EL PADRINO DEL PUNK (1ª Parte)

Ésta es una historia de tragedia, ascenso, aclamación, revancha y redención, escrita en dos partes, y dedicada a todos los que estuvieron en un concierto en Sevilla el 1 de junio de 1.984. Y a todos los que quisieran haber estado.

Aunque nadie discutió cuando sus compañeros de sello discográfico, los Madness, dijeron de él que posiblemente era el mejor letrista inglés de su generación, IAN DURY, de forma más humilde, se limitó a aclarar que en realidad solamente había escrito “siete canciones buenas”.

Hace poco estuvimos hablando de él en este blog refiriéndonos al fantástico concierto que nos dio en la primera ”Cita en Sevilla”, y aprovechando que en este año se cumplen diez ya desde su muerte y que estará de nuevo de actualidad como consecuencia de la película que se ha rodado sobre él, vamos a intentar también aquí, aunque sea a grandes rasgos, contar una historia que os acerque a su legado musical y a su vida. Una vida que estuvo llena de tragedia, resolución y revancha.

Ian Dury contrajo la polio cuando tenía siete años tras pillar una infección por bañarse en una alberca contaminada. Desde entonces convertido de por vida en un minusválido, pasó sus años formativos en colegios especiales, siempre interno, en los que el acoso y la intimidación eran males endémicos. Además de las cicatrices físicas, el daño emocional de la personalidad de Ian Dury también era muy severo. Rabioso y frustrado, se convirtió en el más débil de los niños atormentados, y allí se forjó el volátil comportamiento que le hizo ser a la vez un intérprete único y un problemático padre, marido y amante.

Cuando por fin logró la fama en 1.979 con su “Hit me with your rhythm stick”, Ian Dury era un tipo amargado, de 36 años de edad, escocido por la falta de reconocimiento de su primer grupo Kilburn & The High Roads. Un tipo que era más frecuentemente Mister Hyde que Dr. Jeckyll, que golpeaba a sus novias, o que cuando se emborrachaba insultaba a cualquiera solo para que éste apagase sus luces de un puñetazo. Un tipo al que su manager, Andrew King, a fin de que dejase de causar estragos durante las giras, se veía obligado a quitarle y esconderle su bastón, para así poder pararlo.

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“Hit me with your rhythm stick”

Ian Dury nació en Upminster o en Harrow (dependiendo de si le creemos a él o a su partida de nacimiento), en el condado de Essex, el 12 de mayo de 1.942. Sus padres eran Margaret y William, ella una enfermera que se preocupaba porque su hijo aprendiese a hablar bien y no se contagiase de la forma de hacerlo de su padre, un chófer que decía tres tacos de cada cuatro palabras. No parece que su madre tuviese demasiado éxito, menos aún cuando el niño creció durante los años ’50 en el mundo del rock’n’roll, los teddy boys y los gupos de skiffle, que tanto excitaron e influyeron a la mayoría de los jóvenes de esa década.

Acompañando a su padre en uno de sus viajes como conductor fue cuando se bañó en aquellas infestadas aguas que le dejaron tan enfermo que nadie esperaba que sobreviviese. Después de varias semanas en una unidad de aislamiento del hospital una ambulancia le trasladó a su casa, donde se mantuvo durante otros dos años con tratamiento de calmantes y fisioterapia. El virus le dejó con el brazo y la pierna izquierda paralizados.

Y así fue como con nueve años fue enviado a su primer colegio interno, el Chailey Heritage Craft School, en el que a muchos niños con diversos grados de minusvalía se les enseñaba, normalmente al aire libre, los beneficios del trabajo duro y la autosuficiencia; lo que viene a ser un eufemismo para decir que en aquella escuela de pomposo nombre trataban a los niños como en las novelas de Charles Dickens. Un ambiente durísimo en el que la jerarquía entre los alumnos se establecía a base de hostias y putadas, e imperaba la ley de la selva, fría y brutal.

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“What a waste”

Y si aquel colegio era malo, el siguiente por el que pasó, el Royal Grammar School, fue aún peor. Sobre todo porque aquél era un colegio para niños normales y él era el único disminuido físico entre 800 pequeñas bestias. Menos mal que para entonces Ian había aprendido bien que en lugares como aquél había que actuar de matón para que no actuasen así contigo, y esa actitud le dio muchas oportunidades. Lo que sí tuvo de bueno el colegio aquél es que como nadie le quería como amigo, en su soledad comenzó a leer vorazmente, más que nada novelas negras de Mickey Spillane, y descubrió que podía dibujar y pintar bastante bien, sobre todo chicas desnudas que copiaba de las revistas porno que circulaban por allí y teddy-boys con enormes flequillos; una estética que encontraría en él mismo su máxima expresión un par de décadas más tarde.

De allí salió con buenos conocimientos de arte y lengua y literatura inglesas, y pasó por algún colegio más donde fue adquiriendo la educación necesaria para que le aceptasen tal como él quería ser: un bohemio y un inadaptado social.

Por todas las escuelas por las que pasó dejó constancia de que nunca iba a ser un alumno aplicado; pero lo que sí apreciaba enseguida eran las diferentes obsesiones musicales de la gente. Y él fue picoteando de todas ellas… del rock and roll, del jazz, tanto del tradicional como del moderno… la música clásica nunca le gustó; pero enloquecía con Gene Vincent (físicamente renqueante como él, debido a un accidente de coche) y Elvis Presley. También Jelly Roll Norton, Lonnie Donegan… por supuesto, también él formó parte del algún grupo de skiffle. Hasta que a finales de los ’50 entró en una escuela de arte y comenzó a alternar con compañeros a los que les gustaba el jazz moderno.

En realidad la rama del arte por la que Ian sentía devoción, y por la que ingresó en un par de escuelas de arte era la pintura, pero nunca perdió el interés por la música en todas sus variantes. Por eso nunca fue un rígido seguidor de ningún estilo concreto; aunque el pop no fuese algo que escuchase por entonces, lo normal era el jazz. Ian solía ver a Ginger Baker y a Jack Bruce tocando jazz antes de que formasen Cream, y le atraían los saxos alto y soprano de la Graham Bond Organisation. Luego descubrió el soul y se pasó a Otis Redding y a James Brown. Pero sobre todo, su favorito siempre fue Gene Vincent… vicioso, apasionado, malo, lo tenía todo. Ian Dury coleccionó todos los discos originales de 78 rpm que Gene Vincent grabó con Capitol Records. Y después le dio las gracias por todo en una canción.

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“Sweet Gene Vincent”

Lo cierto es que Dury por entonces seguro que tenía más aptitudes para la pintura que para la música. Por mucho que ésta le gustara, cuando intentaba cantar en alguna de las bandas de skiffle por las que anduvo, nunca tenía ni idea de en qué tono estaba tocando el resto del grupo; por eso siempre terminaba escondido por ellos, al final del escenario, detrás de una de una tabla de lavar, que era el instrumento que siempre le daban.

Pero no perdió las esperanzas y siguió aprendiendo todo lo que pudo. Y más aún viendo el nivel de las bandas de rock ya reconocidas que pasaban por el auditorio de su escuela de arte. Los Pretty Things, por ejemplo, no le impresionaron lo más mínimo: “Yo puedo hacerlo mucho mejor que ésos; y dar más espectáculo…”

Así que con 28 años formó su primera banda propia, con compañeros de la escuela, todos ellos músicos de jazz: George Khan, saxo tenor; Terry Day, batería; Charlie Hart, bajo; Russell Hardy, piano y Ted Speight, guitarra.

En noviembre de 1.970 comenzaron los ensayos y pronto se hizo patente que Ian Dury iba a necesitar aprendizaje musical. Russell, el pianista, le aconsejó que se comprase un xilófono de juguete, y con él le enseñó las notas, y un principio de cómo asociarlas formando algunas sencillas melodías. Practicando mucho, entre las sonrisas escondidas de los demás, Ian fue ganando confianza.

Cuando vieron que Ian estaba lo suficientemente preparado como para interpretar “Lucille” y “Twenty flight rock”, entendieron que ya eran una banda con todas las de la ley. Y se pusiero un nombre: Kilburn & The High Roads.

En realidad ese nombre lo tenía Ian Dury buscado desde dos años antes de formar la banda. Él ni siquiera había estado nunca en Kilburn, pero ese nombre le hacía sentirse cosmopolita, y le ponía de buen humor. Una buena razón, ¿no?

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“Rough kids”

Comenzaron a dar conciertos, apenas pagados. Se movieron por el West End donde brillaban las estrellas de Eric Clapton y Jimi Hendrix. Pidieron favores, y en uno de los clubs, el Speakeasy, les ofrecieron una actuación por la miserable cantidad de 15 libras; pero aceptaron porque sabían que esa noche iban a estar allí Pete Townshend y Keith Moon. Aunque al final éstos no les hicieron ni caso.

Sin embargo sí que se acercaron a su camerino Dave Robinson y Nick Lowe para decirles que deberían probar suerte tocando en el circuito de pubs. “Y un carajo, tío”, les contestó (más o menos) Ian. “Donde nosotros queremos tocar es en el Royal Albert Hall”. Pero así y todo Dave fue después a verlos ensayar, y se convirtió en su primer manager.

Y así fue como unos inexpertos Kilburns comenzaron su brillante carrera en el pub rock, y pasaron por los mejores locales de Londres… el Kensington, el Tally Ho, el Hope & Anchor… a bordo de una desvencijada furgona y con material alquilado para cada concierto, ellos se sentían afortunados si cada noche tenían pasta para poderse ir a la cama después de un plato de comida y una taza de té.

Pero no pasaban desapercibidos. Al menos no para Charlie Gillet, uno de los escritores y presentadores más famosos de la ciudad, que estaba comenzando a echar a rodar un nuevo sello discográfico. Su entusiasmo por ellos les llevó a ofrecerse como nuevo manager. Aceptaron.

Durante los años ’70 el pub rock creció y floreció. Los locales se llenaban para ver a Brinsley Schwarz, a los Bees Make Honey, a Ace, a los Ducks Deluxe, a Chilli Willi. Y a Kilburn & The High Roads, los cuales eran a menudo descritos como el eslabón entre el pub rock y la new wave. Pero Ian Dury nunca estuvo de acuerdo con esa asociación. A él le parecía que las canciones de todas aquellas bandas sonaban igual, y siempre terminaban los conciertos haciendo “Brown sugar” en el bis. Él no quería ser igual; quería variedad que mantuviese el interés, ser impredecibles. Incluso en su apariencia eran distintos.

Y entonces fue cuando descubrieron que aquella noche en el Speakeasy iba a tener inesperadas consecuencias. Un año después de aquello vieron que Pete Townshend y Keith Moon no les habían echado tan poca cuenta como pensaban, y aquí estaban ahora… ofreciéndoles un contrato como teloneros para la próxima gira de los Who.

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“Billy Bentley”

Pero el brillo que se presentó ante sus ojos con esta gira, pronto demostró ser solo un espejismo. A pesar de que constantemente sacaban nuevas y buenas canciones… “Rough kids”, “You’re more than fair”… se sentían cada vez más frustrados por su falta de progreso, especialmente cuando veían que otras bandas de su círculo de pub rock ascendían cerca del estrellato; los Doctor Feelgood, por ejemplo.

