ESTA NOCHE ES LA NOCHE

En los últimos posts hemos hablado mucho de Silvio. Fue escuchando una de sus canciones cuando se me ocurrió la idea. “Aunque no seas virgen”, en contra de lo que pueda parecer por el título, no va sobre perder la virginidad… o sobre no perderla. Pero debe haber muchas canciones compuestas sobre ese tema, me decía yo.

Y efectívamente; las hay. Y hoy vamos a recoger algunas de ellas, concretamente veinte, para tener un número redondo. Y estoy seguro de que vosotros váis a aportar muchas más. De eso se trata… y además os lo voy a poner fácil, porque todas las que tenéis aquí son en inglés. Os he dejado las que están en español.

Entre todas las que escucharéis a continuación hay canciones que tratan el tema de muy diferentes formas, con lo cual podréis sacar ideas para compararlas con las canciones que vosotros conozcáis.

Y cuidado. Que no pido canciones que hablen de sexo, sino de (perder o no perder la) virginidad.

Empecemos con las más obvia.

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Madonna – “Like a virgin”

Tú me haces sentir flamante y nueva,
Como una virgen…

Eso dice la letra, pero yo no apostaría por la autenticidad de lo que dice Madonna.

Si habéis visto “Reservoir dogs”, la fantástica película que nos dio a conocer a Tarantino, recordaréis que los tipos aquellos se enfrascan en una discusión sobre el significado de esta canción; uno de ellos dice que “Like a virgin” va sobre una chica que se lo monta con un tío que tiene la polla muy grande, que toda la canción es una metáfora sobre las pollas grandes. Otro le lleva la contraria diciéndole que no, que va sobre una chica que es muy vulnerable, a la que ya se han follado varias veces; hasta que conoce a un chico que es sensible de verdad…

Cuando Madonna cantó esta canción por vez primera lo hizo en la primera entrega de los premios de la MTV. Y lo hizo vestida con un traje de novia para, después de una seductora actuación, terminar con un orgasmo fingido. Y lo hizo en directo… claro, eran los años ’80. Madonna decía después que con los nervios había desafinado en alguna nota; pero yo estoy convencido de que nadie se dio cuenta.

Madonna suele ser muy explícita con las cosas del sexo, pero no es lo común. Por lo general las canciones suelen estar llenas de metáforas.

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The Pretenders – “Tattooed love boys”

Fueron buenos momentos, sí.
Me sentía muy bien
Cambiando neumáticos arriba, tío;
Mi boca salió disparada y tú me enseñaste
Para qué estaba hecho ese agujero…

No estoy muy seguro, pero creo que esta canción puede interpretarse como una metáfora sobre deshacerse una de sus inhibiciones. Y si ese es el caso, me gustaría que alguien me explicara cual es la analogía sexual de “cambiar neumáticos”. A ser posible con gráficos.

Claro que para rescatarnos de estos dilemas que se nos presentan con tanta falta de literalidad en lo que se dice, tenemos al machote de Rod Stewart. Que es claro como el agua.

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Rod Stewart – “Tonight’s the night”

No digas ni una palabra, mi niña virgen,
Solo deja que tus inhibiciones se liberen.
El secreto te será revelado arriba
Antes de que la noche deje de ser joven…

Directo y al grano. Por eso esta canción nunca pudo ser editada como single y fue prohibida en todas las emisoras de radio de Inglaterra. Sobre todo porque les resultaba muy ofensiva otra frase de la canción que decía:

Extiende tus alas y deja que me corra entre ellas…

Mucho antes de que lo hiciese Rod, en los primeros años ’60 las Shirelles también editaron una canción del mismo título, que iba básicamente sobre lo mismo, pero desde la perspectiva femenina.

Y aunque haya otra canción muy famosa, que se llama igual, de Neil Young, que era un homenaje a Bruce Berry, uno de sus roadies, que murió de una sobredosis de caballo, y que por tanto no tiene nada que ver con el tema que nos ocupa, eso de “esta noche es la noche” en una forma muy popular de referirse a los esfuerzos del debut sexual de alguien, cuando un cantante quiere meter algo tan escabroso en una canción popular.

Hay más ejemplos.

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Betty Wright – “Tonight is the night”

Esta noche es la noche
En la que tú me harás mujer.
Me has dicho que serás dulce conmigo,
Y espero que lo seas…

Aunque la forma más común de referirse en las canciones a la primera vez, es precisamente con esas palabras: “first time”.

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The Boys – “First time”

Oh, oh oh oh, es mi primera vez.
Oh, oh oh oh, por favor, ten cuidado.
Oh, oh oh oh, no me hagas daño…

Según parece, la letra de esta canción está basada auténticamente en lo que le ocurrió a su autor, John Plain, cuando perdió su virginidad a los 15 años, en la parte de atrás del club juvenil al que asistía.

Yo no sabía qué decir,
No quería hacerle daño de ningún modo.
Yo miraba sus grandes ojos marrones
Llenos de lágrimas que ella intentaba esconder… y decía…
Oh, oh oh oh, es mi primera vez…

Seguramente él pensaba que aquello que estaban haciendo era una desfloración mutua, a juzgar por lo que dice la canción, y las palabras que pone en boca de su amante; pero creo que dejó de pensar aquello cuando unas semanas más tarde tuvo que visitar al médico para que le curase la gonorrea. Bueno… esto es una maldad mía.

Porque, además, no todo el mundo guarda buenos recuerdos del día de su estreno.

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Pulp – “Do you remember the first time?”

¿Recuerdas la primera vez?
No puedo recordar nada peor…

Jarvis Cocker nos recuerda que la confusión sexual es algo que va con nosotros desde la cuna hasta la tumba. Esa primera vez es una de las cosas que más se desea hacer y que más se arrepiente uno de haber hecho después.

Y es que el sueño de perder la virginidad, a veces se convierte en pesadilla.

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Alex Harvey – “Next!”

Seguí a un chico desnudo,
Un chico desnudo me seguía a mí.
El siguiente! El siguiente!
Yo era solo un niño cuando perdí mi inocencia
En un prostíbulo móvil del ejercito…

Harvey cuenta de forma escalofriante cómo el ejercito hizo un hombre de él. Pero es solo una historia, aunque él la canta de forma más explícita que su verdadero autor, que fue Jacques Brel. Su “Au suivant” era también muy directa, pero he preferido poner esta versión presentada en forma de tango, el baile de los amantes, porque creo que es la interpretación definitiva de ella, aunque tampoco fuese la primera que se hizo en inglés, ya que se le adelantó Scott Walker.

Y del escalofrío al bucolismo. Otros guardan mejores recuerdos de su primera vez.

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Deanna Carter – “Strawberry wine”

Los campos han crecido mucho
Desde que viesen el arado hace ya años.
No hay nada a lo que el tiempo no afecte.
¿Es realmente a él o a la pérdida de mi inocencia
Lo que echo tanto de menos…?

Esta es una canción sobre el primer amor de una mujer. Una reflexión nostálgica sobre retozar en el campo, con una melancólica aceptación sobre la plenitud de los campos y la fertilidad… un poco cursi, ¿no?

