NECESITAMOS QUE SEVILLA PONGA EL RUIDO…
…y Sevilla no se hizo esperar. Un estadio entero comenzó a aullar, a patalear, a poner todos sus medios durante varios segundos para crear la cacofonía sónica que EL BOSS pedía para acompañar a la música que ponía él.
En mitad de una excepcional versión del “Working on a dream” que da nombre a su último disco y a esta gira, Bruce se dirigió a la entregada masa en un castellano tan correcto como le permitía su facilidad para leer el papel que llevaba preparado: “Esta noche lo vamos a romper todo… pero con música, espíritu y ruido”. Con esos tres ingredientes Bruce confeccionó un sueño. Estuvo casi tres horas trabajando en un sueño del que ninguno de los presentes allí queríamos despertar.
Por eso, y aún llevando más de dos horas con las palmas de las manos ardiendo, y las rodillas diciéndome que ya estaba bien la cosa de marchita, en cuanto comenzaron a sonar los acordes de “Lonesome day” el primer pensamiento que me asaltó fue “mierda… esto se acaba”. Porque el guión, al que el Boss se ajustó muy poco en Sevilla, marcaba que éste era el principio del trío final de canciones. Y habíamos llegado a él sin darnos cuenta apenas.
La noche comenzó con Nils Lofgren desgranando con su acordeón las notas del habitual guiño a la ciudad en la que están. Luego me dijeron que por las primeras filas la gente incluso se emocionó cantando a coro ese “Sevilla tiene un color especial”, pero la verdad es que en la zona en la que mi amiga Gemma y yo estábamos la gente recibió aquello tomándoselo bastante a broma. Y enseguida, todo el mundo en pie para recibir al Jefe.
Con “Badlands” echó a andar la rueda que se llevó por delante las reticencias que cualquera de lo presentes pudiese tener sobre la figura de Bruce Springsteen como músico aburrido, estancado o mesiánico. De repente yo mismo volví a ser tan fan de él como en 1.978, cuando compusiese esta canción. Tan altos nos dejó que ni siquiera la primera “rareza” de la noche nos hizo dar un paso atrás a la hora de acompañar con palmas una “My love will not let you down” que seguro que este tío no cantaba desde que la grabase en los “live” de New York hace ya nueve años, y que la gente (entre ellos yo y una compi asturiana que tenía a mi izquierda, fajada ya en múltiples conciertos de Bruce) no reconocíamos ni soñábamos con adivinar, porque contábamos aún en ese momento con el hándicap añadido de un sonido que no era especialmente bueno a la hora de poder distinguir matices. Me dijeron que después subieron algo el volumen, y entre eso y que nuestro oído se acostumbra y nuestra mente nos hace reconocer cosas que “parece” que estamos oyendo bien, mejoró la calidad del sonido. O a lo mejor no… ¿a quién coño le importan esos pequeños detalles técnicos cuando lo que está comenzando a sonar es “Hungry heart”?
No sé si se notaba que ésta es una de las tres canciones del Boss que me hacen perder los papeles. Y realmente no sé tampoco si a mi edad eso será correcto, sobre todo porque Gemma me miraba a veces mientras yo vociferaba con él aquello de “everybodys got a hungry heart” como diciendo “eh, a mí no me miren, que aunque lo tenga al lado, yo a este tío no lo conozco de ná…”.
“Outlaw Pete” fue la primera de las dos únicas canciones que incluyó de su actual disco. Fantástica y poderosa a más no poder la recreación en directo que hace de ella. Si treinta mil voces llamándole (“Can you hear me…?”) no hacen que Pete salga de su helado descanso eterno, es que nunca más lo hará.
Con “Out in the streets” y Bruce paseándose por la pasarela pegada a la primera fila estallaron las emociones de los espectadores más cercanos, y en la enormes pantallas que había a los lados del escenario podíamos ver como un mar de manos y brazos se aferraba a las piernas del Boss, que lo soportaba todo con una gran sonrisa de felicidad y un derroche aún mayor de ganas de hacernos felices también a nosotros.