Hubo muchos cambios, y para cuando en enero del ’74 Kilburn & The High Roads comenzaron a grabar su primer disco, en realidad ya eran la cuarta versión de la banda la que se metió en los nuevos estudios de Apple para hacerlo: Russell Hardy, al piano, Davey Payne al saxo tenor, David Rohoman a la batería… lo estaban grabando para Raft Records, subsidiario de la multinacional Warner Brothers que, de pronto y para recortar gastos, cerró el sello en abril.

El disco, de todas formas, nació marcado por la mala estrella, porque aunque su productor Tony Ashton estaba poniendo toda su voluntad en hacer un disco de rock crudo, en cuanto se fue una semana de vacaciones, a la vuelta se encontró las canciones remezcladas llenas de violines y demás instrumentos de cuerda, sin que nadie le diese explicaciones y solo le hiciesen rebotar del manager de la banda a los responsables de la discográfica. Menos mal que él tenía aún copias de las cintas originales. Pero su empeño se estrellaba con la cerrazón de los propietarios de Warner, que no entendían las referencias de Ian Dury (ellos eran americanos) y no iban a editar el disco. Es más, cuando cerraron el sello Raft reasignaron a algunos de sus artistas a la Warner, pero a los Kilburn los dejaron en el paro.

Eso sí, cuando Ian Dury con sus Blockheads se convirtió en una estrella, se dieron prisa en sacarlo al mercado con el título de “Wotabunch”. Fue en octubre de 1.978, e Ian pilló uno de los cabreos más grandes de su vida…

Al quedar libres Ian también separó su camino de Charlie Gillett y la banda contrató un nuevo manager, Tommy Roberts, quien les consiguió trabajo en un nuevo sello, Pye. No es que las condiciones que les ofrecían fuesen muy buenas, pero como no había nadie más interesado en ellos, pues pusieron su firma sobre la línea de puntos. Y en el estudio de grabación volvieron a hacer el mismo disco, con las mismas canciones y lo llamaron “Handsome”. Vendieron unas 3.500 unidades y se habló de ellos durante algún tiempo, que tuvo su pequeña prórroga con un par de singles más. Hasta que se hizo patente que la banda nunca iba a llegar a ningún lado, y era mejor dejarla aparcada y seguir otros caminos.

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“The roadette song”

Continuará…

EL HOMBRE INVISIBLE QUE CANTABA CON UNA VOZ VISIBLE

Pocas personas hay tan emblemáticas en el mundo del rock como ALEX CHILTON, que se convirtió en una legendaria figura underground canonizada por gente como Teenage Fanclub, Primal Scream, Posies, This Mortal Coil, REM; una figura sobre la que otras bandas de culto, como los Replacements, escribieron canciones de tributo. Cuando uno se pone a considerar que la carrera de Alex Chilton dio un nuevo significado a la palabra “accidentada”, el culto que recibe se convierte incluso en más sospechoso. Porque, al fin y al cabo, todo se basa en que durante sus tiempos en Big Star grabó tres de los más grandes e influyentes discos de todos los tiempos, a los que siguieron un aplastante fracaso comercial y muchos años de trágica autodestrucción. Él ni siquiera ha fallecido de una muerte trágica que le convirtiese en mito. Todavía vive… como también lo hace su leyenda.

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Big Star – “Thirteen”

Cuando Alex Chilton y Chris Bell formaron Big Star, todo el mundo era friky de Led Zeppelin, o glitter rocker, o seguidor de cualquier virtuoso de los teclados, pero no había nadie por ahí con la clase de mentalidad que tenían los Big Star. Ellos eran una especie de Raspberries de Ohio, pero con la diferencia de que los Raspberries sí estaban teniendo éxitos. A ellos los desestimaban por cualquier otra banda; las emisoras de radio rehusaban pinchar sus discos, y apenas les contrataban para dar conciertos. En toda su historia, los Big Star quizás llegasen a tener apenas 25 actuaciones en directo. Y de ellas, Alex y Chris solo llegaron a dar juntos tres conciertos, antes de que el último dejase la banda.

Alex y Chris se unieron para hacer un disco de música pop de mitad de los ’60; canciones pop muy directas (el “Nº1 Record”, de 1.973) que habían escrito entre los dos. Esa era la clase de música más querida para ellos. El paraiso musical era la Inglaterra que Alex comenzó a disfrutar en el ’64, cuando tenía trece años: Beatles, Stones, Hollies, Dave Clarck Five, Adam Faith, Herman’s Hermits, Gerry & the Peacemakers, Billy J. Kramer… pero para el ’67 las cosas se fueron al carajo en lo que al él concernía, y nunca más volvieron.

Más o menos por aquella época fue cuando Alex Chilton se convirtió en músico. Su padre le regaló una guitarra cuando tenía 14 años… aunque lo que él quería era un bajo, porque lo manejaba mejor, y nunca tuvo la paciencia de aprender a tocar bien la guitarra. Pero sí que era un buen cantante; cantaba con grupos de la escuela y todos le decían que tenía voz de cantante negro. Y un chaval le pidió un día que se uniese al grupo en el que estaba, porque tenían que presentarse a un concurso de talentos y necesitaban alguien que cantase bien. Hicieron una prueba y le aceptaron, aunque a Alex no le gustaba este grupo, con sus ñoñas canciones de amor, que ni siquiera escribían ellos mismos, y las tocaban de forma muy ampulosa y sobreinterpretadas. Siempre pensó que le aceptaron porque les pareció un chaval (recuerda que solo tenía 14 años) muy fácilmente manipulable.

Le dieron tres canciones para que eligiese la que más le gustaba y se la aprendiese para cantarla en el concurso. Alex eligió “The letter”, y tras ganar el certamen con ella, lo siguiente que ocurrió es que la canción se convirtió en un gran éxito en todo el mundo.

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The Box Tops – “The letter”

Pero Alex seguía descontento; aquello no era una banda real, sino un juguete del equipo de producción (Dan Penn y Chips Moman)… los del grupo ni siquiera tocaban en el disco. Así y todo Alex siguió con ellos algunos años, e incluso logró con el tiempo, cuando tenía ya 17, colar una canción escrita por él mismo, “I can dig it”, la única suya que cantaron los Box Tops, que ya te habrás dado cuenta de que es el grupo del que estamos hablando.

El éxito y la fama a esta edad tan temprana seguramente moldearon la personalidad de Alex Chilton para siempre. Allí estaba él, todavía no era mayor de edad, un fracasado escolar, bebiendo a todas horas, fumando hierba, conociendo chicas todos los días, y sin querer mirar hacia un futuro bastante incierto. Sus amigos eran gente de los Beach Boys, los Doors, la banda de Wilson Pickett… Carl Wilson fue quien en realidad le enseñó a tocar la guitarra; y los Beach Boys le trataban como otro miembro más de su gran familia. Alex era como el hermano pequeño de los Wilson. Incluso estuvo en California, pasando mucho tiempo con ellos.

Estuvo también algún tiempo en la casa de Dennis. Y allí fue donde conoció a Charles Manson, aunque por entonces nadie sospechaba lo que éste iba a hacer después. Allí Alex se limitaba a pasar tiempo con ellos, en aquella especie de comuna que tenían, que más bien parecía un harén por la cantidad de hermosas chicas que había, fumando, cantando y tocando la guitarra. En realidad a Alex solo le interesaban las chicas, solo tenía ojos para ellas, y no prestaba atención siquiera a Manson.

Pero las cosas se volvieron algo incómodas cuando Charles la tomó con él a causa de unos recados mal hechos… ya ves que tontería; pero algo malo y salvaje debía tener ya Charles Manson, que Alex Chilton notó las malas vibraciones y se asustó tanto de él que se fue de la casa, abandonó a los Box Tops y se marchó lejos. Se marchó a Memphis.

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The Box Tops – “I can dig it”

Allí fue donde conoció a Chris Bell, en 1.971, y aprovechando que la fama que todavía tenía Alex podía venirle muy bien para que alguien le prestase atención a su grupo, y así remontase el vuelo, le pidió que se uniese a ellos. Entonces solo eran tres, el propio Chris a la guitarra, Jody Stephens a la batería y Andy Hummel al bajo. Alex, aparte de cantar formaría un tandem con Chris a la hora de tocar las guitarras, si uno tocaba una Fender, el otro una Gibson; si uno tocaba notas bajas, el otro notas agudas…

Todo muy bien en la teoría, pero en la práctica no resultó tan bien. Del primer disco que grabó este grupo, ya bautizado como Big Star, te he hablado un poco más arriba. “Nº1 Record” fue un disco totalmente anómalo para el clima musical del año 1.973; y sufrió de una pésima distribución y de una total falta de éxito. La compañía discográfica, Ardent Records, tenía un contrato de distribución con Stax, pero éstos solo distribuían soul y música de raíces negras… ¿alguien entiende como hicieron ese contrato?

Después de la salida de este disco Chris Bell dejó la banda, absolutamente desilusionado por la falta de fama, la política de la compañía discográfica, y el negro futuro que preveía, así como por lo poco que le satisfacía vivir a la sombra de Alex cuando en realidad pensaba que él era el líder del grupo. A eso hay que unir que cada vez se sentía más culpable (él era un católico convencido) de su adicción a las drogas, y que cada vez le atormentaba más su latente homosexualidad escondida. Sus sentimientos enfrentados le hacían estar deprimido de una forma casi suicida.

Entonces Alex decidió hacerse cargo de todas las guitarras en “Radio City”, el segundo disco de Big Star. Y esa fue una de las mejores decisiones de la historia del rock.

El mundo de las voces dulces, las frases sobre chicas especiales y las canciones con buen rollito tuvieron un empuje increíble con las guitarras dobladas una vez y otra, con los afilados sonidos guitarreros de Alex Chilton. En cualquier sitio que te fijes de “Radio City” encuentras algo más de lo que te esperabas, un sonido nuevo, otra dirección…

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Big Star – “September gurls”

“Radio City” también fue arruinado por una pobrísima distribución, hasta el punto de que no lo escuchó apenas nadie más que los críticos musicales que lo recibieron. Pero esto solo fue un siniestro anticipo de las calamidades que iban a caer sobre su sucesor. Cuando Chris se marchó Alex buscó gente nueva para algunas canciones del disco: Richard Rosebrough en la batería y Danny Jones en el bajo, que no pasaron de ser músicos invitados, pero para cuando Alex se embarcó en el tercer disco, Andy, el bajista real, ya se había ido también. Rodeados de alcohol, peleas internas y falta de éxito, Big Star no era una banda en la que fuese divertido estar en 1.974.

Como no se sabía si el disco iba a tener audiencia, en realidad se hizo un poco de forma experimental. Alex tenía fragmentos de canciones como “Holocaust”, “Dream lover” o “Kanga Roo”, que sonaban como si necesitasen arreglos extraños, especiales; y tenía también canciones como las de siempre: “Thank you friends”, “Jesus Christ”… la grabación se presentaba interesante.

Pero algo pasó en aquellos estudios de grabación en aquel 1.975. Algo ocurrió que Alex Chilton nunca ha querido contar. No ha habido manera nunca de que hable de aquello. Cuando uno escucha las canciones de “Radio City” y luego pasa a “Downs” o “Holocaust”, de este increíble tercer LP, “Sister lovers”, ve que es obvio que algo tuvo lugar allí. Algún drama. Algún trauma. Algo malo.

