LA VOIX QUI SCINTILLE

Hoy nos vamos a ocupar de una de las grandes voces de finales de los años ’60 y primeros ‘70, totalmente desconocida para la gran mayoría de los aficionados al rock, en parte por el paso del tiempo, en parte también porque ella misma fue perdiendo su magia por el camino, y sobre todo porque cantaba, absoluta y ferozmente, en francés.

De ella se dijo que era la voz más singular del rock francés. CATHERINE RIBEIRO cantaba con el gusto y con el dolor de Edith Piaf, de una forma capaz de inducirte un trance, mientras Alpes, el fluctuante grupo que la respaldaba, desarrollaba un sonido Krautrock tintado de folk francés, que no desmerecía de los propios maestros alemanes a la hora de romper y remodelar los límites electrónicos y acústicos.

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“Silen voy Kathy”

Catherine todavía vive, aunque ya está totalmente retirada de la música, y en realidad, retirada de la vida, ya que desde la muerte de su marido, ocurrida el verano del año pasado, está recluída en su casa de los Pirineos, totalmente ajena al mundo que la rodea.

Nació en 1.941 en Lyon, hija de una matrimonio de emigrantes portugueses, en plena Segunda Guerra Mundial, por lo que durante su dura niñez se vio muchas veces confinada en pequeños y oscuros sótanos cuando su ciudad era bombardeada. Mientras los obuses que caían del cielo truncaban los edificios de su alrededor, también rompieron algo en el interior de su cabeza, lo que le llevó a seguir soportando confinamientos durante su adolescencia, esta vez en sórdidas salas de hospitales psiquiátricos.

Con 17 años se trasladó a París huyendo de los malos recuerdos y de un futuro como trabajadora siderúrgica si seguía los pasos de sus padres. Allí en la capital comenzó a estudiar arte dramático, y su parecido a Anna Magnani le reportó muy pronto buenos papeles cinematográficos. Y de forma paralela comenzó a grabar singles, que también la establecieron como una de las bellezas ye-yé del pop francés tan celebradas por la mítica revista “Salut les copains”.

Fue durante el rodaje de una de esas películas, “Los carabineros”, de Jean-Luc Goddard, cuando Catherine entabló amistad con otro de los actores principales, Patrice Moullet, al que llamaron la atención los poemas inéditos que ella escribía, muchísimo más intensos que los que llevaba a sus canciones. Fue Patrice quien pocos años después la liberó del peligroso y superficial mundillo del showbizz francés, convirtiéndose en el hombre que escribía la música que acompañaría la prosa de Catherine.

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“Sîrba”

Y Catherine no solo se liberó físicamente de aquel vano mundo, sino también mentalmente, ya que su vida se estaba convirtiendo en un profundo tormento que le llevó a un intento de suicidio durante la primavera del 1.968, probablemente tras mirar lo que estaba haciendo con su vida en comparación con todos aquellos otros que estaban cambiando el mundo desde las barricadas de París. De la sala del hospital renació una nueva Catherine extremadamente productiva y repleta de febril riqueza creativa.

Patrice Moullet congregó a un grupo de músicos, a los que puso el nombre de 2Bis, igual que el número de la calle que ocupaba el enorme cobertizo que le compró a un amigo para convertirlo en una comuna, en la que instaló también un estudio musical. Día y noche organizaban allí sesiones de improvisación con Alain Aldag en las percusiones, Bernard Pinon en los metales y el propio Patrice con una guitarra de 24 cuerdas. Grabaron kilómetros y kilómetros de cinta magnetofónica, de la que extrajeron los mejores momentos para convertirlos en canciones.

Aunque durante el mayo francés los miembros de la comuna no se mezclaron físicamente con los alborotadores, lo que terminó de incendiar la atormentada psique de Catherine, mentalmente sí que compartían las mismas posturas filosóficas; la clave era rechazar el conservadurismo tan anclado en el país, y eso se reflejaba en la turbulenta espontaneidad de la música que creaban. Y Catherine, una ave fénix convertida en cantante, contrapunteaba aquellos sonidos con unas canciones acústicas llenas de identificables influencias de los fados que llevaba en sus genes. Patrice, inspirado por el “A sauceful of secrets” de Pink Floyd, por Jimi Hendrix y por Tangerine Dream, añadía sus propias sintonías a través de dos instrumentos inventados, el cosmophone, que era una especie de lira eléctrica con 18 cuerdas que se podían tocar con las manos o con un arco; y el percuphone manual electromecánico, que era un chisme de dos metros de largo, con cuerdas de bajo.

Después de que la discográfica Vogue les rechazase les tomó bajo su protección Claude Déjacques, que era el productor de Serge Gainsbourg, y en su sello Festival editaron su primer disco, “Catherine Ribeiro + 2Bis”.

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“La solitude”

Este disco fue toda una catarsis para Catherine, a la que desde el sello discográfico intentaron lanzar como la Nico francesa. Pero se equivocaban totalmente, Catherine era más como un cruce entre Joan Baez y Janis Joplin. Era muy reflexiva en sus canciones, pero también sabía cuándo gritar.

Con el inicio de la década de los ’70 el grupo 2Bis se convirtió en Alpes, que era un nombre perfecto para esa música que hacían llena de picos, de majestuosidad, directa a las alturas. Y a esas alturas llegaron también cuando fueron invitados a participar junto a Leonard Cohen y Johnny Winter en el Concert Pop Music Festival de Aix-en-Provence, ante 75.000 personas, lo que les dio pie para componer “15 Août 1970”, una de las mejores piezas de la obra estelar de Alpes, el nuevo disco, llamado sin grandes alardes “Nº 2”.

Este segundo disco de Catherine con su grupo contenía aún algunas canciones con ese estilo casi de fado del primero, que contrastaban con otras extraordinariamente góticas, y eran un fantástico marco para la pieza central, “Poème non-epique”, improvisado durante el festival de Aix y reesculpido posteriormente en el estudio casero con el nuevo miembro del grupo, Denis Cohen, que aportaba los sonidos de un órgano Farfisa y muchos tam-tams. La música es agitada, va a toda velocidad, magnífica; y sobre ella entra Catherine como una banshee, para progresivamente ir subiendo hasta perder por completo los papeles… ¿estamos escuchando aquí a una joven Diamanda Galas…?

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“Poème non-epique”

Catherine tenía toda la alquimia y la poesía que la música necesitaba, imágenes introvertidas, muchas veces excepcionalmente imaginativas y conectadas a las realidades contemporáneas. El tono era, obviamente, de protesta, de desasosiego interior con la crueldad de las desigualdades sociales. Y eso fue lo que hizo que la descubriesen rapidamente los partidos políticos de izquierdas. François Miterrand hacía gala de su asistencia a los conciertos de Alpes antes de las elecciones de 1.974.

Del disco solamente se vendieron unas 10.000 copias y Catherine y la banda todavía editaron cinco más, a menudo con piezas sublimes, en los que fueron refinando y expandiendo su estilo. Pero a medida que ella se iba envolviendo más con la política de izquierdas, iba perdiendo la química literaria que la hacía grande.

El grupo como tal se disolvió en 1.982, con un concierto justo en el primer aniversario de la elección de Miterrand como presidente de la república, y con Catherine asediada en el backstage por un montón de oportunistas buscando que les favoreciese en sus intereses políticos.

Después de dos discos a su nombre, en los que rindió tributo con mucho éxito a Edith Piaf y a Jacques Prévert, Catherine Ribeiro pasó a ser ya una fuerza consumida, más aún cuando su ánimo se derrumbaba cada vez que chocaba contra los hábitos de su hija Ioanna, convertida en una junkie. Todavía hubo una reunión de ella y Alpes en el 2.005, de muy corta duración porque no levantó expectación alguna, y el grupo, sin ella, continúa todavía hoy como una entidad instrumental multimedia. Pero nunca llegaron a sonar tan revolucionarios como en aquel tiempo en que engendraron sus primeros discos, y la discográfica que los publicaba les ponía un sello advirtiendo que “las letras de estas canciones muestran solo y únicamente los puntos de vista de los músicos”, distanciándose así de las incendiarias diatribas de Catherine. Esta falta de compromiso de su compañía hacia ellos era en realidad el mayor cumplido que podían hacerle a una mujer y a una banda, que durante un puñado de años estuvieron en la vanguardia de la contra-cultura francesa.

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“Paix”

Paz al que grita porque lo ve claro.
Paz a nuestros espíritus enfermos, a nuestros corazones estallados.
Paz a nuestros miembros cansados, desgarrados.
Paz a nuestras generaciones degeneradas.
Paz a las grandes confusiones de la miseria.
Paz al que busca, golpeándose la cabeza
contra paredes de hormigón.

Paz a la furia del hombre que tiene hambre.
Paz al niño que acaba de nacer.
Paz al odio, a la rabia de los oprimidos.
Paz al que trabaja con sus manos.
Paz a esta naturaleza que siempre
nos ha dado la mejor de sí misma,
y que cada hombre, sea quien sea, necesita.

Paz a nuestros estómagos, grandes depósitos de basuras académicas.
Paz a vosotros, mis amigos, de los que necesito vuestra ternura.
Paz y respeto a la vida de todos.
Paz a la fascinación por el fuego.
Paz al amanecer del día, a la caída de la noche.
Paz al que marcha por los caminos
hasta el horizonte infinito.

Paz al caballo de labor.
Paz a las almas mal nacidas que dan a luz pesadillas.
Paz a los ríos, a los mares, a los océanos que asisten al parto
de peces relucientes de gasoil.
Paz a ti, madre, porque tu mueca de dolor
se borra cerca de tus hijos.
Paz, al fin, al que no ha hecho más que pasarse
toda su vida trabajando, esperando tiempos mejores.

