Pues llegaba una vez más el momento de organizar la nueva “Cita en Sevilla”, y después de haber rebasado ampliamente el primer trimestre del año 1.989 nuestros ediles estaban tan en desacuerdo unos con otros que todavía ni siquiera habían aprobado los presupuestos municipales de este año. Así que el Área de Cultura tuvo que utilizar los presupuestos prorrogados del año anterior. Por lo tanto no se podía tirar la casa por la ventana.

Menos mal que en el año anterior, aunque como recordaréis muchos perdieron dinero, el importe de los contratos de los distintos artistas iba a correr por cuenta de promotores particulares. Pero claro, las incertidumbres de la taquilla, y mucho más en esa Sevilla nuestra, hizo que éstos estuviesen cortitos a la hora de arriesgar el dinero, y de entrada, antes incluso de la presentación del cartel de este año, ya se habían caído de él las dos máximas estrellas que iban a darle relumbrón: Pink Floyd y Elton John.
Así que el presupuesto para la organización del evento iba a sumar 70 millones de pesetas, de los cuales los “arriesgados” promotores locales solamente iban a aportar 13 para traer gente a actuar… así que ya os podéis imaginar como fue el desfile de conciertos de este año por el Prado. El Ayuntamiento pondría 47, treinta de ellos para gastos de infraestructura y diecisiete más para gastos de producción.
De todas formas debo decir que, como siempre, esto le pareció al Partido Popular un gasto desmesurado, ya que consideraban que la Cita de este año no tenía ni calidad ni altura, y aunque nos pesase reconocerlo, les asistía la razón en eso, porque la programación, más que de una gran urbe como comenzaba a ser Sevilla, parecía la de la Feria de cualquier pueblo o pequeña ciudad de provincias (con todos mis respetos para estas comunidades, eh), y se desarrolló con carácter innovador mínimo y escasa variedad temática.
Pero volviendo al dinero, si sumamos, nos salen solo 60 millones. ¿Y los otros diez…? Pues esos los pondría un patrocinador nuevo que desde este año salía a la luz y del que ya no íbamos a dejar de tener noticias hasta en la sopa. La mayoría de ellas para bien. Y este nuevo mecenas no era otro que la Expo ’92, y estaba dispuesto a hacer un regalito de 10 millones de pesetas para la causa.
Ahora bien, imponía sus condiciones; y éstas eran que todos ellos irían destinados al espectáculo inaugural de la Cita, que tendría que hacerse coincidir con los actos que tenían ya preparados para conmemorar los tres años justos que faltaban para el inicio de la Exposición Universal. Por lo tanto este año hubo que retrasar el inicio de la Cita en Sevilla, y no se inauguró durante la Feria, como los anteriores, sino que esperó hasta el viernes 21 de abril, que era el día siguiente al que se iba a presentar el himno oficial de la Expo, y el anterior al que se presentaría en sociedad a la mascota… ese Curro al que tanto cariño le cogimos. Así que quedaría establecida una sucesión de tres días a mayor gloria de la futura Expo del ’92, que comenzaría el día 20 en el teatro Lope de Vega con la pieza que Manuel Castillo compuso para la muestra universal, terminaría el día 22 en la Plaza de España con un gran espectáculo en el que Curro llegaría a Sevilla, y en medio tendríamos la noche del día 21 en el Auditorio del Prado, en el que todos iríamos a disfrutar de Camarón y Pata Negra.

