EXITUS (y 3)

…viene del post anterior.

– ¿Quieres que avisemos a tu familia?.- Le preguntó la enfermera después del primer reconocimiento.
– No, déjalo. Prefiero llamarles por teléfono yo mismo. Si les llama alguien del Hospital diciendo que he sufrido un accidente se van a asustar mucho. Prefiero que me oigan personalmente para que sepan que no me ha pasado nada.
Miguel llamó a su mujer y después a casa de sus padres. Tanto en un sitio como en otro le dijeron que iban para allá enseguida.
Cuando estaba en una camilla del quirófano el enfermero que le estaba poniendo los cinco puntos en el dorso de la mano derecha le hizo una seña con la cabeza para que mirase hacia atrás. Al volverse sonrió y saludó con la otra mano. Se dio cuenta de como se relajaban los preocupados rostros de su mujer y su padre, que le miraban desde las ventanitas de la puerta.

– Miguel, tienes que salirte un rato.
Quién le hablaba era Carmina, una de las auxiliares de la unidad de Diálisis.
Tuvo que abandonar un rato el trabajo y dedicarse a dar vueltas por el pasillo.
De vez en cuando se asomaba a la habitación a ver qué le hacían a aquel hombre. Una de las veces vio como el cadáver estaba puesto de costado y todo sucio de chorreones parduscos. Le impresionó y retiró la cabeza; nunca estuvo seguro de qué era aquello, pensó que probablemente a alguna de las auxiliares se le había derramado el bote de Betadine sobre él. No volvió a mirar.
No volvió a asomarse a la habitación hasta que vio salir a las auxiliares. Sólo vio un bulto envuelto en sábanas encima de la cama. Un cadáver amortajado.
Su reacción le sorprendió hasta a él mismo. De pronto casi no podía contener la risa. Le asaltó el recuerdo de otra mortaja, en aquella misma habitación, meses atrás.

Las dos camas del “riñón chico” estaban separadas por un biombo. En la de la izquierda estaba dializándose Rosalía, una señora ya bastante mayor y llena de achaques que se sumaban a la insuficiencia renal.
Había llegado de urgencia, bastante mal, con el potasio por las nubes. Los enfermeros no se explicaban como había llegado: aquella cantidad de potasio era incompatible con la vida.
No tuvieron más remedio que pasarla a aquella habitación y conectarla rápidamente al primer monitor que encontraron de reserva. Pese a las circunstancias.
En la cama de la derecha yacía el cadáver amortajado de Luisa. Otra señora mayor que no había sobrevivido a la última diálisis.
También en el rincón entre la cama y la pared se hallaba la máquina que Miguel había ido a reparar ese día.
La falta de un taller en condiciones se hacía notar más aún en situaciones como ésa. Miguel tenía que vagar por el pasillo o quedarse allí en la puerta de charla con alguien hasta que sacasen el cadáver.
Mari Carmen se paró un momento con él cuando llegó.
– Ve a tomarte un café si quieres, ya mismo van a venir los celadores para llevársela.
Miguel prefirió quedarse allí.
Mari Carmen era la supervisora del servicio. A Miguel le gustaba. De vez en cuando tenían alguna pequeña bronca porque ella siempre le daba los avisos de avería diciéndole que eran urgentes y que tenía que ir a reparar los monitores en seguida. A veces era imposible hacerlo.
Pero la chica siempre hablaba con él, le preguntaba por sus cosas. Y sobre todo, era muy cariñosa con los enfermos.
– ¿Qué, Rosalía, otra vez te has hartado de fruta?.- Reprendió a la enferma, y le preguntó por su estado al enfermero que la atendía.
– De esta también sale, pero viene muy mal y muy deprimida.
Llegaron los celadores con una camilla. Mari Carmen les indicó que no hablaran llevándose su dedo índice a los labios. Por lo visto quería ahorrarle el disgusto a la señora y no deprimirla más.
– ¡Venga, Luisa, que ya están aquí los niños para llevarte a tu habitación! Mira que mala suerte, que podía haber llegado Rosalía antes y no te hubieses dializado sola, con lo que os gusta a las dos hablar de los nietos.
¡Se estaba dirigiendo a la muerta! Miguel no se movió de la entrada. Aquello no se lo podía perder.
Con señas, como pudo, le dio a entender la situación a los celadores cuando se dirigían al otro lado del biombo.
Mari Carmen seguía hablándole al cadáver.
– Sobre todo tú no te muevas, eh. Que ellos te cogen con la sábana entre los dos y te pasan a la camilla. Verás que paseito, como si estuvieras en el columpio. Pero tú no te muevas, no te vayas a caer.
Los celadores cooperaban, sobre todo uno de ellos.
– Ya mismo se va usted a quedar tranquila en su habitación. Usted no se mueva que cuando yo cuente tres la pasamos. Una, dos y tres… ¡vaaaamos! ¿Qué, a que no le ha dolido? ¡Ea, pues preparada que nos vamos!
Miguel contenía la risa a duras penas. Mari Carmen le miraba y sonreía también abiertamente. Le hizo a los chicos una seña para que esperaran y se fue a entretener a la otra. Junto con el enfermero se colocaron delante de Rosalía, de forma que no pudiese ver bien la camilla que tenía que pasar ante su cama.
– ¿Como estás? ¿Ha hecho ya tu nieta la primera comunión? Cuando la haga nos traerás un trozo de tarta para que la probemos ¿no?, que nosotros te tendremos aquí un regalito para ella…
Así siguió, hablándole de esto y de lo otro mientras le señalaba a los celadores que pasasen ya.
– Dile adiós a tu amiga Luisa, Rosa, que ya se va. Pasado mañana otro ratito.
Transportaron la camilla rápidamente. El celador aquel debía tener vocación de actor. Cuando salían aún se dirigió una vez más a las sábanas que llevaba delante.
– Si ve usted que se marea o va incomoda nos avisa, que nosotros paramos y la colocamos mejor.
Ya fue demasiado para él. Miguel tuvo que salir de allí riendo a carcajadas.

FIN.

EXITUS (2)

…viene del post anterior.

Si no hubiese estado sólo todo habría sido muchísimo peor. Sobre todo para los niños, que siempre viajaban atrás, donde no había cinturón de seguridad. Con las vueltas, el portalón trasero del coche se abrió y todo lo que había en el maletero y en los asientos de atrás salió volando; cajas llenas de herramientas y de repuestos… si cerraba los ojos podía ver a su hijo volando junto a ellas para caer quién sabe dónde. Mientras se sujetaba fuertemente las manos para evitar el temblor se prometió a sí mismo ir más despacio cuando su familia fuese con él. Esta vez la soledad había sido la mejor compañía.

Este hombre no se iba a morir sólo. Después de todo Miguel estaba allí con él. El enfermo ni siquiera se daría cuenta pero allí a su lado había otra persona a la que le importaba. No es que fuese el acompañante ideal, Miguel estaba atareado con la máquina que reparaba, pero no dejaba pasar muchos segundos sin dirigirle un vistazo y pensar en él. De alguna forma, extraña quizás, ese hombre postrado y a punto de morir significaba mucho para él. Miguel se sentía como si fuese el último jirón de humanidad que unía a ese hombre con la vida; se sentía como si de no estar él allí la existencia del otro ya no tendría razón de ser.

Hace muchos años, en una clase de filosofía Don Teófilo había dicho que en una habitación a oscuras todo es de color negro; los colores no existen porque no hay nadie para verlos. Y que si en lo profundo del bosque se cae un árbol, éste no hace ruido, porque nadie hay para oírlo.

La avería de la máquina no era nada especial. En realidad la culpa de que no funcionase bien era del obsoleto sistema de tratamiento de agua que tenían en el Hospital, que a base de soltar carbón había atascado el filtro de agua del monitor. Simplemente había que cambiárselo y funcionaría correctamente. Luego la limpiaría, la revisaría un poco y la dejaría lista. Los filtros los tenía todos en el coche.

El coche había quedado absolutamente irreconocible, cualquiera que lo mirase comprendería que todos los que hubiese en su interior en el momento de accidente habrían quedado poco más o menos en ese mismo estado. Miguel sonreía cuando veía las caras de la gente. Iba en la grúa, sentado al lado del conductor, camino de la chatarrería y veía como los viandantes miraban los restos del coche; uno hasta se persignó como si estuviese viendo pasar un entierro… a lo mejor pensaba en el conductor de aquel montón de hierro retorcido… en Miguel, que se reía al verlo, como se reía con la cara del conductor de otro Ford Escort como el suyo parado en el semáforo al lado de la grúa. Miguel estaba seguro, viéndole la cara, de que el hombre se imaginaba a sí mismo dentro de aquel coche; estaba seguro que mientras se acordase, aquel hombre respetaría todos los límites de velocidad y todas las luces rojas que se le pusieran por delante.

Como se reía también la misma tarde del accidente cuando fue a recoger el coche al depósito de la autopista. Entonces fue la primera vez que realmente vio el estado en que quedó. Y saber que había salido entero de allí le regocijaba y le hacía feliz. Sus ganas de bromear ni siquiera quedaban empañadas por los pensamientos que de vez en cuando le venían sobre lo que se iba a tener que gastar en otro coche, además de tener que terminar de pagar éste. Seguramente vendrían algunos meses de ruina y números rojos ¡pero qué más daba! Había escapado de la muerte.

Se dio cuenta nada más traspasar el marco de la puerta. Al entrar Miguel la primera ojeada fue para el hombre y enseguida vio que ya no respiraba.

¡Si no había tardado nada! ¿No podía haber esperado la puta muerte a que él regresase con el filtro? Se sintió como si hubiese traicionado a aquel hombre y a pesar de su silenciosa promesa al final le dejó expirar sólo… sólo.