RUN FOR YOUR LIFE

Su nombre era Henry, pero todos le llamaban Hank. Vivía en un pequeño apartamento de Arlington, en Washington, desde el que tenía que ir todos los días a trabajar en la heladería local de Häagen-Dazs. Él era el encargado del negocio, y entre unas 40 y 60 horas a la semana las pasaba haciendo ingresos en el banco, comprando material, firmando, inventariando, echando bolas de helado en los vasos de plástico…

Para divertirse, estaba en una banda de rock. Una banda sin pretensiones de ningún tipo, nada destacable musicalmente hablando. Solo cuatro tíos que lo pasaban bien haciendo sonar a tope sus amplis.

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Black Flag – “Nervous breakdown”

Un día, uno de esos chavales se presentó en la sala de ensayos con una copia de un EP de los BLACK FLAG, el “Nervous breakdown”, para que los demás se lo aprendiesen. Ellos tocaban de todo, y aquella música le pareció a Hank muy heavy ya desde la portada, en la que aparecía un tipo, de espaldas a la pared, enfrentádose con sus puños desnudos a otro que le atacaba con una silla… Hank se sentía como ése del disco, enfrentándose con sus puños desnudos a la vida.

Black Flag se convirtieron enseguida en su banda favorita. Las historias de sus conciertos en Los Angeles eran legendarias aquí, en el otro lado de los USA; y además tenían su propia compañía discográfica, llamada SST, en la que no editaban mierdas de ninguna clase.

Así que en cuanto se enteró de que los Black Flag venían de gira a la Costa Este no pudo esperar para ir a verlos a que viniesen más cerca de su casa, e intentó convencer a los demás de su grupo para irse al concierto de New York, aunque tuviesen que conducir durante mucho tiempo. Solo aceptó ir con él su mejor amigo, Ian, el batería.

Pero mereció la pena. Hank nunca se había sentido tan excitado como cuando los Flag salieron al escenario. Chuck Dokowski se empezó a mover en círculos, machacando su bajo, y metiendo más ruido con él que toda la puta audiencia del concierto. Todavía no habían empezado a tocar siquiera y aquello ya era como un trip de ácido. Comenzaron el show con “I’ve heard it before” y la sala entera estalló. Todas sus canciones eran bruscas y te aplastaban; estallidos cortos de una intensidad increíble. Hank nunca había oído a nadie tocar de esa forma… era como si todos los miembros del grupo estuviesen intentando romperse en pedazos a sí mismos con la música… era lo más poderoso que había oído jamás. No había ni un segundo de desperdicio, las canciones no tenían ni una migaja de relleno. El empuje de la música y la forma de tocarla eran perturbadoras. Hank se preguntaba de qué planeta habían salido estos tíos… y él también quería irse allí inmediatamente…

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Black Flag – “I’ve heard it before”

Después del concierto Ian y él estuvieron un rato con los Black Flag, que se enrollaron muy bien con ellos. Para Hank aquello significó mucho; crecieron su admiración y su respeto.

Cuando tocaron cerca de donde ellos vivían volvieron a ir a verlos. Y de nuevo Hank quedó encantado. Esta vez incluso más aún, porque los Flag hicieron dos pases, con bastantes diferencias entre uno y otro, por lo que pudo escuchar muchísimas de sus canciones. Y después del concierto también estuvieron con ellos, y como ya se conocían y había más confianza estuvieron llevándoles de copas por los garitos de la ciudad. Al final incluso fueron todos a parar a la casa de Ian a tomar la última copa. Desde allí Hank les vió marcharse, ya por la mañana, en su furgoneta, calle arríba, sitiendo deseos de estar él también allí dentro. Le había sorprendido como unos músicos bastante conocidos ya, iban a los sitios, tocaban, salían después de marcha con la gente de la ciudad y después se iban, a vivir su próxima aventura. Y él tenía que irse a trabajar.

Mientras iba andando por las calles que le separaban de unas largas horas en su puesto de trabajo, Hank comenzó a sentirse cada vez más deprimido. Los Black Flag eran un puñado de tíos que sabían apañárselas y estaban viviendo la vida que les gustaba. Vale que no tenían sueldos fijos y vivían como perros, pero estaban disfrutando de su vida echándole más cojones de los que Hank nunca se hubo atrevido. Él sí que tenía un sueldo fijo, y un apartamento, y algunos ahorros en el banco. Pero tenía también un curro de mierda en el que le gritaban cuando las cosas no iban bien. Y él tenía que estarse allí todo el tiempo, viendo las mismas calles y las mismas caras de la misma gente día tras día. Se pasaba trabajando la mayor parte de las horas en las que no estaba durmiendo.

Después de haber pasado este tiempo con los Black Flag, Hank se dio cuenta de que en el mundo había más cosas para ver y hacer de las que creía, y él nunca iba a hacer ninguna de ellas. Ese día en el trabajo, toda su vida le pareció insignificante. Se sintió cada vez peor, tenía un ataque de pánico, de ansiedad… deseaba poder abrir más los ojos y verlo todo más claramente. Toda su vida comenzó a pasar ante sus ojos en esos instantes: la misma ciudad, la misma gente… la misma puta mierda de siempre. Se sintió atado, como vencido por la vida. Los Flag sí que tenían huevos; la forma en que ellos vivían chocaba contra todo lo que Hank pensaba que era lo correcto. Su padre hubiese querido que se enrolara en el ejercito, y después de licenciarse que se hubiera enfrentado al mundo sin una sola queja, pero aunque Hank no dijese que ésa era una mala forma de vivir, no era para él.

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Black Flag – “Louie Louie”

Cuando estuvo de copas con Black Flag, su bajista, Chuck, le había dado una cinta con música de ellos que todavía no habían editado… “Damaged I”, “Police story”, “No More” y su versión del “Louie Louie”. Hank amaba y odiaba a la vez esa cinta. La amaba porque las canciones eran grandiosas y sus letras decían todo lo que él sentía. Y la odiaba porque él quería ser cantante. Dez, que era el cantante entonces de los Black Flag, era un tío grande, pero Hank se imaginaba a sí mismo frente a su micrófono.

Black Flag volvieron a la Costa Este poco antes del verano. Esta vez solo fue Hank a New York a verlos. Llegó pronto y les buscó por el backstage, y estuvo con ellos todo el tiempo desde entonces. Su actuación volvió a ser genial. Después del concierto se fue con la banda a un pequeño club a celebrarlo y a tocar un poco más.

Cuando ya estaba casi saliendo el sol Hank pensó que era hora de marcharse. De aquí a seis horas tenía que empezar a trabajar, y todavía tenía que hacer cinco horas de coche hasta su ciudad. Así que fue al escenario y le pidió a los Flag que tocasen “Clocked in” para despedirse de él. Dez dijo desde el micro: “Esto es “Clocked In”. Va para Hank, que tiene que irse ya a currar”.

Hank miró a Dez, y luego miró al micrófono… y le pareció que le llamaba. Subió al escenario y cantó la canción. No sabe qué fuerza le obligó a hacerlo. Pero fue divertido y a Dez no pareció importarle.

Cuando dejó el club condujo hasta su casa de un tirón. Se fue al trabajo sin haber dormido nada. No lo necesitaba. Todavía estaba alucinado por haber cantado con Black Flag. El tío…! Había estado en un escenario y había tenido una prueba de cómo era eso de cantar en una banda de rock, y era fantástico…!

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Black Flag – “Clocked in”

Días después, Hank recibió una llamada en su trabajo. Era Dez. La banda estaba todavía en New York, tomándose unos días de descanso, y querían saber si Hank podía ir y cantar un poco con ellos. Hank no comprendía bien qué significaba aquello, pero eran los Flag quienes le llamaban, así que él dio un salto para acudir. Cuando estaba en su apartamento llamó a su amigo Ian y le dijo que le parecía que los Flag querían hacerle una audición. Y su compañero de apartamento, al verle prepararse algo de equipaje, le preguntó también a donde iba. Le dijo que iba a New York, porque creía que los Black Flag le habían dicho que se uniese a ellos. Su compañero pensó que le estaba vacilando. Y en realidad sonaba a eso.

Se fue andando hasta la estación de trenes, porque si podía ir flotando para qué coger un taxi… después tenía un largo trayecto en el tren en el que podría serenarse y pensar en todo esto. Pensó que mejor no tener demasiadas esperanzas. Y enseguida se quedó dormido.

La mañana siguiente, cuando desayunaba en un restaurante del East Village con los de Black Flag, les preguntó de qué iba todo esto. Greg le dijo que Dez quería pasar a tocar la guitarra y estaban buscando un cantante para que pudiese hacerlo. ¿Lo quería intentar él? Hank no daba crédito a lo que escuchaba.

Desde allí se fueron a un local de ensayo que habían alquilado. Todo fue tan repentino… de pronto, allí estaba Hank, con un micrófono en la mano, al frente de los Black Flag. Greg le preguntó qué canción quería cantar primero. Hank pensaba que estaba soñando. Durante un segundo pensó que ahora se despertaría y no sería verdad que estaba allí.

Les dijo que “Police story”… y fue como si hubiese apretado el botón de ignición de alguna maquina feroz. Toda la banda que estaba tras él dio una sacudida hacia delante y Hank escuchó el clásico acople de Ginn, y de pronto se sintió inmerso en la canción.

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Black Flag – “Police story”

Tocaron todas las canciones de Black Flag. Las palabras que Hank se sabía, las cantaba; las que no se sabía, se las inventaba. Hicieron dos sets. Al final se quedaron todos mirándose unos a otros. Luego los de la banda salieron de la sala y Hank se sentó en el suelo, en un rincón, a esperarlos.

Cuando volvieron, Chuck le dijo: “¿Bueno…?”. Hank respondió: “¿Bueno… qué?”. La respuesta que escuchó fue: “Bueno… ¿te vas a unir a nosotros, o no?” ¡Hank estaba dentro! Se había metido en Black Flag… era el puto amo!!