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Camarón – “Soy gitano”
Aunque decir disfrutar fuese mucho decir, porque en realidad el espectáculo resultó bastante mediocre. Camarón no tuvo una buena noche y Pata Negra se presentaba por primera vez desgajado de su miembro principal.
Nunca había visto antes, ni volví a ver después el Auditorio del Prado más lleno que esta noche… y gitanos… todos los gitanos del mundo estaban allí para reverenciar a Camarón, transidos de una emoción casi religiosa. Más de 10.000 personas que vieron como su héroe no les dijo esta noche absolutamente nada; como sus cantiñas, sus tarantos, sus tientos, sus fandangos, se limitaban solo al apunte, al esbozo; Camarón, acompañado a la guitarra por Tomatito, además de por Carles Benavent, Jesús Bola y Manolo Soler, entre otros, se limitaba a cumplir, viniéndose un poco arriba solamente en el cuplé hecho bulería. Todavía le quedaban tres años de vida, pero quizás ya no podía, y estábamos asistiendo al principio del fin. La fiesta gitana que montó con el grupo que le acompañaba animó más el ambiente. La verdad es que a mí el baile flamenco nunca me ha dicho nada, pero los que entienden de eso decían que Joselito, el hijo de Curro Fernández, marcándose unas bulerías, fue lo mejor de la noche; y que Diego Carrasco también estuvo a gran altura.
Y después salió Pata Negra. Y aunque nos quisieron hacer creer que sin Raimundo aquello iba a ser lo mismo, ya que al fin y al cabo el que cantaba siempre era Rafaelillo, y éste era el que permanecía en el grupo, el mal bajío que había hecho chocar de tan mala manera a los dos hermanos se hizo patente allí de alguna forma para aguar la fiesta. Y no es que a Rafael le acompañasen malos músicos, que allí estaban Juanjo Pizarro a la guitarra, Jesús Arispont al bajo, Antoñito Smash a la batería, y Emilio Fernández a la guitarra flamenca… pero el “duende” se había quedado en casa.
El que hubiese tantísimo público, tan heterogéneo, me hizo recordar la espantá el año pasado de Juana la del Revuelo en el festival del Palacio de Deportes… esta noche nadie se movió del escenario antes de tiempo, pero ni los de arriba, ni muchísimos de los de abajo, estaban motivados, ni fluía la comunicación necesaria entre todos.

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Pata Negra – “Camarón”
Todo lo contrario que ocurrió el domingo 23 en la actuación del guitarrista Lee Ritenour. Era un concierto inicialmente previsto para el teatro Lope de Vega, sede habitual de todos los que como éste también, organizaba la Universidad de Sevilla; pero como Lee venía con una banda de siete músicos, pertrechados de una gran infraestructura para soportar la moderna tecnología que aplicaban a sus sonidos, se prefirió ubicarlo en el Auditorio. La idea no fue ni buena ni mala… tampoco es que nos diésemos cita allí muchos más que los que hubiesen acudido al Lope de Vega, pero seguro que nos entregamos más aquí, donde además podíamos bailar con las trazas brasileñas y los rítmos funkies que Lee aplicó a su jazz-fusion.
Lee Ritenour es un guitarrista muy ecléctico, y aquí lo demostró, alternando sus vertiginosas correrías por el mástil de guitarras diferentes, acústicas y eléctricas, con las ensoñaciones de los rítmos brasileños según los lee la tradición jazzistica del Village neoyorkino. Para ello contaba con la ayuda inestimable de, entre otros, el bajista Anthony Perkins, asiduo de los discos de Quincy Jones y Michael Jackson, con el que establecía contínuas luchas instrumentales que hacían enardecer el ambiente; del teclista Dave Widom y de Phil Perry, un vocalista que brillaba sobre todo cuando entonaba un buen blues.

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Lee Ritenour – Bahia funk”
La del miércoles día 26 fue una noche fallida, porque la actuación anunciada de Alaska tuvo que ser suspendida unos días antes, ya que la cantante aducía unos problemas que hacían que ese día tuviese que estar en Londres. Yo, que soy muy mal pensado, creo que el dejar de lado esta noche sevillana, que iba a ser la primera de su larga gira por España, tiene más que ver con que en la noche anterior (la del martes) y su consiguiente larga madrugada, Alaska iba a ser una de las invitadas VIP del concierto que Village People daban en Madrid… aunque a lo mejor son solo cosas mías.
De todas formas, al confirmarse con antelación que Alaska no iba a poder estar, nuestro Ayuntamiento, con buen criterio, decidió suspender el concierto aunque sí que estuviese disponible para actuar el otro grupo que iba a hacerlo esa noche. Éstos eran Milli Vanilli, pero como por esta época ya se sabía que cantaban en playback, los programadores pensaron que no valía la pena ponerlos a ellos solos si del cartel se caía Alaska. Así que les dijo que podían ahorrarse el viaje, y aquí tuvimos noche de descanso. Lo que no me explico de este caso es que si aquí en Sevilla, unos programadores musicales ya se habían olido que los Vanilli eran un auténtico bluff, y que era mejor pasar de ellos, ¿cómo es que en todo el mundo siguieron siendo un gran éxito, e incluso les llegaron a conceder un Grammy varios meses después…?