El que “manejó el arado” en los campos de ella tiene nombre propio, y muchos lo conoceréis; se trata de James Denton, el Mike de “Mujeres desesperadas”, que fue el primer amor de Deanna Carter.

A veces las analogías son excesivamente oscuras. Y uno no tiene muy claro si están hablando de esto o no.

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Radiohead – “True love waits”

Y el verdadero amor espera
En áticos angustiosos.
Y el verdadero amor vive
En chupachups y patatas fritas…

Thom Yorke siempre ha sido muy opaco en sus letras, pero en esta se pasa. Aunque si se analiza un poco creo que se puede llegar a la conclusión de que habla de mantenerse virgen.

El propio título, “True Love Waits”, es también el nombre de un movimiento cristiano formado en el ’93, que aboga por la abstinencia, y pide a los jóvenes escolares que se mantengan vírgenes hasta el matrimonio.

Todos en la vida encuentran el amor, solo hay que esperar.

Thom se inspiró al componer esta canción en una noticia que leyó en el periódico, que hablaba de un niño de diez años que se había fugado de su casa, y durante dos días se mantuvo a base de chupachups y patatas fritas. El amor verdadero puede ser cualquier cosa.

Quizás uno de los seguidores de este movimiento sea Morrisey, jejeje… el virgo intacto más celebrado del pop, a juzgar por lo beatas que parecen muchas de las canciones que ha compuesto: “Girl afraid” (“Chica temerosa”), “Last night I dreamt that somebody loved me” (Anoche soñé que alguien me amaba”), y otra media docena más, de la que escogemos una de las más conocidas.

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The Smiths – “How soon is now”

Cuando dices que algo va a pasar ahora,
Bueno, ¿qué quieres decir exáctamente?
Veo que ya he esperado demasiado
Y toda mi esperanza se ha desvanecido…

Morrisey no fue el único que “se especializó” en canciones de este tipo; también Foreigner tienen en su haber canciones como “I want to know what love is” (“Quiero saber qué es el amor”), “Waiting for a girl like you” (“Esperando a una chica como tú”), o ésta otra:

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Foreigner – “Feels like the first time”

Y siente como la primera vez,
Como si nunca lo hubiese hecho antes.
Siente como la primera vez,
Como si estuviésemos abriendo la puerta…

Es curioso como a veces las metáforas sirven lo mismo para un roto que para un descosido. El año pasado, cuando comenzaron las campañas publicitarias para las votaciones americanas que llevaron a Obama a la presidencia, la banda de uno de los triunfitos de allí, un tal Daughtry, vencedor del “American idol”, fue elegido por la League of First Time Voters (Liga de los votantes por primera vez) para grabar esta canción y animar a los que ya tenían edad para votar a que lo hiciesen.

Y ya que aparece la Casa Blanca en nuestro post, no podía faltar el momento Lewinsky.

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Prince – “Head”

Vaya peaso de tío güeno
Tan lleno de semen.
Te la voy a mamar entera…

Nuestro sinuoso mesías nos cuenta en esta canción como encontró a una doncella virginal que iba camino a su boda, y que no pudo resistirse a ofrecerle a Prince este consuelo romántico. Muy considerado por parte de ella, en vista de la situación. Y muy gráfica la descripción.

Estos libidinosos dioses del rock siempre están prestos a contarnos las historias de sus conquistas.

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AC/DC – “Squealer”

Ella me dijo que nunca,
Que nunca había jugado a esto antes.
Y creo que ya no va a jugar nunca más…

Y también muy a lo AC/DC en cuanto a lo excesivo de sus promesas, están los Standells.

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The Standells – Try it”

Por la forma en que me miras
Creo que estás buscando acción.
Acción es mi segundo nombre.
Venga, vamos, preciosa, que te voy a dar total satisfacción…

No me extraña que también la prohibiesen en la radio.

Y para calmar un poco los ánimos vamos a ocuparnos ahora de las que van de estrechas.

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Janet Jackson – “Let’s wait a while”

Cuando nos conozcamos mejor
Y ambos nos sintamos mucho más fuertes,
Entonces hablaremos de ello;
Esperemos un poco más…

Seguramente su compañero se sentiría defraudado con esta petición. Un poco rara, por otra parte, para venir de Janet Jackson, que acostumbra a interpretar canciones muy cargadas sexualmente. Así que no me cuadra mucho con ella eso de esperar el momento adecuado para consumar la relación.

Esta chica siguiente es otra de la que tampoco esperaríamos que se pusiese tan dura.

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Christina Aguilera – “Genie in a bottle”

Te estás relamiendo y tirándome besos,
Pero eso no significa que me vaya a entregar a ti…
Las hormonas corren a la velocidad de la luz,
Pero eso no significa que vaya a ser esta noche…
Mi cuerpo está diciendo: vamos,
Pero mi corazón está diciendo: no…

Chico… parece que aún no te lo has ganado.

Esta canción causó bastante controversia en su momento, porque cuando se editó, Christina solo tenía 17 añitos, y era demasiado joven para cantar algo tan subido de tono, en el que se comparaba el cuerpo de la mujer, al que frotándolo un poco podía concederte tres deseos, con las botellas con un genio dentro. Sobre todo porque el mercado al que se dirigía la canción también estaba repleto de jovencitas impúberes.

Algo parecido ocurrió con Tiffany, cuando se le ocurrió cantar una versión de esto:

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Tommy James & The Shondells – “I think we’re alone now”

Creo que ya estamos solos,
No parece haber nadie por aquí…

Dieciseis añitos tenía Tiffany cuando le cantaba a su amante que ya tenían el campo libre para poder explayarse. Luego las Girls Aloud también disfrutaron del éxito con esta sugestiva apología de las vibraciones hormonales.

Jermaine Stewart iba de tímido a la hora de ponerle título a su canción: “No tenemos que quitarnos la ropa para pasar un buen rato”. Puede que no, pero ayuda bastante.

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Jermaine Stewart – “We don’t have to take our clothes off to have a good time”

Podemos bailar y andar de fiesta toda la noche
Y beber un poco de licor de guindas…

La verdad es que no me convence del todo que esta canción trate sobre nuestro asunto, pero ese “licor de guindas” al final resuelve las dudas. Por cierto, he traducido como licor de guindas el “cherry wine” que tanto mencionan los guiris en las canciones, pero puede que sea otra cosa diferente. Acepto propuestas.

Y ahora, una canción con metáfora deportiva.

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Meatloaf – “Paradise by the dashboard lights”

Y te voy a enseñar una cosa
De la que nunca te arrepentirás,
Así que abre tus ojos, que tengo una gran sorpresa
Que te hará sentir muy a gusto.
Bien, voy a hacer que arranques tu motor…

Y la metáfora deportiva viene porque la canción incorpora un largo interludio en el que están radiando un partido de baseball, en el que nuestro melodramático héroe por fin consigue alcanzar la cuarta base, completando de ese modo lo que en el argot juvenil americano marca la escalada de logros en el asunto sexual: primera base es tocarle las tetas a la chica, segunda base es conseguir hacerse “trabajos manuales” mutuos, tercera base es sexo oral, y la cuarta base no tengo que explicarte lo que es, ¿verdad?