En el tren de vuelta a su casa se tiró todo el camino aprendiéndose las letras que los Flag le habían dado para que se las estudiase. Eran todas las canciones que después formarían parte del disco “Damaged”“Padded cell”, “Damaged II”, “Rise above”… eran fortísimas. Estaba tan absorto que ni se dio cuenta de que había llegado al DC.

En el siguiente par de días hizo todo su equipaje, dejó el trabajo, vendió el coche y dejó Washington. No tenía ni idea de qué iba a pasar desde ahora; pero era lo que él quería, así que, a por ello… lo peor de todo fue decirle a su jefe que se iba. El tío hasta le ofreció más pasta, pero Hank le dijo que no era cuestión de dinero. Le dijo que ya no le interesaba seguir y que no sabía cómo le iba a ir por ahí, pero que se iba de todos modos. El jefe le dijo que estaba loco, y que seguro que en un par o tres de meses volvía pidiéndole de nuevo el trabajo; se ensañó duramente con él, e incluso le hizo dudar. Pero afortunadamente para Hank su amigo Ian le respaldó sin condiciones y le dijo que sabía que iba a hacer algo grande, y que siguiese adelante con su sueño. Él le dio el empujón extra que necesitaba para salir por la puerta. Ian le llevó a la estación de autobuses y le deseó suerte.

Y Hank salió de su ciudad como los presos que salen de la cárcel.

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Black Flag – “Rise above”
(Ya con la voz de HENRY ROLLINS)

SONIDOS DEL FUTURO PASADO

Si preguntamos entre el variado elenco de lectores de este blog sobre quien fue el primer músico en hacer rock electrónico es posible que, por ejemplo, Maese Rancio nos diejese que Rick Wakeman, o que, también por ejemplo, Vidal se refiriese a Brian Eno. Sin embargo, en los días en que Rick Wakeman se limitaba estrictamente a aporrear pianos y órganos y Brian Eno todavía estaba en la escuela de arte, ya había una banda de tipos raritos, bastante zarrapastrosos, que habían creado un disco de rock electrónico, uniendo la psicodelia con la tecnología más primitiva de los sintetizadores. De hecho, ellos fueron los primeros en grabar y salir de gira usando sintetizadores.

Eran americanos, de Denver, y se llamaban LOTHAR AND THE HAND PEOPLE. Y cuando editaron su disco allá por 1.968 no es que se comiesen el mundo, pero consiguieron llamar la atención de bastante gente. Y además duraron muy poco; se separaron en 1.970 y desde entonces nunca llegaron a disfrutar del mismo nivel de reconocimiento póstumo de otros coetáneos suyos como los Silver Apples o The United States of America, a pesar de su importante lugar en la vanguardia de la synth-psych de los ’60.

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“Paul in love”

El cantante de la banda se llamaba John Emelin, y la formó en 1.965. Al principio eran un grupo de rock and roll con sonido relativamente convencional, pero en cuanto Emelin se hizo con un theremin y lo incorporó a los conciertos, comenzaron a dar un giro hacia territorios más freakies. El theremin es un instrumento electrónico muy autónomo, que parece una caja, y que es conocido sobre todo por producir ese sonido que sobrevuela por el “Good vibrations” de los Beach Boys, y esos sonidos que parecen de otro mundo de las películas de ciencia ficción de los años ’50. Se controla por la proximidad del intérprete a la antena que tiene, por lo que es muy vistosa y teatral la forma de tocarlo gesticulando a su alrededor. Emelin sabía sacarle partido visual y musical.

En 1.966 la banda se trasladó a New York, donde además de tener la oportunidad de tocar en los clubs del Greenwich Village, junto al guitarrista Jimmy James (más conocido después con el apellido de Hendrix) consiguieron un contrato discográfico. Posiblemente en estos días fue cuando el destino les jugó un par de malas pasadas que quizás fueron las que les convirtieron en eternos desconocidos. Sus conciertos con Hendrix habían llegado a oídos de Chas Chandler, el músico de los Animals que también se dedicaba a ejercer de empresario musical, y decidió ir a escucharlos con vistas a un contrato. El caso es que llegó tarde y se perdió la actuación de Lothar and the Hand People, y aunque les prometió quedarse para verlos cuando volviesen a tocar más tarde, lo cierto es que en cuanto vió a Jimi Hendrix se le olvidó todo y se quedó con él para llevarlo a Inglaterra y cambiar la historia del rock.

A nuestros amigos no les importó demasiado porque tenían más contactos discográficos: Ahmet Ertegun estaba interesado en ellos para Atlantic Records; también les cortejaban desde Columbia y desde Elektra… con tanto donde elegir, pasaron tanto tiempo pensándoselo que cuando por fin elegieron a ésta última discográfica sus cazatalentos ya habían firmado otro contrato por el que utilizarían los medios y los fondos de los que disponían para respaldar la naciente carrera discográfica de los Doors.

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“Rose colored glasses”

Así que terminaron en Capitol Records, a la que eligieron como segunda opción sobre todo porque era la compañía que editaba en los USA los discos de los Beatles, y este sello les permitió editar varios singles entre el ’66 y el ’67. Ninguno de ellos entró siquiera en las listas de éxitos, pero algo vería la discográfica en ellos cuando les financiaron un LP con 8.000 dólares, que entonces no era una cantidad nada despreciable. Y además intentaron contratar a Morton Subotnick, un conocido compositor electrónico, para que se encargase de la producción. Pero parece que éste no veía nada claro el asunto y declinó la oferta. Y entonces la banda eligió a Bob Margouleff para que supervisase las sesiones de grabación. En aquellos años Bob era todavía un desconocido, pero con la entrada de los años ’70 se dio a conocer bastante más con el grupo electrónico Tonto’s Expanding Head Band, y sobre todo porque fue el consultor de sonidos de los Moog en todos los discos que Stevie Wonder fue editando en esa década. Y es que Bob Margouleff estuvo asociado con el propio Robert Moog, inventor de este sintetizador, y en aquel tiempo era uno de los poquísimos músicos que poseían un sintetizador modular de esta marca.

Con todo el equipo y la guía de Bob a su disposición, Lothar and The Hand People dieron vía libre a su imaginación, demostrando una gran habilidad para confeccionar música electro-psicodélica. Mirándolo ahora, con la perspectiva del tiempo, uno de los instrumentos que podían tener en su arsenal era el “crystal ball”, porque la canción que abre el disco, “Machines”, suena como un producto típico de la new wave… una década antes de que ésta surgiera. Era una canción de Manfred Mann que había escrito Mort Shuman (al que recordarás como socio de Doc Pomus en la composición de muchos clásicos, como por ejemplo el de Elvis que sirvió de base para el “Betis” de Silvio), y que los tipos éstos de Lothar rellenaron de imaginería futurista, sonidos de ciencia ficción y rollos robóticos similares a los que hicieron famosos a gente como Devo y Gary Numan a finales de los ’70.

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“Machines”

El resto de los miembros de Lothar and The Hand People, además de John Emelin, eran el guitarrista Kim King, el bajista Rusty Ford, el batería Tom Flye y Paul Conly, éste último un multi-instrumentista visionario que se empeñaba en llenar todos los temas de una percusión que sonaba muy mecánica, y que sacaba de un instrumento casero de su invención, que consistía en una escalera de mano de la que hacía colgar tuercas, pernos, cadenas y cosas de ésas, que producían unos sonidos muy singulares cuando golpeaban los escalones con baquetas…

Leyéndolo así podría parecer que su música sería una especie de incursión futurista extraña, sin embargo sus canciones eran accesibles joyitas de pop-rock que no hubiesen sonado fuera de lugar en los discos de Lovin’ Spoonful, uno de los grupos conocidos con los que compartieron conciertos. A este distópico “Machines” le seguían composiciones de estilos diferentes, con guitarras acústicas y de steel, a lo Flying Burrito Brothers, clavicordios, cintas grabadas y reproducidas marcha atrás al estilo de los Beatles… todo arropado por el ulular del theremin.

Os reproduzco otro intenso momento de mágica belleza, como es “Milkweed love”, un viaje sónico interestelar dominado por esos pomposos glisandos de Moog que los “maestros” del rock progresivo monopolizaron años más tarde.

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“Milkweed love”

Pero a pesar de su habilidad para lograr tales alturas emocionales, Lothar and The Hand People en el fondo eran un puñado de tíos cachondos, capaces de grabar versiones bobitas de piezas como la sintonía de los dibujitos animados del “Pájaro loco”. Lo que les importaba era divertirse con el rock’n’roll todo lo posible, y en vez de grandes e hinchados acordes, sacaban muchos pequeñitos, algunos bastante feos hechos a conciencia, y los rellenaban de forma satírica, como en una canción en la que en su letra solamente empleaban las palabras “sexo” y “violencia”. Aunque ya has visto que si se ponían a ello podían conseguir kaleidoscópios muy cambiantes de ráfagas de sintetizador, efectos electrónicos muy buenos y atmósferas extraterrestres. Fueron también pioneros en eso de cortar-y-pegar fragmentos de sonidos y manipular cintas, como demuestra éste “It comes on anyhow” que los Chemical Brothers samplearon en su “It doesn’t matter” de 1.997 (lo que le supuso a los componentes de Lothar unos ingresos por royalties superiores a los conseguidos con todo el resto de su producción), y que aquí, más de treinta años antes, en manos de Lothar and The Hand People suena como si Stockhausen hubiese sido un componente más de Pink Floyd cuando grabaron el “Ummagumma”.

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“It comes on anyhow”

Una música expresiva todavía hoy, a pesar de estar hecha simplemente a base de osciladores… porque eso es lo que ocurre cuando la música electrónica sale de la cabeza de un tipo romántico e impresionista como Paul Conley, al que nunca emocionaron mucho las obras de los maestros de la electrónica como Otto Luening o el ya mencionado Subotnick, pero que amaba las texturas de los sonidos.