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La Unión – “Lobo hombre en París”
El descanso de esa noche lo prorrogué yo también a la noche siguiente, porque el cartel del concierto no me atraía en absoluto. Las estrellas de la noche fueron La Unión, que estaban promocionando su cuarto disco, “Vivir al este del edén”, pero que después de sus más que prometedores inicios con la historia del aquel lobo hombre en París, paulatínamente se habían ido desinflando, para estar actualmente acomodados en la cara fácil del pop, como carne de radiofórmulas y versioneros por el palo del “bacalao” de sus canciones más comerciales.
Si a eso unimos que quien les teloneaba era Un pingüino en mi ascensor, con una música aún más facilona que la de La Unión, la decisión de no asistir no me costó mucho trabajo tomarla. Esto del Pingüino era un proyecto del madrileño José Luis Moro, en plan “yo me lo guiso y yo me lo como”, al que apoyaba Mario Gil, al que antaño yo admiraba cuando estaba en Paraiso y en La Mode. Cierto es que a su favor tenían unas letras cachondas, pero que después de haberlas oído ya varias veces en disco, ir a un concierto a hacer lo mismo hubiese sido como acudir a escuchar chistes que ya te sabías. De todas formas, todos los que amamos la música tenemos que estarles agradecidos porque con el tiempo se convirtieron en uno de los nombres que más se significaron en la lucha contra la incorporación a la música pop de los dichosos gaiteros.
La siguiente noche, viernes 28 de abril, volvían a subir al escenario los chicos de Albania, que el año pasado telonearon a Duncan Dhu, y este año iban a hacer lo mismo con Al Stewart. Este concierto significó el principio del declive de Albania, con un segundo disco que se quedó en los cajones de todas las tiendas, una compañía discográfica que por pasar de ellos hasta pasaba de darles la carta de libertad, y que para poder tocar en un escenario tuvieron que convertirse en orquesta de fiestas. Un triste final para el primer grupo sevillano que vió su música editada en CD.
El concierto de Al Stewart tampoco fue de los que pasaron a la historia; acompañado por una banda muy bien engrasada fue dejando pinceladas de sus baladas, extraídas sobre todo de su por entonces último disco, “Last days of the century”. Pero ni estas canciones nuevas, ni las que interpretaba de su primera época levantaron el ánimo del personal, que alíi había ido masivamente a escuchar “Year of the cat”. Y fue esta canción, y otras de su mismo disco, las que dieron a la noche la poca emoción que tuvo.
Y eso fue debido sobre a que éstas las conocíamos y podíamos identificarlas sobre las demás, porque no recuerdo haber asistido en mucho tiempo a un concierto más plano que éste. Al Stewart procuraba que todo pareciese espontáneo y sincero (“auténtico”, como comenzaba por entonces a llamarse a aquello), y su banda, tan profesional y robótica como cualquiera, no fallaba una nota; sin embargo todas las canciones sonaban igual, ya fuese una vieja conocida como “On the border”, o estrenos como “Josephine Baker”.

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Al Stewart – “Year of the cat”
Después de aquello hubo un parón de prácticamente una semana, y aunque comenzaba ya a tener “mono” de conciertos debido a ello y a la escasa atracción que ofrecía la programación de este año, el jueves 4 de mayo decidí faltar también a la actuación de Joaquín Sabina, porque era éste ya un artista que hacía algún tiempo que había dejado de interesarme.
Y no fui el único en perder interés por él, porque a pesar de que Sabina llevaba ya tres años sin aparecer por Sevilla, y que un concierto de bastante expectación que tenía que haber dado en el mes de octubre pasado se había cancelado por la lluvia, dejando a la gente con las ganas, la verdad es que en esta noche apenas se reunieron 3.000 personas para verle en directo. Sabina llegó rodeado de buenos músicos, entre los que estaban Pancho Varona, Javier Paxairiño, o el batería Ñete, uno de los nombres más míticos de “la movida”; pero sobre todo de lo que llegó rodeado fue de parafernalia y luminotécnia, como la estrellona que ya era, y que podía permitirse el lujo de dejar a la gente sin piezas codiciadas como “Pongamos que hablo de Madrid” o “Calle melancolía”. Así y todo, los asistentes disfrutaron de sus canciones y le hicieron salir a varios bises. Aunque a punto estuvo la noche de terminar bastante mal cuando uno de los espectadores le lanzó a Sabina una botellona, algo que al cantante le sentó fatal y se encaró con él. Menos mal que la botellona era de plástico y no fue una litrona de la Cruzcampo… y al fin y al cabo el lanzador no dejaba de ser un fan extasiado mostrándole su cariño…