El problema, según cuenta la canción, es que para conseguir llegar a esta cuarta base en el coche en el que se encontraban, la chica le decía al chico que no le permitiría entrar en el “paraiso” hasta que no le dijera que la amaba y que se quedaría con ella para siempre. Así que invadido por la pasión, él se lo promete.

Y el caso es que el polvete debió ser bueno, porque cumple su palabra y se queda con ella el resto de su vida.

Por cierto… llamar “chico” a Meatloaf también era una metáfora.

Y para el final, la pareja por excelencia del sexo virginal, Romeo y Julieta.

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Elvis Costello – “Mystery dance”

Romeo estaba impaciente, estaba preparado para morir.
Saltó por la ventana porque no podía quedarse quieto.
Julieta le estaba esperando con una red de seguridad…

Recuerdo el viernes por la noche, cuando las luces se apagaron
Y yo estaba intentando hacer que pareciera como que no tenía dudas.
Ella pensaba que yo sabía, y yo pensaba que ella sabía,
Así que los dos lo estábamos deseando,
Pero ninguno sabía como hacerlo…

He dejado para el final la mejor de todas las canciones y la que mejor retrata el tema del que hablamos. El chico de la canción nos cuenta con decepcionada incredulidad lo que pasó o no pasó “cuando las luces se apagaron”. Ella y él confiaban en que fuese el otro quien tomase la iniciativa, pero en realidad ninguno de los dos sabía cómo.

Allí estaba yo, bajo las mantas en mitad de la noche
Intentando diferenciar mi pierna izquierda de la derecha.
Uno puede ver todas esas fotos en cualquier revista
¿pero de qué sirven cuando uno no sabe qué significan…?

Es muy reconfortante oír cantar a alguien sobre ineptitudes amorosas de la primera vez, sobre todo después de haber oído a tanto gilipollas intentando convencernos de lo buenos que son en la cama.

Y ahora es vuestro turno. Haced memoria…

JUGUETES ROTOS

Mmmmm… ya veo ceños fruncidos en cuanto os habéis dado cuenta de que este post iba a tratar sobre la historia de los BAY CITY ROLLERS.

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“Bye bye baby”

Y no me extraña, porque de ellos siempre se ha dicho que eran un grupo sin interés alguno, prefabricado y montado para consumo juvenil. Que la Rollermanía que generaron era del todo injustificada, y repetidamente la tachaban de haber sido hinchada artificialmente y manufacturada. Y en realidad fue así, pero hay algunos matices que incluir en nuestra historia.

Los Bay City Rollers tuvieron tanto éxito, no porque se hubiesen gastado miles de libras en componerles una imagen, que su compañía discográfica, además, fue bastante reacia a invertir dinero en ellos, sino porque los chavales proyectaban un optimismo y unas ganas de vivir absolutamente convincentes, una dedicación entusiasta por lo que hacían, y además cantaban himnos pop que los jóvenes podían reconocer, y con ellos aplaudían, respaldaban y rendían homenaje a la forma de vida de los chavalitos.

Su impacto electrificó a todos los adolescentes de Gran Bretaña. Durante demasiado tiempo los jovencitos del país habían admirado a estrellas lejanas, que eran de los USA, como David Cassidy o los Osmonds, pero en su propia tierra sus ídolos no dejaban de ser gente como Gary Glitter o Alvin Stardust, que en realidad eran tíos hechos y derechos que enmascaraban su edad detrás de gruesas capas de maquillaje. Los Bay City Rollers cautivaron a una audiencia hambrienta de algo genuíno. Los adolescentes ya tenían ídolos realmente adolescentes, como ellos.

La banda tuvo seis singles seguidos en el Top-10, dos LPs entre los diez más vendidos (ni los Stones vendían tantos LPs como ellos), una biografía que vendió más copias en la primera semana de su publicación que el “Chacal” de Frederick Forsyth (el mayor best-seller de aquel año), y su propio programa de televisión.

Y esto pudo ser así porque, aparte de estar sometidos a un manager que les manejaba con mano de hierro y controlaba todos los aspectos de sus vidas, tuvieron la suerte (¿o fue mala suerte…? bueno, llamémosle destino) de dar con una pareja de compositores y productores, Bill Martin y Phil Coulter, que ya tenían mucha experiencia y fama (suya era por ejemplo “Marionetas en la cuerda”) y les dieron varias canciones de éxito sin dejar que ellos las estropeasen lo más mínimo en el disco, por lo que no les dejaron tocar ni uno de los instrumentos, algo que era habitual en las sesiones que ellos montaban, no tienes más que recordar que ocurrió lo mismo con Los Bravos del “Black is black”.

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“Give a little love”

Por eso de ellos se decía también que no sabían tocar sus instrumentos, y que solo eran unas caras bonitas respaldadas por músicos desconocidos. Pero Eric, el guitarra solista, era un buen músico, que desde los seis años había tomado clases de violín e incluso sabía leer música, algo que no podían decir la mayoría de los rockeros contemporáneos suyos, y quería tener más participación que la que tenían en directo. Con el tiempo, en sus LPs sonaban partes de cellos, mandolinas y otros instrumentos de cuerda para los que él mismo hacía los arreglos e incluso los tocaba. Desde su segundo LP, “Oce upon a star”, de 1.975, la Fender Stratocaster que suena en las canciones de los Rollers la toca él, sin duda ninguna. Y aún tuvieron además otra cosa en común con los Beatles, que ya quedaron atrás en el tiempo, además de las legiones de fans gritonas de sus conciertos; y es que si uno se para a escucharlos apropiadamente se dará cuenta de que el batería de la banda es realmente brillante. En este caso se llama Derek en lugar de Ringo. Su hermano Alan le acompaña marcando el rítmo con su Fender Jazz Bass. Él es zurdo, pero su bajo tiene las cuerdas colocadas de la forma normal para que lo toque un diestro, por lo que su técnica es interesante a la hora de escucharle. Y el segundo guitarrista, Woody, además de tocar muy bien su Fender Telecaster, era capaz de desgranar notas de un piano eléctrico en muchas canciones del grupo.

Cuando los Bay City Rollers comenzaron a tener éxito llevaban ya más de seis años de duro aprendizaje en escenarios en los que cobraban apenas siete libras por actuación. Y eso es mucho tiempo para considerar que no sabían tocar, y seguramente merecían algo más que ser marionetas manejadas al antojo de la industria. Así que te invito a que guardes tus aprensiones sobre la integridad musical de estos chicos, y nos acompañes con la mente abierta a través de su historia.

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“Shang-a-lang”

La historia de los Rollers se remonta a 1.967, cuando el bajista Alan Longmuir tocaba en un grupo llamado The Saxons. Cuando se les unió a la batería su hermano Derek, la banda cambió su nombre a The Bay City Rollers. Y comenzaron un largo camino en el que hasta dos años más tarde no mostró interés en ellos ninguna compañía discográfica.

En 1.970, Dick Leahy, de la compañía Bell Records, estaba en Escocia y quiso el destino que se cancelase su planeado viaje a Glasgow, por lo que decidió pasar la noche en Edimburgo e ir a matar el rato a una discoteca en la que tocaban los Rollers.