Su música, no obstante, apenas obtuvo reconocimiento crítico ni comercial, por lo que tanto este primer disco, “Presenting… Lothar and The Hand People”, como el segundo, que grabaron apenas un año más tarde, “Space Hymn”, se descatalogaron rápidamente sin apenas haber vendido unos centenares de copias. Esta indiferencia del público, unida al descontento de la banda con la distribución de los discos y a que las exigencias de su manager hacían que ya tampoco les contratasen apenas para dar conciertos, les llevó a la separación.

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“Woody Woodpecker”

De una u otra forma todos siguieron después vinculados a la música; el batería Tom Flye se convirtió en ingeniero de sonido, participando en algunos discos de los Grateful Dead y en la grabación del festival de Woodstock; el guitarrista Kim King ayudó a Hendrix a construir sus estudios de Electric Ladyland; el bajista Rusty Ford se dedicó a producir música para anuncios de televisión; y Conly y Emelin se decantaron por el country, asociándose en algunas empresas entre las que figuraba una de videos musicales bastantes años antes de que estos fuesen lo rentables que después llegaron a ser. Ellos dos han seguido juntos casi toda la vida, llegando incluso a vivir las dos familias en la misma casa, sin dejar de escribir canciones mientras vendían comida vegetariana.

Casi toda la música que editaron fue compuesta por ellos mismos, pero entre sus alucinantes suites cacofónicas y sus viñetas oníricas futuristas dejaron algunas versiones que bien podían pasar por composiciones propias al recibir su tratamiento… ¿el “Bye bye love” de los Everly Brothers con sintetizador? Eso podría ser un ejemplo; pero mejor los despedimos con éste otro clásico que tendría que haber servido para que a Phil Collins se le cayese la cara de vergüenza antes de elegir su último single.

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“Heat wave”

TREINTA Y SIETE AÑOS CON MARIO

Que a un jovencito de dieciséis años, reprimido sexual y aspirante a universitario en la España franquista de finales de 1.973, le hablen de un libro que trata sobre un batallón de putas, descrito con pelos y señales, en las profundidades de la selva amazónica, es como un anzuelo que no tiene más remedio que morder.

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Marvin Gaye – “Let’s get it on” (Otoño del ’73)

Y como ese jovencito era yo, pues eso es lo que hice. Así que le pedí a los Reyes Magos el libro de “Pantaleón y las visitadoras” y quedé atrapado en el mundo de MARIO VARGAS LLOSA y la literatura comprometida para siempre jamás. Y en realidad no fue solo por los divertidos y tragicómicos episodios descritos en torno a las fatiguitas de Panta y su tropa de meretrices, sino sobre todo por el extremismo del hermano Francisco y sus iluminados Hermanos del Arca, que crucifican a un bebé, beatificado popularmente en una exaltación religiosa y mística en la que sucumbre incluso la propia madre de Panta. Después, al ver la película protagonizada por José Sacristán, me decepcionó que toda esta parte quedase fuera de la acción. La corrupción de los medios de comunicación, el lavado de cerebro de una secta religiosa…

Aquél fue un año muy convulso para mí. Hasta ahora, la parte más importante de mi vida estudiantil la había pasado en el Instituto Martinez Montañés, y ahora debía comenzar el COU. Pero los pocos ingresos familiares que teníamos hacían también necesario que comenzase a trabajar. En aquella época no era tan difícil como ahora encontrar un empleo, y yo tuve suerte en el primero que busqué. Tras un examen bastante fácil en las oficinas que tenían en la Encarnación y una entrevista con el Sr. Bustamante, jefe de personal, en la central de la Avenida, conseguí entrar en El Corte Inglés como recepcionista de mercancías en los enormes almacenes de la Carretera Su Eminencia.

El Corte Inglés tenía una academia para que sus empleados más jovenes pudiesen estudiar el bachiller por las noches, y eso fue lo que me movió principalmente a buscar trabajo en esa empresa… para, una vez dentro, descubrir que ese mismo verano habían dejado de impartir clases de COU en su academia. Así que después de solamente un mes tuve que cambiar mi fantástico trabajo, en el que ganaba la enorme cantidad de 4.500 pesetas mensuales (los auxiliares administrativos y los vendedores primerizos se quedaban más o menos en las 3.000), por otro solamente de algunas horas vespertinas ocupándome de los albaranes de la mercancías que entraban y salían de los almacenes. Mis ingresos menguaron así más de la mitad, pero podía seguir estudiando. Aquello tampoco duró mucho, antes de Navidad ya lo había dejado gracias a una mejora laboral de mi padre y, sobre todo, gracias a la bondadosa asistente social que nos visitó un poco antes de eso y escribió un informe lo suficientemente favorable sobre nosotros como para que nos concediesen una Ayuda Familiar de 12.000 pesetas… aquella fue una de las mejores navidades de mi familia.

Pero el caso es que al pasar a finales de agosto a trabajar y no poder estudiar por la noche con la empresa me encontré con un grave problema: en el Martinez Montañés había perdido mi plaza y no me dejaban matricularme para COU. Perdí demasiado tiempo intentando entrar en el Bécquer, el único instituto en que por entonces se podía estudiar de forma nocturna, y lo que conseguí fue que me denegaran plaza en los dos. Afortunadamente pude conseguirla in extremis en el Fernado de Herrera… que me pillaba lejísimos del Polígono (en la otra punta de Sevilla) y del trabajo, y en el que no estarían los amigos que había hecho durante los años anteriores. Conviene recordar que en aquellos años en nuestra ciudad solamente había siete institutos; cuatro masculinos: Fernando de Herrera, Martinez Montañés, San Isidoro y Bécquer; y tres femeninos: Velázquez, Murillo (…ay! las chicas guerrilleras del Murillo!) y Luca de Tena.

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Rolling Stones – “Angie” (Navidad del ’73)

De todos esos amigos que ahora me quedaban lejos, el mejor era Manolo Franco, hijo y nieto de algunos de los más famosos capataces de la Semana Santa sevillana, que me enseñó muchas claves para comprender ésta desde sus puntos antropológicos y estéticos, y con el que nunca perdí el contacto, hasta el punto de que con el paso de los años se convirtió en el prestigioso arquitecto que me construyó la casa donde ahora vivo, en la que consiguió hacer realidad su sueño de que hubiese en Sevilla un edificio privado singular con una cubierta de cobre tal como tenían la torre de la RENFE de Torneo, el edificio del Barranco o el Pabellón de la Navegación de la Expo…pero me estoy yendo por las ramas, aunque he introducido a mi amigo Manolo porque juega un papel importante en el resto de este texto.

Volviendo a “Pantaleón y las visitadoras”, es posible que toda la parte en que se describía la secta de los Hermanos del Arca me llegase de una forma tan fácil porque me recordaba en muchos aspectos al proselitismo que por entonces hacía el Opus Dei con cualquier jovencito que le pillase a mano. Y yo también fui uno de esos jovencitos.

Y aunque nunca sucumbí a sus “tentaciones”, el caso es que muchas de ellas fueron lo suficientemente atrayentes como para disfrutarlas, aunque a cambio tuviese que padecer algunas veces su activismo religioso. Y es que ellos tenían los mejores pisos de reuniones, las mejores y más surtidas salas de lectura, las actividades al aire libre más divertidas (siempre dentro de un orden moral, claro está…) y, lo que a mí más me interesaba, las mejores colecciones de discos y los mejores campos de fútbol de Sevilla. ¿Os podréis creer que yo descubrí la música de Yoko Ono en un piso del Opus en Amate? Y era un placer disfrutar de las instalaciones deportivas de Altair, aún sin ser alumno de allí, aunque tuviese que contener la risa cuando el árbitro paraba los partidos de fútbol de los sábados a las doce de la mañana… para ponernos a todos en grupo a rezar el ángelus.

Todo aquello lo conocía porque uno de los amiguetes de mi calle, el Alfonso (del que, por cierto, la historia de su familia daría para una buena novela), se metió no sé cómo en eso del Opus, y le acompañé muchas veces. Los chavales que pululaban por allí, aunque totalmente conversos a la doctrina, eran buena gente y se enrollaban bien conmigo. A bastantes de ellos les he visto de mayores en buenos puestos y cargos… el que me dejaba los discos fue hasta no hace mucho director de la prisión sevillana, el que me enseñó los acordes de “Smoke on the water” me vendió libros (con buenas rebajas) muchas veces en la librería que tenía “la Obra” en Méndez Nuñez…

Pero su proselitismo era muy light y nunca lograron convencerme para hacerme un miembro de carnet. Sus conatos eran solo una pequeña molestia al lado de los buenos ratos que pasé con ellos. Cuando la presión comenzó a ser insoportable fue al entrar en el Fernando de Herrera. Este instituto estaba situado en una zona de gran influencia del Opus, rodeado de residencias y colegios mayores llenos de cachorros para los que la palabra de Monseñor Escrivá era algo incontestable. Y en las diferentes clases del COU del ’73 había muchos. Y en pie de guerra.

A uno de ellos incluso le partieron la cara tras una acalorada asamblea de estudiantes por apoyar los cánones exclusivistas que los demás pensábamos que había detrás de la implantación de la Selectividad que querían hacer justo al final de este curso. En mi clase había gente de todo pelaje, que ahora mismo son (aparte de los sempiternos funcionarios de la Junta) desde empleados de correos hasta militares de alta graduación; el presidente para España de la compañía que fabrica los AVE; uno que fue terrorista del GRAPO y otro que fue militar adscrito precisamente al servicio de antiterrorismo… y mi compañero de pupitre, el madrileño Quique (perdonadme que evite su apellido), con el que tampoco he perdido el contacto, aunque no estoy seguro de si es porque aún intenta redimirme de mis pecados o por los tocinos de cielo que le hace mi mujer cuando viene por aquí. Quique es actualmente un influyente sacerdote, que controla la prensa de la Iglesia española y ha concelebrado misas incluso con el actual Papa antes de que lo fuese. Después del COU estudió periodismo en la facultad de Pamplona, que es del Opus, y derecho canónico en el mismísimo Vaticano, donde también se ordenó. Y cuando se sentaba a mi izquierda en aquel pupitre doble era uno de los cabecillas de las “bandas” opusdeísticas que se oponían a nuestras movilizaciones contra la Selectividad. Pero creo que se convenció de que a mí me tenía perdido para la causa en aquella ocasión, poco antes de Navidad, en que a todos los alborotadores nos expulsaron del instituto y no nos volvieron a readmitir hasta que no tuvieron una charla con nuestros padres, uno por uno… aunque también seguramente les ablandó el miedo en el cuerpo que le metió a toda la autoridad establecida la voladura del coche de Carrero Blanco, con él dentro.