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Joaquón Sabina – “Una de romanos”
Y si la última vez que Sabina estuvo en la Cita en Sevilla, hacía tres años justos, había coincidido en la misma noche con otro concierto de Isabel Pantoja, esta vez casi sucede lo mismo, porque quien actuó en el Auditorio del Prado la noche siguiente a él, fue también ella. Isabel Pantoja tenía dos actuaciones en la Cita de este año, y la primera fue en la noche del viernes 5 de mayo; pero si hace tres años su concierto en el Sánchez Pizjuán significó que éste se abarrotase por completo, hoy estuvo lejísimos de lograr lo mismo; hay que tener en cuenta que allí la entrada era gratis y aquí había que pagar 2.000 pelas; también hay que tener en cuenta que allí estaba aún reciente el morbo de su vuelta tras la muerte de Paquirri, y el “espectáculo” añadido de Paquirrín… en suma, que al concierto de esta noche fue muchísima (pero muchísima) menos gente de la esperada.
No sé si esto fue lo que realmente motivó (recordad que por ahí arriba ya os he dicho que soy muy mal pensado) que el concierto programado para la noche siguiente, el sábado 6, se suspendiese; lo que la organización adujo fue que la fría noche había afectado a la garganta de Isabel, y ésta tenía hoy una afonía que le impedía cantar.
Seguramente, a estas alturas los programadores estarían tirándose de los pelos pensando en que una típica guerra de divas había hecho que Paloma San Basilio se cayese de los carteles de la Cita, porque la fecha que le ofrecían era justamente la siguiente a los conciertos de la Pantoja, y Paloma pensaba que iba a ser demasiado concierto glamouroso seguido para los sevillanos, y la iban a dejar más sola que la una… bien pensado, en vista de lo sucedido, seguramente ella estaría también ahora arrepintiéndose de su decisión.
Pero los conciertos siguieron sucediéndose, y mi interés por ellos seguía por los suelos. El siguiente fue el que patrocinaban “Los 40 Principales”, para para reforzar la doctrina de sus oyentes conversos, mientras escuchaban las canciones de El Norte y Rey Lui, dos jóvenes grupos de pop españoles que, desde que naciesen en los pasados tres o cuatro años, se habían hecho un hueco en las ondas con algunas canciones muy comerciales; aunque en realidad Rey Lui, más que una banda en sí, era como los del Pingüino, el proyecto de un solo músico, Raúl de Góngora. Curiosamente, tras un montón de años inactivos después de separarse a principios de los ’90, las dos bandas continúan ahora en activo de nuevo… o al menos continuaban hasta hace poco…

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Rey Lui – “Quiero ser como tú”
La noche siguiente tampoco estuve en el Auditorio; esa noche el grupo estrella era Danza Invisible, con el que me pasaba algo similar a La Unión, había ido perdiendo interés en ellos a medida que su carrera se iba consolidando y se iban acomodando con trabajos que les iban dando el status de “grupo imprescindible” de la escena musical española. Ya ni siquiera fui a verles cuando estuvieron en la sala “Rrio” unos días antes de navidades, así que aquí también opté por emplear las 800 pesetas de la entrada en alguna otra cosa más reconfortante.
Sus teloneros fueron La Luna les Canta, un trío barcelonés que estaba presentando su primer disco, con canciones llenas de arabescos, intentando seguir la senda de sus paisanos de El Último de la Fila… lo que ocurre es que si éstos últimos con el tiempo pasaron a ser reiterativos en sus planteamientos, los de La Luna ya nacieron siendo así. En directo tenían un sonido muy profesional, fruto de la cantidad de años que llevaban sus miembros como músicos de estudios, pero no fue ésta tampoco una noche en que mucha gente lo apreciase.

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La luna les canta – “Y la luna les canta”
Y como ya era hora de volver a presenciar algún concierto, la noche siguiente me decidí por fin a acudir a la Cita, aunque el espectáculo previsto no fuese de los que más me atraían.
El viernes, día 12, era la dedicada a “Noches de Brasil”, y si bien los artistas previstos inicialmente no me hubiesen hecho asistir a ella (más que nada porque no conocía a ninguno de los que iban a venir: Nara Leao, Roberto Menescal y la Familia Caymmi), el que casi sobre la marcha se cambiase el cartel sustituyendo a todos los previstos por la única presencia de Caetano Veloso me hizo cambiar de opinión.
Y menos mal que hubo este cambio a última hora, porque de haber seguido el cartel como estaba previsto, los artistas hubiesen tocado prácticamente en familia, ya que con la presencia de Veloso, que ya era un artista consagradísimo, no llegamos a reunirnos allí ni siquiera mil espectadores. Y el precio era de los más baratos del ciclo, 400 ó 500 pelas…

