EL PADRINO DEL PUNK (1ª Parte)
Ésta es una historia de tragedia, ascenso, aclamación, revancha y redención, escrita en dos partes, y dedicada a todos los que estuvieron en un concierto en Sevilla el 1 de junio de 1.984. Y a todos los que quisieran haber estado.
Aunque nadie discutió cuando sus compañeros de sello discográfico, los Madness, dijeron de él que posiblemente era el mejor letrista inglés de su generación, IAN DURY, de forma más humilde, se limitó a aclarar que en realidad solamente había escrito “siete canciones buenas”.
Hace poco estuvimos hablando de él en este blog refiriéndonos al fantástico concierto que nos dio en la primera ”Cita en Sevilla”, y aprovechando que en este año se cumplen diez ya desde su muerte y que estará de nuevo de actualidad como consecuencia de la película que se ha rodado sobre él, vamos a intentar también aquí, aunque sea a grandes rasgos, contar una historia que os acerque a su legado musical y a su vida. Una vida que estuvo llena de tragedia, resolución y revancha.
Ian Dury contrajo la polio cuando tenía siete años tras pillar una infección por bañarse en una alberca contaminada. Desde entonces convertido de por vida en un minusválido, pasó sus años formativos en colegios especiales, siempre interno, en los que el acoso y la intimidación eran males endémicos. Además de las cicatrices físicas, el daño emocional de la personalidad de Ian Dury también era muy severo. Rabioso y frustrado, se convirtió en el más débil de los niños atormentados, y allí se forjó el volátil comportamiento que le hizo ser a la vez un intérprete único y un problemático padre, marido y amante.
Cuando por fin logró la fama en 1.979 con su “Hit me with your rhythm stick”, Ian Dury era un tipo amargado, de 36 años de edad, escocido por la falta de reconocimiento de su primer grupo Kilburn & The High Roads. Un tipo que era más frecuentemente Mister Hyde que Dr. Jeckyll, que golpeaba a sus novias, o que cuando se emborrachaba insultaba a cualquiera solo para que éste apagase sus luces de un puñetazo. Un tipo al que su manager, Andrew King, a fin de que dejase de causar estragos durante las giras, se veía obligado a quitarle y esconderle su bastón, para así poder pararlo.

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Ian Dury nació en Upminster o en Harrow (dependiendo de si le creemos a él o a su partida de nacimiento), en el condado de Essex, el 12 de mayo de 1.942. Sus padres eran Margaret y William, ella una enfermera que se preocupaba porque su hijo aprendiese a hablar bien y no se contagiase de la forma de hacerlo de su padre, un chófer que decía tres tacos de cada cuatro palabras. No parece que su madre tuviese demasiado éxito, menos aún cuando el niño creció durante los años ’50 en el mundo del rock’n’roll, los teddy boys y los gupos de skiffle, que tanto excitaron e influyeron a la mayoría de los jóvenes de esa década.
Acompañando a su padre en uno de sus viajes como conductor fue cuando se bañó en aquellas infestadas aguas que le dejaron tan enfermo que nadie esperaba que sobreviviese. Después de varias semanas en una unidad de aislamiento del hospital una ambulancia le trasladó a su casa, donde se mantuvo durante otros dos años con tratamiento de calmantes y fisioterapia. El virus le dejó con el brazo y la pierna izquierda paralizados.
Y así fue como con nueve años fue enviado a su primer colegio interno, el Chailey Heritage Craft School, en el que a muchos niños con diversos grados de minusvalía se les enseñaba, normalmente al aire libre, los beneficios del trabajo duro y la autosuficiencia; lo que viene a ser un eufemismo para decir que en aquella escuela de pomposo nombre trataban a los niños como en las novelas de Charles Dickens. Un ambiente durísimo en el que la jerarquía entre los alumnos se establecía a base de hostias y putadas, e imperaba la ley de la selva, fría y brutal.