Así que aquél no fue un año convulso solamente para mí. Menos mal que las vacaciones de Navidad supusieron un impasse que a todos los estudiantes nos vino muy bien. Y más aún cuando recibimos posteriormente la noticia de que el Ministerio de Educación y Ciencia anulaba la Selectividad que nos quería imponer. Los estudiantes del año siguiente no supieron defenderse con el mismo ardor y ellos fueron los primeros en padecerla. Seguramente, que nos la quitasen a nosotros tendría más que ver con razones logísticas del propio Ministerio que con nuestras movilizaciones… pero que nos quiten lo bailao…

Cuando ví de nuevo en clase a Quique, lo primero que le dije fue que su Opus era como los Hermanos del Arca del libro que me acababa de leer. Le piqué la curiosidad con lo que le conté del libro y también lo leyó, aunque si llego a saber lo que tuve que aguantar después no se lo hubiese dejado. Supongo que su cristiana bondad fue lo que impidió que me tirase el libro a la cabeza por semejante comparación. Nunca le he preguntado si ha vuelto a leer algo más de Vargas Llosa, pero quizás por la influencia negativa de esa asociación entre su “Obra” y la de los “Hermanos” que yo le hice establecer, aunque equivocadamente, y de la temática general del libro, este escritor pasó a formar parte de su lista negra. Y aún así la amistad pudo más y me ayudó con aquello tres meses después…

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MFSB – “The Sound of Philadelphia” (Primavera del ’74)

Fue Manolo Franco el que me dijo que Vargas Llosa venía a Sevilla. Él seguía haciendo el COU en el Martinez Montañés y su profesor de lengua y literatura era el escritor José María Vaz de Soto (otra cosa que me perdí con el cambio), que fue quien les dijo en clase que a su colega peruano le había invitado la cátedra de literatura hispanoaméricana de la Universidad para dar dos conferencias en la Facultad de Filosofía y Letras, y que después de eso daría otra charla, con coloquio posterior, en el salón de actos del colegio mayor Hernando Colón, en la que él, Vaz de Soto, sería uno de los moderadores.

Como Manolo estaba contagiado de mi entusiasmo por Vargas Llosa, así como prendido de la forma tan empírica en que les enseñaba Vaz de Soto, no nos costó tiempo alguno ponernos de acuerdo en la asistencia a dicho coloquio.

Otra cosa que no sabía y que me sorprendió a última hora es que Vargas Llosa se pasaría también antes de la primera conferencia en el Rectorado por El Corte Inglés de la plaza del Duque (el único que había entonces) para firmar ejemplares de su última obra, precisamente “Pantaleón y las visitadoras”. Y allá que fui también. Me daba corte presentarle a la firma un libro que no acababa de comprar allí, que al fin y al cabo era de lo que se trataba, así que me exprimí un poco el bolsillo y me compré “La casa verde”, que es el que me firmó con una ámplia sonrisa.

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Blue Swede – “Hooked on a feeling” (Primavera del ’74)

No sé si sería cierto o no, pero comentando con los compañeros de clase que quería ir a escucharle al Hernando Colón, todos ellos me advertían sobre la exclusividad de ese colegio mayor y de que me iba a ser imposible acceder a su interior sin que enseguida me despachasen de allí. En la actualidad la verdad es que no movería un solo dedo por asistir a una charla neoliberal de Vargas Llosa, pero entonces no había nada que me interesase más; y por eso recurrí a Quique. Él no se alojaba en ese colegio, ya que éste era solamente para chicos con unas calificaciones fuera de lo normal o para los que tuviesen unos padres con unos ingresos más fuera de lo normal todavía, y Quique no cumplía ninguno de esos requisitos para poder ingresar en esa residencia, cuya titularidad era de la propia Universidad. Él residía en otro colegio mayor cercano, el Guadaira, que sí era propiedad del Opus y, por tanto, de fácil acceso para él. Aunque eso no era óbice para que pasase gran parte de su tiempo de estudio en la biblioteca del Colón, donde era conocido por todos sus correligionarios de superior élite social.

Así que aquella noche de primeros de abril quedé con él en la puerta del Guadaira, allá en la Palmera cerca de Eritaña, y tras presentarle a Manolo nos dirigimos los tres al Colón. Quique solamente se quedó con nosotros un rato, despidiéndose tras disfrazar su aversión por Vargas Llosa con unas excusas sobre unas inaplazables tareas de estudios; pero lo suficiente para dejarnos ya introducidos y sin que nos mirasen como sospechosos. Mientras andábamos por allí, como aún era temprano, vimos como iban llegando los asistentes y los componentes de la mesa. Cuando entró Vaz de Soto se fijó en Manolo y parece que le dio mucha alegría ver por allí a uno de sus alumnos, porque se acercó a nosotros y tuvimos un ratito de charla antes de que llegase el escritor invitado, cuando para entonces ya estaba el salón de actos rebosante de personas, que se sentaban en los pasillos, se mantenían de pie en los laterales, y ocupaban cualquier centímetro cuadrado que pillasen.

En el ratito que charlamos con Vaz de Soto sobre Vargas Llosa, del que nos preguntó qué era lo que más nos gustaba, le dije que me había llamado la atención en “Pantaleón y las visitadoras”, la única novela que había leído de él todavía, la forma en que era capaz de escribir en realidad tres novelas distintas siguiendo el mismo corto hilo temporal; hay que tener en cuenta que hasta entonces, de los sudamericanos yo solamente había leido los “Cien años de soledad”, que aunque solo tuviese seis o siete años de existencia, ya era todo un clásico de lectura obligada en sexto, y cuya trama se desarrolla justamente de forma contraria; y los demás libros que habían caido en mis manos (con 16 años todavía no demasiados), se limitaban a contarte una sola historia cada vez, de forma muy lineal.

Después, el coloquio giró en torno a lo que Vargas Llosa era entonces y dejó de ser con el tiempo, el escritor inconformista y rebelde que utilizaba la literatura para protestar, contradecir y criticar. El concepto que yo tenía de aquel Vargas Llosa, con la sola lectura de “Pantaleón y las visitadoras”, supongo que era, visto ahora con los años, el de un escritor perturbador social, descontento, agitador, inquieto, alarmista… que me defraudó bastante en aquel entorno tan academicista. Por mucho que intentaron tirarle de la lengua se mantuvo en afirmar que la literatura no debía ser entendida como vehículo de ideas políticas, y que la política y la literatura tenían que ser dos actividades muy diferenciadas. Incluso apoyó que muchos de los mejores escritores hispanoaméricanos diesen la espalda a la difícil situación de Latinoamérica y sus obras no tuviesen resonancias políticas.

Entre todo aquello y que después, de la mano de otros moderadores como Collantes de Terán y Aquilino Duque, se enfangaron en un análisis de sus formas de expresión, yo estaba cada vez más aburrido; hasta que la intervención de Vaz de Soto me sacó de mi sopor. No sé si se acordó de lo que habíamos hablado antes, pero le preguntó a Vargas Llosa sobre su técnica para romper la acción y desmadejar la narración, de forma que se podía después volver a componer y sacar tres novelas diferentes de una sola… y esta distorsión del tiempo en Vargas Llosa, en contraposición a la distorsión en García Márquez fue la cuestión más debatida y más divertida de todo el coloquio.

Vargas Llosa decía que el tiempo narrativo nunca es igual al tiempo real, y en la forma de manejarlo a tu antojo es en lo que influía la técnica novelística. Decía que García Márquez tenía su “truco”, y él tenía también otro muy concreto… pero no quiso desvelárnoslo. De todas formas sí que profundizó en el hecho de que él no seguía una línea, sino que se acercaba al tema que quería tratar de una forma irregular porque pensaba que así llegaba mejor a la sensibilidad del lector, algo que le discutieron algunos de los asistentes, que decían que así era muy difícil entender sus novelas, que a veces parecía que escribía en clave, de forma oscurantista. Yo estaba como en fuera de juego, porque solo había leído una de ellas y la había entendido perfectamente… o al menos eso creía yo hasta que Vargas Llosa comenzó a hablar de la experimentación, de que a él no le interesaba tanto que el lector entendiese su obra como que la sintiera…

Con el tiempo he leído casi todos los demás libros que ha escrito (e incluso releido un par de veces “Pantaleón”) y es cierto que a veces hay que esforzarse mucho en entender lo que quiere decir; no se pueden abordar sus libros de forma maquinal sin hacer el menor esfuerzo por seguir la línea argumental. A veces hasta he llegado a pensar que a Vargas Llosa le gusta fastidiar a sus lectores. De la misma forma en que ahora nos fastidian tantas de sus opiniones políticas y sociales. Después de treinta y siete años yo no volvería nunca ya a asistir a ninguna charla o conferencia suya, pero seguiré leyendo sus libros, porque eso sí, sus partidarios y detractores siempre estarán de acuerdo en una cosa: Mario Vargas Llosa es un escritor de primera línea.