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Caetano Veloso – “Tropicália”
Posiblemente ocurra que la gente no asociaba el nombre de Caetano Veloso con algunas canciones que sí les eran muy conocidas, ni su compañía discográfica se moviese demasiado para promocionarlo, porque su último disco por entonces ni siquiera se había editado en España; quizás también el cambio de última hora afectó a la publicidad local, porque si para los demás conciertos Sevilla amanecía llena de carteles anunciadores, de Caetano Veloso no apareció casi ninguno.
Por todo esto seguramente el concierto comenzó frío, pero enseguida todos nos enganchamos a aquellas canciones de tan peculiar psicodelia, herederas del tropicalismo del que él mismo fue uno de los fundadores. Durante un rato del concierto, los cuatro músicos que le acompañaban le dejaron solo con su guitarra, y esos fueron los momentos más intimistas, melancólicos, acariciadores y sensuales de la noche. Su voz sonaba perfecta y llena de matices, y su estilo de cantar era muy llamativo, por lo poco en común que tenía con el de otros brasileños también clásicos. El resultado fue que al final todos tuvieron que volver a alargar los bises, en el que sonaron su emocionante recreación de “Terra”, y algunas canciones en plan “rebujito” en las que mezclaba los más puros sonidos de Bahia con algunos fragmentos sorprendentes entre los que se podían adivinar notas del “Billie Jean” de Michael Jackson o del “Eleanor Rigby” de los Beatles.

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Elena García – “River deep, mountain high”
Y tras un nuevo parón de cinco días, llegó la divertida noche habitual de los últimos años, el “Festival de la Canción Femenina”, que en esta quinta edición presentaba una novedad muy importante, ya que el concurso iba a ser además una muestra, para lo cual se eligieron a las nueve mejores cantantes de las cuatro ediciones anteriores, y éstas fueron las que subieron al escenario.
Se está agotando la cantera femenina musical después de cuatro años de selección, por eso el recital de esta noche será más interesante, porque todas han demostrado ser buenas cantantes. Este V Festival de la Canción Femenina representa lo que es, ha sido y será Sevilla, el crisol, la patria de las mezclas, lo más puro, que es la mezcla feliz (Pive Amador, siempre tan barroco).
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Inma Trujillo – “Rezaré”
Desde luego, en lo que a Pive no le faltaba razón era en lo de la mezcla, porque esta noche se mezclaba el viejo soul de Phil Spector (“River deep, mountain high” de Elena García) y el soul de los beat ingleses de Spencer Davis Group (“I’m a man” de Lourdes Carvajal), con los recuerdos del pop italiano, ya sea el clásico (“Parole” de Antonia de Miguel) o el heredado del rock’n’roll americano y tamizado por la devoción sevillana (“Rezaré” de Inma Trujillo), y con la canción española de Quintero, León, Quiroga y el Maestro Solano (“La zarzamora” de Johana Jimenez y “Tengo miedo” de María del Valle García), pasando por el power pop (“Town called Malice” de Mercedes Rivero), las baladas de hard rock (“Distant thunder” de Emilia Pinzón) o esa (per)versión realizada con la complicidad del Pive por Carmen Feria, aquella niña de doce años (ahora con quince) que nos sorprendió a todos en la segunda edición del festival, de una de las canciones más conocidas de Silvio: “La chamaca de la Nueva España”.
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Carmen Feria – “La chamaca de la Nueva España”
Además de poder cantar de nuevo ante tanta gente, las chicas tuvieron la oportunidad también de grabar un disco, patrocinado por el Área de Cultura del Ayuntamiento, y editado por Cambayá Records, en el que cada una de ellas aportó una canción (que es la que ilustra este texto), acompañada por la flor y nata de los músicos sevillanos, Juanjo y el Pájaro en las guitarras, Antoñito Smash en la batería (excepto en “I’ll go crazy”, que las baquetas las tomó el Pive), Miguelito Suarez al bajo, los saxos de los hermanos Aquiles y Gautama del Campo, las trompetas de Guillermo Fernández, el piano de Jesús Arispont… en realidad no todas ellas cantaron la misma canción en el Festival que en el disco, Lourdes cantó en directo “I’m a man”, pero había grabado el “I’ll go crazy” de James Brown con el que ganó la edición del año anterior.