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Y si aquel colegio era malo, el siguiente por el que pasó, el Royal Grammar School, fue aún peor. Sobre todo porque aquél era un colegio para niños normales y él era el único disminuido físico entre 800 pequeñas bestias. Menos mal que para entonces Ian había aprendido bien que en lugares como aquél había que actuar de matón para que no actuasen así contigo, y esa actitud le dio muchas oportunidades. Lo que sí tuvo de bueno el colegio aquél es que como nadie le quería como amigo, en su soledad comenzó a leer vorazmente, más que nada novelas negras de Mickey Spillane, y descubrió que podía dibujar y pintar bastante bien, sobre todo chicas desnudas que copiaba de las revistas porno que circulaban por allí y teddy-boys con enormes flequillos; una estética que encontraría en él mismo su máxima expresión un par de décadas más tarde.
De allí salió con buenos conocimientos de arte y lengua y literatura inglesas, y pasó por algún colegio más donde fue adquiriendo la educación necesaria para que le aceptasen tal como él quería ser: un bohemio y un inadaptado social.
Por todas las escuelas por las que pasó dejó constancia de que nunca iba a ser un alumno aplicado; pero lo que sí apreciaba enseguida eran las diferentes obsesiones musicales de la gente. Y él fue picoteando de todas ellas… del rock and roll, del jazz, tanto del tradicional como del moderno… la música clásica nunca le gustó; pero enloquecía con Gene Vincent (físicamente renqueante como él, debido a un accidente de coche) y Elvis Presley. También Jelly Roll Norton, Lonnie Donegan… por supuesto, también él formó parte del algún grupo de skiffle. Hasta que a finales de los ’50 entró en una escuela de arte y comenzó a alternar con compañeros a los que les gustaba el jazz moderno.
En realidad la rama del arte por la que Ian sentía devoción, y por la que ingresó en un par de escuelas de arte era la pintura, pero nunca perdió el interés por la música en todas sus variantes. Por eso nunca fue un rígido seguidor de ningún estilo concreto; aunque el pop no fuese algo que escuchase por entonces, lo normal era el jazz. Ian solía ver a Ginger Baker y a Jack Bruce tocando jazz antes de que formasen Cream, y le atraían los saxos alto y soprano de la Graham Bond Organisation. Luego descubrió el soul y se pasó a Otis Redding y a James Brown. Pero sobre todo, su favorito siempre fue Gene Vincent… vicioso, apasionado, malo, lo tenía todo. Ian Dury coleccionó todos los discos originales de 78 rpm que Gene Vincent grabó con Capitol Records. Y después le dio las gracias por todo en una canción.

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Lo cierto es que Dury por entonces seguro que tenía más aptitudes para la pintura que para la música. Por mucho que ésta le gustara, cuando intentaba cantar en alguna de las bandas de skiffle por las que anduvo, nunca tenía ni idea de en qué tono estaba tocando el resto del grupo; por eso siempre terminaba escondido por ellos, al final del escenario, detrás de una de una tabla de lavar, que era el instrumento que siempre le daban.
Pero no perdió las esperanzas y siguió aprendiendo todo lo que pudo. Y más aún viendo el nivel de las bandas de rock ya reconocidas que pasaban por el auditorio de su escuela de arte. Los Pretty Things, por ejemplo, no le impresionaron lo más mínimo: “Yo puedo hacerlo mucho mejor que ésos; y dar más espectáculo…”
Así que con 28 años formó su primera banda propia, con compañeros de la escuela, todos ellos músicos de jazz: George Khan, saxo tenor; Terry Day, batería; Charlie Hart, bajo; Russell Hardy, piano y Ted Speight, guitarra.
En noviembre de 1.970 comenzaron los ensayos y pronto se hizo patente que Ian Dury iba a necesitar aprendizaje musical. Russell, el pianista, le aconsejó que se comprase un xilófono de juguete, y con él le enseñó las notas, y un principio de cómo asociarlas formando algunas sencillas melodías. Practicando mucho, entre las sonrisas escondidas de los demás, Ian fue ganando confianza.