Y con la anteriormente mencionada “Working on a dream” llegó a un punto de inflexión, porque era imposible continuar subiendo y subiendo de ese modo. Era el momento de un respiro con la trilogía de la recesión: “Seeds” (“el banquero dijo, lo siento, hijo, todo se ha perdido” ¿te suena?), “Johnny 99” y “Youngstown”, canciones comprometidas, que hablan de trabajos perdidos, miserias laborales, jueces parciales, hipotecas, embargos y un futuro tan negro como el que padeceremos aquí mismo si la patronal lograse imponer sus criterios por encima de los sindicatos. Pero si lo que describen es negro, la forma de hacerlo, la interpretación, es brillante. La parada de “Johnny 99” (tó el mundo quieto en el escenario… que no se mueva nadie) durante unos segundos, que nos mostraban en primera fila a Bruce y a un Steve Van Zandt con la misma cara de hijoputa que ponía cuando encarnaba a Silvio, para ir arrancando poco a poco… con las guitarras convertidas en la locomotora de un tren que nos fue enganchando a todos como vagones de un larguísimo convoy camino al éxtasis. El saxo barítono nunca se asoció mejor a una guitarra heavy… qué lujo de banda.
Y ahora, ¡a recoger carteles se ha dicho! Con la banda disponiendo un fondo musical con un apropiadísimo “Raise your hands” (¡levanta tus manos!) instrumental, al Boss le faltaban manos para ir recogiendo carteles… y un bienvenido abanico… y un plátano????… a veces me da por pensar que este truco de los carteles los prepara Bruce cuidadosamente metiendo por ahí a algunos roadies suyos con carteles preparados de antemano, porque… ¿en serio una banda, por muy de la calle E que sea, puede estar preparada para improvisar con esa fuerza, esa cohesión, unas canciones tan oscuras e inesperadas como “Quarter to three” y “The E street shuffle”? La primera supe que era ésa porque pude leer el cartel que Bruce nos mostraba, una especie de twist muy alegre que te invita a bailar sin parar. Pero la segunda no la reconocí siquiera, desde donde yo estaba no pude leer el cartel que enseñó unos segundo el Boss y, aunque luego lo dejó ante el micro mirando hacia el público, estaba muy lejos y en las pantallas no llegaron a ponerlo. La tercera fue “Loose ends”, pero la tiene más engrasada e incluso ha llegado a abrir algunos conciertos de esta gira con ella.
El Boss se esfuerza en hacer diferentes sus conciertos, y éste lo estaba siendo bastante. Bruce tiene una cualidad indiscutible, que le hace único; cuando se sube al escenario él sabe que no está completo, que solo es la mitad de un todo. Y la otra mitad que le falta está ahí abajo, esperando la unión. Y aunque ésta se produzca de forma más fuerte cuando interpreta sus temas más conocidos, los lazos de unión se suavizan y se convierten en cómodos abrazos cuando nos regala algún oscuro semi-clásico de décadas pasadas como el “Darlington County” de esta noche… en momentos así te dan ganas de llorar, de abrazarte a quien tienes al lado…
Eh… ¿qué coño pasa aquí…? que la gente de las gradas está comenzando a sentarse… Para volver a levantarlos, un imponente “She’s the one”.