En la sala de hemodiálisis había un paciente canturreando un fandango, los demás leían, oían la radio con sus auriculares o simplemente pensaban en sus cosas dejando pasar las cuatro horas. Algunos sanitarios iban y venían, otros estaban atareados en el control. El enfermero que tenía más cerca estaba rellenando una primitiva. Se acercó a él y le habló en voz baja.
– Paco, el hombre que está en riñón chico me parece que se ha muerto.
– ¡No jodas!
– A mí me parece que no respira. Ve a verlo tú.
Paco lo examinó y corroboró lo que Miguel ya sabía de sobra.
– Habrá que avisar a alguno de los médicos.
Fue al mostrador de planta y regresó con la doctora Méndez. Miguel les esperó en la puerta, olvidada de momento la máquina averiada.
Desde allí vio a la doctora mirarle las pupilas, auscultarle, quitarle la mascarilla de oxígeno que ya no le servía para nada. De nuevo junto a los otros dos comenzó a rellenar unos papeles.
– ¿A que hora se ha muerto?.- Preguntó.
– Miguel es el que me ha avisado.- Le contestó Paco.
Miguel miró su reloj, hizo unos cálculos y aventuró una hora aproximada.
– Ha tenido que ser entre las 11 y diez y las 11 y media, que es el tiempo que yo he estado fuera. Cuando volví ya estaba muerto.
Casi le interrumpió un enorme ronquido. Se volvió sobresaltado. Había sido el difunto, ¿como puede ser eso? ¿estaba vivo? Sus dudas fueron aclaradas por la doctora.
– Son los gases. Es normal que los muertos recientes den ese ronquido. Incluso a veces, si es más violento, puede hacer que se muevan. Da la sensación de que el muerto se incorpora.
A Miguel le pareció notar un escalofrío en ella cuando le explicaba esto, a lo mejor debido a recuerdos poco gratos de novata en la facultad.
La doctora terminó con los papeles, hicieron algunos comentarios, y cuando salía Miguel la oyó decir algo.
– ¿Este señor no era fraile o algo así? Habrá que avisar al convento.

Continuará…

EXITUS (1)

El hombre que estaba en la cama no le era desconocido, estaba seguro de que lo había visto en alguna sesión de diálisis pero no acertaba a relacionar esa cara con ningún nombre. Probablemente el estado en que se hallaba le desfiguraba bastante. Y la mascarilla de oxígeno que le tenían colocada no contribuía a que Miguel pudiese reconocerle mejor.

Estaba en el “riñón chico”, la sala para enfermos agudos, en la que, además, el personal sanitario del Hospital iba colocando todo lo que les estorbaba, ya fuese una máquina averiada o un paciente en fase terminal. Hoy estaba llena. A la derecha, junto a los ventanales, un monitor que había conocido días mejores descansaba de su continua faena esperando que alguna mano amiga le sacase el polvo y los chorreones de bicarbonato, ya más que reseco, que el sol teñía de amarillo brillante. A la izquierda estaba el hombre, y su aspecto no era mejor que el de la máquina.

Yacía exangüe sobre la cama, sin mover más que el pecho; cansadas inspiraciones que le llevaban a los pulmones el oxigeno que sin cesar le enviaba el tubo. No se le oía quejarse, no se le oía siquiera respirar; sus ojos abiertos, apagados, ni siquiera parpadeaban, ¿qué verán los que agonizan? El único signo de vitalidad era el vaivén de su tórax, no había ni rastro de ningún movimiento que hiciese de forma consciente. ¿Sería consciente de algo? ¿Sabría que se iba a morir? Miguel se acordó de aquello, unas semanas atrás.

¡Qué manera de llover! Ya sólo caían las últimas gotas, pero el suelo de la autopista rebosaba de toda el agua caída hacía unos segundos. Quizás debido a lo despacio que había tenido que marchar durante el diluvio ahora pisaba con más ganas el acelerador. En el kilómetro diecinueve el drenaje era especialmente malo y allí es donde quedó el charco traidor de agua remansada. Cuando el coche pasó por encima de él pareció quedarse clavado e incluso culear un poco, pero lo habría pasado sin problemas si Miguel no hubiese pisado el freno. La parte trasera se fue desplazando a la izquierda, sin control, para convertir al automóvil en una peonza cuyo giro quedó abortado cuando las ruedas traseras entraron en la mediana y se produjo el vuelco.

Ahora el coche daba vueltas de campana sobre su diagonal. Apoyado en su esquina trasera izquierda, la velocidad hizo que se levantase entero sobre ella para volver a caer sobre la parte delantera derecha, que se convirtió en un nuevo punto de apoyo para comenzar otro giro… así hasta tres… ¿o cuatro?

¿Cómo sería el golpe final? ¡Miguel no sentía miedo! Pasado el susto inicial supo que iba a morir. Y su mente lo asimiló. Mientras el coche daba volteretas, él, sujeto al asiento por el cinturón de seguridad, ahora cabeza arriba, ahora cabeza abajo, estaba totalmente tranquilo, sólo sentía una gran curiosidad por como iba a terminar todo aquello: ¿un estallido y fuego? ¿un porrazo fuerte en la cabeza u otra parte vital?

¿Sentiría miedo el hombre de la cama? Parecía en paz. Miguel lo miraba y se preguntaba qué estaría pasando por su cabeza en este momento. Los personajes de los libros y de las películas, en momentos así rememoraban su vida o soñaban cosas sin sentido. Él sabía por experiencia que no era así. Claro que su experiencia duró sólo unos segundos, y cualquiera sabe cuanto tiempo llevaba el hombre en este estado.

No dejaba de observarle. Parecía como si quisiera penetrar en el cerebro del hombre postrado y ver sus pensamientos. Él sabía que no se teme a la muerte cuando ya sabes cierto tu final, pero no comprendía la razón. Dejar atrás tantas cosas y tantas personas que te importan debería llenarte de pavor. Algo debe anularse dentro de ti, algo que te ayuda a pasar el umbral. A fuerza de observarle, entre los dos debió establecerse alguna misteriosa relación. Miguel supo en su interior que el hombre de la cama estaba preparado para morir.

El coche quedó parado cabeza abajo y el esperado golpe final no llegó nunca. Miguel comprendió que el destino le brindaba otra oportunidad y con ello llegó la urgencia por salir de allí. En ese momento fue cuando apareció el miedo. Miedo a que el coche se incendiara o algo parecido, miedo a una muerte estúpida después de haber sobrevivido a lo peor. Aunque el miedo no le dejó ver que todo estaba en calma, el motor apagado, el peligro pasado, tampoco le impidió mantener el mínimo de serenidad necesaria para desabrocharse el cinturón y salir a rastras por la ventanilla pegada al suelo, abierta, por suerte. Se tranquilizó al salir de nuevo a la autopista y ver la expresión de incredulidad reflejada en la cara de las seis o siete personas que habían salido de los coches que pararon al ver su accidente.

Estaba sólo. Tanta gente en el Hospital y éste hombre iba a morir absolutamente sólo. La muerte así debe ser aún más triste. Por el pasillo de vez en cuando pasaba alguien, una auxiliar, un enfermero, tal vez algún médico o alguna limpiadora; nadie se paraba en la puerta, siquiera para mirar si aún respiraba. En el control de la sala de diálisis, justo al volver la puerta, había, por lo menos, ocho o nueve personas atendiendo a los pacientes en tratamiento. Pero este hombre se iba a morir sólo.

A lo mejor había alguien que le esperaba abajo; o que al menos esperaba noticias de su estado. Miguel ya llevaba muchos años de técnico y sabía que un enfermo de diálisis normalmente va acompañado. Aunque sólo fuese el taxista que le trae desde su pueblo, pero abajo habría alguien que le esperase. Quizás su esposa, su hija, ¿dónde estarían? Porque además, estos familiares son especialmente atentos con ellos… ¡cuánto sacrificio! ¿No estaría casado con alguien como la madre de Manolita? Seguro que se levantaba antes que los gallos porque su hija se dializaba en el primer turno, y para llegar había que hacer más de 80 kilómetros. Se quedaba en la sala de espera hasta asegurarse de que “la niña” estaba montada y todo había ido bien. Ahora a buscar un rincón donde echar una cabezada, incómoda. Siempre pendiente, ¿cómo tiene la tensión?, ¿como se va de peso? Cuatro horas más tarde otra paliza para volver. Y pasado mañana lo mismo, año tras año.

¿No tendría una hija como Rocío? Posiblemente no tendría ni novio. ¿Como? si cuando no estaba acompañando a su madre estaba pendiente de los males de su padre; siempre cargada con su libro o su bocadillo. De forma recíproca, también estaban los padres de Manuel. Envejecidos, adustos, ella de luto eterno, a él nunca le han visto sonreír. Guía a su hijo, joven, ciego, hasta el vestuario y cuando empieza la sesión se le ve salir con su mujer no se sabe dónde. Miguel los vio una vez en las cercanías, quizás ella no le conoció, quizás él tampoco, pero como les miraba le dedicaron una suave inclinación de cabeza seguido de un “mú güenas”. Gente sencilla haciendo una comida sencilla: el chusco, el queso y la navaja; encima del poyete unas tajadas de melón… muchas horas que matar.

Sentado en el incómodo banco de madera de la sala de espera que había en el incómodo servicio de Urgencias fue cuando a Miguel se le comenzó a venir el mundo encima.

Continuará…

KNOCKIN’ ON GRACELAND’S DOOR

Una historia cortita y divertida, que ya estoy de vacaciones y no está la cosa para currar demasiado. Y sobre nuestros clásicos, que siempre dan mucho juego.

Jerry Lee Lewis tuvo algunas cosas en común con Elvis Presley. Para empezar, los dos firmaron por el sello Sun Records; para seguir, de los dos se dice que fueron los verdaderos padres del rock and roll; y para terminar, los dos se convirtieron en drogotas enloquecidos… que era el estado en el que estaban la calurosa noche de nuestra historia, cuando casi estuvieron a punto de encontrarse a las 3 de la mañana en Graceland.