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Lourdes Carvajal – “I’m a man”
La vencedora absoluta fue Emilia Pinzón, por lo que se embolsó las 200.000 pesetas que había de premio, además de firmar un contrato discográfico. La segunda fue Antonia de Miguel, quedando Lourdes Carvajal en tercer lugar. A ésta última, junto a Emi y a Elenita volvimos a oirlas juntas en este mismo escenario seis días después… pero a eso ya llegaremos.

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Emilia Pinzón – “Distant thunder”
El fin de fiesta volvió a correr a cargo de Baldomero Torre y sus cuchillos afilados, que acababan de editar su segundo disco, “Sin un duro”, endureciendo el sonido rockabilly del anterior, quitándole bastante de la chulería que le caracterizaba y acercándose más al palo de Dogo y los Mercenarios (por cierto, en la última formación del Dogo, el año pasado, el bajista era Luis “Baldomero”). No cuajaron, y ellos pensaban que era sobre todo por culpa de la compañía discográfica.
La técnica de la compañía es “a ver si al burro le suena la flauta”, y les sonó con los Chanclas. Es la ley del porcentaje: graban veinte discos y a alguno le sonará la flauta. Estamos deseando que los Chanclas triunfen, se vayan a Estados Unidos y nos dejen algunas actuaciones.

Con ellos volvieron a la Cita los grupos de pop y rock españoles y sevillanos, que coparon las noches siguientes. El viernes 19 abrieron el fuego La Frontera, pero su concierto no se pareció ni de lejos al que les vimos dos años antes en los locales de la Aeronáutica de Triana, cerrando una de las noches del concurso de rock de la Diputación. Seguramente sería porque por entonces aún eran esa banda diferente de rock vaquero que derramaba entusiasmo. Ahora, estaban a contrapié, pisando un terreno que les iba a hacer sacar enseguida su cuarto disco, “Rosa de los vientos”, del que presentaron aquí varias canciones, que les asemejaba en su postura a los ya mencionados antes La Unión y Danza Invisible (también por cierto, invitados éstos a cerrar otra de aquellas noches del concurso de la Dipu). La capacidad creativa de Javier Andreu se estaba desplazando hacia el lado de los clichés de forma alarmante.
Y las estrellas de la noche, Los Ronaldos, tuvieron esa misma actitud pero multiplicada por tres. A estas alturas, esta banda ya era una de las punteras del panorama nacional, pero yo siempre que les ví en directo me parecieron decepcionantes. Si a eso les unimos que habían cogido las costumbres de los grupos que pasan a ser mayoritarios… ya sabéis… ahora a dar palmitas… ahora a ponernos uniformes y previsibles… pues el resultado final es un concierto perfectamente olvidable, como así ocurrió.

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Los Ronaldos – “Adiós papá”
De todos modos, con ellos la gente volvió al Auditorio. Se notaba que había ganas de verlos después de su fallido concierto de fin de año. Pasado el verano del año anterior, Manolo Están, uno de los organizadores de eventos (exitosos y fallidos) más famoso de Sevilla, instaló en el Prado, al lado mismo del Auditorio la “Disco Carpa Cu”, una enorme carpa, capaz de alojar a cuatro mil personas, en la que había una discoteca, con césped artificial, calefacción… y cuando fueron llegando las navidades comenzó a anunciar una macrofiesta de fin de año, en la que por 2.500 pesetas (cuando el precio medio de los cotillones en la ciudad era de 4.000) tendrías fiesta, barra libre de champán (entonces aún no se decía cava) y el concierto de Los Ronaldos y Tam Tam Go, la banda de moda entonces tras la sorpresa masiva de su primer disco. El caso es que los hosteleros sevillanos de siempre vieron en esto una competencia desleal y lesiva para sus intereses, y no pararon de dar el coñazo en el Ayuntamiento hasta que lograron que las autoridades municipales prohibiesen esta fiesta. Esta anulación y las trabas continuas hicieron que Manolo cerrase el macro-chiringuito poco después.
Pero ahora estábamos a sábado, 20 de mayo, y si anoche tocaron por fin Los Ronaldos, hoy lo iba a hacer la otra banda de aquel cotillón, Tam Tam Go, el grupo revelación del año pasado con su elegante pop en inglés, y sus canciones límpidas y bonitas que hicieron que todos sacasen sus mecheritos, menos los que estábamos ya en la barra con las manos ocupadas por los vasos de cerveza, y que después de haber visto a 21 Japonesas, aquello ya no nos decía nada de nada.
La noche comenzó con los sevillanos Círculo Vicioso, ahora ya fuera de la multinacional WEA y con cambios de formación, ya que ahora el bajo lo tenía Pacoco, el de Helio, y la batería Ricardo Pachón, el hijo del manager y mentor de Pata Negra, entre otros grupos. Las canciones se sucedían desde las más conocidas de su primer disco a las nuevas del “Habitaciones vacías” que José María Sagrista editó en su propio sello discográfico de La Jungla. Pero ya no era lo mismo, las canciones habían perdido el sabor y la eterna promesa que era Círculo Vicioso comenzaba a afrontar lo que el propio Sagrista solía decir, en una de sus frases lapidarias: “Aquí acaba la vida y empieza la supervivencia, como decía el jefe indio”.