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The Jim Jones Review – “Righteous wrong” (En la actualidad)

Ah… y ya para terminar. En el año 1.973 no solamente surgieron cosas determinantes para cambiar mi vida, sino también algo que lo fue para cambiar la vida de todo el mundo… ¿no se os ocurre qué pudo ser? Pues que en 1.973 se desarrolló el Protocolo de Internet. Lo hicieron los americanos Cerf y Kahn como parte de un proyecto del Departamento de Defensa de los Estados Unidos…

Y LA OCTAVA VEZ QUE NOS CITAMOS EN SEVILLA

Triste despedida. La octava CITA EN SEVILLA, que tuvo lugar durante la primavera de 1.991 fue la más desastrosa de todas, y no solo en lo que respecta a la programación, sino también a la organización, cambios de cartel, caídas de última hora, gestión de fechas… y por si fuera poco, coincidencia con otros espectáculos que a muchos de nosotros nos pusieron en el brete de tener que elegir; algo que en realidad es bueno porque eso implica que la oferta musical es variada, pero que en aquellos tiempos en que no estábamos nada acostumbrados a eso, nos fastidió bastante algunas noches.

Como siempre, en los prolegómenos de la Cita se hicieron oír los ediles del Partido Popular, esta vez acusando al alcalde de que la iba a utilizar con fines puramente electoralistas. Como quiera que el festival se iba a celebrar durante la campaña para las elecciones municipales, Jaime Bretón acusaba a Manuel del Valle de rentabilizar políticamente los eventos que tendrían lugar y aprovecharlos para desviarlos hacia las urnas.

Y es posible que la concejalía de cultura intentase hacerlo así porque la verdad es que se movió bastante intentando cerrar un cartel que fuese atractivo, pero se encontró con el problema de que la Guerra del Golfo, que tuvo sus momentos álgidos entre enero y abril, precisamente en los momentos de contacto con los artistas, había hecho que prácticamente todos los grupos y cantantes americanos que tenían previsto comenzar giras fuera de su país las retrasasen, con lo que no sirvieron de nada los avanzados contactos que se tuvieron con B. B. King, Suzanne Vega, Bonnie Raitt, Gloria Estefan, los New Kids on the Block… pero a pesar de todo lograron apuntarse el triunfo en el más ansiado de todos los intentos: íbamos a tener para cerrar la Cita nada menos que a Bob Dylan.

Con los españoles también hubo algunos problemas de contratación, y declinó su aparición Rocío Jurado, aunque se compensaron las ganas de tener un concierto con algún artista español mayoritario al contratar a los Héroes del Silencio. Miguel Bosé también fue otro de los que en los primeros contactos dijeron que no vendrían, porque este año no iba a hacer conciertos en España, pero al final aceptó y, como ya ocurriese en una ocasión anterior, fue él quien inauguró la Cita de este año. Una Cita en Sevilla que terminó por quedar configurada definitivamente tal y como podéis ver en el cartel reproducido aquí a la izquierda.

De todas formas os lo he reproducio solamente para que veáis que es cierto que tuvimos programados inicialmente a ésos, pero no hace falta que lo miréis demasiado ni os lo aprendáis de memoria porque no os iba a servir para mucho.

Con este cartel, el concejal de cultura, Bernardo Bueno, aseguraba que se recuperaba la brillantez de otras ediciones anteriores, sobre todo con la gran atracción que suponía la venida a Sevilla de Bob Dylan. Y además habían logrado contratarlo por un precio realmente bajo, porque las grandes figuras internacionales se movían en cachés que oscilaban entre los treinta y los cuarenta millones de pesetas, que era algo que el Ayuntamiento no podía sufragar sin un mayor patrocinio de las empresas privadas, y a Dylan solamente les costaba traerlo doce millones de pesetas.

El presupuesto total de esta octava edición de la Cita en Sevilla era de 150 millones, de los que la Sociedad Estatal Expo ’92 aportaba 30 y el resto los ponía el Ayuntamiento, con aportaciones de la Consejería de Cultura, la de Asuntos Sociales, las juntas municipales de distritos, la Universidad y varias entidades comerciales. Y a la hora de presentarla ya se aseguró que el año siguiente no iba a celebrarse la Cita, dada la amplia oferta de actividades culturales que se preveían con motivo de la Expo.

Así que quince días después, el sábado 27 de abril, llegó el gran día de la inauguración del evento, y con él llegó también la gran desilusión. El fantástico broche de oro que teníamos se había desprendido y se nos había perdido: Bob Dylan anunciaba precisamente hoy que suspendía su gira por España y Portugal. No fue el único en salir del cartel… pero ¿a quien le importaba un carajo que tampoco fuesen a venir los anunciados Tam Tam Go! al lado de la pérdida de Dylan?

Y con ello el discurso del Partido Popular cambió por completo. Donde antes todo eran acusaciones de que el PSOE se había guardado este as dylaniano en la manga para utilizarlo con fines electoralistas, ahora la acusación era que los artistas que venían a la Cita eran los mismos de siempre, y la concejalía de cultura había desaprovechado, como siempre, una oportunidad de haber puesto a Sevilla en el mapa de las giras de los grandes artistas de rock, al igual que estaban otras ciudades españolas mucho menos importantes que la nuestra. Y dejando aparte el hecho del maniqueísmo de estas nuevas afirmaciones de Jaime Bretón, la verdad es que (y mira que me repatea tener que darle la razón, jejeje) el cartel, sin Bobby, estaba poblado por artistas que ya habíamos visto por aquí casi en su totalidad.

Y a todo esto, Miguel Bosé cantando sobre el escenario del Auditorio del Prado, sin interés para nadie, ni siquiera para la prensa sevillana que prácticamente no le dedicó unas líneas a su concierto ni para contar el ambiente previo ni para hacer una crítica de la actuación. A mi no me miréis, que yo tampoco estuve.

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Lole y Manuel – “Tu mirá”

El siguiente concierto tendría lugar el jueves día 2 de mayo con Lole y Manuel, una pareja artística y matrimonial que ya había dejado de ser las dos cosas, pero que de nuevo se estaban dejando escuchar conjuntamente tras su reaparición tres meses antes en dos noches de conciertos en las que llenaron por completo el corto aforo del Teatro Lope de Vega. Así que todos los seguidores que en esa ocasión se quedaron sin verlos tenían ahora una nueva oportunidad. A mí podéis seguir sin mirarme, porque preferí seguir dejando esa oportunidad para otra ocasión porque en el Fun Club tocaban esa misma noche los Del Tonos, y su disco “Tres hombres enfermos”, uno de los mejores que circulaban entonces por España, me atraía más que una ración de nostalgia.

En la noche siguiente, la del viernes 3, estaba previsto el concierto que organizaban los 40 Principales, pero se aplazó hasta el día 28, por lo que el siguiente concierto de la Cita era el de los Héroes del Silencio, el día 9 de mayo. Venían durante la gira de presentación de su disco “Senderos de traición”, con la que se afianzaron como el grupo de masas que todos conocemos. Pero la verdad que a mí su ampulosa música nunca me ha atraído, por lo que tampoco anduve esta noche por el Auditorio del Prado.

Como tampoco lo pude hacer dos noches depués, el sábado día 11, y esta vez bien a mi pesar porque Carmel era el grupo que más me atraía de toda la Cita de este año. Pero para cuando se había hecho pública la fecha de este concierto resultó que mis colegas de Producciones Informales y yo ya teníamos programado otro concierto para la misma noche.

Así que después de no haber tenido nunca apenas conciertos de rock para poder asistir, en quella intensa noche que señalaba la prensa sevillana tocaban a la vez Carmel y The Godfathers, “dos de los acontecimientos más interesantes, dentro del mundo de la música eléctrica, que hayamos podido presenciar en Sevilla en mucho tiempo”, según señalaba Luis Clemente en “El Correo de Andalucía”.


Y para que este post no siga siendo un texto desierto de crónicas de los conciertos que hubo en aquella Cita, os dejo algunos párrafos que el propio Luis escribió también.

La noche fue la del 11 de mayo. Quizás la fecha más interesante de la actual Cita en Sevilla, una vez descolgado Bob Dylan del cartel. El nombre era Carmel, el de la cantante y el trío respaldado por otros tres músicos. Dieron un repaso a su discografía, que fundamentalmente promocionaba los grandes éxitos de su último LP.

Algunos decían de ella que más que elegante era sosita, pero la música sí que era impecable, ya fuera vestida de soul, reggae, pop o sobre ritmos africanos. Y la voz de Carmel McCourt era “de calité”.

Los que después del último tema de Carmel (una larga versión del clásico “Tracks of my tears”) decidimos recorrernos el kilómetro largo que hay hasta la sala Alcázar, nos encontramos con un ambiente ya humeante y sudoroso. Hacía un cuarto de hora que los Godfathers ya estaban repartiendo caña, y por supuesto que nos perdimos al grupo precedente, Los Restos.

Después de un mesurado concierto al aire libre nos castigábamos los tímpanos con las estridencias de una guitarras sin piedad que se confabulaban con la torturante acústica de la sala. Pero valía más una sola mirada punk de Peter Coyne sobre la audiencia que todo un concierto de cualquier baboso; el cantante solo movía un poco el pie derecho y bramaba flanqueado por dos guitarras fufriosas para basar su repertorio en el último LP, “Unreal world”, Actitudes comprometidas e himnos coreados por un millar de asistentes saltarines al que podría ser el último concierto tanto de Producciones Informales como de la sala Alcázar.

En fin, que o pasamos largos meses de sequía o nos llega de golpe a los oídos el maná. A saber cuando nos volverá a visitar algún grupo extranjero interesante.