¿Habéis visto “El Señor de los Anillos”? No recuerdo en cual de sus partes, creo que en la segunda de ellas, Saruman envía un enorme ejercito de Orcos, o como se llamasen los bichos feísimos ésos, a destruir el Abismo de Helm. Los malos empiezan a bombardear sus torres con rocas y catapultas gigantescas, que casi oscurecen el cielo con la cantidad de grandes bolas de fuego que arrojaban hacia donde estaban Gandalf y sus colegas.

Bueno… pues imagínate esa escena, pero en vez de los Orcos, o como se llamasen los bichos feísimos ésos, piensa en Jerry Lee Lewis. En vez del Abismo de Helm, pìensa en las puertas de Graceland. Y en vez de rocas y catapultas piensa en un Lincoln Continental conducido por un cantante y pianista enloquecido. La cantidad de grandes bolas de fuego lanzadas, puedes dejarlas igual.

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“Great balls of fire”

Pues sí. Fuera de control debido a un cóctel a base de drogas y de sexo con su prima de trece años (recuerda que en el profundo Sur americano de los seguidores de la Biblia, eso era perfectamente aceptable), Jerry Lee se había acercado hasta Graceland, y en vez de llamar educadamente a sus puertas, como hubiese hecho todo el mundo, comenzó a embestirlas con su enorme coche, mientras una Derringer cargada golpeaba las paredes de la guantera… “¡Decidle a Elvis que el Killer está aquí!”, repetía una y otra vez, y otra, y otra, y otra más… “¡Decidle a Elvis que el Killer está aquí!”.

Los guardias de seguridad se limitaron a llamar a la policía, que llegó, arrestó a Jerry Lee, y se lo llevaron esposado al calabozo. Una vez allí, con la amabilidad característica de los polis americanos le explicaron que el señor Presley no recibe a nadie a las tres de la mañana, excepto si vienen a traerle las drogas que tiene prescritas. Y como quiera que el señor Lewis solo quería echar abajo las puertas de la casa del señor Presley y matarle, pues para eso tendría que volver a una hora más razonable.

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“Whole lotta shakin’ goin’ on”

Pero Jerry Lee nunca volvió. Años después, cuando Elvis murió debido a un cáncer de hamburguesas, a Jerry Lee le pidieron unos comentarios para la prensa. “Bueno…”, dijo. “Me alegro de que se haya muerto. Uno menos en el camino. Quiero decir… Elvis esto, Elvis aquello… ¿qué coño hizo Elvis además de meterse unas drogas que yo no me podía permitir…?”.

El día después del incidente de Graceland, Jerry Lee fue al hospital y le diagnosticaron una úlcera péptica. En el momento de escribir esto, todavía vive.

Elvis, dependiendo de quien sea quien lo diga, no.

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“Suspicious mind”

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Si no ha ocurrido ningún contratiempo, este post ha debido publicarse él solito el miércoles por la noche, tal como yo lo había dejado programado. Como os decía ahí arriba, ya estoy de vacaciones, y no tengo ningún ordenador al lado. En casa hay un portátil, sí… pero tanto mi mujer como mi hijo me tienen puesta una orden de alejamiento de él; ella para que deje de teclear un ratito siquiera, y él porque vete a saber qué cosas podría encontrarme en su disco duro.

El caso es que el miércoles por la noche, aunque todavía estaba en Sevilla, pero no estaba en disposición de asomarme por aquí y publicar esto, porque o bien vendría tarde del concierto de Muni Camón, si convencía a la familia de salir el jueves para Madrid a una hora prudencial; o estaría ya durmiendo para madrugar y salir de viaje.

Así que tardaré en aparecer para escribir algo, aunque supongo que en algún momento de los viajes Madrid-Roma-Costa Dorada, podré acercarme a algún ordenador para vigilar el negocio y ver quien comenta y quien se ha desentendido del asunto. Porque, aunque esté fuera, para vosotros seguirán presentes las actualizaciones del blog.

He dejado programadas durante las tres próximas semanas publicaciones nuevas los domingos y miércoles por la noche. No serán entradas al uso, sino unos relatos cortos que he escrito y dividido en tres partes cada uno de ellos. De lo que se trata es de que una vez publicada una de sus partes, vosotros juguéis con ella. No solo comentando qué os parece, o cualquier cosa que queráis decir, sino intentando adivinar como va a seguir, como va a acabar, escribiéndola de forma alternativa, sacando al personaje del contexto y poniéndolo en otro… ejerced vuestra creatividad con los relatos, os los dejo a vuestra disposición para que los queráis, los tergiverséis, los maltratéis, los desfiguréis… pero sobre todo para que los leáis. Y os acordéis de mí durante el tiempo que estaré fuera.

Besos y abrazos para todas y todos.

RADIO ACTIVIDAD

Para todos los que, como yo, no podrían vivir sin la magia de la radio.

En febrero de 1.957, un conductor de trenes de Stockport llamado John Axon salvó a otras personas en un accidente de ferrocarril en Derbyshire, muriendo él mismo en el intento. Su valor fue premiado de manera póstuma con la Cruz de San Jorge, pero aquella tragedia tuvo un significado cultural mucho más profundo.

Charles Parker, un extravagante excomandante de un submarino durante la anterior Guerra Mundial, reconvertido actualmente en productor de la BBC, se puso en contacto con el radical actor, compositor y cantante Ewan MacColl, y con Peggy Seeger, una joven americana que tocaba el banjo con él en sus viajes a través de Europa, para colaborar en un documental radiofónico sobre el desastre de aquellos trenes.

Pasaron horas entrevistando y grabando a los familiares, amigos y compañeros de trabajo de John Axon, y desafiando todas las convenciones de la BBC, decidieron usar aquellas grabaciones reales en lugar de las habituales voces en off de los locutores y actores de plantilla para contar la historia.

Ewan MacColl escribió y adaptó conmovedoras canciones para enlazar la narración; Peggy Seeger hizo los arreglos, y Charles Parker tomó los estudios una noche para hilvanarlo todo de forma laboriosa, mezclando la potente música de MacColl y Seeger con los emotivos pensamientos de los trabajadores.

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“John Axon was a railway man” (De “The Ballad of John Axon”)

John Axon era un ferroviario que nació y creció entre trenes de vapor.
Era el maquinista de una locomotora de Edgeley.
Durante cuarenta años trabajó y sirvió al ferrocarril.
Y perdió la vida en una de sus vías un día de febrero.

Ministro de Transportes y Aviación Civil, 10 de Julio de 1.957

Señor:

Tengo el honor de informarle del resultado de mi investigación sobre la colisión que tuvo lugar el sábado, 9 de febrero de 1.957, cuando a las 11,05 de la mañana el tren de mercancías de Buxton a Arpley perdió el control cuando estaba descendiendo un paso inclinado en una colina, y alcanzó y colisionó violentamente contra la parte trasera del tren de mercancías de Rowsley a Edgley. Lamento informarle que el conductor Axon, y el guarda del tren de mercancías de Rowsley, resultaron muertos.

Presentamos: “La Balada de John Axon”. La historia real de la vida de un ferroviario contada por los hombres que le conocieron y trabajaron con él, y convertida en canción por Ewan MacColl.

El año era 1.957, la mañana brillante y alegre,
El 9 de febrero John Axon iba conduciendo.
Iba en una locomotora de clase 8 desde Buxton.
En el camino a Chapel-en-le Frith su freno de vapor se averió.

Era una cuesta abajo de siete millas desde Bibbington Top. Oh, Johnny.
Era una pendiente del 58 por ciento y tú no tenías frenos. Oh, Johnny.
Las máquinas cogieron velocidad y la potencia se liberó; era una oración lo que hubieses necesitado.
Pero nunca la rezaste, Johnny.

Era el infierno de hierro, era una mercancía funeraria. Oh, Johnny.
Era el final de un sueño de acero y vapor. Oh, Johnny.
Hay un mundo en tu cabeza y tú tienes que abandonarlo, hay vida más allá,
Pero tú nunca la verás, Johnny.

Los jerarcas de la BBC quedaron horrorizados tanto porque sus preciosas ondas hertzianas quedasen contaminadas por las coloquiales palabras de las rudas voces de miembros de la clase trabajadora (por Dios…! ¿Cómo pueden decir por la radio “bloody” o “bugger”…?), como por las poco ortodoxas prácticas de aquellos tres pintorescos personajes que lo sacaron adelante. No querían emitirlo; “problemas técnicos”, adujeron.

Pero, no se sabe exactamente por qué razones, “La Ballada de John Axon” terminó por salir al aire en 1.958 y fue un éxito instantáneo, cosechando premios y aplausos de la crítica, e incluso contó por fin con la aprobación de la BBC, cuyo director general dijo del documental que “era el programa de radio más originalmente concebido, más brillantemente realizado y más emocionante que había oído nunca”.

Para Charles Parker aquello fue el comienzo de un viaje iniciático. Antes de conocer a MacColl y a Peggy él era muy religioso y un conservador convencido, porque así habían sido su cuna y su educación. Pero una vez que se vio envuelto en estos programas, y vio la clase de experiencias y condiciones a las que se enfrentaban diariamente trabajadores como los mineros, rápidamente percibió que las difíciles situaciones por las que pasaban y las injusticias que sufrían eran culpa del capitalismo. “¿Cómo puede uno sentirse superior en presencia de hombres que parecen haberlo experimentado todo, y que pueden hablar coherentemente de cualquier cosa bajo el sol? Conocer a los mineros y tener esta rebelación fue el principio de mi real educación…” El nacido fervor por sacar a la luz estas luchas sociales le llevó a simpatizar con el marxismo a la vez que se convertía en un apasionado defensor de la música folk. Desde ahora su vida se guiaba por el obsesivo deseo de convertir estos nuevos programas en una forma de arte por sí mismos.