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21 Japonesas – “Piel tabú”
Lo mejor de la noche fue, sin duda ninguna, la segunda banda en subir al escenario, 21 Japonesas, unos chavales de San Sebastián que calentaron el ambiente desde el principio, haciendo que la gente recuperase las ganas de divertirse y se animara con sus rítmos importados directamente de África, intensos, cálidos y bailables, arropando a unas letras muy inteligentes. Insttrumentalmente eran bastante discretos, pero les sobraba garra para conectar de forma efectiva con la gente. En este concierto estaban además presentando muchas de las canciones de su segundo disco, aún sin publicar, en el que los rítmos latinos se imponían a la magia africana. Con esta música nueva a veces parecían el Sting en su vena más exótica, o el Peter Gabriel más rítmico que reflexivo… pero así y todo no les perdí el cariño cogido con la sorpresa del primer disco.

El martes 23 llegó la ineludible cita de Silvio con el festival. Fue una noche netamente sevillana, en la que los primeros en salir fueron Los Picapiedras, grupo coleguita de los Baldomero (todos provenían del instituto San Isidoro, e incluso compartían al batería) y una de las bandas más simpáticas y optimistas surgidas de Sevilla. Su concierto resultó tan divertido como sus letras, sus melodías se te pegaban al oído enseguida y no te soltaban… y en directo su rock subía muchos enteros con respecto a los singles que tenían publicados.
Los conciertos de Dogo y los Mercenarios nunca defraudaban, y éste menos aún. Con ellos ardió el escenario igual que lo hacía Sevilla desde los surcos de su segundo disco, que ya había dejado huella; así y todo los momentos mágicos fueron los tiros bien dados por una lbanez Steve Vai de “Gloria o muerte” y toda la peña coreando el “Rock and roll caliente”, dos canciones de sus primeros tiempos. A Dogo le he oído decir “siempre hemos dicho que las baladas son rock’n’roll”, y escuchándoles tocar “Solo mi cuerpo” no hay quien lo dude. Estuvieron soberbios.

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Dogo y los Mercenarios – “El polígono Sur”
Y después llegó el turno de Silvio y Sacramento. En uno de los mejores momentos de su carrera, Silvio llevaba un año en el que apenas se bajaba de los escenarios repartidos por casi todos los pueblos de esta parte occidental de Andalucía. El éxito de su “Fantasía occidental”, y de las canciones del single que le precedió hizo que el teléfono de Pive no dejase de sonar pidiendo actuaciones. Y eso también hizo que el rítmo de un disco cada cuatro años se alterase y el nuevo, que estaban presentando ahora, “En misa y repicando”, solo tardase un año en salir después del anterior. Sus facultades iban mermando a ojos vista, sin embargo nunca fue más apreciado ni provocó más delirio en sus admiradores que en esta época dorada. Lástima que le llegase tan tarde; incluso sus músicos de acompañamiento comenzaron poco después a desmarcarse, de ahí el comentario que me puso el Pive en esta foto de abajo, la última en la que aparecieron juntos con Silvio todos los que subieron con él aquella noche al escenario: el propio Pive, Miguelito, Juanjo, el Pájaro y las tres chicas del coro, Lourdes, Emi y Elenita. En la foto también están Manolito Luzbel y Don Curro, eternos amigos de Silvio que, tras dejar constancia de que nunca fallaba en la Cita en Sevilla, dejó el escenario despidiéndose de la gente canturreando aquello de “blaaaaaanca y radiaaaaaaante va la nooooviaaaaaaa…”.