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Big Star – “Downs”

Allí fue donde Alex retomó la extraña y autodestructiva amistad con el productor Jim Dickinson (del que hablaban los Green on Red en su canción “Rev Luther”, y Bobby Gillespie tanto alababa como pieza clave de su música), al que conocía desde que tenía 11 años. El alcohol tuvo también muchísimo que ver, claro. A los 25 años, Alex estaba haciendo la música más traumática, emocional, aturdida, desolada y catatónica que casi nunca antes se había escuchado. No había ninguna canción en el mundo que tuviese esa pegada para dejarte grogui que tenía “Downs”.

Alex estaba intentando escribir algo que pareciese importante, que fuese duradero. Él siempre ha dicho que descubrió a su musa en 1.975, y que entonces fue cuando comenzó a componer con confianza. “Sister lovers” es un disco de suicidas parejo al “Berlin” de Lou Reed, que le costó muchísimo componer a Alex. Su mente siempre estaba en tinieblas por el Mandrax (en aquel tiempo, en Memphis, era casi imposible encontrar heroína) y el alcohol; botellas y botellas de alcohol. Cuando uno tiene en el cuerpo una cantidad suficiente de drogas y alcohol puede escribir canciones muy extrañas… y eso fue lo que ocurrió.

Tienes un rostro decrépito…
Tienes una mirada permanentemente triste…
Tienes un holocausto…

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Big Star – “Holocaust”

Puede que Alex estuviese cantando eso sobre sí mismo; pero ese sonido demoníaco se puede aplicar a cualquier persona que se levante siempre con resaca de la vida.

Estas canciones las oyeron todavía menos gente que las del disco anterior. “Sister lovers” ni siquiera se editó cuando se grabó, allá en el ’75. Solo circuló en forma de disco pirata, de bootleg, creciendo en el boca a boca hasta alcanzar la misma reputación que el “Smile” de los Beach Boys, que aparecía en las mismas condiciones. “Sister lovers” era un disco depravado, ilícito, el disco más monumentalmente jodido que uno NO podía comprarse. Que eso ocurriese era algo escandaloso para todos… excepto para la compañía discográfica.

La compañía tenía ideas diferentes de como funciona el mundo discográfico. Era algo tan simple como eso. Alex pensaba que la forma de sacar adelante la música era enloqueciéndola, y la discográfica no. A ellos no les gustaba “Sister lovers” y no había más que hablar.

La falta de apoyo por parte de todo el mundo, y que nadie reaccionase a las cosas que Alex había hecho hasta ahora, le llevaron a comprender que lo que él hacía no era lo que esperaba la gente que escucha música, que las cosas que él hacía no le gustaban a la gente… su estilo de vida no le ayudaba a salir de la depresión: levantarse a las cuatro de la tarde, fumar canutos, beber sin parar, ir a los garitos, ver tocar a bandas de rock… todo el tiempo de fiesta… y cuando el día comenzaba a clarear, ir a los estudio de grabación solo para derramar el último vaso de ginebra sobre la mesa de mezclas y no poder trabajar… En aquel tiempo aquello parecía una vida revolucionaria. Pero Alex se dio cuenta de que estaba equivocado. Y el miedo le hizo huir de nuevo; esta vez no era miedo de Charles Manson ni de otra persona, esta vez era miedo de sí mismo.

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Big Star – “Back of a car”

Pero solo cambió de lugar, no de actitud, sus demonios interiores también se fueron con él. En 1.977 Alex Chilton estaba en New York, pero seguía firmemente aferrado a la fiesta y a la bebida. Tocaba en algunos clubs; le daba vueltas a la idea de volver a grabar algún disco. Allí conoció y produjo a los Cramps. Su alcoholismo estaba ya fuera de control. Grabó una canción llamada “Bangkok” que comenzaba así: “Hay pocas cosas que puedan gustarme ya / pero una de ellas es un pequeño lugar de Indonesia…” y Bangkok no está en Indonesia siquiera.

Grabó algunos discos en solitario, bastante libertinos y de sonido aún más penoso: “Like flies on sherbert”, “Bach’s bottom”, el ruinoso “Live in London”, que a pesar de su nombre se grabó en Dingwalls ante una audiencia de solo 80 espectadores. Alex llama a esta época su “periodo insano”.

En 1.982 por fin dejó de beber, porque la alternativa era una seria enfermedad, y se marchó a New Orleans. Allí mejoró su salud física y mental viviendo en casa de sus padres, a su cuidado. Para matar el gusanillo tocaba la guitarra rítmica en los Panther Burns de Tav Falco, una banda revivalista que aquí en España gozó de cierta fama. Hasta entonces, como trabajar con Tav no le daba para vivir y con ellos solo estuvo un par de años, trabajó también de lavaplatos en un restaurante durante un año más, o de jardinero, hasta 1.984, en que Peter Buck, el de los REM, que una vez dijese que los Big Star habían sido la Piedra Rosetta de toda una generación, le animó a seguir cantando y hasta le buscó un manager. A eso siguió el contrato con Big Time, sello con el que grabó al año siguiente su “Feudalist tarts”, y desde entonces se mantuvo grabando un disco cada dos años más o menos hasta el final de la década de los ’90, y tocando en directo hasta la actualidad. Pero todo de una forma tan plana y convencional, que se puede decir que en los últimos 25 años el momento más emocionante de su vida fue cuando tuvieron que evacuarle de su casa a causa del huracán Katrina.

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Big Star – “O my soul”

La que se llevó el huracán fue la única casa que ha poseído en su vida. Él nunca ganó mucho dinero. De sus discos, a pesar de que algunos han sido muy grandes, nunca ha obtenido muchos beneficios. Estuvo casado brevemente a finales de los ’60. Tuvo algunas novias, pero ninguna como Lesa Aldredge, la femme fatale (¿qué mejor canción que esta recreación de Big Star para que ella hiciese los coros?) que llevó el punk a Memphis y sobre la que se dice que fue la inspiración para las canciones del “Sister lovers”, que se llamó así, por cierto, porque entonces Alex y Jody salían a la vez con Lesa y su hermana Holly. Ha sido un hombre feliz la mayoría de las veces, trabajando y viajando como músico. A menudo ha dicho de sí mismo que es, sobre todo, un intérprete, más que un guitarrista, que un cantante; más que un compositor. Y aún así ha sido capaz de escribir media docena de obras maestras que cambiaron el rock and roll para mejor.

Es Alex Chilton. El tímido héroe del rock, que siempre fue reacio a serlo.

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Big Star – “Femme fatale”

Hace unos meses, el sello Rhino Records editó una caja de cuatro CDs, llamada “Keep an eye on the sky”, con prácticamente todo lo que Big Star grabó durante su andadura. Durante algún tiempo la vas a tener a tu disposición con solo pinchar en este enlace. Son 98 canciones, con un bitrate alto, por lo que el archivo que tienes que bajar ocupa algo más de 600 megas… así que ten paciencia. Y después disfruta.

LA PRIMERA VEZ QUE NOS CITAMOS EN SEVILLA… (El desarrollo)

El accidentado comienzo de la ”Cita en Sevilla” hizo que sus primeros días fuesen pasando como al ralentí. La revista promocional estaba muy cuestionada, al igual que toda la programación, y la difusión de los primeros conciertos fue escasa. Y por eso el primero de todos ellos contó con una asistencia de público más baja de lo esperado, a pesar de que allí nos reunimos unas dos mil quinientas personas, cifra que no estaba mal para los conciertos que se daban en Sevilla.

Pero es que aquella ocasión mereció mucho más porque era el primer concierto de una estrella internacional de primera magnitud que había en Sevilla, y porque ésta era, ni más ni menos, que Riley “Blues Boy” King. El Rey del Blues, B. B. King, que venía a hacernos súbditos del trono que ocupaba desde hacía ya varias décadas.

El recibimiento fue tibio. Y no sé que impresión sacaría B. B. King de una organización que ni siquiera le permitió familiarizarse bien con el escenario en el que tenía que actuar, porque el recinto del Solar de la Maestranza, donde iban a tener lugar todos los conciertos importantes de la “Cita”, se terminó de preparar apenas un rato antes del comienzo del concierto.

Pero bueno, se llegó a tiempo y casi a las once de la noche apareció King, arropado por una banda de enorme clase, en la que destacaba la exótica belleza de la vocalista Debra Boston (que cantaba blues con todo su cuerpo), para dejarnos durante dos horas las notas de las tristezas nacidas en el delta del Mississippi, trasplantadas por una noche a las orillas del Guadalquivir.

Bueno, en realidad a esa hora apareció su banda. Y nos preguntábamos donde estaba King; bajo, teclados, batería, trompeta, saxo, y un guitarrista que no era él… un par de numeritos marchosos de mosqueo, más que nada supongo que para ajustar el sonido. Y después como si se tratase de un número de circo, apareció “el Rey”.

La tibieza del comienzo fue pasando paulatinamente de la tranquila calidez hasta la entrega incondicional. La intensidad fue subiendo durante todo el concierto, para ser un clamor cuando King quiso dejar el escenario después de terminar su actuación con “The thrill is gone”. No le dejamos, claro… y hasta cuatro bises tuvo que hacer antes de abandonar por fin, exausto, casi sin poder sujetar a su negra “Lucille”, su guitarra favorita.

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B. B. King – “The thrill is gone”

Dos días después volvimos al Solar de la Maestranza, para darnos cita con unas quinientas personas más que el primer día, la mayoría de ellas políticos locales y supervivientes de la antigua progresía y clandestinidad política, porque en el concierto de esta noche iba a hacer acto de presencia uno de sus iconos, Lluis Llach, sobre quien durante muchos años pesó la prohibición de cantar en público y que hoy, por primera vez en esta ciudad, venía a jugar su baza política.

Antes que él tuvimos la actuación de Maria del Mar Bonet, que como no era la estrella esperada por la mayoría pasó tan fríamente como la noche misma, que más bien parecía de invierno que de primavera. Y la verdad es que ellos se lo perdieron, porque aunque su voz, límpida y torrencial, acompañada por las notas que desgranaba su inseparable Lautaro Rosas, no les motivase en absoluto, a los que estaban como yo, enamorados de María del Mar desde que editase su “Alenar” hacía siete años, sus reminiscencias musicales mediterráneas y tunecinas nos llegaron a la médula.

Pero la estrella es la estrella, y todos se volcaron, ahora sí, con Lluis Llach, que dio también un concierto absolutamente brillante y lleno de sentido del humor y de guiños que todos entendían y celebraban. Así fue por ejemplo cuando dedicó su canción “Si arribeu” (“Si llegais”) a Fraga con estas palabras: “dedicado a D. Manuel Fraga, para que viva muchos años… en la oposición”. O cuando hizo lo mismo con su mayor éxito, “L’Estaca”, dedicándoselo esta vez a un periódico local del que seguro que no tengo que decirte el nombre, “que se escandalizaría si nos oyese a todos canturrear juntos en catalán”. Por cierto, también por él nos enteramos de que a María del Mar Bonet acababan de concederle en París el premio “Charles Cross” al mejor disco extranjero editado en el último año, en el que recopilaba lo mejor de su repertorio.