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“I think it’s the soil” (De “Song of a road”, sobre la construcción de la Autopista M1)

Creo que es la suciedad, creo que es la suciedad. Quiero decir… se pueden seguir los rastros hacia atrás…

Al principio fue la tierra.

Entonces, cuando uno cava en el suelo se da cuenta del montón de mierda de verdad en la que vivimos.

La tierra se calentó, las montañas, los valles y los mares se formaron,
Ascendieron remolinos de gases,
El sol en los cielos quemó los dientes de sierra de las montañas.

Cuando estás cómodo en tu asiento,
En el frío y en el calor,
Nunca piensas que la has tenido que levantar.
Dándote una paliza cada una de las horas del día,
Trabajando entre antiguas capas de mugre.
Gatos y máquinas excavadoras,
Tractores de oruga,
Levantando torres de perforación y grúas.
Ya sea en una torre, un bulldozer o un foque,
Estás entre antiguas capas de mugre.

Pero es interesante que por encima de todos estos materiales… la caliza recubre la arcilla de Gault, la cual recubre la arena verde de glauconita, la cual recubre la arcilla de Oxford, recubriendo los grandes depósitos del jurásico y las capas de Lias, y todas estas capas se van haciendo más antiguas a medida que profundizamos… algunas hasta de 250 millones de años de antigüedad ¿sabes?.

Rocas y acantilados y montañas rotas, aplastadas y trituradas bajo el hielo, han cubierto los desnudos huesos de la tierra en las llanuras y valles.

Cuando te están esclavizando cada hora del día
Nunca piensas que las has tenido que levantar,
Te estás dando una paliza constante, y lo estás haciendo bien,
Estás trabajando entre antiguas capas de mugre.

Aunque yo no soy geólogo, estoy fascinado por esto. Por ejemplo, esas grandes máquinas que usamos guardan un sorprendente parecido con los monstruos prehistóricos. Pensar que nuestra imitación de los monstruos prehistóricos trotan por ahí desenterrando fósiles que tienen millones y millones de años…

Gatos y máquinas excavadoras,
Tractores de oruga,
Levantando torres de perforación y grúas.
Ya sea en una torre, un bulldozer o un foque,
Estás entre antiguas capas de mugre.

Durante los siguientes seis años, Charles Parker, Ewan MacColl y Peggy Seeger, hicieron más baladas radiofónicas (Radio Ballads) con el mismo formato de música y palabras reales, sobre otros asuntos como la construcción del M1 (la primera autopista británica, en la que se emplearon 19.000 obreros, en su mayoría irlandeses), las industrias pesqueras y mineras, la comunidad gitana o las penosas realidades de la polio. MacColl escribió muchísimas grandes canciones, y las Baladas revolucionaron la radio británica y le dieron relevancia y un contexto moderno a la revitalizada música folk. No en vano otro de los principales aspectos de estos programas era demostrar que Gran Bretaña tenía una cantidad de canciones populares tan ámplia, y tan fuertes y pegadas al pueblo como cualquiera de las que formaban parte de las tradiciones americanas.

Los temas centrales de estas Baladas eran el peligro y la muerte, cosas que eran bastante familiares para los músicos de folk, ya fuesen producto de los accidentes industriales y del transporte (ferrocarril, pesca y minas) o de la polio y el boxeo (“The body blow” y “The fight game”). Inevitablemente, las Baladas de más éxito eran las impregnadas del humor cotidiano y la generosidad de espíritu de la gente normal de clase obrera; humor y generosidad de la que podían perfectamente haber andado escasos en vista de su situación. Estas cualidades tenían para ellos una gran capacidad de recuperación, y de no haberlas poseído, además de su camaradería y solidaridad, para aplicarlas a la industria y a la vida, su penosa existencia hubiese sido casi siempre algo insoportable.

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“A miner has to possess that sense of humour” (De “The Big Hewer”, sobre los mineros del carbón)

El minero tiene que tener sentido del humor. Una cara triste en el subterráneo no te lleva a ningún lado, y aunque estés muy triste y muy abatido, tú tienes que participar, con tu ingenio, en cualquier cosa que se te ocurra, demostrando que estás vivo y que te has olvidado de las cosas de fuera. No podría soportar el subterráneo sin humor.

Podemos trabajar y podemos luchar, podemos cantar y contar una historia,
Ya sea que vengamos de Durham, o Northumberland, o Gales.
Deja que la jaula baje.
Vamos y pillemos la cerveza local, únete a nosotros y toma unas cuantas,
Siéntate y cuenta una historia o dos, y si la historia no es verdadera
Ni es de aquí ni de allá
Deja que la jaula baje, deja que la jaula baje.

Entonces uno de los superhombre dijo un minuto Jack, dijo, quiero verte. Entonces Jack dijo ¿para qué es para lo que quieres verme? Dijo el otro, ¿tienes chirivías (una planta parecida al apio)? ¿En el jardín? El otro dijo, sí. Adiós, tío, dijo el otro, bonitos y grandes. Entonces mira, Jack, dijo el otro, ¿podrías decirme como son de grandes? Jack dijo ¿por qué? Porque me han dicho que las raices son tan profundas que atraviesan el suelo y llegan hasta la mina, y los ponies no pueden pasar con ellas.

Un viejo compañero de mina, Dai Maddy le llamaban, montaba un enorme caballo en una veta baja, en un nivel bajo. Entonces cuando vino el bombero, pasar con aquel techo era muy, muy difícil, y el bombero le dijo, bueno, lo que tienes que hacer, es cortarle un poco las patas, para que así el caballo sea más bajo. Entonces Dai le miró y musitó algo entre dientes, y el bombero siguió su camino. Se volvieron a encontrar sobre una hora más tarde, y el tío vio a Dai avanzar dandose cabezazos en el techo. Y le dijo ¿qué coño estás haciendo, Dai? Te dije que le cortaras un poco las patas. Y el otro dijo, mira tío, no te quedes conmigo; son las orejas lo que tiene arriba, no las patas…

Cuando Isaac Lewis se murió, ¿qué creeis que hicieron con él?
Lo vendieron como antracita a 20 libras la tonelada.

Él tenía un buen remedio para un mal techo, Isaac lewis. Le dijo al jefe que él tenía un remedio.
Dejar el carbón debajo.

Deja que la jaula baje.
Vamos y pillemos la cerveza local, únete a nosotros y toma unas cuantas,
Siéntate y cuenta una historia o dos, y si la historia no es verdadera
Ni es de aquí ni de allá
Deja que la jaula baje, deja que la jaula baje.

Trabajé en una mina en América. Y no podéis haceros una idea del tamaño que tenía. No se acababa nunca, tíos. Entré en la sala de máquinas, y el tío estaba totalmente dormido. Así que le despertamos. ¡Dios bendito! ¿estabas dormido? Hay hombres ahí dentro que dependen de tí. Y el tío dijo ¿qué día es hoy? Oh, es martes, le dijimos. Ah bueno, entonces está bien, dijo él, no salen hasta el jueves…

Deja que la jaula baje.
Vamos y pillemos la cerveza local, únete a nosotros y toma unas cuantas,
Siéntate y cuenta una historia o dos, y si la historia no es verdadera
Ni es de aquí ni de allá
Deja que la jaula baje, deja que la jaula baje.

El equipo tuvo que enfrentarse, por supuesto, a múltiples adversidades y tribulaciones para conseguirlo; grandes problemas que a veces amenazaron esta fórmula pionera de hacer radio: equipo muy limitado, interminables problemas técnicos, las anticuadas actitudes y conservadores hábitos de la BBC. Para las grabaciones de las personas tenían que usar enormes y pesados magnetofones, que todavía estaban lejísimos de los cassettes grabadores, y a años luz de los grabadores digitales. Con aquellos cacharros grabaron cientos de horas de entrevistas. Luego MacColl y Peggy tenían que bucear entre todas ellas para seleccionar las que se iban a usar en los programas. Después Charles Parker, de forma manual, cortaba y empalmaba los pedacitos de cintas que necesitaban para ser intercalados con las canciones. Al final de todo ese proceso se juntaban los músicos, los técnicos y otros profesionales radiofónicos de forma simultánea, para unir aquellos elementos y esforzarse en que quedase un programa perfecto, la mayoría de las veces pasando todos allí horas y horas repitiendo sesiones muy complejas hasta que conseguían exactamente la calidad que querían Parker y MacColl.

Además de los tres protagonistas, en estas Baladas hubo también envueltos un gran número de cantantes de folk y de jazz, tales como Ian Campbell, un jovencísimo Dave Swarbrick, el legendario Bert Lloyd, Jimmie McGregor, o Alf Edwards, un genio de la concertina y único músico que participó en todas las Baladas aparte de Peggy… una vez tan solo, en la Balada dedicada al pueblo gitano, “The travelling people”, la última de las que realizaron, en lugar de usar cantantes de folk metieron en el estudio a cantantes gitanos que formaban parte de la gente a la que habían estado entrevistando para documentar el programa. Aquellos completos desconocidos recibieron una gran atención por parte de la audiencia, e incluso les llamaron para conciertos y grabaciones, por lo que encontraron una vida en la música dando a conocer sus tradiciones Belle y Sheila Stewart, gitanas de Blairgowrie; Elisabeth y Jane Stewart, de Fetterangus, o Joe Heaney, uno de los gitanos de Connemara.

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“If you took a traveller” (De “The travelling people”, sobre los pueblos nómadas británicos)

Si tú coges a un gitano y lo pones en mitad del desierto, encontrará la forma de vivir allí.
Él incluso podría venderle arena a los egipcios.
Son apañaos.