Los chavales que formaban el público recibieron entusiásticamente a los músicos, y esto impresionó a Dick, que les dijo que se acercasen por los estudios Olympic de Londres, que algo tendría para ellos. Y allá que se fueron, en su furgoneta, que usaban también de hotel, en busca de que sus sueños se hiciesen realidad: un productor famoso, un estudio de grabación y… Londres.

Ken Howard y Alan Blaikley les produjeron algunos singles, “Keep on dancing”, “Mañana”, con el que ganaron un concurso internacional en Luxemburgo; pero en Gran Bretaña pasaron totalmente desapercibidos. Los chicos de la banda, exaustos de tanta gira sin que en realidad ocurriese nada que les sacase del anonimato, se pensaron muy seriamente dejarlo todo y separarse. Dos de ellos lo hicieron incluso, por lo que entraron en sus filas los guitarristas Eric Faulkner y Woody Wood.

Fue entonces cuando llegaron Bill Martin y Phil Coulter para producirles otro nuevo single allá por octubre del ’73, “Saturday night”, que fue también otro fracaso estrepitoso hasta que no lo incorporaron a su primer LP. Su cantante ya se aburrió definitivamente y les dejó, siendo reemplazado por Les McKeown, con lo cual la banda quedó así configurada con su formación clásica que tantos éxitos cosechó después.

Pero Dick Leahy se desengañó con ellos y le dijo a su manager, Tam Paton, que podían quedarse en Escocia ya que las oportunidades se habían acabado. Paton se sentía en deuda por las oportunidades que les habían dado sin aprovecharlas y poco menos que se puso de rodillas para pedirle a Dick otra más. Intentó convencerle de que los Rollers tenían detrás un apoyo ámplio del público juvenil, un club de fans que se hacía mayor cada día, y todo lo que necesitaban era otra oportunidad. Seguramente sería la lástima lo que llevó a Dick Leahy a decirle a la banda que volviese otra vez a Londres, donde les esperaban de nuevo Martin y Coulter para producirles el single “Remember”.

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“Remember”

Y Tam Paton se volcó en la publicidad de la nueva canción. Escribió cartas a todos y cada uno de los miembros de todos los clubs de fans de David Cassidy y de los Osmonds, con fotos de los Bay City Rollers y exortaciones a que comprasen su nuevo single porque estos chicos sí que eran como ellos, y además compartían todos los privilegios y las miserias de habitar en su mismo país. La pasta necesaria para todo esto consiguió que se la diese su madre.

Su maniobra fue un éxito; el single comenzó a moverse. Lograron que les invitasen al “Top of the Pops”, y nuevamente tuvieron que viajar a Londres haciendo vida en su furgoneta, que esta vez además se convirtió en un taller de costura en el que ellos mismos tuvieron que arreglarse con tijeras, agujas, hilo y retales variados, sus baratas cazadoras compradas en las tiendas de excendentes del ejercito, para tener una imagen apropiada con la que salir en la televisión nacional.

Y el resultado de toda la actividad que desplegaron fue la grabación de “Rollin’”, su primer LP, allá por el verano de 1.974. La música que contenía era una alternativa fresca, joven y oportuna a todo el pretencioso y pomposo rock que dominaba por entonces la escena musical, con grupos como Emerson, Lake & Palmer o Yes. No es que fuese exactamente como la explosión de adrenalina que iba a ocurrir algunos años más tarde con los Sex Pistols y todas aquellas bandas punk, pero fue un bonito aperitivo.

El disco de Bay City Rollers es tan bueno como cualquiera de los de Andy Kim, mejor que los de Paul Simon y Phoebe Snow, más memorable que cualquiera de los que haya hecho Eric Clapton, dos veces más ingeniosos que cualquiera de las tres extravagancias que lleva Rick Wakeman. He visto el futuro del rock de la radio y se llama “Saturday night”. (Gene Sculatti, “Creem”).

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“Saturday night”

Con este disco comenzó a rodar la Rollermanía de forma imparable. Pero los chicos de la banda no estaban contentos. Ellos querían tocar los instrumentos; querían también grabar sus propias canciones. Y tuvieron que luchar por ello. Por eso en realidad fue por lo que rompieron con un equipo tan fructífero como era el de Martin y Coulter: los productores querían hacer sus propias canciones y los Bay City Rollers querían hacer las suyas. El grupo estaba inmerso en un gran negocio musical y la compañía discográfica no veía ninguna razón para arriesgar un asunto que funcionaba de una forma tan perfecta. Todo se había convertido en algo demasiado impersonal y solamente para ganar dinero, y los Rollers se encontraron metidos allí bastante a disgusto.

Tam y los Rollers lucharon duramente por sus propias canciones y, tras un intento fallido de aproximación con Mick Ronson, finalmente contrataron a Phil Wainman para que se las produjese, como ya había hecho antes con los Sweet. Éste no insistió en meter sus propias canciones en las caras A y B de los singles, sin embargo, al ser también un compositor de prestigio le sirvió de mucha ayuda a Eric y Woody. Si una de las canciones que hacían le parecía mala, se lo decía y ellos la desechaban…

Pero no debieron ser muchas las desechadas en vista de que ocho de las doce canciones que componían su segundo disco, “Once upon a star”, estaban compuestas por ellos dos. Y en realidad la pareja podía conseguir canciones muy buenas cuando se encontraba con la suficiente confianza para hacerlo; aquí estaban “Marlina”, “Let’s go”, “Rock and roll honeymoon”… canciones que, favorecidas además por la mejor producción de la que disfrutaba este disco, inspiraron a posteriores bandas como los Ramones o los Damned, y que demostraban que los Bay City Rollers trascendían a su carrera como ídolos teenagers. Pero en este punto también comenzó a aflorar la inconsistencia de su trabajo, que hay que achacar totalmente a los intentos de Tam Patton de seguir atrayendo a las niñas de trece años con azucaradas canciones desechables como “The disco kid”, “Le belle Jeane” o “Hey! Beautiful dreamer”. En este punto fue cuando comenzó también a compararse la Rollermanía con la Beatlemanía, pero aunque los dos grupos comenzaron escribiendo canciones principalmente sobre el “amor joven”, la diferencia fundamental es que los Beatles no se quedaron lastrados en ello y dieron el paso adelante, y los Rollers no; por eso su carrera solo se mantuvo en alza muy poquitos años.

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“Rock and roll honeymoon”

Durante su periodo de máximo apogeo, los Bay City Rollers fueron una banda gobernada con mano de hierro. No tenían novias y vivían una vida claustrofóbica en un pequeño círculo que solo les incluía a ellos y a Tam, el manager. Cuando iban de gira siempre se quedaban en hoteles que estaban a más de quince kilómetros del lugar en el que tenían que tocar, para que los fans no estuviesen muy cerca de ellos. Y todo lo compartían, las habitaciones, el pescado, las patatas fritas… y los secadores de pelo.