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Lluis Llach – “L’estaca”

Los siguientes conciertos me los salté. Pero el problema no es que yo lo hiciese, sino que el próximo se lo saltase también la principal figura anunciada, Ruben Blades, que dejó plantada la gira española que tenía que traerle a Madrid y a Sevilla, y aquí se tuvo que sustituir a última hora por Caco Senante… con lo que estaréis de acuerdo conmigo todos en que salimos perdiendo con el cambio.

Así que el miércoles 16 de mayo la desencantada gente me imitó en su mayoría y al concierto apenas fueron quinientas personas, a pesar de que al poco rato de comenzar las actuaciones dejaron las puertas abiertas para que entrase sin pagar todo el que quisiera hacerlo.

Y la verdad es que aunque no apeteciese demasiado ver a Caco, el otro músico de la noche sí que tenía un atractivo mayor, porque era el Gato Pérez. Pero según pude oír al día siguiente, el concierto de salsa estuvo simplemente entretenido, si más.

De todas formas, los seguidores de Ruben Blades no se quedaron sin verle, porque esta primera “Cita” se prolongó posteriormente en tres noches más, las dos primeras, subtituladas “Cita con la salsa”. En la primera de esas noches actuó Rubén con su banda Los 6 del Solar, teloneados por la Orquesta Van-Van, el día 3 de julio, y Azuquita, Tito Puente y Celia Cruz el siguiente día. De la tercera noche hablaremos más adelante.

Retomando nuestra historia, el jueves 16 de mayo tenían que actuar el cuarteto de Richie Cole y el trío de Monty Alexander, pero la noche de jazz la aguó la lluvia y el concierto tuvo que ser suspendido. Así que nos perdimos la actuación de Richie, que venía con la aureola de ser uno de los músicos que mejor tocaban el saxo alto de aquel entonces, y de Monty, uno de los nombres más conocidos entre los jovenes pianistas del jazz, que además incluía en su trío a Bobby Thomas, el que fuese percusionista de los Weather Report.

Y el viernes 17 el protagonismo era para la bossa-nova y la samba brasileña de la mano de Chiquinho Timoteo, un multi-instrumentista que, además de la guitarra, en sus actuaciones hacía sonar algunos instrumentos autóctonos brasileños, como el cavaquinho, el berimbau y la capoeira. Los sones del trópico que salían de esos instrumentos impensables tampoco consiguieron convocar a mucha gente. Yo no estuve tampoco allí, pero sí que me enteré de que los pocos asistentes no dejaron de bailar en los aproximadamente 80 minutos que duró la fiesta brasileira.

El sábado volví. Y como yo, lo hizo prácticamente toda Sevilla, porque sobre el escenario iban a estar Victor Manuel y Ana Belén. Y con ellos llegó el caos.

Las entradas se habían agotado algunos días antes del concierto. Y para que entrasen los miles de personas que teníamos entrada a algún lumbrera de la organización se le ocurrió abrir la puerta (una sola) a las nueve y media de la noche… cuando el concierto era a las diez. Y aunque se retrasó un poco, para cuando Victor Manuel dio comienzo al espectáculo cantando “Déjame en paz”, en la puerta todavía quedaba muchísima gente queriendo entrar. Y las canciones seguían, y la gente seguía estando fuera, por lo que terminaron por perder la paciencia y enfadarse, formando tal alboroto que al final la organización dejó las puertas abiertas para que entrasen libremente… tanto los que tenían su entrada como los que aprovecharon la ocasión para pasar también de forma gratuita.

Las canciones se fueron sucediendo de forma alternativa por una y otro, y la lluvia también quiso venir a escucharlos. Tuvo que ser Victor Manuel quien invocando al “Fuego” con su canción hiciese cesar el molesto aguacero. Pero ni el agua, ni la molestia de la cola de la entrada pudieron con los ánimos del personal, compuesto a partes iguales por amantes de los abrigos de pieles y de las chupas de cuero… “aquí cabemos todos”, gritó Victor Manuel cuando entró la avalancha… que se movían ondulantemente con las conocidas canciones de Ana Belén, que por entonces atravesaba su mejor momento (acababa de editar “Geminis”) y con los clásicos de Victor. La gente se sabía las canciones y las coreaban de forma multitudinaria.

Yo personalmente no es que disfrutase demasiado con aquellas canciones, pero había que reconocer que Ana y Victor fueron una pareja absolutamente profesional, que intentaron llegar a lo más alto a pesar de los inconvenientes de la noche y que el desequilibrado equilibrio entre las angustias de él y el glamour de ella funcionó a la perfección.

Hubo un momento también en que Victor dedicó una de sus canciones antimilataristas a los soldaditos que había en los balcones del cuartel de artillería que había en la calle Temprado, a los que pidio perdón por darles la espalda… “pero es que cuando a uno le rodean siempre hay que dar la espalda a alguien”

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Victor Manuel – “Déjame en paz”

Los lectores más jóvenes quizás no sepáis que estas actuaciones tenían lugar en el Solar de la Maestranza, que era eso mismo que indica su nombre, un solar. El que quedó cuando derribaron la otra parte del mencionado cuartel, y que ahora ocupa el Teatro de la Maestranza. El cuartel también desapareció y en su lugar todos hemos salido ganando el espacio libre de las Atarazanas. Y al ladito mismo del cuartel, también en la calle Temprado, estaba (y aún sigue) la Hermandad de la Santa Caridad, por lo que los ediles de Alianza Popular también protestaron lo suyo ante la celebración de los conciertos, porque decían que tanto ruido iba a molestar e impedir el descanso de los ancianos asilados allí… como si los ancianos no tuviesen siempre ganas de que suceda algo interesante que les saque de su rutina.

Este mismo día, las fuerzas vivas de la reacción ya habían encontrado también motivos para poner de nuevo el grito en el cielo a causa de la inauguración de una exposición de pintores sevillanos, encuadrada también en la programación de la “Cita”, que tuvo lugar en la Plaza de San Francisco, que según ellos perjudicaba con sus stands seriamente a los comerciantes de la zona, y que mejor hubiese hecho el Ayuntameinto en emplear los dos millones y medio de pesetas en otra cosa en vez de en levantarlos para cobijar semejantes mamarrachadas de cuadros. Y lo que ya colmó el vaso de su mariana paciencia fue que ese mismo día, en que tantos miles de fieles estaban convocados para el acto de desagravio ante la Virgen, unos desconocidos se atreviesen a representar por su cuenta y riesgo la Crucifixión de Jesucristo desde la azotea de uno de los edificios de la Plaza.

Cuando Manuel del Valle y Bernardo Bueno terminaron de pasear entre los stands, una vez inaugurada la exposición, comenzaron a sonar unos cencerros en la azotea del edificio de la Casa de Granada, allí, en su parte más alta, visible desde toda la Plaza de San Francisco, un tío, vestido solamente con un taparrabos y una corona de espinas, se crucificó en una cruz forrada de papel de estaño, mientras otro grupo a su alrededor encedía bengalas.

La verdad es que la Delegación de Cultura fue ajena a todo esto, pero la oposición la emprendió con ellos por no enviar a la policia a que parase esta burla, y después movió cielo y tierra hasta que pusieron a disposición judicial al autor de la fechoría, un estudiante de Bellas Artes llamado Victor Quintanilla, que declaró que lo unico que intentaba con su representación era transmitir un mensaje de paz.

Y llegó el domingo 20 de mayo, que era otro de los días grandes de la “Cita”. Ese fue el día en que un mito (con permiso de B. B. King) visitó Sevilla por primera vez, y fue Joan Baez.

Pero yo me aburrí. El día estaba también metido en aguas y eso hizo que al concierto fuese muy poca gente, y que además comenzase con una hora y pico de retraso, hasta que estuvo más o menos claro que no iba a volver a llover. Y entonces subió Joan, armada solamente con su guitarra para desgranarnos todas sus canciones de siempre, que ella intentaba explicarnos de qué iban entre una interpretación y otra, en un español horrible que apenas se entendía. Por eso nos perdimos casi toda la dedicatoria que de “La balada de Sacco Y Vanzetti” hizo para los presos políticos de Cuba, Vietnam, Chile, Uruguay… pero la gente coreó el “Farewell Angelina” con el estribillo que en español le pusieron Los Payos a su versión, y el “No nos moverán”; pero a mí solo me conmovió algo cuando hizo el “It’s all over now, baby blue” de Bob Dylan.

Estábamos ante un mito, como ya os dije; pero con tanto retraso que estas canciones de amor y paz de los años ’60 ya representaban muy poco en el hastío desencantado de los ’80.

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Joan Baez – “It’s all over now, baby blue”

Y el próximo concierto no tuvo lugar hasta el jueves, día 24, con la participación de los grupos de rock más jóvenes. Largas colas en la entrada de nuevo, pero no para ver a Spray Naranja, ni a Rompehielos, ni a Sabotage, ni a Helio, ni siquiera a los 091; todos aquellos aseados muchachitos y muchachitas estaban allí porque la cabecera del cartel la ocupaban Los Pistones, que con su canción “El pistolero” eran los reyes de los 40 Principales.

Y con esa canción abrieron su concierto, ya a las tantas de la madrugada, para deleite de los seguidores que todavía aguantaban el tipo después de haberse tenido que tragar las actuaciones de todos los mencionados anteriormente (y he de decir que se necesitaba mucha bebida para tragarse algunas de ellas). Después siguieron con su repertorio, que al ser tan corto todavía, para el bis tuvieron que echar mano de nuevo de “El pistolero”, y todos contentos con el final de fiesta, incluídos los miembros más jóvenes de Alianza Popular que también andaban por allí… eso sí, con la corbata guardada en el bolsillo.

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Los Pistones – “El pistolero”

Antes que ellos, los grupos sevillanos que componían el cartel se fueron sucediendo (Spray, Sabotage, Rompehielos, Helio, creo que fue el orden) con unos conciertos entre lo cutre y lo atropellado que solo levantaron los Helio con su mejor hacer. La gente conocía más o menos a Rompehielos porque su “No hay un joint” fue el primer disco independiente de rock elaborado totalmente en Sevilla, pero ahora tenían una formación nueva y eran una incógnita. En los Spray Naranja estaban Curtu y Pablo, que eran músicos de acompañamiento de Jarcha, y a pesar de los esfuerzos de Paco Alejo fueron lo más flojito de esta noche, que era su puesta de largo. Sabotage era lo más parecido que teníamos por aquí a una banda “siniestra”, y ellos mismos denominaban a su sonido como morboso. Y Helio eran lo mejorcito que teníamos en cuanto a pura y vibrante música pop.

Las diferencias de calidad entre unos y otros eran enormes a pesar de que el listón no estaba muy alto, pero hay que decir que todos derrocharon ganas, supongo que porque era la primera vez que se veían tocando ante una audiencia tan multitudinaria, que hacía lo que podía para no aburrirse e intentar bailar para quitarse el frío. Por cierto, que esta noche sí se podía bailar bien porque habían quitado las sillas del solar.

Yo tenía ganas de ver a los primerizos 091, que me habían gustado tras conocer sus primeros singles (¿recordáis “Fuego en mi oficina”?); y aunque las maneras de José Antonio, Tacho y Antonio ya apuntaban alto, el que en realidad me sorprendió y me dejó alucinado fue un jovencísimo José Ignacio García Lapido, con cara y cuerpo de niño, pero manejando la guitarra como un guitar-hero absoluto.