Se dice por ahí que soy un pícaro, un gitano liante,
Un afilador asqueroso y vago, pero en realidad soy muy apañao.
Viajo p’acá y p’allá, conozco cada rincón de la nación,
Y puedo siempre echar una mano en cualquier ocupación.
Soy un manitas errante, entiendo de todos y cada uno de los oficios,
Y si quieres saber mi nombre, llámame “el apañao”.
He sido un manitas errante con la talega al hombro,
He hecho pucheros y cacerolas, todos a mano, con mis tijeras de cortar latón y mi soldador;
Puedo arreglar una silla o cazar una liebre o hacer una mesa de mimbre,
Y cuando hay que afilar cuchillos, nadie se da más maña.
Soy un manitas errante, entiendo de todos y cada uno de los oficios,
Y si quieres saber mi nombre, llámame “el apañao”.

Él no tiene jefes, ni casa, él puede buscarse la vida sacando brillo a los zapatos, puede ganar dinero con la ropa usada.

He vendido cestas y canastos y estropajos hechos de brezo,
He trabajado en miles de campos, con cualquier clase de tiempo.
He recogido bayas en Blair y he recolectado más de una tonelada,
He recogido remolacha y pelado rábanos, he arrancado mala hierba.

Trabajos de agricultura, cosas de madera, arreglar paraguas, luchar en un ring, tratante de caballos, cambiando continuamente. Recolectar fruta, recolectar patatas, moler la cosecha, remendar esterillas.

Muchas veces he comprado y vendido un caballo, un potro semental y un rebaño de yeguas;
Los he entrenado durante el invierno y los he vendido en las ferias de caballos.
En Barnet y en Appleby me conocen bien en esa época,
Siempre me verás en Brough Hill, al igual que en Kirkby Stephen.
Soy un manitas errante, entiendo de todos y cada uno de los oficios,
Y si quieres saber mi nombre, llámame “el apañao”.
En invierno, cuando los días son más cortos, andamos cerca de las ciudades,
Con nuestras cestas bajo el brazo mientras las vamos pregonando.
Vamos por ahí mientras intentamos vender nuestras mercancías y tiras de encaje,
Pero por cada puerta abierta hay diez que nos cierran en la misma cara.

Vas a las casas de las señoras, grandes casas, llamas a la puerta y la señora sale. Va usted a comprar a una afortunada gitano hoy, querida, venga y le leeré su suerte en la palma de la mano, y le diré su pasado, su presente y su futuro. Ya sabe, querida, los gitanos somos como poetas, hemos nacido así, no lo hemos aprendido. Venga y le leeré la buena fortuna.

Me encontrarás en las obras de edificios currando con el pico y la pala;
Trabajaré hasta que me duerma de cansancio, por encima de la suciedad y el ruido.
Me encontrarás en las torres de alta tensión o levantando estructuras de acero,
Gateando como una mosca humana y siempre esperando la muerte.

Bueno, yo eché el primer cemento en Hatfield New Town, en aquellos trece bloques de almacenes, y lo estuve echando hasta la última viga.

En verano vamos a las granjas y hacemos trabajos de pintura,
Y a veces me pongo de rodillas para echar telas asfálticas.
Y cuando los días de verano han pasado y llega el invierno vamos a robar,
Me encontrarás entre basuras y harapos y trabajando en la compra-venta de chatarra.

Soy un hombre útil para la comunidad.

Soy un manitas errante, entiendo de todos y cada uno de los oficios,
Y si quieres saber mi nombre, llámame “el apañao”.

Parker y MacColl ya han fallecido, y del trío es Peggy la única que continúa con vida, cosa que tampoco es extraña ya que ella era significativamente más joven que los dos hombres. Aún así la hicieron responsable de la mayoría de los arreglos musicales de las Baladas.

Hay que tener en cuenta que los programas comenzaron a emitirse en 1.958, cuando la televisión todavía no se había convertido en un medio de masas para los productores ni para el público. Para 1.964 ya era imposible realizar este tipo de programas ya que la financiación necesaria había sido casi totalmente erosionada porque la BBC desvió todos sus fondos hacia el entretenimiento visual, mucho más popular, para competir así con la cadena de televisión establecida comercialmente que era la ITV. Una hora de “Radio Ballads” costaba lo mismo que una hora de televisión, veinte veces más que cualquier programa normal de radio.

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“I often think back” (De “The body blow”, sobre la psicología del dolor)

Yo. A menudo. Pienso en el pasado… Trabajé en la Ford, en la cadena de montaje de turismos.
Inútil.
Me aferré a ello desesperadamente.
Trabajé en la Ford.
Uno no es dueño de su cuerpo.
Trabajé.
Si yo hubiese sido un perro habrían tenido que sacrificarme.
Trabajé en Dagenham.
No quería que nadie estuviese a mi lado.
Siempre igual.
El peor mes lo pasé muy sola porque así tienes tiempo para pensar.
Y nadie podía ayudarme, pero me pregunto… algo bueno podré hacer. Una madre minusválida, que no es capaz de cuidar a su hijo, que no soy capaz de cuidar a mi marido, que no soy capaz de hacer nada. Siempre igual.

Las manos que fueron ágiles y fuertes, los mejores sirvientes que se podrían tener,
Débiles y tullidas ahora, ¿por qué me ha pasado esto a mí?

Uno ya no tiene más el control. Uno ya no controla nada.

Piernas fuertes y hermosas para caminar y correr y bailar también.
Débiles y tullidas ahora. ¿por qué te ha pasado esto a ti?

Le guardas rencor a tu cuerpo porque no puedes hacer las cosas que quieres. Uno le guarda rencor a todo.
Uno le guarda rencor a la vida.

¿Qué me depara la vida?
¿Arrastrame con muletas, ese será mi destino?
¿Caminar como un anciano, una pulgada por pasito?
¿Tener que respirar con una bomba?
¿Mantenerme en una silla de ruedas?
¿Ser un vegetal en la cama, como un bebé en su cuna, hasta anquilosarme y pudrirme?

Serví en todas partes durante la guerra y nunca recibí ni un rasguño. Por eso me hace reir el pensar que ahora no puedo ni moverme. Todos estos últimos años.

Pero a pesar de todos los inconvenientes técnicos de los que hemos hablado ya, y de la falta de presupuesto que finalmente hizo desaparecer a las Baladas, éstas estuvieron a punto de irse al traste después de emitirse solo la primera de ellas. Y la culpa la tuvieron los ideales que entraban en conflicto provocando grandes tensiones entre los tres miembros más importantes del equipo. Ya hemos visto que aunque Charles terminara convirtiéndose en un marxista convencido, su personalidad chocaba frontalmente muchas veces con la de los otros dos y con los planteamientos de éstos a la hora de montar los programas, aunque fuese un admirador de Ewan desde el mismo instante en que lo conoció. Ante los ultimatums de Ewan y Peggy por tener la última palabra en como debían quedar las Baladas, y sus amenazas de dejarlo todo, y las respuestas de Charles diciéndoles que de hacer eso se perderían el futuro de la radio y se pasarían la vida siendo unos folkloristas de medio pelo como hasta ahora, no tuvieron más remedio que llegar a una “entente cordiale” que terminó por dar sus frutos y por unirles más.

Pero las turbulencias que casi tiraron por tierra la segunda Balada, “Song of a road”, fueron intensísimas. Ewan MacColl, que se había terminado de enamorar de Peggy (¿has visto como ésta le sonríe en la segunda de las fotos?), aunque era veinte años mayor que ella, durante la preparación y realización de la primera de las Baladas, la había dejado embarazada (de su hijo Neill, pareja musical de Kathryn Williams). Y Charles Parker no aprobaba esta relación y así se lo hacía saber a ambos, sobre todo a ella. Pero a la vez que a Peggy, MacColl había dejado embarazada también a su esposa Joan Littlewood (de su hija Kristy), una de las grandes innovadoras del teatro del siglo veinte. Sus problemas conyugales eran agobiantes… pero no resultaron ser los peores.

Peggy se encontró con el problema añadido de que estaba trabajando en Inglaterra sin permiso de trabajo y cuando la descubrieron pasó una noche en un calabozo de la comisaría antes de ser deportada a la mañana siguiente. Sin ese permiso de trabajo, la BBC no podía hacerle un contrato, y como no tenía contrato, el gobierno no le daba permiso de trabajo. Una pescadilla que se muerde la cola que en realidad tenía su origen en los archivos de la CIA, que tanto a ella como a Ewan les tenía en una lista negra de comunistas; cosa que en realidad eran, y demostraron palpablemente cuando estuvieron actuando en Moscú y en Pekín, desoyendo el “aviso” del gobierno americano, poco antes de comenzar con la serie de Baladas.

Peggy y Ewan eran un equipo. Sin Peggy, tampoco participaría Ewan en los programas. Por su parte, a Charles Parker no paraban de presionarle para que sustituyera a Peggy con otro colaborador, algo que él rehusó con mano firme, e intentó por muchos medios, aunque sin resultado alguno, convencer al Ministerio de Trabajo de la necesidad de la vuelta de la chica. Les habló de la cantidad de libras que perderían si no seguían con los programas, del peligro de que Ewan pusiese su talento al servicio de la radio comercial, la odiada Radio Luxemburgo que tanta competencia comenzaba a hacerle a las tres emisoras de la BBC estatal. O peor aún, que se pasase a la televisión. No consiguió nada…

En cualquier caso, aquel permiso no iba a ser necesario, porque Ewan quería a Peggy sobre todas las cosas y tomó las riendas. Convenció y envió a Alex Campbell, un cantante de folk escocés, a París, para que hiciese un matrimonio de conveniencia con ella y así poder volver a Gran Bretaña con los papeles perfectamente en regla.

Por fin, “Song of road” pudo terminarse y Ewan MacColl se separó de su esposa para casarse con Peggy Seeger, junto a la que tuvo una larga vida personal y profesional. Del naciente amor que Ewan profesaba por ella nos queda como testigo una de las canciones más maravillosas de la historia, “The first time ever I saw your face”, que sin duda conoces por la interpretación que hizo de ella Roberta Flack, e incluso por otra magistral que hizo hace unos años Johnny Cash… pero seguro que nunca has oído la versión original en la propia voz de la chica para la que Ewan la compuso…

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“The first time ever I saw your face”

La primera vez que vi tu cara
Pensé que el sol salía en tus ojos
Y la luna y las estrellas eran regalos que le hacías
A la oscuridad y a los cielos vacíos, amor mío,
A la oscuridad y a los cielos vacíos.