Éstas últimas apreciaciones de Luis sobre el negro futuro de la sala, los promotores y las visitas internacionales, no llegaron a cumplirse, aunque en el momento de escribirlas estaban muy bien fundadas. El que nosotros hubiésemos realizado nuestra mayor inversión económica hasta la fecha para traer a un grupo internacional, y el encontrarnos con el relatívamente pobre respaldo del público, nos hizo replantearnos nuestra situación, e incluso algunos de los “socios” informales abandonó el barco. Pero continuamos durante dos años y pico más trayendo nuevas bandas foráneas. Y la sala también siguió albergando conciertos, tanto con este nombre actual como posteriormente, ya transformada en La Fábrica de Colores, una vez que Manolo Están y Paco Trilita decidiesen invertir en ella, en lugar de en comprarse un chalet (como me dijo el propio Manolo), las ganancias que tuvieron con sus trabajos en recursos humanos para los conciertos de los espectáculos previos de la Expo (¿recuerdas aquello del “Guitar Legends”, por ejemplo?) y de los de la propia muestra universal.

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Carmel – “I’m not afraid of you”

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The Godfathers – “Unreal world”

El concierto de Carmel fue precedido esta noche por otro de los sevillanos Sexto Sentido, que se hallaban inmersos en la preparación de su segundo disco, después de sufrir un gran cambio tanto de estilo como de personal; y si no habían cambiado también el nombre fue por rentabilizar el conocimiento que la gente todavía tenía de él. No solo teloneaban a Carmel aquí, sino también en el resto de los conciertos que dio la banda inglesa por tierras andaluzas, en Granada, Córdoba y Málaga; aunque su misión no iba más allá de calentar el ambiente durante media hora.

Como has visto ya en el texto de Luis Clemente, nosotros también pusimos a otro grupo sevillano para ir encendiendo los ánimos; fueron los Restos. En aquella época, la escena indie sevillana basculaba entre los dos polos musicales más atractivos que existían, los situados en Seatle y en Manchester, y si la Compañía Malpaso se miraba en el espejo de los grupos procedentes de la ciudad americana, los Restos eran la mejor muestra que teníamos de un sonido con reminiscencias del “madchester”. Guille, David, Diego y José María dieron un concierto lleno de sonidos potentes y tenebrosos, de los que tienes una muestra en el Radioblogin’ que hay a la izquierda de la pantalla, ya que la canción incluída, “Gloria al alcohol”, está grabada precisamente en esta noche. Por cierto, que hace unos días me dijeron que los Restos andan reunidos de nuevo.

Aunque no se notó en absoluto, The Godfathers vinieron aquí un poco cojos de personal, porque el bajista Chris Coyne (hermano de Peter, el cantante) se había roto un brazo unas semanas antes y se había quedado en Inglaterra con su escayola; aquí lo estaba sustituyendo el técnico de sonido de la banda, aunque el sonido con él era igual de contundente y salvaje que con el bajista original. Repasaron las mejores canciones de sus comienzos, aunque el repertorio básico del concierto lo extrajeron de su reciente disco, “Unreal world”, dejando un par de buenas versiones para el último de los bises, en el que revisitaron a los Ramones y a los Small Faces, dedicando el “All or nothing” a Steve Marriot, que había fallecido hacía solamente dos semanas.

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Londonbeat – “I’ve been thinkin’ about you”

A Londonbeat, que fue el grupo que llegó al Auditorio del Prado el día 15 tampoco fui a verlos. Y eso que éste hubiese sido el mejor momento para hacerlo porque fue el punto álgido de su carrera, cuando arrasaban con la canción “I’ve thinkin’ about you”; pero su sonido de rhythm & blues pasteloso y bailable, con mezclas africanas y reggae del más light, no me atraía en absoluto, por lo que decidí pasar de ellos. Nunca volvieron a tener un éxito como aquél, a pesar de que todavía siguen en activo… pero degenerando tanto con el tiempo que incluso llegaron a participar en el Festival de Eurovisión.

Y dos días después, el viernes 17 de mayo, llegaban La Unión, que si ya dos años antes me parecían lo suficientemente pasados como para no asistir a su concierto, imaginaos éste año en que además a la misma hora que ellos en el Fun Club estarían tocando los Surfin’ Bichos, que sí eran un compromiso ineludible; no en vano estos albaceteños, liderados por el genio de Fernando Alfaro, eran lo más parecido que teníamos por aquí a los Pixies o a Jesus & Mary Chain, y venían presentando su mejor disco, “Fotógrafo del cielo”.

Y por fin llegó el día en que visité el Auditorio por primera vez este año. Fue el jueves 23 de mayo, en un concierto que había tenido ya dos cambios de cartel; el primero con la caída de él de Tam Tam Go!, y el segundo con el adelanto del viernes al jueves para no coincidir con los mítines de fin de campaña de los partidos políticos, que en su mayoría tendrían también grupos actuando; sin ir más lejos, aquí mismo en el Prado tendría lugar el mitin del PSOE, con la presencia de Lole y Manuel (de nuevo) y de Alcatraz.

Así que en el concierto de esta noche solamente estarían La Frontera, y fui a verlos más que nada porque el año anterior no pude ir, al coincidir su actuación en la misma noche en que nosotros trajimos a Cancer Moon y Died Pretty. El suyo fue un concierto desigual, bastante deshilvanado, y que más o menos parecía un ensayo de puesta a punto para la gira que iban a comenzar el mes siguiente presentando su último disco, “Palabras de fuego”, que ya estaba lleno de canciones que sobre todo eran de ésas para escuchar tranquilamente en la barra de un bar, pegado a un cubata, más que en un concierto al aire libre. El grupo había optado por la fórmula de gustar a todo tipo de público, y eso era lo que había esta noche por allí, todo tipo de público en plan “vamos a escuchar a este grupo tan guay que hace canciones tan bonitas de domingos por la tarde”. Demasiado azúcar donde antes había polvo del desierto.

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La Frontera – “Viento salvaje”

Y la Cita que se paraba durante unos días porque el domingo 27 se celebraban las elecciones municipales. Aquí en Sevilla, pese a lo quemado que estaba el partido del gobierno municipal, el PSOE, solamente perdió un concejal de los 13 que tenía. Izquierda Unida perdió otro, que fueron los dos que ganaron los andalucistas, superando así en número de concejales, con 9, a los del PP, que se mantenían en 8. Y aunque los socialistas mantenían una buena diferencia sobre los demás, un pacto contra natura entre los andalucistas y la derecha (fuertemente rechazado incluso desde dentro del PA por algunos de sus pesos pesados, como Pedro Pacheco), hizo que perdiesen la alcaldía, que fue a parar a manos de Alejandro Rojas-Marcos.

La Cita en Sevilla se reinició el lunes 28 con el concierto que organizaban los 40 Principales, que había sido desplazado a este día desde el viernes 3 de mayo, que era su ubicación original. Esta vez nos traían a Los Ronaldos, a los que precisamente había visto junto a La Frontera en la Cita de dos años atrás, en un concierto tan perfectamente olvidable, que esta vez no estaba dispuesto a repetir la experiencia.

Y dos noches después quien venía era Lito Vitale, que también repetía por segundo año consecutivo. Estuve tentado de asistir, pero en esta Cita en que tan poca inercia de conciertos tenía, dos noches seguidas con música que no fuese rock eran algo que me superaba; así que deseché la new age latina de esta noche a favor del flamenco de la siguiente. Además, a lo mejor podíamos ver por fin a un Camarón tal y como lo recordábamos de años atrás.

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Camarón – “Se me partió la barrena”

¡Y joder que si lo vimos! Tras dos años fallidos por fin tuvimos a un Camarón de alta categoría, sin los artificios de una voz convertida en maullidos, con gran profundidad y riqueza. A lo mejor es que necesitaba la pureza de que su voz no fuese acompañada más que por una guitarra (Tomatito, como no) para cantar por derecho, con la personalidad que nadie le discutió nunca… entero… largo Camarón… ¿fue esta la noche en que incluso cogió una guitarra para hacer dúo con Tomatito, o me traiciona mi memoria y solo lo he soñado? Y qué taranta, por Dios…!

Yo estaba allí por Camarón, pero esa noche había dos voces más, la de Aurora Vargas y la de Rancapino. Y yo, que en esto del flamenco soy más festero que sentío (qué le vamos a hacer) disfruté bastante más con los tientos de la primera que con las soleás del segundo… menos mal que siempre todos terminan por bulerías.

Gracias a Dios, los comentarios que se extendían por el Auditorio mientras estaban los otros, de que las condiciones de Camarón posiblemente no hiciesen posible que se subiese al escenario, resultaron falsos y pudimos tener una noche llena de musicalidad flamenca, que ya nunca más se pudo repetir, porque Camarón dejaría de existir apenas trece meses después.

Y una vez caído Bob Dylan de los carteles, ya solamente quedaba la noche final de la Cita de este año; para la que aún había que esperar una semana, y que iba a ser la habitual noche dedicada a los grupos sevillanos, entre los que siempre figuraba el de Silvio. En la Cita del año anterior ya habían presentado canciones de las que figuraban en el último disco de Silvio y Sacramento, ”En misa y repicando”, aunque más que canciones habría que decir esbozos, ya que Silvio no pillaba bien todavía ni una de las letras. El disco finalmente se editó bastante después de ese concierto, por lo que en realidad su presentación oficial fue en esta Cita del ’91, con un Silvio ya recuperado del accidente que tuvo con un motero despistado, que le valió lucir durante bastante tiempo una buena cicatriz en la cabeza… de ahí que en la portada del disco apareciese con sombrero. Y además el personaje de Silvio estaba de actualidad porque sobre su figura se había editado también un libro, el que escribió Alfredo Valenzuela, con el nombre de ”Vengo buscando pelea”, que extrajo de una de las canciones del mencionado disco, una versión que Silvio hacía de una copla de Antonio Molina, o como decía él, ”de don Antonio Molina de Horces Castillo-Hidalgo, que vive en Ibiza más tranquilo que unas pascuas”.