Y llegó “Waitin’ on a sunny day” y otro de los momentos claves de la festiva interacción de Bruce con la gente; y como en Bilbao dos días antes, aquí también había un niño en la primera fila. Y por supuesto, Bruce le acercó el micro para que cantase el estribillo con él, pero… horror! el niño no se la sabe… el niño no sabe tampoco donde meterse… ¿qué coño me está diciendo este tío…? mejor lo hago callar metiéndole una de mis chuches en la bocaza…
Y se ve que al Boss le gustaron, porque luego le quitó el paquetito entero, aunque a lo mejor fue como castigo por no saberse la letra… que no, hombre, que luego se lo devolvió tras los besos y saludos de rigor…
Vale… sé que me estoy haciendo viejo, pero me tiré toda la siguiente canción pensando que estaba escuchando “Jungleland” cuando en realidad la que estaba cantando era “The promised land”… y qué? pasa algo? …vosotros sois D. Perfecto? Ah, bueno…
Pero la siguiente era inconfundible, “I’m on fire”. Gemma bromeaba por aquello del calor sofocante que el hombre estaba padeciendo, “ésta… ésta nos representa mejor…ésta es la que nos tenía que haber dedicado en vez de la coña ésa de Los Del Río…”. Con esta interpretación Bruce fue suavizando el ambiente, aplanando el nivel como si de verdad el calor estuviese pudiendo con él; pero lo que de verdad estaba haciendo era preparar el marco adecuado…
“…forigüán shots…”, “forigüán shots”… todos los miembros de la E Street Band iban dejando, por turnos, la frase en su micro… y “American skin (41 shots)” brilló en toda su magnificencia.
Y entonces fue cuando reconocí el principio del fin: “Lonesome day”.
Qué fácil es de corear “The rising”, y cómo te levanta el ánimo. Y cómo te prepara para la apoteosis final… “Born to ruuuuuuuuuuuun”.
Todos a la vez, cantándola, bailándola, llevando el ritmo con las manos… y las luces del estadio encendidas, para que todos pudiésemos vernos las caras de felicidad y se estableciese un feedback que nos hiciese ir todavía más allá. ¡Qué grande eres, Boss… que rato nos estás haciendo pasar, joío!… míranos, míranos como disfrutamos… es que acaso sobran las ocasiones en las que se pueda ver a treinta mil personas sonriendo a la vez…?
Toda la banda se acerca al escenario, saludan, comparten sonrisas y carcajadas abiertas con nosotros. Pero después de tanto tiempo de intensidad atacan los bises sin bajar siquiera a los camerinos a descansar un poco; “Cuando yo tenga sesenta años quiero ser como Bruce”, me grita Gemma.
En realidad sí que se fue uno de ellos, Max Weinberg, el batería, y se sentó tras ella su hijo Jay. Se ve que el padre ya anda mayor y quiere traspasarle el negocio, y lo pone de vez en cuando para que se baquetee (y esta palabra nunca ha estado mejor empleada). El niño le puso rítmo a todos los bises. “Glory days” para empezar; “Seven nights to rock” para que la peña se animase de nuevo a acompañar con el estribillo, fácil aunque ésta sea otra de esas canciones que apenas se sabe nadie; y “American Land” para organizar otra orgía de los sentidos. En medio de ella la presentación de una banda que no necesita presentación… qué buen solo de guitarra nos dejaste, Nils… qué feo eres, Steve, joé… cómo te luces con las teclas, Charlie… te vemos, Gary, aunque no lo parezca, y te notamos, anda que no… Jay, eres Max con cuarenta años menos, tío…Con el enhiesto Clem, el Jefe casi soltó una lagrimita presentando a su viejo amigo… se paró, se adornó, se gustó… el Graaaaan Clareeeeence Cleeeeeeeeeeeem Cleeeeemoooooooooons… y a seguir con esa cosa medio irlandesa que tiene la virtud de poner a todo el mundo de buen humor.
Después de “Bobby Jean”, el último momento típico de sus conciertos. La chica que subió a bailar “Dancing in the dark” con Bruce no se lavará jamás la mano que éste le besó tan delicadamente, antes de cogerla (no tan delicadamente) en brazos y soltarla en su lugar de la primera fila. El buen rollito ya era hasta empalagoso… joé, Bruce, ponte serio, coño, que se supone que eres un rockero…
Y ahí estaba el homenaje a los clásicos. Un “Twist and shout” convertido en “La Bamba” después de un giro, para volver a ser de nuevo esa canción de saltos y gritos que todos seguimos hasta casi quedar afónicos de gritar con él y casi perder los dedos en las sacudidas que dábamos a las manos en alto.