Es muy fácil ponerse cínico con un grupo como los Bay City Rollers, cuyo atractivo radicaba principalmente en sus pintas y en su manierismo, más que en la música que producían, pero aunque se les compare de forma desfavorable con los gigantes del rock de los setenta, fueron un fenómeno que no puede ser ignorado. Un fenómeno que desataba histerias colectivas que no se veían desde que una chica de quince años murió aplastada por la multitud en un concierto de David Cassidy. La histeria es un extraño rasgo humano, similar a una bola de nieve rodando montaña abajo; una vez que comienza es casi imposible de parar. Y en este caso solo necesitaba que una de las fans se intentase subir al escenario para que cientos de chicas gritonas empujaran, pelearan, arañaran y dieran patadas con tal de obtener un lugar desde el que ver mejor a sus ídolos, o para conseguir situarse en un punto en el que poder tocar a alguno de ellos. La música que la banda interpretaba apenas era audible, principalmente porque al ser lo que menos importaba, Tam apenas se gastaba dinero y les conseguía equipos de sonido deplorables e inadecuados, y porque dos mil chicas gritando pueden crear un estruendo horroroso.

Sin embargo para los componentes del grupo la música sí que seguía siendo lo más importante. Y lo demostraron en su siguiente obra, el disco “Wouldn’t you like it?”, sin duda ninguna el mejor, el más interesante y el más ecléctico de todos los que grabaron. En él se encuentran todos los sonidos que dieron forma a los años ’70: hay power-pop de alto calibre como “Too young to rock and roll”, “I only wanna dance with you” o la revisión de “Saturday night”; hay canciones de esquemas beatlelianos como “Give a little love” o “Lovely to see you”; rocks acústicos, música disco, experimentos percusivos marcados por el overdub… la banda había encontrado una nueva libertad creadora y excepto una de ellas, todas las demás canciones del disco eran composiciones propias. Aunque para conseguir esa libertad tuviesen también que pagar el tributo de crear alguna basurilla en forma de bubblegum bastante mustio para el consumo fácil.

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“Derek’s end piece”

“Dedication”, su cuarto disco, acentuó más aún la esquizofrenia entre los Bay City Rollers, que cuando tomaban el camino del rock eran capaces de hacer un power-pop por encima de la media del resto de los grupos contemporáneos a ellos, y los que hacían un bubblegum suave y totalmente light. Fue su disco mejor producido, y también el que comenzó a marcar los cambios de formación, Alan Longmuir dejó la banda para ser sutituido por un mucho más joven Ian Mitchell.

Siguieron “Its’ a game”, “Stranger in the wind”… y con ellos se iban agotando tanto la fórmula como los propios componentes del grupo. En este último disco se les nota cansados y sin fuerzas, y si se les compara con los nuevos jóvenes creadores que estaban surgiendo, como los Radiators, los Rezillos, los Flys, la música de los Bay City Rollers sonaba ya absolutamente patética. Alan volvió de nuevo a la banda en un esfuerzo por reencontrarse a sí mismos, pero ya se veía que la supervivencia iba a ser difícil.

El “Elevator”, de 1.979, ya ni siquiera contaba con la voz de Les, que había sido sustituido por el nuevo vocalista Duncan Faure. Los Bay City Rollers intentaron sacudirse el marasmo que los atenazaba, y en un deseo de alejarse de su imagen juvenil acortaron su nombre a The Rollers, y llenaron este disco de canciones mucho más cercanas al espíritu de la naciente New Wave. Pero lo único que consiguieron fue quedarse sin público. Los teenagers que compraban el disco pensaban que les habían metido un vinilo confundido en la funda de su grupo favorito, y los mayores preferían a los Records y los Shoes a la hora de escuchar buenas canciones.

Su siguiente disco, “Voxx”, interesaba ya tan poco que solo fue editado en Japón y Alemania, y en realidad solo se grabó porque así les obligaba su contrato con Arista, su sello discográfico. Tras la ruptura ficharon por Epic, nadie sabe aún porqué. Con esta compañía sacaron “Ricochet”, su último disco original y el peor de los pasos posibles para adentrarse en la nueva década de los ’80, a mitad de la cual los jartibles japoneses aún editaron un disco más, “Breakout”, surgido de uno de los múltiples y fallidos intentos de reunión de la banda durante las tres décadas posteriores a su disolución en 1.981.

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“It’s a game”

Actualmente las fuerzas de los miembros de los Bay City Rollers se consumen en los tribunales, a través de los cuales intentan recuperar la mayor parte posible de los diez millones de dólares en royalties que dicen que Arista Records se ha apropiado gracias al esfuerzo creativo que ellos una vez tuvieron.

Para una banda que, como una vez dijo de forma muy elocuente el cantante Les, tenía “al mundo agarrado por los cojones”, su caída fue también una de las historias más desafortunadas y de peor gusto de la historia del rock.

Aunque Tam Paton insistió en que la banda tuviese una existencia libre de alcohol, sexo y peligros, las presiones de las giras sin fin y del maquiavelismo de este manager les hicieron pagar caros peajes ya incluso desde el principio de su éxito.

Las tragedias no faltaron a su alrededor, y la primera de ellas ocurrió el abril del ’75, cuando una jovencita llamada Denis Williams murió bajo las ruedas de un coche de policía que intentaba controlar la avalancha de 800 chicas histéricas que querían asaltar los estudios de Granada Television de Manchester, donde los Rollers estaban grabando uno de los episodios de su serie.

El mes siguiente, Les McKeown fue acusado de imprudencia temeraria después de atropellar y matar con su flamante Ford Mustang a una viejecita de 75 años, para implorar perdón amargamente, llorando de rodillas ante su público, sobre el escenario del siguiente concierto que la banda dio en Southamptom.

Pero para el cantante la pena se convirtió en furia en el concierto siguiente, y arremetió contra uno de los fotógrafos de prensa, al que golpeó con el micrófono, consiguiendo con su acción una multa de 1.200 libras. Fue éste un concierto accidentado, en el que la banda fue acusada de avivar la histeria entre sus fans, que atacaron a dos conductores de ambulancia que intentaban evacuar a una chica, que no se dejaba pillar, presa de un ataque en el foso de la orquesta.

Eso era algo habitual; una media de 250 adolescentes necesitaban alguna clase de atención médica en los conciertos de los Rollers, de las que una docena larga tenía que ser ingresada en el hospital, normalmente con secuelas de las avalanchas provocadas por las demás. En aquellos caos no se respetaba nada, y el propio Les los sufrió en sus carnes cuando un montón de americanitas consiguieron atravesar la pared de protección formada por los guardaespaldas y dejarle KO en uno de los tumultos.

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“Money honey”

Pero los Rollers no necesitaban la ayuda de los golpes de las chicas para ponerse ellos solos fuera de combate. Las giras y la vida que éstas implican les dejaban exaustos, Woody era asiduo de las UCIs de los hopitales de las ciudades por las que pasaban, y alguna gira tuvo que terminarla tocando su guitarra en una silla de ruedas; Eric tomó una sobredosis de pastillas para dormir, para ver si así se le quitaba el sueño crónico que arrastraba y la depresión que le producía. Alan dejó la banda, como os conté anteriormente, tras un fallido intento de suicidio también. Derrek sufrió un accidente de coche al quedarse dormido al volante. Incluso el manager carcelero, Tam Paton, terminó por admitir que para sobrellevar las tendencias suicidas que esta vida le provocaba, se tenía que tragar los tranquilizantes a puñados; no es extraño pues que la cabeza le quedase tan tocada como para realizar actos indecentes con niñas pequeñas, que acabaron con sus huesos en la cárcel, después de haber dejado la montaña rusa que era su vida.

