll. “Chico”, pensó. “¡Nos vamos a divertir!”.

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Robert Johnson – “Me and the devil blues”

La realidad puede que fuese otra muy distinta, de todas formas la vida de Robert Johnson siempre fue bastante enigmática. Se supone, pero no se sabe con seguridad, que nació en 1911. Se supone, pero no se sabe con seguridad, que murió en 1938. Se cuenta que le envenenó un marido celoso. No se sabe donde está su tumba. Nunca dio una entrevista, y parece ser que tampoco hablaba demasiado… todo lo que se sabe sobre él o sobre las canciones que grabó, unas 29, es información de segunda mano… tierra fértil para crear mitos.

Esta aplicación del mito de Fausto sobre Robert Johnson viene de otro bluesman antiguo, no tan conocido como él, Son House, que en muchas entrevistas que le hicieron en los años 60 contaba que conoció a Johnson en 1930, cuando el chico, que asistía a una de sus actuaciones, le dijo que era un fan suyo y que, por favor, le dejase acompañarle con su guitarra en alguno de sus blues. House accedió, pero se arrepintió enseguida, echándole casi a patadas del escenario, porque aquella guitarra sonaba del carajo de mal.

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Son House – “County farm blues”

Un año después House volvió a encontrar a Johnson en otro bar, pidiéndole lo mismo, y contra todo buen juicio (House estaría mamado o fumado) le dio una segunda oportunidad… Lo que oyeron esta vez dejó a todos sorprendidos y con la boca abierta… Tio!! Era bueníiiiisimo…. Y a House no se le ocurrió que el chico podía haberse pasado el año aprendiendo y ensayando; en aquellas tierras de la América Profunda era más obvia la explicación de que Johnson había hecho un trato con Satán, Príncipe de las Tinieblas: “Ha vendido su alma al diablo para poder tocar así”… y además, los titulitos de las canciones: “Hellbound on my Trail”, “Me and the Devil Blues”… la leyenda se asentó…

¿O no fue una leyenda, después de todo? Al fin y al cabo, era muy joven cuando el marido celoso vertió la estricnina en su vaso… ¿el Diablo exigió su pago cuando indicaba el contrato que firmaron en el Cruce…? Johnson tenía 27 años. ¿Es solo coincidencia que también muriesen a esa edad Johnny Kidd… Jimi Hendrix… Brian Jones… Jim Morrison… Janis Joplin… Peter Ham… Les Harvey… Karen Carpenter… Paul Kossoff… Nick Drake… Kurt Cobain… Tim Buckley…………?

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Robert Johnson – “Crossroads blues”