Y el viernes más rock. Y más fuerte. Porque en escena estaban Barón Rojo. Volumen brutal para dejar claro que lo suyo es el rock. Gente a tope saltando y botando con los barones y en medio de todos ellos mi hermano y yo (creo que éste ha sido el único concierto al que he asistido con mi hermano en toda mi vida) de pie, hieráticos, y aguantando empujones… todo muy jevi. Como merecía la ocasión.

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Barón Rojo – “Los rockeros van al infierno”

El sábado era el turno de los cantautores. José María Maldonado con su petición de “amnistía psiquiátrica para los locos” ejerció de telonero sin más y Kiko Veneno intentó lucirse entre tanta gente que no entendía nada de aquello y se reía pensando que estaba de broma cuando hacía alusiones a Valle Inclán o al “I’m the walrus” beatleliano. A los demás nos dio la calidad, marcha y buen rollo que esperábamos de él. Y el que no decepcionó a nadie fue Hilario Camacho, quien, arropado por una banda eléctrica fantástica en la que sobresalían el guitarrista hendrixiano (¿era José Antonio Romero…?) y el colosal saxo de Arturo Soriano, nos dio un soberano recital de lo que debe ser un cantautor urbano.

Y el domingo descansé. Los que no lo hicieron pudieron apreciar la música celta pasada por el tamiz vasco de Labanda, que sirvieron de teloneros a Gwendal, con una música similar pero con más reminiscencias rockeras. Los que asistieron disfrutaron.

El martes de esa semana dio comienzo también el ciclo de conciertos de grupos sevillanos en diferentes partes de la ciudad: La Banda de Atila, Sabotage y SS20 en la Alameda; Silvio, Brigada Ligera, Oxi2 y Brea en el parque Amate; Rompehielos y Spray Naranja en los Jardines del Valle…

Pero la noche rockera más interesante era la del viernes 1 de junio: Ian Dury venía a golpearnos con su palo rítmico.

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Ian Dury – “Hit me with your rhythm stick”

Ian llevaba ya en Sevilla diez u once días, viviendo al principio en la calle Jesús del Gran Poder, en la casa del pintor Manuel Salinas, donde se decía que estaba componiendo las canciones de su próximo disco, aunque vete a saber si eso fue así porque él no sacó un disco nuevo hasta cinco años más tarde, el “Apples”. Tres o cuatro días después se mudó a una habitación del hotel “Los Lebreros” porque la casa tenía muchas escaleras y a él, con su polio, le resultaba muy difícil acceder a su habitación del último piso, la única disponible. Lo que sí hizo Ian fue dejarse ver por los círculos más creativos y vanguardistas (que sí, hombre… que los había) de la ciudad, aunque se frustraron algunas ruedas de prensa que pensaba dar y que nos hubiesen permitido pasar un buen rato con sus boutades. Se hizo amigo del torero Lucio Sandín, al que vió en la Maestranza, conoció el campo sevillano y la pintura clásica, aunque la monja de la entrada del Hospital de la Caridad le obligó a quitarse su sempiterno sombrero negro antes de pasar a a apreciar a Murillo, a Pedro Roldán y a Valdés Leal… y supongo que la buena mujer se quedaría también con las ganas de obligarle a quitarse sus pendientes (recordad que estamos en 1.984 y los hombres no llevaban esas cosas).

Todavía no sé porqué, ni de quien fue la idea, de dejarnos en el concierto de esa noche a palo seco. Los cubatas ya había que traérselos bebidos de fuera. Pero los que nos reunimos allí, unas siete mil personas aproximadamente, disfrutamos a tope con Ian y su banda, compuesta por ocho músicos jamaicanos con los que se compenetraba muy bien a pesar de que, paradójicamente, era la primera vez que tocaba con ellos y llegaron a Sevilla esa misma mañana.

Con aquella música, hasta el alarido más desaforado de cualquiera del público se convertía en expresión artística. El de Ian Dury era el concierto más intenso que se había vivido nunca en Sevilla. Y había que estar allí, clamando entre un mar de decibelios que nosotros también queríamos “sex and drugs and rock’n’roll”.

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Ian Dury – “Sex and drugs and rock’n’roll”

El título de esta última canción ha servido para dar nombre también a la película que se acaba de estrenar sobre la vida de Ian, al que interpreta Andy Serkis (el Gollum), y que va a servir, estoy seguro, para que este año se vuelva a hablar mucho de Ian Dury, ya que también coincide con el décimo aniversario de su muerte.

Y con él no es que despidiésemos la “Cita en Sevilla”, pero casi. Porque al día siguiente lo que había en el Solar de la Maestranza era un concierto de flamenco, y el domingo de nuevo jazz con Stan Getz. Pero de esas cosas tendrá que hablar alguno de nuestros comentaristas, si es que anduvo por allí. La siguiente semana se pasó en blanco, hasta que el domingo siguiente volvieron a abrir el solar para la guitarra de Paco de Lucía.

Fui más que nada por escuchar en directo “Entre dos aguas”, y el concierto de Paco, acompañado de un bajo eléctrico y de las guitarras de sus hermanos Pepe y Ramón, estuvo lleno de su habitual virtuosismo, aunque los constantes fallos de sonido le restasen brillantez.

Y de nuevo otro parón hasta que Serrat se encargase de cerrar la “Cita”. Éste tuvo dos actuaciones porque se preveía que iba a ser el artista más multitudinario de los que vinieron. Y así fue: lleno total en las dos ocasiones, el jueves 14 y el viernes 15. Yo estuve el primer día, acompañado por una antigua amiga con la que precisamente he recuperado el contacto hace solo unos días, y disfrutamos ambos de la mordacidad, ironía, sarcasmo, sensibilidad, crítica y romanticismo de Joan Manuel.

Y la gente, como siempre (ya había venido otras veces a Sevilla) se entregó a él entusiasmada. Serrat conoce perfectamente los resortes humanos y es capaz de hacer sentir a cada uno de los presentes que las canciones las está susurrando solo para él, a pesar de estar rodeado por una multitud.

En los conciertos de Serrat siempre ocurre algo que me deja perplejo, por lo repetido de la situación y como la gente sigue comportándose igual una vez y otra. Sus canciones en directo siempre vienen renovadas y convertidas en versiones de las originales, siempre vigentes en su tiempo. Y sobre todo al principio no se parecen a las del disco a causa de la introducción instrumental con que las abre. Esa introducción es breve siempre… excepto en una de sus canciones, en que la alarga un poco más y desaparece un momento de la escena, supongo que para beber o aclararse la garganta. Siempre lo hace de esa forma. Al menos lo ha hecho en todos los conciertos en los que yo le he visto. Y la gente aprovecha ese momento para levantarse e ir a mear o a pedir otra cerveza a la barra.

Y lo hacen porque la música no les suena de nada y piensan que es una canción que desconocen, y no se dan cuenta de que ese pequeño instrumental es el que da paso a la canción que todos estaban esperando, “Mediterráneo”. Y cuando por fin reconocen las primeras notas y ven que Serrat está de nuevo en escena, se produce la avalancha de gente que deja todo lo que había empezado a hacer para correr hacia su silla. Siempre ocurre igual… os lo juro… no escarmientan a través de las nuevas generaciones de seguidores.

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Serrat – “Mediterráneo”

Y aunque estaba previsto que la programación terminase aquí, aún hubo una coda a esta “Cita”, como ya os dije anteriormente. Y en la tercera de las noches añadidas tuvo lugar el concierto que el día 6 de julio dio Nina Hagen. En aquel momento la cantante estaba en todo su apogeo, y venía precedida de varios escándalos hábilmente manejados por sus representantes y publicistas, por lo que el Solar de la Maestranza registró una entrada de más de cuatro mil personas, y muchas más que se quedaron fuera debido a que el precio de las entradas (entre 800 y 1.000 pelas, el doble o más de lo habitual en la “Cita”) era un poco alto para la época, y prefirieron ver el espectáculo encaramados a los árboles de los jardines de la Caridad.

Nina sacó a relucir todas sus pelucas multicolores y sus habituales modales provocadores, aunque sin escandalizar demasiado a un público que no entendía ni papa de su inglés, y menos aún de su alemán, cuando hablaba de religión, de odio, y de, en suma, la estupidez humana que quería reflejar en sus canciones. Pero nos hizo disfrutar mucho con todas ellas, que se movían en terrenos que iban desde la ópera macarrónica hasta el punk y el rock más clásico, arropada por una muy buena No Problem Orchestra, que le daba más fuerza todavía a sus interpretaciones.

Al final quedó un mal sabor de boca porque la actuación fue cortísima y la gente se quedó protestando con ganas de mucho más. Porque además, como esto era el final, y el incordio del grupo popular del Ayuntamiento hacía que peligrasen las futuras ediciones de la “Cita”, vete a saber cuando íbamos a tener otra noche de rock internacional.

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Nina Hagen – “White punks on dope”

Pero la “Cita en Sevilla” siguió hasta 1.991. Y espero que todas ellas podamos recordarlas en este blog en posts sucesivos que irán apareciendo cuando buenamente se pueda, entre los habituales textos que solemos colgar. El alcalde Manuel del Valle dejó claro que los cincuenta y siete millones de pesetas que había tenido de déficit esta “Cita” (ochenta de gastos y veintitrés de ingreso por taquillajes), no habían caído en saco roto, ya que junto a la posibilidad que se había brindado a todos los sevillanos de asisitir a actuaciones de artistas que de otro modo nunca hubiesen venido por aquí, y a precios asequibles, se había conseguido que Sevilla fuese un eslabón más en las giras habituales de los grandes artistas.

Pero el mundo, y las corporaciones municipales y, sobre todo, las personas que las componen, dan muchas vueltas, y lo que tenía que haber germinado como una gran cosecha, con los años solo dio mala hierba. Aunque antes de que ésta aflore, nos queda mucha diversión… espero compartirla con vosotros próximamente en “la segunda vez que nos citamos en Sevilla”. Porque, al fin y al cabo, y parafraseando a un rocker adelantado a su tiempo que ya hemos mencionado antes, como era Valle Inclán, “nada es como hubo sido, sino como se recuerda”.

LA PRIMERA VEZ QUE NOS CITAMOS EN SEVILLA… (Los prolegómenos)

El tiempo le ha dado a la “CITA EN SEVILLA” una pátina de nostalgia y de buenos recuerdos que hace que los que la vivieron la añoren, y los que no llegaron a vivirla sientan que se perdieron una parte muy importante de la historia musical y cultural de esta ciudad.

Sin embargo, aunque ahora todo el mundo esté de acuerdo en que las citas de todos aquellos años eran algo muy bueno y que mereció la pena celebrar, al principio no todo fueron buenaventuras, sino más bien lo contrario. La “Cita en Sevilla” tuvo que superar escollos muy grandes para poder salir adelante.

En aquella época, concretamente, el año 1.984, a esta ciudad solo habían venido a tocar desde el extranjero, que yo recuerde, los Troggs, Magna Carta y John Martyn. Y los de Producciones Informales aún no nos conocíamos siquiera. Así que la posibilidad de que alguien nos diese la oportunidad de ver en directo aquí a Joan Baez, Elton John y Eric Clapton nos parecía el colmo de la modernidad. Y eso fue lo que nos anunció el Ayuntamiento a finales de marzo de ese año.