La noche siguiente subió a este mismo escenario otro de los asiduos de la Cita, otro cantante de los que casi nunca fallaban y que este año nos enteramos de porqué tenía especial interés en venir siempre que podía y darse un baño de multitudes en Sevilla. Aute quería quitarse una espinita que tenía clavada con nosotros desde que hace quince años tenía que dar un concierto en dos funciones en el cine Alkázar. La primera de las funciones la tuvo que suspender porque solo se presentaron catorce espectadores… “anda, hacedme un favor y tomaros algo en el bar mientras va llegando la gente para la segunda sesión…”. Yo no estuve esta noche tampoco, pero en este concierto interpretó casi todas las canciones de su nuevo disco, “Segundos fuera”, con el que intentaba reivindicarse como “auténtico”, en contraposición a todos aquellos antiguos amigos izquierdistas que tanto le estaban defraudando.
Según el programa establecido ya solo hubiese quedado una noche de conciertos, con la que se hubiese cerrado la edición de este año, pero desde hacía un par de semanas, los programadores venían gestando la idea de traernos un artista sorpresa, en un intento de compensarnos un poco por la linealidad y la falta de interés que la Cita estaba teniendo hasta entonces. Aunque con los últimos grupos triunfantes en España que habían venido el interés subió un poco, los del Área de Cultura mantuvieron la idea, y se buscaron a un cantante muy popular, que vendía muchos discos y que iba a traer una nueva dosis de alegría a la Cita. No repararon en esfuerzos para que el día 1 de junio pudiéramos disfrutar de la música de… José Luis Perales. Nada más que añadir.
Y por fin llegó la clausura en la noche del viernes 2 de junio. Unos prácticamente acabados Mermelada abrieron el concierto con su rythm’n’blues que ya solo interesaba a los nostálgicos pre-movida. Pero la mayoría de los presentes estábamos allí por Los Rebeldes, que aunque también convertidos últimamente en éxito de Los 40 Principales, sin embargo, al contrario que la mayoría de los divos sobrevenidos del pop español, Carlos Segarra sabía evitar los momentos más radicales, para fastidio de sus nuevos fans. Que eso de “renovarse o morir” no tiene porqué ser una equivocación siempre. Su nuevo rerpertorio era más pop, pero ellos seguían siendo explosivos desde el principio con “Bailando con el hombre lobo” hasta el bis final con “Mescalina”, y todos bailamos y disfrutamos con su música llena de rockabilly, soul y, sobre todo, fuerza. A la altura de cuando estuvimos dos años antes con ellos en Alcalá de Guadaira grabando su disco en directo.

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Los Rebeldes – “Mescalina”
Y al final, en una Cita tan fallida como ésta, incluso los números le dieron la esplada al Ayuntamiento. Los 47 millones de inversión previstos al principio se habían convertido en más de 52 y medio; y gracias a que pudo recuperar casi seis millones que a duras penas pudo arrancarle a la Junta de Andalucía, tres y medio que nos gastamos los pocos espectadores en las barras, y otros trece más que aportaron entre la Cruzcampo, la Coca-Cola e Hijos de Ybarra, porque si hubiese dependido de su parte correspondiente del taquillaje, el fiasco hubiese sido escandaloso.
Porque es que aunque la inversión en el caché de los artistas por parte de las empresas privadas y la Expo-92 fue de 21 millones y pico de pesetas, el taquillaje total vendido en toda la Cita en Sevilla apenas sobrepasó los once millones y medio. Con eso no hubiesen tenido ni para pagar a los dos cantantes que más cobraron, Joaquín Sabina, seis kilos y medio, y la Pantoja, seis kilos más…
Pérdidas por todos lados, debidas a una programación fracasada que no supo despertar el interés del público. Esta fue la Cita en Sevilla a la que menos espectadores asistieron. Ante unas perspectivas como ésta, es poco explicable como varios locos nos liamos la manta a la cabeza y en noviembre formamos “Producciones Informales” con la finalidad de traer a Sevilla a tocar a bandas de rock extranjeras arriesgando nuestro propio dinerito, sin depender de la ayuda de papá Ayuntamiento.
Eso sí, para el próximo año la Concejalía de Cultura habría de tomar medidas, y la principal de ellas sería mejorar la calidad y variedad de los espectáculos, así como traer a más figuras internacionales… pero eso ya será una historia que tendrá lugar a partir de “la séptima vez que nos citamos en Sevilla”.