Cuando vieron que Ian estaba lo suficientemente preparado como para interpretar “Lucille” y “Twenty flight rock”, entendieron que ya eran una banda con todas las de la ley. Y se pusiero un nombre: Kilburn & The High Roads.
En realidad ese nombre lo tenía Ian Dury buscado desde dos años antes de formar la banda. Él ni siquiera había estado nunca en Kilburn, pero ese nombre le hacía sentirse cosmopolita, y le ponía de buen humor. Una buena razón, ¿no?

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Comenzaron a dar conciertos, apenas pagados. Se movieron por el West End donde brillaban las estrellas de Eric Clapton y Jimi Hendrix. Pidieron favores, y en uno de los clubs, el Speakeasy, les ofrecieron una actuación por la miserable cantidad de 15 libras; pero aceptaron porque sabían que esa noche iban a estar allí Pete Townshend y Keith Moon. Aunque al final éstos no les hicieron ni caso.
Sin embargo sí que se acercaron a su camerino Dave Robinson y Nick Lowe para decirles que deberían probar suerte tocando en el circuito de pubs. “Y un carajo, tío”, les contestó (más o menos) Ian. “Donde nosotros queremos tocar es en el Royal Albert Hall”. Pero así y todo Dave fue después a verlos ensayar, y se convirtió en su primer manager.
Y así fue como unos inexpertos Kilburns comenzaron su brillante carrera en el pub rock, y pasaron por los mejores locales de Londres… el Kensington, el Tally Ho, el Hope & Anchor… a bordo de una desvencijada furgona y con material alquilado para cada concierto, ellos se sentían afortunados si cada noche tenían pasta para poderse ir a la cama después de un plato de comida y una taza de té.
Pero no pasaban desapercibidos. Al menos no para Charlie Gillet, uno de los escritores y presentadores más famosos de la ciudad, que estaba comenzando a echar a rodar un nuevo sello discográfico. Su entusiasmo por ellos les llevó a ofrecerse como nuevo manager. Aceptaron.
Durante los años ’70 el pub rock creció y floreció. Los locales se llenaban para ver a Brinsley Schwarz, a los Bees Make Honey, a Ace, a los Ducks Deluxe, a Chilli Willi. Y a Kilburn & The High Roads, los cuales eran a menudo descritos como el eslabón entre el pub rock y la new wave. Pero Ian Dury nunca estuvo de acuerdo con esa asociación. A él le parecía que las canciones de todas aquellas bandas sonaban igual, y siempre terminaban los conciertos haciendo “Brown sugar” en el bis. Él no quería ser igual; quería variedad que mantuviese el interés, ser impredecibles. Incluso en su apariencia eran distintos.
Y entonces fue cuando descubrieron que aquella noche en el Speakeasy iba a tener inesperadas consecuencias. Un año después de aquello vieron que Pete Townshend y Keith Moon no les habían echado tan poca cuenta como pensaban, y aquí estaban ahora… ofreciéndoles un contrato como teloneros para la próxima gira de los Who.

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Pero el brillo que se presentó ante sus ojos con esta gira, pronto demostró ser solo un espejismo. A pesar de que constantemente sacaban nuevas y buenas canciones… “Rough kids”, “You’re more than fair”… se sentían cada vez más frustrados por su falta de progreso, especialmente cuando veían que otras bandas de su círculo de pub rock ascendían cerca del estrellato; los Doctor Feelgood, por ejemplo.
Hubo muchos cambios, y para cuando en enero del ’74 Kilburn & The High Roads comenzaron a grabar su primer disco, en realidad ya eran la cuarta versión de la banda la que se metió en los nuevos estudios de Apple para hacerlo: Russell Hardy, al piano, Davey Payne al saxo tenor, David Rohoman a la batería… lo estaban grabando para Raft Records, subsidiario de la multinacional Warner Brothers que, de pronto y para recortar gastos, cerró el sello en abril.