La “Cita en Sevilla” fue un empeño del equipo de gobierno municipal del alcalde Manuel del Valle, sacado adelante por el delegado de Cultura, Bernardo Bueno, que sobre todo pretendía ser un medio para fomentar la actividad creativa sevillana, posibilitar la formación de nuevos planteamientos de vida a partir de la cultura, crear una infraestructura sólida para la producción artística tanto propia como de los artistas que viniesen de fuera, invertir en equipamiento cultural… y para ello, junto a los grandes nombres de la música mencionados antes, se invitaría también a otros de los más grandes intérpretes españoles (Serrat, Victor Manuel, Ana Belén) y a los grupos sevillanos que se movían por entonces de forma muy subliminal (Spray Naranja, Oxi 2, Brea, Brigada Ligera, Rompehielos…). Y también la “Cita” abarcaría toda una serie de ofertas que irían desde los demás estilos musicales, como el flamenco, el jazz, la ópera (venía Monserrat Caballé por primera vez); así como arriesgadas obras de teatro y exposiciones. Se trataba, en suma, de poner a Sevilla en el mapa cultural, y que la ciudad se encontrase con ella misma en unas jornadas que cubrirían los barrios y numerosos locales y solares del centro, uniendo el final de las Fiestas Grandes de la primavera con el principio del verano y la molicie de sus 40 grados a la sombra.

Después fallaron algunas de las grandes figuras anunciadas, que fueron sustituidas por otras algo menores; de todos modos quedó una programación muy aceptable, y muy ambiciosa para lo que estábamos acostumbrados a ver por aquí. Pero todo esto fue recibido por la Sevilla más casposa y rancia de una forma tan enconada, que el periódico representativo del sector reaccionario de la ciudad (sí, me refiero al “ABC”) se encarnizó con la “Cita” con este titular:

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Círculo Vicioso – “La negación”

Se preveían problemas… ¡Y vaya si los hubo!

La primera fuente de ellos fue la revista gratuita que el Ayuntamiento editó para publicitar y dar vidilla a la “Cita”, así como para dar a conocer a los artistas participantes en ella, cuya inmensa mayoría nunca había estado aquí y de los que mostraba semblanzas que ayudaban a todos a conocerlos mejor.

La “Cita en Sevilla” la abrieron Els Comediants, con tres representaciones, de las cuales, la tercera, “Demonis” iba a ser la más importante y la que realmente serviría como inauguración oficial de la programación, el sábado 12 de mayo. Como introducción, en el artículo que la revista les dedicaba, aparecía el siguiente texto:

El sábado por la noche, las orillas del Gualdalquivir, la Torre del Oro y las calles de Sevilla se llenarán de olor a pólvora y a azufre del infierno. Son los demonios que han vuelto –por fin- a rescatarnos de las mediocridades hipócritas de esta Sevilla mariana; son los diablos procaces y provocadores, que nos muestran con sus tracas y sus guiños lo aburridos que somos.

A la teniente de alcalde, de Alianza Popular, María Dolores Meléndez, le faltó tiempo para decir que aquello era una burla a la Sevilla mariana, y que “es inconcebible que desde una revista municipal se conceda un tratamiento así a uno de los valores incluídos en el escudo de la ciudad”.

Els Comediants quedaron en el punto de mira de la oposición municipal, y a causa de ello la “Cita en Sevilla” tuvo el peor de los comienzos que nadie hubiese imaginado. Y no hubiese debido ser así, porque el espectáculo del grupo catalán brilló a gran altura. A las diez de la noche del sábado éramos miles los que llenábamos los alrededores de la Torre del Oro, el puente de San Telmo y el Paseo Colón, para contemplar como los demonios llegaban en barca hasta la Torre envueltos en fuegos artificiales, bajo los estruendosos sonidos de “Fausto”, para desembarcar al grito de “Viva el infierno”. El fuego rodeó la Torre del Oro mientras los demonios, los faunos y los dragones bailaban frenéticamente. Els Comediants armaron un estrepitoso y descomunal número de feria y de magia que nos dejó boquiabiertos a todos. Aquello era una nueva forma de entender el hecho teatral como nunca antes habíamos visto, una nueva forma de relacionarse con el espectador, lejos de la solemnidad de la cultura teatral convencional.

Después el espectáculo se extendió hacia la Puerta Jerez, la Avenida de la Constitución, la Plaza Virgen de los Reyes, el Patio Banderas, donde estalló una enorme traca que había preparada… os podéis imaginar el caos circulatorio del centro de Sevilla. Mientras, los demonios se encaramaban a las columnas de la Catedral gritando “Dios no existe, muerte a la Iglesia”. ¿Os lo podéis imaginar siquiera? En el corazón mariano de Sevilla…

Ya sabéis que yo soy bastante modosito, pero en aquella borrachera de fuego y exaltación de los sentidos, fueron muchos los espectadores que se sumaron al espectáculo, que se subieron también a las columnas, que profirieron gritos más impropios aún que los de los actores, que hicieron gestos obscenos a la Catedral y al Palacio Arzobispal… que después de que los actores terminasen, siguieron la fiesta desde la Campana hasta la calle Betis… que incluso rompieron de una pedrada el cristal de la puerta del “ABC” en la calle Velázquez… lo suficiente para provocar este editorial en dicho periódico:

Ellos veían gamberrismo desatado donde solo había fiesta. Tampoco fueron para tanto los pocos desmanes que hubo; y en cuanto a espectáculo bochornoso y suciedad, lo que queda en los palcos de la Campana y la Plaza una vez pasadas las cofradías dejaba en pañales a los restos que quedaron en el Paseo del Marqués de Contadero en la madrugada que siguió a esa noche. En realidad yo no recuerdo haber visto ningún problema de orden público, ni ningún otro problema que no fuesen los motivados por la masiva asistencia de público a cualquier acontecimiento.

Pero ya estaba prendida la mecha que hizo explotar a la Sevilla nazarena. El presidente del grupo parlamentario de Alianza Popular en Andalucía, Ricardo Mena-Bernal, pidió explícitamente al alcalde que expulsase de Sevilla a Els Comediants para que así “el aire vuelva a ser límpio”. Y los concejales de la derecha volvieron a arremeter contra el artículo de la revista: “El pueblo de Sevilla es lo suficientemente divertido como para que tengamos que leer que estos “diablos” van a quitarnos el aburrimiento. Asímismo se dice que van a rescatarnos de mediocridades hipócritas, con lo que desde una revista municipal que pagamos todos se nos llama mediocres e hipócritas…”. Y aún más, salió a relucir el orgullo ombliguista: “Si Sevilla fue la primera ciudad que pidió la definición del dogma de la Inmaculada Concepción y ahora ocupa la vanguardia en la petición del de la mediación, no podemos admitir que vengan unos catalanes, traidos por un señor que no es de Sevilla, a decirnos cual es la cultura de nuestro pueblo”. Anda que no… que se note que la Sevilla mariana es la que parte la pana…!

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Avíos del puchero – “Sevilla”

Y la Sevilla mariana se movilizó. Y durante toda la semana siguiente fueron cientos las personas que fueron a la Plaza del Triunfo a arrodillarse y rezar ante la Inmaculada, dejando a sus pies flores y más flores. Y por supuesto también el Consejo General de Hermandades y Cofradías se sumó al “clamor popular”, y quiso dejar muy clarito que “la sensibilidad de nuestras hermandades y del propio pueblo de Sevilla no puede permanecer indiferente ante actos de esta naturaleza”. Y después fue el Arzobispo el que se lamentó de que “ningúna autoridad del Ayuntamiento ni ningún organizador de dicho acto “teatral” se haya entrevistado antes ni después conmigo”, desmintiendo así las informaciones que se daban en las emisoras de radio sobre que el Arzobispado había autorizado la actuación de Els Comediants… que también manda huevos la manera de informarse y contrastar las noticias de los redactores de entonces. Y después los capillitas se concentraron ante el Ayuntamiento, manifestándose contra el patrocinio municipal de los incidentes… y en la noche del viernes 18 de mayo todos juntos se unieron en torno al monumento a la Inmaculada, presididos por el Arzbispo, para realizar un acto de desagravio a la Virgen en el mismo lugar en que ocurrieron los sacrílegos incidentes. Los cristianos, unidos, jamás serán vencidos.

Y como todavía les parecía poco, al día siguiente, el sábado a mediodía, organizaron una multitudinaria misa en la iglesia del Santo Ángel para desagraviarla todavía más.

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Compañía Malpaso – “Hijos de Dios”

Es digno de resaltar aquí que aunque los hermanos mayores de todas las cofradías más representativas de Sevilla se sumaron a la corriente mariana, el hermano mayor de la Amargura, Ernesto Ollero, aunque seguidor de los mismos principios que los demás, al menos señaló que “no he visto las representaciones, pero por lo que se ha publicado y por comentarios de personas ponderadas que las vieron, entiendo que el grupo actuante no ha ofendido a institución alguna”. Él solo culpaba a las personas que se habían dejado llevar por la ocasión para faltar al respeto de los sentimientos religiosos de un alto porcentaje de los sevillanos.

Y mientras en Sevilla ocurría todo esto, en Madrid el grupo de Els Comediants recibía el Premio Nacional de Teatro, otorgado por su aportación a la renovación de la escena y por su continua evolución.

No es de extrañar, pues, que los días siguientes al pistoletazo de salida de la “Cita” fueran tan intensos que el primer concierto que se celebró en ella, que fue el de B. B. King, el domingo 13, en el Solar de la Maestranza, pasó prácticamente desapercibido.

Pero los conciertos siguieron. Algunos con más pena que gloria, pero fueron saliendo adelante y hoy los miramos con un cariño mucho mayor que el que pusimos incluso cuando nos apiñábamos entonces en las primeras filas. Y en este blog vamos a tener un recuerdo para cada uno de ellos.

Pero eso será en otro de los posts que seguirá próximamente. Atentos a “LA PRIMERA VEZ QUE NOS CITAMOS EN SEVILLA (El desarrollo)”.

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Helio – “Aquella nueva palabra”

LA NIEVE EN SEVILLA ES UNA MARAVILLA

Hacía ya 56 años.

Aunque hay muchos escépticos que dicen que en Sevilla hoy no ha nevado, al menos yo puedo decir que en mi jardín sí que lo ha hecho.

…a ver si va a ser verdad eso que dicen sobre el cambio climático.

ESCENAS DE MATRIMONIO

En el post anterior que dedicamos a Sonic Youth incluímos entre las canciones que lo ilustraban una que no era de ellos, “Superstar”, que era una versión que habían hecho en un disco recopilatorio de homenaje a los Carpenters. Y es que esa canción la mayoría de las veces se piensa que es original de este dúo de hermanos, porque fueron quienes mejor la interpretaron, y quienes la popularizaron; sin embargo, “Superstar” es una canción de DELANEY & BONNIE, que compusieron entre Bonnie Bramlett y Leon Russell.