Bruce se para… se agarra al pie del micro… pierde fuelle… “¡qué caló… qué caló… qué caló!” le oímos musitar tres veces antes de caer… las tres últimas palabras del concierto. De las sombras de atrás sale un tío con una botella de oxígeno y le pone una mascarilla… la peña sigue saltando y gritando… Bruce parece recuperarse… Steve se acerca a él haciendole perentorios gestos con la mano… “levántate ya, mamón, que tenemos que terminar esto para irnos a donde haya aire acondicionado”… parece decirle con una cara en la que se leía además, “o te voy a pegar dos tiros como hice con la novia del sobrino de Tony Soprano”. Y Bruce se levantó y volvió a caminar, y volvió a gritar, y volvió a poner cara de que lo estaba pasando muy bien en aquel baño de multitudes. Y aquellas tres anteriores no fueron las últimas palabras.
Y después se acabó… como todo lo bueno que nos ocurre en la vida.




















Y como el puñetero curso de la legionella me tiene sin horas libres, y es de rigor volver a recordarlas, porque seguro que su actuación merecerá la pena, os las vuelvo a traer y así las conocéis los lectores nuevos, y las recordáis los más antiguos. Y yo, con un “copia y pega” me saco una actualización fantástica y oportunísima. A mí, personalmente, me encantaría estar por la noche en el “Nocturama”, pero no sé si me va a ser posible. Haré todo lo que esté en mi mano, pero dependo de circustancias externas, además de una propia muy importante, que es que a esa hora de la noche ya llevaré 16 horas seguidas despierto, currando y aprendiendo cosas aburridas, aún estaré sin cenar ni comer nada desde las 3 de la tarde, y encima, el viernes a media mañana es el examen del curso éste de los cojones…

Su forma tan casera y simple de crear música electrónica se vio reflejada perfectamente en su primer disco, un miniLP que grabaron en el sótano de su amigo (y productor, y manager) Rod Sherwood; más concretamente tras unas mamparas que separaban los pocos muebles de los que éste disponía del rincón en el que estaba la ducha. Nada que unas imaginativas manos no pudiesen convertir ese baño en un estudio de grabación añadiendo unos edredones, acolchando por aquí; y unos micrófonos, registrando por allá. Unos días de diversión, y ya tenían grabada una pequeña colección de “Versos de consuelo, confianza y salvación” que capturaban no tanto la habilidad musical para hacer sentir cosas a los oyentes de la música como los sentimientos de las propias chicas protagonistas, que ahora estaban plenas, inspiradas y felices.
Su nuevo disco, el recién editado “The Bird of Music”, es mucho más experimental e incluso han alquilado cuerdas y metales para algunas canciones y han invitado a algunos amigos a cantar con ellas. Son canciones de pop más directas, algunas más ensoñadoras, otras más épicas, pero con el amor como tema central. Aunque sea tristeza de amor: “Las cosas más deprimentes son las camas vacías y las comidas en soledad / y las mujeres que llegan a la mediana edad con los dedos desnudos”.

Y los americanos entienden de esto. Para empezar, cinco o seis canciones que todo el mundo conocía; clásicos de la Credence (no me preguntéis el orden, porque no me acuerdo, ni falta que hace), con John volando a través de ellos con su todavía poderosa voz y sus hábiles dedos, respaldado por una banda fantástica en la que figuraban dos guitarristas de la talla de Billy Burnette (sí, el antiguo Fleetwood Mac, hijo del mítico Johnny. Era el de la camisa roja) y Hunter Perry (el de las barbitas), a los que no permitió hacer ni siquiera un solo en toda la noche. Estaba claro quien era la estrella y el jefe.