El disco, de todas formas, nació marcado por la mala estrella, porque aunque su productor Tony Ashton estaba poniendo toda su voluntad en hacer un disco de rock crudo, en cuanto se fue una semana de vacaciones, a la vuelta se encontró las canciones remezcladas llenas de violines y demás instrumentos de cuerda, sin que nadie le diese explicaciones y solo le hiciesen rebotar del manager de la banda a los responsables de la discográfica. Menos mal que él tenía aún copias de las cintas originales. Pero su empeño se estrellaba con la cerrazón de los propietarios de Warner, que no entendían las referencias de Ian Dury (ellos eran americanos) y no iban a editar el disco. Es más, cuando cerraron el sello Raft reasignaron a algunos de sus artistas a la Warner, pero a los Kilburn los dejaron en el paro.
Eso sí, cuando Ian Dury con sus Blockheads se convirtió en una estrella, se dieron prisa en sacarlo al mercado con el título de “Wotabunch”. Fue en octubre de 1.978, e Ian pilló uno de los cabreos más grandes de su vida…
Al quedar libres Ian también separó su camino de Charlie Gillett y la banda contrató un nuevo manager, Tommy Roberts, quien les consiguió trabajo en un nuevo sello, Pye. No es que las condiciones que les ofrecían fuesen muy buenas, pero como no había nadie más interesado en ellos, pues pusieron su firma sobre la línea de puntos. Y en el estudio de grabación volvieron a hacer el mismo disco, con las mismas canciones y lo llamaron “Handsome”. Vendieron unas 3.500 unidades y se habló de ellos durante algún tiempo, que tuvo su pequeña prórroga con un par de singles más. Hasta que se hizo patente que la banda nunca iba a llegar a ningún lado, y era mejor dejarla aparcada y seguir otros caminos.
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El éxito y la fama a esta edad tan temprana seguramente moldearon la personalidad de Alex Chilton para siempre. Allí estaba él, todavía no era mayor de edad, un fracasado escolar, bebiendo a todas horas, fumando hierba, conociendo chicas todos los días, y sin querer mirar hacia un futuro bastante incierto. Sus amigos eran gente de los Beach Boys, los Doors, la banda de Wilson Pickett… Carl Wilson fue quien en realidad le enseñó a tocar la guitarra; y los Beach Boys le trataban como otro miembro más de su gran familia. Alex era como el hermano pequeño de los Wilson. Incluso estuvo en California, pasando mucho tiempo con ellos.







Las entradas se habían agotado algunos días antes del concierto. Y para que entrasen los miles de personas que teníamos entrada a algún lumbrera de la organización se le ocurrió abrir la puerta (una sola) a las nueve y media de la noche… cuando el concierto era a las diez. Y aunque se retrasó un poco, para cuando Victor Manuel dio comienzo al espectáculo cantando “Déjame en paz”, en la puerta todavía quedaba muchísima gente queriendo entrar. Y las canciones seguían, y la gente seguía estando fuera, por lo que terminaron por perder la paciencia y enfadarse, formando tal alboroto que al final la organización dejó las puertas abiertas para que entrasen libremente… tanto los que tenían su entrada como los que aprovecharon la ocasión para pasar también de forma gratuita.
Cuando Manuel del Valle y Bernardo Bueno terminaron de pasear entre los stands, una vez inaugurada la exposición, comenzaron a sonar unos cencerros en la azotea del edificio de la Casa de Granada, allí, en su parte más alta, visible desde toda la Plaza de San Francisco, un tío, vestido solamente con un taparrabos y una corona de espinas, se crucificó en una cruz forrada de papel de estaño, mientras otro grupo a su alrededor encedía bengalas.