Este otro dúo, el formado por Delaney Bramlett y su esposa Bonnie, ha pasado muy desapercibido a través de la historia del rock. Sin embargo tienen una interesante historia detrás, y si bien no puede decirse que sean una de las piedras angulares del devenir del rock, sin embargo sí que han tenido una participación muy importante. Y hoy queremos hacerles algo de justicia acercándolos a vosotros para que los conozcáis mejor.

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“Superstar”

La relación de Delaney con la música se remonta a primeros de 1.960, cuando le licenciaron en la Armada y se dirigió en auto-stop hasta California, ya que mientras él servía a la patria, su familia se había mudado a aquel estado desde su Mississippi natal.

Mientras tocaba y cantaba en un club, el “Palamino”, un cazatalentos se fijó en él y le ofreció un trabajo como cantante en un programa de televisión que se llamaba “Shindig”, y que contaba con una banda fija, que eran The Shindogs. Ese programa de televisión, aunque de forma extraña solo duró un año y medio en pantalla porque no tenía mucha audiencia (hay que decir que en los años ’64 y ’65 tampoco había grandes masas disfrutando del rock en los USA), con el tiempo ha adquirido el status de mítico, porque en él llegaron a actuar los Beatles, los Stones, los Who… y los Shindogs tampoco eran un mal grupo, porque además de con Delaney contaban con Glenn Campbell, Billy Preston… las voces de Darlene Love, Jackie Dee Shannon… y con dos músicos más que desde ahí estarían mucho tiempo presentes en la carrera de Delaney: el bajista Larry Knetchel y el pianista Leon Russell.

Como buena banda que eran, The Shindogs no se resignaron a quedarse parados una vez que el programa dejó de emitirse, y solían dar conciertos en salas y teatros. Y una noche, mientras esperaban para actuar en Los Angeles, Delaney se entretuvo viendo la actuación de sus teloneros, un dúo compuesto por un chico y una chica. La chica era Bonnie.

A Delaney enseguida le gustó el sonido que tenían, le gustó la voz de Bonnie, pero no su forma de cantar. No le gustaba en absoluto como ella usaba su voz. Así que una vez terminada la noche, mientras se relajaban tomando algo tranquilamente, entabló conversación con ella para decírselo y hablar de música en general. El resultado de aquella charla fue que al cabo de una semana los dos estaban ya cantando juntos y viviendo juntos… después de haber tomado la rápida decisión de casarse.

Y esa boda, de no haber sido por los hijos que tuvieron, sería algo de lo que siempre se hubiesen arrepentido durante toda su vida, porque el tiempo (en realidad el paso de apenas cinco años) demostró que fue una decisión calamitosa, y que hubiese sido muchísimo mejor haber mantenido su relación en un plano estrictamente laboral.

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“Poor Elijah (Tribute to Johnson)”

Cuando Delaney & Bonnie comenzaron como grupo nunca se sabía quien formaba parte de él en las noches que daban conciertos. La rotación de los músicos era constante; por allí pasaba Leon Russell, pero también otro pianista, John Galley; Carl Radle era el bajista habitual, y Jim Keltner el batería. Rita Coolidge subía muchas veces al escenario también a cantar, y el guitarrista que más tocaba con ellos era J.J. Cale, el cual, a pesar de ser su primer guitarrista, nunca tuvo ocasión de aparecer en ninguno de los discos del dúo. Bobby Keys también tocaba con ellos muy asiduamente, pero cuando además se subían Jim Price y Jim Horn, se juntaba toda una sección de metales completa respaldando a Delaney y Bonnie.

¿Y a qué sonaba todo aquello? Pues coge dos partes de la sensibilidad neo-folky del Dylan de “Blonde on blonde”, remuévelas junto a una parte del espíritu gospel de Aretha Franklin, espolvoréalo todo con un pellizco de melodía de ésas que enamoran a la primera escucha, y sírvelo todo en forma de country blues amplificado al máximo… y así tendrás la esencia de lo que conseguían Delaney & Bonnie.

Pero más allá de esa esencia, lo que ellos y su siempre cambiante cohorte musical consiguieron fue influir e infectar todo el pop-rock de ambos lados del Atlántico durante los años a caballo de las décadas de los ’60 y los ’70. Esta receta para el éxito artístico fue aceptada tan de buena gana tanto por los músicos hasta entonces desconocidos, como por los que ya eran estrellas genuinas, porque en el despertar del floreciente movimiento del cantante/cantautor y los simultáneos histerismo del triunfante heavy metal, era francamente refrescante un distinto estilo de música que respetaba sus tradiciones, a la vez que respetaba también sus propias innovaciones.

Y esta música fue también la que sembró las semillas de su propia destrucción. Lo que esta música demandaba desgarró la asociación musical y matrimonial de Delaney y Bonnie. Pero durante varios años el poder y la relevancia que tuvo nos dio un montón de discos con los que estuvieron relacionados, bien de forma directa, o bien de forma tangencial, el dúo más glorioso del rock, Delaney & Bonnie… & Friends, por supuesto.

La verdad es que Delaney y Bonnie hacían una pareja perfecta musicalmente. Cada uno de ellos tenía la suficiente experiencia (antes no os he dicho que Bonnie, en los años anteriores había hecho coros para Count Basie, Aretha Franklin y había formado parte de las Ikettes como la primera chica blanca de ellas, entre otras cosas) y los fundamentos necesarios tanto para dar brillo como para tapar los puntos débiles del otro. Y eso fue algo determinante para superar con creces la falta de sofisticación en la producción y los casi minimalistas arreglos en la construcción de las canciones de su primera etapa como grupo, aquella en que en el sello Elektra casi se limitaban a hacer canciones de amor, como su famosa “Never ending song of love”.

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“Never ending song of love”

Juntos, los Bramletts encontraron una solidez en su unión que era mucho mayor que la suma de sus partes. Y eso lo sabían apreciar los que les escuchaban. Eric Clapton, por ejemplo, que después de haberlos oído les invitó a ser el grupo que abriese los conciertos de la gira de Blind Faith, la superbanda del momento.

Y así lo hicieron, pero a medida que la gira se iba desarrollando, Delaney & Bonnie subían tanto, que al final resultaron ser ellos el grupo cabeza del cartel. Eric incluso prefería estar con ellos que con sus propios compañeros de banda, y a menudo subía a acompañarlos con una pandereta en los conciertos; tanta fue la amistad que formó con la pareja que cada vez se fue alejando más y más de Blind Faith, hasta el punto de que éstos se separaron poco después y Clapton se quedó como miembro integrante de los Friends de Delaney & Bonnie a petición de éstos. Hasta entonces Clapton se limitaba a tocar la guitarra en los grupos en que estuvo, Delaney fue quien le convenció de que también cantase: “Eric, Dios te ha dado talento para cantar, y tú no haces uso de él… ¿por qué?”.

Mientras estaban con la gira por Inglaterra, después de tocar en el Royal Albert Hall, entró en el camerino George Harrison, amigo de ellos desde hacía algún tiempo, en que les había facilitado la labor para un contrato discográfico con Apple que al final resultó fallido, y que fue también quien le dijo a Eric Clapton que les eligiese como teloneros para Blind Faith. Ahora los Beatles acababan de separarse y George les pidió que le dejasen enrolarse en su banda. Por supuesto, los deslumbrados Delaney & Bonnie aceptaron enseguida, y a la mañana siguiente ya estaba George en el autobús del grupo armado con la Fender Rosewood Telecaster que había usado para grabar el “Let it be”.

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“Things get better”

George Harrison hizo con ellos toda la gira que posteriormente quedó inmortalizada en el disco “On Tour”, pero por razones legales, su oficina de management prohibió que su nombre figurase en dicho disco, por lo que George aparece en él acreditado como “L’Angelo Misterioso”. Y aparte de todos los músicos ya mencionados, a la gira también se fueron incorporando algunos otros del entorno de Eric Clapton y del bajista Carl Radle, sobre todo otro dios de la guitarra como fue Duanne Allman. Aunque éste no se encontraba en Croydon el 7 de diciembre del ’69, que fue cuando grabaron el disco “Delaney & Bonnie & Friends On Tour with Eric Clapton” (el tercero de los que editaron) que marcó la cúspide de su carrera.

“On Tour” es un disco que conjura las mismas sensaciones que otras de las mejores obras editadas en ese inicio de la década de los ’70, sobre todo porque en todas ellas los músicos eran prácticamente los mismos. Cuando la gira de Delaney & Bonnie terminó y ellos se tomaron un tiempo para descansar e intentar dirimir sus cuestiones matrimoniales, la mayoría de los “Friends” se volvieron a marchar de gira de nuevo, siendo esta vez los “Mads dogs & Englishmen” que acompañaban a Joe Cocker, proporcionándole el abrupto y vibrante sonido que después apreciamos en el disco que grabaron también en directo.

Y Joe Cocker no fue el único; muchos otros intérpretes absorvieron a través de estos músicos el sentimiento de Delaney & Bonnie, cediendo el paso a una música que fue como el sol que le da a un crudo invierno las más cálidas sensaciones; y así pudieron rejuvenecer y levantarse y andar algunos Lázaros como The Allman Brothers Band, que grabaron (también en directo) su maravilloso “Live at Fillmore East”; George Harrison, que dejó para la posteridad su mejor obra, “All things must pass”; Leon Russell, que se estrenó discográficamente con el lujo de contar en su primer disco con un par de Beatles, un par de Stones, un Yardbird, y todos los “Friends”; o el propio Eric Clapton, que grabó con ellos su primer disco en solitario.

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“Only you know and I know”

La carrera de Delaney & Bonnie fue como un gran hongo, que después de salir, creció y floreció, haciendose cada vez mayor, hasta que en 1.971 explotó como si ese hongo fuese atómico. Y el principio del fin tuvo lugar precisamente en esta gira de 1.970. Durante ella Delaney tuvo que callarse muchísimas de las cosas que le apetecía decir para que no se fuese todo al traste. No disfrutó en absoluto de la música, se limitó a hacerlo lo mejor que pudo durante todo el tiempo que pudo.

Tuvieron, eso sí, una tregua de algunos meses que les permitió disfrutar de su etapa en Atlantic, el sello en el que se estrenaron con el “On Tour” y con el que poco después editaron su primer set de canciones grabadas en estudio. Aquí Delaney & Bonnie se sacudieron la frustración de sus años en Elektra, sello que solo quería un rápido éxito y a cambio tenía muy pocas ventas, y reunieron la suficiente inteligencia e inspiración para mezclar sus raices de soul y de rhythm & blues y evolucionar desde su pasado para grabar la más fuerte colección de canciones pop de su época… al menos durante los primeros dos o tres meses después de su edición, jejeje. El disco se llamó “To Bonnie from Delaney” y era prácticamente una actualización de sus quince años previos, ayudados por Duanne Allman, King Curtis, o el mismísimo Little Richard, que ponía el piano en la versión que hacían de su propia canción “Miss Ann”.

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“Miss Ann”

A ese disco le siguió después “Motel shot”, lleno de canciones acústicas en su mayoría, en el que rescataban de esa forma algunos de sus temas antiguos preferidos y los unían a clásicos del blues, ayudados de nuevo por Duanne Allman, Joe Cocker, Gram Parsons…

Su último disco, “D&B Together”, en realidad tenía que haberse llamado “D&B Are outta here”, lo que hubiese explicado mucho mejor la situación de la pareja. Y lo grabaron porque no tuvieron más remedio, porque ya ni siquiera se aguantaban. Clive Davis, de la compañía discográfica Atlantic, que les fichó después de salir de Elektra de mala manera (entre otras cosas por aquél intento de marcharse a Apple que antes os comenté), les había dado un adelanto de muchísimo dinero por sus discos, y al menos tenían que editar otro más.