Para finales del ’78 el cantante, Les, ya no pudo más con esta vida y dejó al grupo. El resto de los miembros fue admitiendo poco a poco su “vida secreta” de alcohol, mujeres y drogas duras… pero a estas alturas del partido sus miserias ya no interesaban a nadie.

Pero la espiral aún siguió más abajo. Woody y Faure, el nuevo cantante, fueron arrestados en Sudáfrica por deudas impagadas; Les McKeown resolvía los líos con los críticos a base de tirarles a la cabeza vasos llenos de cerveza, y cuando magullado y borracho, intentaba volver a su casa conduciendo, rara era la noche que no dormía en alguna comisaría. Ian Mitchell dejó la música y se sumergió en el oscuro mundo de las películas pornográficas. Y, como no, también tuvieron su fallecimiento a causa del sida, el de Billy Lyall, teclista de una de las primeras formaciones del grupo.

La última acción magistral concerniente a esta banda fue la que protagonizó David Gates (nada que ver con el del grupo Bread), un antiguo fan que ahora estaba desempleado, y por tanto con mucho tiempo libre. Este hombre, al enterarse en 1.992 de que Eric Faulkner planeaba reformar de nuevo el grupo, poniendo como cantante a su novia Kass, robó todas las guitarras de la banda y las escondió en un edificio abandonado. Posteriormente, cuando lo pillaron y fue a juicio, le dijo al juez que había hecho todo eso “para salvar al mundo de los Bay City Rollers”.

Irónicamente, de lo único que los desafortunados Rollers siempre necesitaron ser salvados fue de sí mismos.

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“I only wanna be with you”

EL PRECIO DE LA FAMA

Hubo un tiempo en el que el Britpop marcaba las reglas musicales del mundo. Oasis eran los reyes, Jarvis Cocker era un Dios, y hasta un grupo como los Menswear se hartaba de vender discos, ¿te lo puedes creer…?

Era 1.994, y de la aburrida ciudad de Colchester emergía una banda que se llamaba BLUR.

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Blur – “Girls and boys”

Este cuarteto acababa de tener un gran éxito con “Girls and boys”, una canción que hablaba de chicos y chicas, y su cantante, Damon Albarn, comenzaba a hacerse famoso y a ganar dinero con la música, por lo que pudo pagarse el alquiler de una bonita casa de dos plantas, con grandes ventanales que llegaban hasta el suelo, a la que irse a vivir con su novia, Justine Frischman, una chica que también era famosa por… sí, hombre, ¿no era la cantante de..? joé, sí la cantante del grupo ése… si lo tengo en la punta de la lengua… no me lo digas, no me lo digas… ah, ya… la cantante de los… no… de ésos no… bueno, venga, no era tan famosa. Pero dime de qué grupo era la cantante…

De Elastica, hombre…

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Elastica – “Stutter”

Esoooo. Elastica. Bueno, el caso es que Justine por entonces tampoco era famosa. Así que como los Blur ya sí que estaban vendiendo muchos discos pues Damon asumía que toda esa gente que se agolpaba en su puerta todas las noches eran fans de Blur, esperando para poder saludar o echarle un vistazo a su héroe.

Todas las noches, a medida que la fama de la banda iba creciendo, miraba por la ventana del salón y ahí estaba la gente. Entre las diez y las doce de la noche más o menos, la parte de delante de su portal se iba llenando de gente expectante… ese era, pensaba Damon, el precio de la fama.

Una noche que llego a casa más tarde vio que el cada vez más numeroso grupo se mantenía tan vigilante como siempre delante de su casa y se dio cuenta, quizás por primera vez, que casi todos eran hombres.

Disimuladamente se caló el sombrero hasta los ojos, se subió el cuello del anorak y se puso las gafas negras. Y se unió al grupo que miraba hacia su casa. Se acercó así a uno de los mirones expectantes y le preguntó…

-Esa es la casa del cantante de Blur, ¿no?.

-¿De quién…? –le contestó el otro- Ni puta idea, tío.

Damon se quedó bastante confundido con la respuesta, y se puso a mirar también hacia su casa, en la que se veía una luz encendida a través del ventanal de arriba.

-Venimos aquí –le confió el que miraba- porque la pájara que vive ahí no tiene ni idea de que la vemos a través de los visillos y se desnuda frente a la ventana todas las noches.

Antes de que Damon pudiese decir nada, el otro continuó:

-Ella no sabe que la miramos, y si te quedas por aquí un ratito se lo podrás ver todo; el coño y todo. Lo hace todas las noches. El boca a boca se ha extendido por el barrio y todas las noches venimos a mirar.

El tío hizo una pausa, antes de continuar hablando.

-Entonces… ¿quién es el de Blur ése que dices…?

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Blur – “Charmless man”

FAMILY AFFAIR

De vez en cuando, los deportistas sienten inclinaciones musicales y no se cortan nada a la hora de ponerse a dar el cante, como ya vimos en aquel post que una vez dedicamos a los futbolistas.

También le ocurrió así a Viva Seifert, una chica de Londres que se dedicaba a la gimnasia rítmica, y que incluso llegó a participar, representando a Inglaterra, en los Juegos Olímpicos de Barcelona. Aunque era buena compitiendo, no estaba a la altura de, por ejemplo, nuestra Carolina Pascual, que fue medalla de plata individual, y Viva solo logró clasificarse en el puesto 29 de entre las gimnastas.

Ahora, con 17 años más de los 20 que tenía entonces, y seguramente también algunos kilillos más de los 49 que lucía cuando competía, Viva Seifert vuelve a aparecer, reconvertida en The Shark (El Tiburón), como la mitad del dúo de rock’n’roll JOE GIDEON & THE SHARK. Y usa las baquetas para aporrear los instrumentos de percusión con muchísima menos delicadeza de la que tenía anteriormente para manejar las mazas de la gimnasia…

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“DOL”

En 1.992, Gideon Joel Seifert tuvo que conformarse con ver competir a su hermana Viva por televisión, ya que en aquella época él residía en Bolivia. A su vuelta a Inglaterra se dio cuenta casi por casualidad de que sabía tocar la guitarra bastante mejor de lo que le parecía, acompañando a su hermana, que siete años después de su comparecencia olímpica ya veía que no estaba para muchas piruetas y estaba aprendiendo a tocar la guitarra y el piano. Así que ¿por qué no formar una banda de rock? Junto al hijo del líder de los antiguos Nektar y otro colega más, dieron forma a Bikini Atoll y dejaron dos discos llenos de música influída tanto por la Velvet como por Bach, tanto por el krautrock como por Sonic Youth… siete años duró el grupo, tras lo cual los dos hermanos decidieron continuar como dúo.