La primera vez que besé tu boca
Y sentí tu corazón latir junto al mío
Como el corazón tembloroso de un pájaro cautivo
Que estaba allí a mi disposición, amor mío.
Que estaba allí a mi disposición.

Y la primera vez que me acosté contigo
Sentí tu corazón tan cerca del mío,
Y supe que nuestra alegría llenaría el mundo
Y duraría hasta el fin de los tiempos, amor mío.
Duraría hasta el fin de los tiempos, amor mío.

Y aunque no sea relevante para nuestra historia, seguro que te has estado preguntando todo el rato si esta Peggy Seeger tiene algo que ver con el famosísimo cantante de folk Pete Seeger… pues en realidad sí. Los dos eran hijos del mismo padre, Charles Seeger; que tuvo tres hijos con su primera esposa, Constance, el más pequeño de los cuales era Pete, antes de volver a casarse con Ruth Crawford, con la que tuvo alguna descendencia más. Peggy Seeger fue la segunda hija de este nuevo matrimonio.

CALOR ENLATADO

Seguramente todos estaréis volviendo a oír hablar estos días del mítico festival de Woodstock. Se cumplen cuarenta años de su celebración y han salido al mercado ediciones nuevas y reediciones de discos, películas y libros sobre aquel grandioso evento.

Cuando se habla de Woodstock, a nuestra memoria acuden enseguida muchos nombres de grupos y cantantes de rock… casi siempre los mismos, así que como están en la mente de todos tampoco los voy a recordar ahora yo aquí.

Más bien quiero hablaros de otro de esos grupos, que normalmente pasa desapercibido siempre, a pesar de que en aquel momento era una de las mayores estrellas del festival: CANNED HEAT.

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“Going up the country” (Live in Woodstock)

Larry Taylor, Henry Vestine, Bob “El Oso” Hite”, Alan Wilson y Fito de la Parra

Formados en 1.965 por los aficionados al blues Alan Wilson y Bob “The Bear” Hite, Canned Heat terminaron la década como una de las más grandes bandas de los USA gracias a éxitos tales como “On the road again” y “Going up the country”. Solo Janis Joplin y Jimi Hendrix recibieron más dinero que ellos por tocar en Woodstock, incluso aunque la actuación de Canned Heat no salió después en la película debido a problemas contractuales entre compañías discográficas rivales.

Pero la típica anarquía de este grupo les iba a ocasionar una mala pasada. Pocos días antes del festival les había abandonado uno de sus guitarristas, Henry Vestine, un tipo extraño incluso para los cánones al uso de los bluesmen americanos. Descrito como un “enorme cartucho de dinamita”, el guitarrista de Canned Heat cambió su nombre durante los primeros años ’70 a Henry Loquísimo (así, en español) ya que él mismo decía que no es que estuviese algo majara, sino totalmente enloquecido. Este estado de salud mental fue confirmado cuando se unió al Ku Kux Klan, algo que incluso dentro de sus locuras propias implicaba un comportamiento absolutamente extraño, si tenemos en cuenta que Henry fue un tío que se pasaba la vida tocando música creada por genios negros.

Antiguo miembro de los Mothers of Invention, Henry Vestine, se había unido a Canned Heat después de haber sido expulsado por Zappa por ser un yonkie sin remedio. En Canned Heat encontró su hogar espiritual, porque eso de ir por la vida a toda velocidad y cometiendo toda clase de excesos no era algo que estuviese mal visto por sus componentes. Y no creáis que estoy exagerando, había otras bandas en las que sus miembros tomaban drogas, incluso más que los de Canned Heat, pero nadie cometió excesos tales como para sabotear su propia carrera de una forma tan espectacular como ellos.

Para poder tocar en Woodstock ficharon a Harvey Mandel como reemplazo de Henry, por lo que su actuación en el festival fue en realidad un asunto de “ensaya hoy-toca mañana”, algo que de todas formas no era ajeno a ellos porque, sea como fuere, siempre tenían algo que hacía que solo dispusiesen de un par de días antes de salir a tocar a cualquier sitio. Muchas veces salía fatal, claro, pero otras era increíble como sacaban adelante el concierto. La interpretación de Woodstock fue bien en líneas generales, pero hubo un par de canciones que no salieron tan bien, y “Going up the country”, precisamente la que salió en el disco del festival, fue una de ellas. Pero hicieron algunas maravillas, y eso que con Harvey Mandel solo habían compartido escenario una sola vez antes de salir a Woodstock; aquello fue una gran jam session casi improvisada. Pero a todos les gustaba tocar, llevaban la música dentro de sí, solo había que sacarla.

Aunque lo que al principio parecía que iba a ser un ligero fallo en su ascendente carrera, resultó ser el final de sus años dorados.

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“On the road again”

En realidad la banda ya se había quedado anquilosada. Eran una banda de blues y boogie compuesta por blancos que había revitalizado las viejas melodías de Muddy Waters y Howlin’ Wolf a mitad de la década de los ’60. Durante seis años, los Canned Heat trajeron de vuelta los antiguos blues clásicos, comenzaron a escribir su propio material, y allá por el ’68 encontraron la fama con una canción de su segundo disco, “Boogie with Canned heat”, que muchos recordaréis; se trataba de “On the road again”. Todos los de la banda sentían que no había nada excepto el blues, y solo admitían un poquito de influencia del rock’n’roll y el country añadidos.

Alan Wilson no era un fan del rock’n’roll en absoluto, pero había comenzado a interesarse por el rythm & blues, y Canned Heat estaban al pie de un territorio virgen que podía revitalizarlos si se adentraban en él. Pero llegó 1.970 y Alan Wilson murió, y el grupo no llegó a pasar esa página de su libro. Quién sabe que hubiese pasado de haber ocurrido todo de otra forma.

Wilson, que aunque un tipo discreto, era un ecologista militante extremado que olía mal por no ducharse apenas y que prefería dormir en los patios o callejones de los hoteles en lugar de las habitaciones, se suicidó poco después. Murió unas semanas antes que Janis y Jimi.

La industria de la música cuelga como una espada de Damocles sobre los intérpretes. En cualquier momento un artista puede ser borrado de los libros por una mala decisión, una oportunidad desperdiciada, falta de financiación o de dinero propio…

Pero hay otro elemento recurrente, que se llevó las vidas de Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Brian Jones, y este Alan Wilson que no es recordado tanto como todos los anteriores. Las presiones que sufre un músico en su día a día son muchas veces insoportables y la solución más fácil es dejarlo todo definitivamente.

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“Bullfrog blues”

La perdida de Alan no fue solamente inmensa en lo personal, es que desde entonces fue imposible para la banda volver a sonar como antes. Porque en aquellos tiempos no había muchos guitarristas de la naturaleza de Alan, y los pocos que había no estaban interesados en el viejo blues. Desde Ry Cooder, que no quiso unirse a la banda, a John Fahey, que todavía iba a la escuela.

Bob Hite, “el oso”, voz solista y co-fundador de Canned Heat junto a a Alan, quedaba como jefe absoluto, y se dio cuenta de que iba a ser imposible seguir con el mismo sonido, así que en vez de buscar un guitarrista similar a Alan Wilson, comenzó a buscar un guitarrista de heavy que supiese cantar y le restase a él mismo parte de su carga. Joel Scott Hill fue el primero que contrataron, pero una profunda devoción religiosa y la creencia de que tocar sobre un escenario era pecado, le impidió unirse a la banda de manera formal. Le reemplazó James Shane…

Pero todo seguía sin funcionar. Y como ya os dije antes, ellos mismos seguían saboteando su propia carrera. En los años siguientes, Fito de la Parra estaba ganando más dinero trayendo haschis de contrabando de su México natal, que tocando la batería con la banda. Y el cada vez más incontinente Bob Hite, mientras tanto, se hundía profundamente en una depresión provocada por su abuso con las drogas, antes de sufrir un infarto fatal en 1.981 después de un atracón de cocaina y heroína. Henry Vestine, que había vuelto a la banda al irse de ella Harvey Mandel, murió un par de años después durante una gira por Europa… parece mentira, pero la banda ha estado en activo hasta bien entrado el nuevo siglo (si es que no sigue aún) con Fito de la Parra al mando.

Aunque tenga momentos hilarantes, la historia de Canned Heat parece, de hecho, una reescritura en tono de tragedia de la de los Spinal Tap que traje al blog hace muy poco, y merece la pena que sea reconocida aunque sea con este somero vistazo, para dejar constancia de que, al fin y al cabo, no desaparecieron del mapa después de Woodstock.

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“Evil is going on”

CHULO… PERO TIERNO

Me acabo de enterar de su muerte al llegar a casa. Él es de esos músicos oscuros pero grandes, que se merecería un homenaje adecuado en este blog, pero no quería irme a la cama y mañana irme a trabajar sin dejarle un pequeño recuerdo.

No se puede decir en realidad que WILLY DEVILLE fuese un one-hit wonder, pero aún de haber sido así, una carrera musical como la suya hubiese valido la pena simplemente por ofrecernos un brebaje tan delicioso de paladear como “Spanish Stroll”… imaginaos que Lou Reed fuese portorriqueño… pues eso.

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“Spanish stroll”

Se ha muerto, y seguramente Willy no pasará a la historia porque siempre estuvo nadando entre dos aguas, demasiado poeta para abrazar el rock’n’roll por la cara de Southside Johnny, y demasiado chulo para llenar estadios como Bruce. Su inimitable popurrí hispánico-cajun nos ha dejado de todas formas agridulces maravillas como aquel “paseo español” y la rica variedad de su “Le chat bleu” de 1.980.