Y si no el fin de una era, el disco sí que sirvió como culminación de su relación musical. Injustamente subestimado como una mala idea que fue a peor aún, “D&B Together” es, sin embargo, un buen disco que adolece solamente de no ser un gran disco. Aquí se hayan las versiones en estudio de algunas de sus mejores canciones… “Only you know and I know”, o dos de las mejores composiciones de Bonnie: el canto gospel de “Wade in the river of Jordan” y “Groupie”, que es con la que abrimos este post, y la que todos mejor conocéis por el nombre que la hizo famosa, “Superstar”.

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“Wade in the river of Jordan”

Cuando finalmente rompieron, toda la banda se fue con Eric Clapton para formar Derek & The Dominoes. Se dijo en la prensa y en los mentideros musicales que entre Delaney y Bonnie y los demás músicos hubo mucha animosidad, pero Delaney siempre lo ha desmentido; es más, siempre ha dicho que fue él mismo quien les animó a irse porque él no tenía entonces ningunas ganas de seguir con la música. Su mundo se había caído y estaba hecho pedazos.

Todo había comenzado con Bonnie y él, y fue bonito mientras estuvieron bien. Los fallos de convivencia en realidad no fueron culpa de nadie. Los músicos en general, y los escritores de canciones en particular, son muy quisquillosos con sus egos, y convivir con uno de ellos no debe ser nada fácil. Y aquí eran dos los que convivían. Con los años, Delaney y Bonnie siempre estuvieron de acuerdo en que, aunque todo casi terminó en tragedia, pero el maravilloso principio lo compensa. No se arrepienten de lo que hicieron juntos… pero seguramente, si tuviesen otra oportunidad, no lo repetirían.

Con el paso de los años ni Delaney ni Bonnie alcanzaron el éxito comercial ni la majestuosidad crítica que produjeron durante su etapa en común, pero ambos continuaron grabando e interpretando hasta este nuevo milenio, en el que incluso mantuvieron una rara colaboración en marzo del 2.003. Desde su ruptura los dos volvieron a casarse con nuevas parejas, y se cuentan unos siete u ocho discos más a nombre de cada uno, antes de que Delaney falleciese ha hecho ahora justo un año, el 27 de diciembre del 2.008. Por su parte a Bonnie también la hemos visto con los Allman Brothers, o con los Fleetwood Mac, sustituyendo a Stevie Nicks, así como interpretando un papel en aquella buena serie de televisión que era “Roseanne”, o dando el chivatazo a la prensa sobre los comentarios racistas que Elvis Costello, en una noche de borrachera, vertió sobre James Brown y Ray Charles.

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“Free the people”

SONIC MIDDLE AGE

En el post anterior estuvimos discutiendo sobre la figura musical de la década. Pero…¿y la figura musical de todas las décadas que llevamos?

Tranquilos, que no vamos a hacer otra encuesta. Esta vez solo os voy a hablar de mi elección: SONIC YOUTH.

Y además no parece que yo haya sido el único que ha pensado así, porque los comisarios del Museo de Arte Moderno de New York, el famosísimo MOMA, parecen ser también de esta opinión, porque entre “Las señoritas de Aviñón” de Picasso y la inmaculada lata de sopa de Andy Warhol han colocado también unos auriculares colgados de la pared, junto a la portada de uno de los discos de Sonic Youth, cuya música puede oirse a través de ellos cuando te los colocas en los oidos. El disco es “Confusion is sex”, el primero de los que grabó esta banda, allá por 1.983.

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“(She’s in a) Bad mood”

Esto es un recordatorio de la naturaleza evolutiva del arte. Pero también habla muy a las claras de lo que es Sonic Youth, una banda que ha ocupado el vacío entre el pop y el arte, la melodía y la expresión abstracta, durante los últimos 25 años. Son un grupo que tiene su espacio natural tanto entre las paredes del MOMA como encabezando el cartel de cualquier festival multitudinario de rock. Tienen un pie plantado en el mundo de la cultura visual y el otro en el de la música popular; y su trabajo es tan aceptado por las audiencias más funkies como por las más masivas.

El sonido, e incluso la historia, de Sonic Youth, es también la historia entera del rock’n’roll alternativo del siglo 20 comprendido en un solo grupo. En su música se puede escuchar el vanguardismo sesentero de la Velvet Underground, el sarcasmo de Iggy Pop y los Stooges, la agudeza poética de Patti Smith, la simplicidad punkie de los Ramones, el nihilismo del movimiento No Wave neoyorkino, el ruido y la furia del grunge, y la abstracción del post-rock. Aunque no fueron los primeros en desafinar sus guitarras, y en poner los botones de sus amplis al máximo jugando con las olas de ruido blanco que se consigue así, sí que han sabido manejar todo ese caos improvisado mejor que nadie. De todas formas, ellos siempre han rehuido la idea de usar el término “ruido” cuando era aplicado para describir su música, porque siempre solía ser en sentido peyorativo, cuando el rock siempre ha tenido una saludable dosis de ruido desde los tiempos del “Rumble” de Link Wray hasta nuestros días.

Y por eso fueron sirviendo de inspiración tanto a los recién llegados con ganas de pelea, como lo fueron Nirvana, como a los clásicos establecidos desde hacía tiempo, como lo era Neil Young, cuyo renacimiento de los primeros ’90, alimentado por la distorsión, tuvo lugar justo después de que Sonic Youth le estuviese teloneando en 1.991. Neil Young decía que “Expressway to yr skull” es una de las mejores canciones para guitarra que se haya escrito nunca.

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“Expressway to yr skull”

Esa canción cerraba el “Evol”, el tercer disco de Sonic Youth, de 1.986, y el primero en el que la banda encontraba el equilibrio entre la melodía y el desorden después de sus beligerantes orígenes post-punk.

Y su momento definitivo llegó dos años después, en 1.988, con su “Daydream Nation” (el disco que creo que más veces puse en “El trip de las 5”), que se convirtió en el punto de referencia de la floreciente generación grunge. Kurt Cobain siempre le citaba como uno de sus discos favoritos, mientras que J Mascis, el guitarrista, cantante y líder de los Dinosaur Jr, tuvo el honor de ser el inspirador de la grandiosa primera canción que lo abría: “Teenage riot”.

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“Teenage riot”

Para horror de muchos puristas del indie, “Daydream nation” les llevó a conseguir un contrato con Geffen Records, con lo que entraron en el mundo de las multinacionales del disco; una operación que les copiaron los de Nirvana, y sin la cual seguramente nunca hubiésemos tenido el “Nevermind”. Las dos bandas se fueron juntas de gira por Europa, y su afinidad fue capturada para la posteridad en el documental “1991: The year punk broke”, que os recomiendo fervientemente que veáis.

Fue durante el tiempo que pasaron en Geffen, en los primero ’90, cuando Sonic Youth alcanzó su mayor fama y las mayores alabanzas de la crítica. Desde la portada de minimalista tinta negra del “Goo”, hasta “Swimsuit issue”, una pieza de 1.992, incluída en su disco “Dirty”, que fue toda una patada en los huevos del sexismo institucionalizado de Geffen, Sonic Youth estuvieron subvertiendo la industria musical desde dentro. Y la guinda del pastel llegó en 1.996, cuando fueron inmortalizados en el episodio “Homerpalooza” de “Los Simpson”. Ya sabéis… todo está en los Simpson; lo dijo una vez alguien en un comentario de este blog.

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“Swimsuit issue”

Estoy aquí por obligación. No quiero ser una sensación.
¿Para aparecer en “Sesenta Minutos” , merecen la pena estos quince minutos?

No me toques las tetas. Solo estoy haciendo mi trabajo.
No me pongas a prueba. Estoy haciendo todo lo que puedo.

Las compras en MaxFields, el poder que tienes para blandir.
Los sueños de ir a los Grammies, hasta que me pegues el hachazo.

Tú has puesto la música, y me haces bailar a su son.
Solo soy un chica de Encino. ¿Por qué eres tan mezquino?

Solo estoy aquí por obligación. No soy tu ligue de verano.
Te gustan los chismorreos. Vale, ya estás en las noticias.

Soy de Sherman Oaks, solo una rueda con radios,
Pero no voy a darte dolores de cabeza en un bungalow de Sunset.

Roshumba, Judith, Paulina, Cathy, Vendella, Naomi,
Ashley, Angie, Stacey, Gail.
Mujeres de hielo.
Mujeres de hielo.
Mujeres de hielo.

Y los últimos tiempos les pillan en un momento tan autónomo como impredecible. Lo mismo editan un EP de feedback dedicado a uno de sus fans, que se suicidó, el “Silver Session for Jason Knuth” de 1.998, que Kim Gordon saca su propia marca de ropa, Mirror/Dash. El año pasado hicieron otro movimiento extraño editando una recopilación a través de Starbucks, la cadena de cafeterías más grande del mundo. Se titulaba “Hits are for squares”, y las canciones que llevaba fueron seleccionadas por sus fans más famosos, desde los Radiohead hasta Eddie Vedder. Lo único que el grupo se guardó para sí mismo fue el diseño de la portada, que en un principio fue la foto de un homeless tirado en el suelo en la puerta de un Starbuck… algo que “extrañamente” no gustó a los ejecutivos de la cadena de cafeterías, que sustituyeron la foto por una de un yuppie.

Es irónico que Sonic Youth recibiesen tantas críticas por hacer este disco y luego resulta que no lo tiene prácticamente nadie. La propia banda duda incluso de que llegara a ponerse a la venta. Ha sido la edición discográfica más oscura de toda su historia…

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“Superstar”
Vale, ya sé que ésta no es de ellos, pero es la elegida por Diablo Cody, mi guionista favorita actualmente, y también bloguera.

Lo último que sabemos de ellos, aparte de que se han ampliado con la entrada del nuevo guitarrista Mark Ibold, al que ya conocíamos de su paso por Pavement, es que van a aparecer en esa serie de televisión tan chunga (yo la abandoné antes de terminar el segundo episodio) que se llama “Gossip Girl”. Actuarán como la banda que toca en la boda de alguno de los jovenes ricachones de Manhattan en un loft bohemio de lo más chic. Interpretan una versión acústica de su “Starpower”, que a los productores de la serie les ha parecido lo suficientemente romántica como para formar parte de su banda sonora. Y no es que se “hayan vuelto a vender” esta vez, es que Coco, la hija adolescente de Kim Gordon y Thurston Moore es una gran seguidora de la serie, y le pidió a sus papis que lo hicieran… y ya sabéis que uno hace por sus hijos cosas que no estaría dispuesto a hacer por nadie más, ni por dinero, aunque le fuese la vida en ello.

Para una banda que lleva tanto tiempo junta, llamar a su disco número 16 “The eternal”, es como decir “hala, joderos! esto es lo que hay! …que sepáis que no estamos dispuestos a irnos!”. Aunque haya que cambiar el “Youth” de su nombre por “Middle Age”.

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“Starpower”