Al fin y al cabo era una decisión fácil, ya tenían algunas canciones escritas entre los dos y solo había que armarlas para poder interpretarlas. Gideon escribió algunas más con la mente puesta en que solo estarían ellos dos para sacarlas adelante, mientras Viva aprendía a marchas forzadas a tocar la batería. Tampoco eso requería para ella demasiado esfuerzo, recuerda que en su disciplina gimnástica también había que saber bailar; eso requiere el uso de los dos brazos, las dos piernas y muchísima coordinación… tocar un instrumento o dos a la vez no presentaría ningún problema para ella. Así que Viva convenció a su hermano de que no necesitaban a ningún músico más.

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“Harum scarum”

Y ya tienen en la calle su primer disco, “Harum Scarum”, en el que Joe Gideon & The Shark han creado un sonido poderoso y reconcentrado que se diferencia sobre todo del de otros dúos similares como los White Stripes o los Black Keys en que aquí hay mucho más espacio para el overdub y la experimentación.

La música se bate en muchos frentes. Ya has podido apreciar ahí arriba el rock’n’roll modernizado que era “DOL” y el poderoso blues que da título a todo el disco, construido tan solo alrededor de unas espartanas lineas de piano tocadas por Viva. Y la misma chispa que la música la tienen también las letras escritas por Gideon, enternecedoras la mayoría de las veces, ya sean acompañadas de una bonita melodía o prácticamente narradas como un cuento.

Uno se pregunta si realmente estas historias sobre las que cantan han sucedido realmente. No tendría porqué ser así para apreciarlas igualmente, el arte está lleno de historias imaginadas; pero ellos insisten en que están basadas completamente en la realidad, así que tendremos que creernos que “Kathy Ray” no es solamente una historia agridulce, sino que de verdad existió esta chica que hacía coros para los Eurythmics en el “Live Aid” de 1.985, y trabajó incluso con Ray Charles antes de que su novio la dejase medio ciega.

Yo iba caminando a mi casa una tarde de invierno y me la encontré. Kathy acababa de romper con su novio y estaba buscando un piso aquí en Brighton. Me contó su historia, pero yo estaba tan sorprendido que no la creí en absoluto. Pero cuando llegué a casa y lo comprobé, ví que era verdad.

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“Kathy Ray”

En uno de sus conciertos por las salas londinenses tuvieron la suerte de que les escuchase Jim Sclavunos, el batería de los Bad Seeds, la banda de Nick Cave, que se quedó tan prendado de su música y de la forma de tocar de Viva, que les invitó a que teloneasen a su banda en la gira que hicieron el pasado otoño. A esa gira siguió otra con Seasick Steve. Y pronto los carteles les tendrán a ellos en la cabecera.

Sus conciertos deben ser dignos de verse, sobre todo para los que tengáis un alma geeky. En el escenario están rodeados de tiestos electrónicos y cachivaches de difícil descripción; hay teclados, un llamativo glockenspiel, una mesa de 8 pistas, un “Space Echo” que debe tener más años que ellos… pero ¿y lo que se divierten moviéndose a sus anchas entre tanto aparataje? Si no fuese así no asegurarían que buscar a más músicos para que les ayuden a sacar adelante una actuación en directo es algo que no han pensado ni un minuto siquiera.

…lo que no termino de entender es porqué esta chica, en vez de elegir el apelativo de “The Shark” no escogió el de “The Octopus”.

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“Civilisation”

Mi padre me dijo que el mundo era plano,
Y yo era feliz en mi mundo de dulce bizcocho,
Era un hijo modelo, nunca cuestionaba lo que mi padre decía,
Pero la semilla de la duda germinó en mí y creció hasta convertirse en árbol,
Las dudas se ramificaron hasta adueñarse de mí.

Y así supe que tendría que aprender algunas verdades absolutas.
Y esa clase de verdades no las aprende uno en casa,
Cuando tu madre está siempre encima tuya.
Tenía que educarme a mí mismo, experimentar las cosas de primera mano.

Y me fui para aprender, para aprender cosas de hombre.

Conocí en persona a los griegos, pasé algún tiempo en Roma,
Me quedé en un monasterio hasta que los monjes me echaron.
Comí comida rápida, y comida lenta, y también comí entre horas.
Me compré una nariz nueva, y le cambié al coche las ruedas.
Y mi madre se murió de gusto cuando la llamé el otro día,
Lo hice a cobro revertido, porque a ella siempre le ha encantado pagar.
Y puse un anuncio en los periódicos para encontrar una mujer con mucha vitalidad.

Y me fui para aprender, para aprender cosas de hombre.

Fui escritor, músico, pescadero, político,
Fui tan espasmódico como Lars Von Trier,
Escribí un libro que fue un éxito espectacular,
Y me gasté todas mis ganancias en hierba y anfetaminas.

Y me fui para aprender, para aprender cosas de hombre.

Compré una bicicleta en Clapham, y deambulé por allí unas horas,
Conocí a la Reina, y ella me mostró las joyas de su corona.
Me hice el misterioso, con mi corte de pelo y mi sombrero,
Trabajé de 9 a 5 en Debenhams, alquilé un piso
Y estuve en él hasta que se me acabó la comida y me fui.
No tenía un momento que perder,
Ya había perdido la mañana comprándole los zapatos a un tío.

Y me fui para aprender, para aprender cosas de hombre.

Así que mis posesiones no fueron gran cosa durante esos años.
Había una luz, había un sonido,
Y alguien susurándome al oído.
Era el momento de volver a casa, porque ya había aprendido cosas de hombre.
Y todo lo que aprendí se lo conté a mi madre y a mi padre:
Que la circunferencia de un círculo es dos veces su diámetro interior,
En el centro del cual comienza el universo,
Que el radio es como tu aura, y brilla a tu alrededor,
Que el protón y el neutrón saben lo que hacen.
Y para ellos fue como si les hubiese dado una paliza.
Cuando se lo dije, mi padre me respondió que mi cinturón me apretaba demasiado,
Y mi madre no dijo ni una palabra, pero yo sé que ella me escuchó.
Ahora ya sé que el significado verdaderamente importante es el de la palabra “madre”.

AY, ¿QUIÉN MANEJA MI BARCA, QUIÉN?

Como el miércoles coincidí con Ambrosio en el acto de homenaje a Silvio y por fin me pudo dar mis dos entradas para el concierto de BRUCE SPRINGSTEEN, me dí cuenta de que hace mucho tiempo que no hablamos de él. Así que no vamos a esperar a los días de la víspera de su visita a nuestra ciudad, que para entonces ya se me ocurrirá algo más (digo yo), y vamos a traer hoy una de sus historias, de ésas que dieron carnaza a los fabuladores de leyendas urbanas.

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“Glory days”

La verdad es que para ser un tipo que nació y creció en New Jersey, bajo un cielo industrial, entre el ruido de las fundiciones y el dulce hedor de los sobacos de los que curraban duramente en ellas, y ser considerado un gran defensor de la clase obrera, es sorprendente que Bruce una vez estuviese envuelto en una batalla judicial contra dos de sus propios empleados porque le habían roto su canoa.