El bayou y las Julietas de los barrios de “West Side Story” están presentes en sus canciones en toda su tosca gloria, y “White trash girl” podía haber formado parte del “Exile on Main Street” sin desmerecer en absoluto. Incluso en su diversidad tenía sus momentos; sus ancestros irlandeses le inspiraron seguramente el cadencioso “Angels don’t lie”, acompañado por los dulces tonos de las gaitas y las flautas irlandesas… su actualización del “Time has come today” de los Chambers Brothers… su emotivo dúo con Brenda Lee en “You’ll never know”, en la que la voz de ella capturaba perfectamente la tragedia de la canción de Willy, como una Edith Piaf americana…

Un paseo a través del riquísimo tapiz del rock, y una gran variedad de platos de los que picar.

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“White trash girl”

Pero se va a la gloria de los rockeros oscuros sin haber tenido la suerte que tuvieron otros que empezaron con él en el CBGB, y a ellos les sirvió de base para llegar a mitos. Aún así, Willy nunca recordó con envidia aquellos tiempos; al volver la vista atrás solía sonreír irónicamente y decir: “bueno… podía haberme ido peor; mira John Hammond Jr, que podía haber tenido el éxito que tuvieron los Stones… mira a John Lee Hooker, aún en sus momentos en que rozaba la cima nadie le hacía ni puto caso…”. Cuando necesitó algo de dinero, porque a sus 45 años apenas le daba para vivir, se unió a su viejo amigo el Dr. John y grabaron “Victory Mixture”, haciendo versiones de Ernie K. Doe y Eddie Bocage. Para apañarse le dio…

Su momento de mayor reconocimiento seguramente fue cuando le invitaron en el ’88 a cantar en la ceremonia de entrega de los Oscars, cuando fue nominado por “Storybook love”. Y sin embargo, cuando en las entrevistas le preguntaban por aquello, siempre decía que el mejor recuerdo de aquella noche fue estar en una pequeña habitación verde tocando con Little Richard. Ellos dos y la guitarra acústica de Willy.

Así ha sido su vida.

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“Storybook love”

(UN)EASY LISTENING

En esta semana se van a cumplir veinte años desde que se editó este disco:

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Forgemasters – “Track with no name”

Como puedes apreciar, es una pieza de baile sin grandes pretensiones ni calidad suficiente como para ser recordada por sí misma. Sin embargo fue la primera de las ediciones de WARP Records, un sello discográfico que es pura historia de la música dance y electrónica. Y su cumpleaños sí que tenemos que celebrarlo debidamente.

Warp fue fundado en 1.989 por Steve Beckett y Rob Mitchell, propietarios de una tienda de discos en Sheffield y convertidos al acid house, que montaron el sello con la pequeña ayuda que pudieron conseguir de los subsidios estatales, y a partir de ahí levantaron un mini-imperio desde los rescoldos de la escena rave, que se convirtió en el sello independiente más importante de Gran Bretaña desde Factory Records.

Y al igual que esta otra histórica discográfica, las primeras ediciones de Warp se nutrían de músicas que salían de una vibrante escena local, en este caso el minimalista sonido bleep-and-bass del que fueron pioneros gente como Nightmares On Wax y LFO.

Esa música iba envasada en vinilos con una poco trabajada etiqueta blanca y unas tiradas de aproximadamente 500 ejemplares, que los propios fundadores del sello se ocupaban de vender desde el maletero de su coche, en el más puro estilo rave. Y aún a pesar del poco éxito que cosecharon al principio, su persistencia logró el premio.

Cuando comenzamos, lo único que queríamos hacer era sacar discos que matasen por completo en las pistas de baile. En una forma positiva. Y entonces, nuestro quinto lanzamiento entró en el Top-20…

Ese hit fue el primer single de los citados LFO, llamado como ellos mismos, que en 1.990 llegó al Top-20 y fue el primero de los discos de Warp en entrar en las listas de éxitos. Por un breve periodo de tiempo, durante los primeros años ’90, el bleep parecía que se iba a convertir en el nuevo sonido de la juventud inglesa, hasta el punto de que unos maltratadores de altavoces como LFO llegaron a ser superventas. Aunque su cumbre la alcanzaron poco después con el primer y único disco que grabaron como dúo antes de que su fundador, Gez Varley, se fuese en el ’96. “Frequencies” era una obra unificada y perfectamente ejecutada, llena de pistas sobre las discordantes abstracciones electrónicas que el otro miembro fundador, Mark Bell, utilizaría posteriormente en sus trabajos de producción en el “Homogenic” de Björk.

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LFO – “LFO”

A partir de aquello el sello Warp logró mantenerse en un nivel bastante estable, hasta que remontaron definitivamente el vuelo en el ’92, a raíz de la recopilación de música ambient y techno que editaron con el título de “Artificial Inteligence”, en el que presentaban a futuras estrellas tales como Aphex Twin (como The Dice Man), Richie Hawtin (como UP!) o Autechre a una audiencia mucho más amplia, que hizo que el sello variase su fortuna de la noche a la mañana y se estableciese como el hogar espiritual de la música electrónica. Dos décadas después de su inicio Warp se ha transformado gradualmente en uno de los más innovadores y consistentes sellos discográficos de la música dance y electrónica no solo de Gran Bretaña, sino de toda la aldea global que habitamos.

“Artificial Intelligence” fue el primer disco que sacó el techno de las pistas de baile y lo trajo al saloncito de nuestra casa, generando de paso inadvertidamente el término “Intelligent Dance Music”. La música que contenía cambiaba constantemente de vía, saltando de los crujidos breakbeats del “Crystel” de Authechre, al mareante ambient del “Fill 3” de Speedy J, a través de los ofrecimientos inspirados en el sonido Detroit de Black Dog Productions y B12 (como I.A.O. y Musicology respectivamente). La portada era también una buena pista: ésta era música confeccionada con el propósito de que fuese disfrutada en casa, y está envejeciendo notablemente bien. Tú mismo puedes apreciarlo porque tienes el disco completo ahí a la izquierda ocupando una de las pantallas del Radioblogin’.

Desde aquí, y como la historia la hacen sus protagonistas, os iré presentando algunas de las propuestas de todos los que han hecho (y continúan haciendo) de este sello lo que es. Su historia, como todas las historias, ha tenido momentos bajos y amargos, pero Warp ha sabido sobrevivir a una mudanza desde Sheffield a Londres en el 2.000 y a la trágica pérdida de Rob Mitchell debido al cáncer al año siguiente.

Aún sin formar parte del stablishment, nos encontramos en la actualidad con una gran empresa que no busca cosas nuevas necesariamente, sino cosas auténticas y reales; que construye carreras de largo recorrido con sus artistas y que no está interesada en géneros de corta vida que se olvidan pronto. Su catálogo abarca desde los suntuosos Grizzly Bear, a los penetrantes Squarepusher, pasando por los raperos Gang Gang Dance, junto a veteranos del sello como Autechre.

Además, un perdurable interés en lo visual ha visto el desarrollo de Warp Films, que ha mantenido colaboraciones de gran éxito con Chris Morris, Shane Meadow, Lynne Ramsay y Chris Cunningham. Todo esto ha ayudado a establecer una identidad única, tanto musical como visual, la cual es tan distintiva como la de Motown, 4AD, Blue Note o la Factory con la que al principio la comparamos. Tal voluntad de mirar más allá de sus raices en la música dance ha mantenido a Warp en la punta de lanza de la vanguardia; no por nada los Radiohead citaron los discos de Warp como su inspiración cuando grabaron “Kid A”.

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Aphex Twin – “Icct Hedral”

En el terreno del techno underground en el que nos estamos moviendo, ese hombre de la foto de arriba es lo más cercano que podemos tener a una estrella. Es Richard D. James, a partes iguales bromista, visionario y chiflado; el rey de los geekies y un prodigio musical al que conocemos como Aphex Twin, un nombre que ya es virtualmente sinónimo del propio sello Warp, porque su ascenso a la preeminencia en la música electrónica durante los ’90 siguió una línea paralela muy cercana a la del propio sello que nos ocupa, en el que su marca de fábrica encontró su hogar natural.

Para introducirte en su mundo te recomiendo el disco que editó en el ’95, “I care because you do”. Para entonces Aphex Twin ya era celebrado por su habilidad para producir tanto agotadores ritmos para las pistas de baile como evocadores trabajos de ambient, y aquí puedes disfrutarle en todo su esplendor, desde la cinematográfica orquestación de “Icct Hedral” y los descomunales rítmos del chirrido industrial de “Ventolin” al jungle de “Come on you slags!”. El punto en el que las extrañas distorsiones de la realidad de Aphex Twin por fin lograron el reconocimiento merecido por mucha más gente que sus habituales seguidores.

Aunque quizás los no iniciados podéis encontrar su “Richard D. James” como el menos intimidante de los múltiples discos que ha editado en Warp. No es que tenga esquemas diferentes a los demás, pero tiene unas delicadas texturas melódicas que compensan las complejas programaciones percusivas, hasta el punto que dos de sus cortes (“Girl/Boy song” y “To cure a weaking child”) fueron considerados tan comerciales como para ser incluídos después en sendos anuncios de televisión.

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Aphex Twin – “Girl/Boy song”

Otro de los nombres esenciales en el devenir de Warp es el de Andy Weatherall, aunque este hombre nunca ha permanecido demasiado tiempo en ningún sitio; su errática carrera musical se parece más a una sucesión de despedidas creativas. Por eso su segundo disco en este sello, el “Haunted dancehall” de Sabres Of Paradise, poco tenía que ver con el anterior “Sabresonic”. El pulso techno que tenía el primero estaba aquí reemplazado por unos afilados rítmos de hip-hop, una especie de dub que debía tanto a Lee Perry como a Joe Meek… y todo envuelto en una fina atmósfera electrónica… “Tow truck” parece inspirado en la guitarra de Link Wray… “Wilmot” parece un calypso digitalizado… muchas de las cosas de aquellos primeros ’90 ya están superadas y bastante desfasadas, pero este disco todavía suena fresco. Os remito a la otra pantalla del Radioblogín’, donde aparecen todos los cortes que voy citando y no incluyo directamente en esta entrada.