En el escenario le acompañaron esta noche otras dos formaciones de aquí; la primera, Sexsoul, la banda de Javier Bonilla, en la que no podía faltar a la batería el inefable Antoñito Smash, y que solían hacer clásicos del rock en clave soul, con fuertes influencias de James Brown, Stevie Wonder y Quincy Jones… bueno, y de Toni Polster, según el guitarrista Sitín, que era un Biri de cuidao… aunque si mi memoria no me falla, y como Sexsoul era un grupo de formación bastante abierta, esta noche Sitín no estaba aquí y la guitarra corría a cargo de Valentín Ponce.

La otra banda era en realidad la estrella de la noche: Caledonia Blues Band, el mejor combo de blues de toda España (y parte del extranjero), que venía con una formación en la que Lolo Ortega había dejado su puesto de guitarrista a Quique Bonal durante la grabación del tercer disco del grupo, que acababan de terminar hacía muy poco tiempo, pero que no presentarían en directo hasta el mes de febrero siguiente. La verdad es que no sabría distinguir muy bien pasado todo este tiempo qué fue lo que oí en este concierto, ya que mi mente mezcla todo lo escuchado mientras les seguí durante aquellos casi dos años, en una florida etapa en que no pararon de tocar en nuestra ciudad… tras la Cita, dos conciertos en el Salón Dadá; otros dos o tres más en el Fun Club, uno de los cuales registró el mayor lleno de la historia del local, en una noche en la que Pepe Benavides tuvo que decirle al portero que dejara ya de vender entradas y cerrase la puerta; el concierto de la Expo, el que dieron abriendo para Charlie Musselwhite, después abriendo también para la segunda vez que vino Johnny Winter… así que para escribiros algo concreto opté por llamar por teléfono a los propios componentes de la Caledonia, pero o la mala vida les está pasando factura o ellos tienen los recuerdos aún más mezclados que yo, porque ni Mingo Balaguer ni Quique Bonal se acuerdan, no ya de algo concreto de esta noche, sino que no recuerdan este concierto siquiera…

Lo que sí recuerdo es que se daba el curioso caso de que uno de los componentes de cada uno de los tres grupos de esta noche habían sido socios en otro grupo anterior; uno bastante poco conocido, que se pierde en la noche de los tiempos de la historia del rock de la ciudad, pero que era una buena representación de la Escuela del Prensa. Su nombre era Pi Lakatú Fonsana (no me he hecho un lío con las teclas… se llamaba así); y en él estaban el Rama, batería de la Caledonia, que fue quien lo formó durante sus años en el Instituto Martinez Montañés; Juanjo Pizarro, guitarrista de Silvio y Sacramento y Javier Bonilla, vocalista de Sexsoul.

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Caledonia Blues Band – “What I have to do”

Y así llegó a su final la anual Cita en Sevilla. No diremos que con más pena que gloria, porque terminar con Silvio y la Caledonia, que son dos de los máximos referentes de la historia del rock sevillano es una forma bonita de hacerlo; pero hubiese merecido este evento un final mejor que éste de pie quebrado, con el concierto descolgado de una gran figura que nadie se preocupó siquiera de sustituir, y con un cambio de gobierno municipal tras el que tampoco nadie se preocupó de ofrecer resultados y balances de lo acontecido este año.

Tras el relevo en el Ayuntamiento, la concejalía de cultura pasó a manos de la andalucista Enriqueta Vila, aquélla que una vez me dijese, textualmente, que “el rock no es cultura”, y aunque se mantuviese muchos meses intentando hacernos creer la mentira de que la Cita no iba a morir, sino que simplemente tenía un año de aplazamiento para no tener que competir con la Expo del 92, lo cierto es que quedaba enterrada del todo.

Y también aunque Amparo Rubiales y Bernardo Bueno se quejasen amargamente muchas veces de que el nuevo gobierno municipal se estaba cargando a marchas forzadas la cultura en Sevilla, de la Cita solo nos quedó ya el epitafio que publicó la prensa de la ciudad.

ELLIOTT SMITH APARTÓ EL CUCHILLO AL FINAL

El domingo tenemos una cita musical interesante en Sevilla, estará DAMIEN JURADO en el “Malandar”.

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“Wallingford”

Pero antes de hablar de ello quería pedir disculpas a Javi Picapiedra porque dije aquí que hablaría del concierto de su grupo actual, Atmosférico, en esta misma sala cuando la fecha de celebración estuviese más próxima y lo dejé pasar tanto tiempo confiando en que los de la sala siempre me envían con antelación la programación mensual, que esta vez me la enviaron el mismo día del concierto de éstos, el 24 a las ocho y pico de la noche, y no la vi hasta el día siguiente, con lo cual ya estaba fuera de lugar anunciarlo. Esperemos que no me pase lo mismo cuando Jose Casas presente el nuevo disco de La Pistola de Papá, que debe estar ya a punto de salir.

Ahora, sin embargo, lo que nos ocupa es la visita de Damien Jurado, como os digo, un tipo que ya estuvo aquí, en el Teatro Central, hace algo más de un año, para dejarnos constancia, con la única compañía de su guitarra, de que su soledad escénica es capaz de invadir cada rincón de la sala donde toca.

Esta vez, aunque también vendrá él solo, pero tendrá a su disposición un buen surtido de tiestos electrónicos y aparataje variado, para poder sacar adelante con propiedad las canciones que componen su nuevo disco, “Saint Bartlett”, que están llenas de samples y producciones singulares.

Porque es que aunque a Damien le conozcamos sobre todo por interpretarnos crudas e inhóspitas historias de dolor en una forma muy cercana al folk, con este nuevo disco ha cambiado los términos. Y seremos testigos de cómo funciona este cambio, aunque para presentarnos aquí esta nueva obra no cuente con la ayuda de su compañero y colega de discográfica, Richard Swift, que es quien le ha ayudado a grabarla, con un sonido más amplio y spectoresco.

El disco lo grabaron en una semana solamente, en los estudios que Richard tiene en Oregon, y aunque no lo parezca por lo que escuchamos a través de los altavoces, ellos dos fueron los únicos músicos que tocaron. Y la diferencia con los discos antiguos de Damien es muy apreciable; mientras en los anteriores quedaba su raída voz casi rechinando sobre una solitaria guitarra, aquí tiene que enfrentarse con estruendosas percusiones y con la producción de Richard, con tantas capas y capas que el sonido parece sacado de las sesiones del Sgt. Pepper’s. Las historias que cuenta vienen a ser las mismas, pero esta vez Damien en vez de tener oscuridad detrás suya, tiene un paisaje bastante más ensanchado.

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“Arkansas”

Vamos a hablar también de sus canciones, de esas historias que cuenta… de Damien Jurado se ha dicho que es el Raymond Carver de los cantautores, y en realidad hay buenas razones para ello, porque sus canciones tienden a ser tranquilas, tensas y terriblemente oscuras. Él ha pasado una gran parte de su carrera haciéndonos partícipes de su melancolía y su sufrimiento, sentimientos con los que ha sido capaz de crear unas canciones maravillosas y susurrárnoslas como si solo nos las cantase a nosotros. Pero yo más bien considero a Damien Jurado como el Elliott Smith que no llegó a morir. Porque viendo ahora todos los discos de Elliott con la perspectiva del tiempo, en todos ellos apreciamos algo que marca los varios estados vitales de toda su carrera, que le llevaron a su tragedia; mientras que el sentimiento que asalta a un observador de Damien Jurado a través de sus discos es como el de que éste está inmerso en una condena que todavía está cumpliendo. Y con este nuevo disco, el noveno ya, ha salido libre, está en la calle, respira a pleno pulmón, pero sin perder ni un ápice de su perenne naturaleza de outsider. Algo que no solo podemos apreciar, sino que él mismo reconoce a través de los excelentes y evocadores versos de una de las canciones que componen el disco, “Rachel and Cali”, aunque disfrace sus sentimientos tras una historia de relación entre dos mujeres.

Rachel, ¿te importaría que me quedase en el coche?
Hay demasiada gente ahí fuera que no conozco;
Y no es que yo sea una tía huraña, es que no me sale ser educada,
No me siento cómoda entre la gente.

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“Rachel and Cali”

Y sin embargo, a pesar de que Damien se agobie en las relaciones sociales, éste es quizás su disco con el que todos podemos tener una relación más abierta, más cordial…

Por supuesto, esto no significa que Damien se haya reconstruido a sí mismo como un artista nuevo. Ya os he dicho por ahí arriba que todavía podemos encontrar en sus canciones un montón de oscuridad. La misma letra, que os he reproducido en parte, de “Rachel and Cali” dice en otro lado que “una amiga es solo una amante con la que no te has comprometido del todo”, como si quisiera recordarnos que las heridas de sus discos anteriores todavía no están del todo sanadas. Y todavía también, aunque no sea el caso de esta última canción que os he puesto, Damien canta principalmente sobre lugares, más que sobre la gente que hay en ellos. Y todavía son más reveladores los versos en los que insinúa en vez de decirnos algo claramente.

Y todavía es una experiencia absolutamente enriquecedora verle y oírle encima de un escenario.

Tengo, además, una gran curiosidad por ver como explora estos nuevos sonidos y texturas. Y ¿quién sabe? a lo mejor hasta le vemos sonreír. Porque aunque él siempre ha sido fiel a sí mismo, y siempre ha sido capaz de apreciar la belleza que hay en cualquier cosa por muy triste que fuese, ahora parece estar más cerca de este mundo, se siente fuera de la cárcel. Y quizás veamos cómo llega a sentirse, aunque sea un poquito nada más, cómodo entre nosotros.

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“Cloudy shoes”

Como os dije antes, será el domingo, día 3, en la sala “Malandar”, a partir de la 9 y media. La entrada cuesta 12 euros en venta anticipada y 15 en la taquilla. Y también habrá un grupo sevillano abriendo la noche; se trata de I AM DIVE, el proyecto paralelo de Esteban el guitarrista de los Baltic Sea, al que se ha unido Perepi, de Blacanova, también guitarrista, que ha prometido que se llevará al concierto todos sus pedales de efectos… unos 25 más o menos…

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I am Dive – “Lines”