Lo primero es contestar la pregunta de Zambombo de un comentario anterior, que ilustra claramente esto que digo de mezclar conceptos: no se puede decir que esté muy extendido el que los derechos de las canciones no pertenezcan en absoluto a los artistas, porque éstos siempre serán propietarios de los royalties que generen sus canciones. Siempre.
Para que os hagáis una idea. Imaginad un artista que vende diez mil CDs, cada uno de ellos con diez canciones compuestas por él. Los royalties que genera son de 9,1 céntimos por canción (que es lo que marca la ley desde que se revisó por última vez, que yo sepa, en el 2.007), lo que significa que serían (al haber diez canciones) de 91 céntimos por cada disco. Multiplicado por diez mil discos, sale en total una suma de 9.100 dólares (hablo en dólares porque me refiero a los USA, en España no sé como están las leyes sobre royalties).
Están también los royalties por “interpretación pública”. Estos son los que genera una canción cuando la ponen en la radio, o es interpretada (por su autor o por otro músico cualquiera) en un concierto, o ponen el disco en un bar, o en cualquier tugurio nocturno, o incluso en una boda, ya sea en disco o porque la cante la orquesta que contratan los novios (¿recordáis el caso aquél del tío de autores que se presentó en una boda anotando todo lo que tocaba la orquesta, hasta que lo echaron a patadas?)
Están también los royalties por “edición impresa” de una canción, que aunque no sean tan importantes como los anteriores, también son generados cuando una canción aparece reproducida en un medio impreso, por ejemplo en cancioneros de algún autor, libros de tablaturas de guitarra, libros recopilatorios de éxitos, letras reproducidas en revistas… el reparto de estos royalties suele negociarse entre el autor y la compañía de derechos de edición, que normalmente suele quedarse con casi todo.
El que Michael Jackson tuviese los derechos de las canciones de los Beatles no significaba que se iba a llevar pasta por la cara cada vez que una canción de ese grupo se editara o sonase por la radio. Lo que significaba es que iba a tener una entrada de dinero como propietario de una compañía (la ATV) que se llevaba más de la mitad de todos los royalties de los Beatles a cambio de velar por los intereses de éstos. Y eso llevaba consigo que tenía que supervisar todos los contratos con las compañías discográficas que reeditaban sus discos; que tenía que negociar con las multinacionales del cine cuando usaban sus canciones para las pelis, y luchar para que incluyesen el mayor número de canciones posibles (originales o versiones) en el mayor número de películas posibles; que tenía que llegar a acuerdos con otras compañías como ella de todo el mundo para que les pagasen los derechos que generasen allí; que tenía que estar encima de las Sociedades de Autores de todo el mundo para que le ingresasen regularmente los royalties que después repartiría con McCartney y los herederos de Lennon y Harrison, y para que en ningún sitio infrinjan las leyes de copyright sobre los Beatles…
Lo que ocurre es que muchas de las grandes (y más avispadas) estrellas son a su vez socios de esas compañías, como es el caso de los U2 con “Blue Mountain Music”. Eso ocurría en menor medida también en el caso de los Beatles, que eran socios en “Northern Songs” pero dejaron de serlo cuando esta compañía pasó a la ATV y ellos vendieron su parte para poder coger dinero con el que sanear el desaguisado que tenían con Apple y la ruina heredada de Klein y Epstein.


Como véis, floreció la amistad entre ellos durante estos años, y como Paul McCartney ya era un perro viejo en los negocios musicales, y Michael estaba comenzando a echar a rodar su carrera en solitario, pues le pidió a aquél algunas sugerencias que pudiesen resultarle provechosas. Y McCartney le dio tres consejos de todo corazón: Que dejase a su padre y se buscase un manager en el que pudiese confiar absolutamente; que produjese sus propios videos y estuviese al mando de todo lo que se hacía en ellos; y que invirtiese en la publicación musical, ya que él lo hacía desde hace tiempo y le había ido muy bien.