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Sabres of Paradise – “Tow truck”

Otros que han estado en Warp casi desde el principio y ya llevan veinte años de continuos servicios son Nightmares On Wax, tampoco una banda en el usual sentido de la palabra, porque después de la marcha de Kevin Harper se convirtió en el proyecto en solitario de George Evelyn en 1.995, precisamente con el mejor disco que lleva esta firma de las “pesadillas en cera”, “Smokers delight”, en el que revisitaba todas sus primeras influencias: soul, jazz, funk y hip-hop. George Evelyn enlaza cosas de Quincy Jones, The Crusaders y The Main Ingredient para crear unas vibraciones lánguidas que estaban a años luz de sus primeros singles de clara influencia techno. Seguramente no hay mejor ilustración de cómo Warp ha ampliado su rango durante las últimas dos décadas que seguir la carrera de George Evelyn y su proyecto Nightmares On Wax en los ocho discos que ha ido editando desde 1.991 hasta hace justamente un año.

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Nightmares on Wax – “Bless my soul”

La primeriza escena techno inglesa creó extrañas alianzas, y pocas más intrigantes que ésta entre un militar de la Royal Navy reconvertido en programador de ordenadores, Ken Downie, y la pareja de antiguos breakdancers Andy Turner y Ed Handley, que operando desde Londres bajo el nombre de The Black Dog, cultivaron una sombra mística embellecida con referencias al Antiguo Egipto. En el ‘95 editaron un disco llamado “Spanners”, fiel reflejo de lo que te digo; y aunque su imaginería te pueda parecer opaca, su música tiene una exuberancia que te invita a entrar en ella: melodías de sintetizador que ondean como serpentinas a través de un animado house latino (“Barbola work”) y metálicos cortes de guadaña (“Tahr”) conviviendo juntos.

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The Black Dog – “Barbola work”

Una de las joyas más brillantes del catálogo del sello Warp es el primer disco de los hermanos escoceses Michael y Marcus Sandison, “Music has the right to children”, de 1.998. Es el equivalente aural de las viejas películas en Super 8; un éxtasis electrónico compuesto de rítmos espasmódicos, harmonías llenas de fuzz y crípticos samples, con unas cualidades emocionales difíciles de aprehender, que van mucho más allá de los paisajes fumetas habituales del ambiente house, y que te empujan hasta el abismo, pero sin dejarte caer en él.

El sonido rico y conmovedor de Boards of Canada, que así se llama la banda de estos hermanos, es el polo opuesto de ese cliché que quizás puedas tener en tu cabeza sobre que la música electrónica es fría y clínica; éstos son incluso psicodélicos por momentos, y de una importancia seminal en Inglaterra tal como para que canciones suyas como “An eagle in your mind” o “Turquoise hexagon sun” hayan sido una clara influencia en la música de Radiohead posterior a “Kid A”, no tienes más que comparar el “All I need” que la banda de Thom Yorke grabó en el disco “In Rainbow”, con el “Roygbiv” de los Boards que tienes en el Radioblogin’.

Sígueles la pista después también a través de su “Geoggadi”, del 2.002.

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Boards of Canada – “Telephasic workshop”

Y el eslabón perdido entre Boards Of Canada y otra gente que quizás conozcas mejor, como Stereolab, es Broadcast, una banda que emergió desde una escena post-rock de muy corta vida en Birmingham a finales de los ’90, que además de ellos mantenían otros grupos como Pram o Plone, muy inventivos también pero con peor suerte posterior.

En su disco del 2.003, “Haha sound”, mi preferido, los Broadcast grabaron unos temas con gran influencia futuras y retro a la vez… “¿eso puede ser, Carrascus?”… Bueno, si tenemos en cuenta que la etérea voz de Trish Keenan y los riffs del bajo de James Cargill crean una fusión que tiene referencias de Neu!, de los Cocteau Twins y de uno de los primerísimos pioneros de la música electrónica como Raymond Scott, no nos equivocamos mucho al llamar “retrofuturista” a esta banda.

Y aunque ya permanezcan como dúo, Broadcast comenzó grabando como un quinteto, y así puedes oirles en otro de sus grandes discos de tres años antes, “The noise made by people”, y su brillante mezcla de bandas sonoras de pelís de ciencia ficción de los ’50, electrónica etérea, pop del que hacían los grupos de chicas y psycho-rock.

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Broadcast – “Pendulum”

Steve Beckett ha admitido que muchos se despistaron cuando fichó para el sello a un grupo de guitarras como Maxïmo Park, aunque la propia banda no tuvo ninguna duda, incluso su líder, Paul Smith, siempre ha estado agradecido de que Warp nunca intentase venderlos como “los nuevos Radiohead”. Y aunque su sonido, muchas veces más new wave que otra cosa, suena extraño junto al de sus colegas de sello, canciones como “Graffiti” y “Going missing” tienen una vitalidad melódica que no solo les ha llevado a ser uno de los grupos que más seguidores arrastra de toda la escudería a los conciertos, sino que su primer disco, “A certain trigger”, llegó a vender en el año 2.005 más de 300.000 copias tan solo en Inglaterra, lo que es todo un logro para un grupo así.

Quién le iba a decir a Steve que casi veinte años después de sus inicios, Warp iba a tener el primer éxito comercial masivo con un grupo de post-punk.

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Maxïmo Park – “Graffiti”

Una de las virtudes que ha hecho que Steve Beckett haya alcanzado este status con su sello es que además de hacerle caso a su propio olfato musical sabe escuchar a quien le da buenas razones para apoyar a otra gente. Así por ejemplo, tras una recomendación de Scott Herren, miembro de Prefuse 73, otro de los grupos de su sello, Steve fichó a los Battles, un cuarteto de New York en el que figuran el multi-instrumentista Tyondai Braxton y el antiguo batería de Helmet, John Stanier, y que marcaron algo parecido a una desviación de la norma, incluso para los standards habituales de Warp. Por una parte, no sonaban como el hip-hop arty habitual de Herren, que fue quien les recomendó como ya te dije; en vez de eso, empujados por los atronadores riffs de la batería de Stanier, ejecutaban complejas y radicales síntesis de krautrock, jazz experimental, y ese sonido que ahora llaman “stoner”, que practican grupos como Queens of Stone Age.

Y en directo deben ser igualmente sorprendentes, ya que alguien con un tan buen demostrado criterio como Brian Eno le ha dicho a Steve Beckett que Battles son la mejor banda que ha oído en la última década.

De momento, en directo tendremos que esperar a que Vidal nos los traiga alguna vez al “Territorios Digitales”, ya que el año pasado no los vimos en el FIB; pero grabados los tienes en plena forma en su disco “Mirrored”, editado hace un par de años, y en el que aún a pesar de que a veces suenan muy cercanos a Van Der Graaf Generator o Gentle Giant, se ve que estos Battles son también del palo de Aphex Twin o Squarepusher a la hora de sentarse ante la mesa de mezclas o de sus ordenadores y decir “…vamos a ver qué pasa si tocamos aquí…”.

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Battles – “Atlas”

Y ya que hemos mencionado los “Territorios Digitales”, en su programación de este año estuvo el concierto de Daedelus, un dandy experimental que está a la cabeza de una intrigante escena electrónica alternativa californiana, junto al extraño remezclador que es Nosaj Thing y al maestro del laptop Steve Ellison, al que conocemos mejor por su nombre de trabajo, Flying Lotus, sobre todo tras ser aclamado el año pasado por su febril remix del single “Reckoner” de los Radiohead.

Pues bien, Flying Lotus, después de una serie de ediciones en el sello americano Plug Research, fue fichado también por Warp, donde ha editado el disco “Los Angeles”, absolutamente recomendable, y con unos arreglos percusivos de Ellison que hacen que no tengan sentido alguno las divisiones entre electrónica, hip-hop y jazz; temas como “Beginners falafel” y “Golden diva” podrían ser un brillante eslabón entre el difunto productor de hip-hop J Dilla y el Miles Davis de los años ’70.

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Flying Lotus – “Beginners falafel”

Y no sé si habrás observado que las últimas obras que te estoy presentando del sello Warp están hechas por americanos en lugar de por ingleses. Esto es porque Steve Beckett, comparando las escenas musicales de Inglaterra y Estados Unidos, piensa que en la actualidad hay mucha más profundidad al otro lado del Atlántico. Por eso no es tampoco sorprendente que el fichaje de más éxito de los que recientemente ha hecho Warp es el cuarteto de Brooklyn encabezado por el cantante Ed Droster y el guitarrista Daniel Rossen, que está adquiriendo fama a pasos agigantados con el nombre de Grizzly Bear.

De ellos puede decirse que son también aventureros sónicos, de otra forma posiblemente Steve los hubiese dejado pasar, pero están enraizados en las tradiciones clásicas del rock y el pop americanos, y su tercer LP, el “Veckatimest” de este mismo año, conecta influencias tan dispersas como los Beach Boys (“Two weeks”) y el jazz improv de David Axelrod (“Fine for now”) en una forma tan irresistible que ha calado en la gente tanto como para salir disparado al Top-10 de la lista de ventas americana.

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Grizzly Bear – “Two weeks”

Como introducción, creo que puede servirte lo leído y escuchado hasta ahora. Si tienes interés en conocer a fondo la historia y trayectoria del sello, Rob Young escribió un libro sobre él, llamado “Warp”, que te recomiendo también.

Y el resto, a partir de aquí, es el futuro…