Aquello comenzó en 1.985, y sus “días de gloria” estaban en todo su esplendor; “Born in the USA” cabalgaba por las listas de éxitos artístico y económico y el Boss era una figura de tal calibre que hasta se podía permitir el lujo de poner en la portada del disco que más se vendía en todo el mundo una foto de su culo. Llenaba estadio tras estadio, donde cientos de miles de personas coreaban puño en alto su patriótico rock, y la contemplación de cientos de banderas con las barras y estrellas ondeando al aire había dejado de ser, gracias a Bruce, el signo de que los americanos estaban entrando en otra guerra.

Pero como a cualquier estrella del rock, cuando está de gira al frente de un ejercito mecánico, no solo dicho en forma metafórica, sino también literal (no hay más que ver la cantidad de camiones de gran tonelaje que van tras él), a Bruce también le apetecían las comodidades hogareñas, y para relajarse entre un concierto y otro lo que más le gustaba era surcar los fantásticos ríos y canales americanos con su canoa.

Los remansos rurales de la geografía americana eran un refugio paradisiaco lejos de los rigores del grandilocuente mundo del rock y despertaban en Bruce el deseo de alejarse y escapar de un trabajo que podía resultar muchas veces tedioso y mortalmente aburrido. Y no es difícil imaginar, por tanto, la pequeña y contenta figura del Boss, quitándose su chupa vaquera y arremangándose, y dejándose luego llevar a la deriva por las pacíficas y relajantes aguas.

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“The river”

Por eso era por lo que, para cuidar perfectamente de su canoa, y transportarla de forma segura entre las ciudades en las que actuaba, había contratado a dos roadies que solo tenían que hacer eso.

El cuidado de las canoas en las giras de rock es un trabajo altamente especializado que requiere años de formación y pide lo mejor de los profesionales más experimentados que practican este singular arte. Pero como resulta que no hay profesionales así, Bruce no tuvo más remedio que confiar la niña de sus ojos a dos transportistas pelagatos en su lugar.

Al principio todo fue muy bien… hasta que un día los roadies decidieron transportar la canoa desde la ciudad de un concierto hasta la del próximo… remando.

Nada de embalajes protectores, ni de camiones adecuados para el tesoro del jefe, ¡pa qué! Un rápido vistazo al mapa mostró a la intrépida pareja que una cuidadosa navegación por unas aguas tranquilas les llevaría directamente desde un estadio a otro, y pensando que un corto viajecito así sería un respiro de los rigores de la carretera, se aprestaron a emular la técnica de relajación de Bruce.

Desgraciadamente para ellos se fueron al carajo con canoa y todo. Y no se ahogaron de milagro.

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“Trouble river”

A partir de aquí la historia se vuelve algo confusa. Unos dicen que Bruce les llevó a los tribunales y les demandó por la pérdida de la canoa. Otros dicen que se limitó a echar a la pareja a la calle descontándoles del finiquito lo que le costó la canoa. Y otros (más cabrones y sensacionalistas) dicen que fueron los roadies los que demandaron a Bruce por seis millones de dólares por daños punitivos, apoyándose en el hecho de que el Boss se apropió del dinero del despido y de que no les pagó las horas extras del traslado de la canoa. Lo malo es que los que dicen esto son los que llevan razón.

Para ser sincero, creo que si todo lo que hizo el Boss fue retenerles el dinero de la canoa, hay que reconocer que los tíos éstos se pasaron un poco. Uno no puede destrozar la canoa de otro y no compensarle de alguna forma. Sin embargo la batalla acabó en los tribunales, donde Bruce Springsteen se encontró a sí mismo discutiendo sobre la pérdida de su canoa durante los siguientes SEIS AÑOS.

Has leído bien: seis años.

Seis años de litigio por la puñetera canoa. Y no fueron más porque al final los abogados llegaron a un acuerdo fuera de los tribunales.

Quizás esta dura experiencia pueda explicar que el Boss se encontrase en un momento anímico tan bajo como para escribir una canción tan deprimente como “Streets of Philadelphia”, ¿no?

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“Streets of Philadelphia”

MADE IN GERMANY

Nada mejor para un post publicado en la semana de la Resurrección, como el de la historia de un grupo que vuelve a salir a la luz del día a través de la reedición de su obra. Y también, para resultar más apropiado, los miembros del grupo se llaman “Los Monjes”… pero no te preocupes, no insistiremos con los temas religiosos; ése solo era el nombre elegido por cinco soldados americanos destinados en Alemania y dos intelectuales de ese país, que a mediados de la década de los ’60 intentaron reconstruir la música de nuevo.

Nuestra historia comienza en 1.953 en Ulm, una ciudad alemana castigada enormemente por los bombardeos aliados en la recientemente terminada Segunda Guerra Mundial, donde una mujer de 35 años llamada Inge Scholl formó la “Escuela de Diseño de Ulm”. Como continuación de las ideas de la Bauhaus previas a la guerra, esta escuela se convirtió en uno de los principales centros de educación política, a la vez que se enseñaban artes y oficios a todos los alumnos con el fin de mejorar la situación de la alicaida sociedad alemana.

Inge, que tenía un hermano y una hermana que habían sido asesinados por los nazis, sabía muy bien lo que se traía entre manos. Sus estudiantes salían de su colegio llenos de ideas liberales que aplicar al campo del diseño industrial, ideas con las que se intentaba reconstruir Alemania. La Escuela de Ulm fue la responsable de diseños tales como la grulla en el interior del círculo que usa la Lufthansa como logo, de la “Braun Kitchen Machine”, que es la abuela y directa predecesora de la Thermomix… y de un grupo de rock de corta vida llamado THE MONKS.

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“Shut up”

En 1.965, un graduado de esa escuela, Karl-H. Remy, junto a Walter Niemann, que procedía de otra escuela similar de Essen, estaban bucando algún trabajo en el que aplicar sus conocimientos de arte y tecnología, y por las noches se relajaban y planeaban su busqueda para el día siguiente en el Bar “Rio” de Stuggart, en el que solían tocar cinco ardientes jóvenes americanos que se hacían llamar The 5 Torquays.

Estos Torquays eran Gary Burger, Larry Clark, Dave Day, Roger Johnston y Eddie Shaw, y habían sido soldados americanos destinados en la base de Gelnhausen desde 1.961 hasta 1.964, que vigilaban la frontera con Alemania Oriental sentados en sus tanques, y que a punto estuvieron de ser embarcados en un avión con destino a Cuba cuando la famosa crisis de los misiles. Como veis, carne de cañón que se desahogaban tocando versiones de sus canciones favoritas en el bar “Maxim”, en noches que casi siempre terminaban con redadas de la Policía Militar americana que desalojaba el local a base de hostias y gases lacrimógenos. A finales del ’64, cuando se licenciaron, decidieron quedarse en Alemania tocando en bares y clubs de Frankfurt, Munich, Stuggart y Nuremberg, ensayando por la tarde, tocando por las noches, quedándose de marcha hasta por la mañana, durmiendo hasta por la tarde… para volver a empezar… rutina… aburrimiento…

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“I hate you”

En 1.965 ya tenían algún material propio y se decidieron a experimentar con un sonido más directo en el que la sección rítmica de Roger y Eddie arropaba los loops de feedback de la guitarra de Gary; y fue este naciente poder el que atrajo a Karl y Walter, que les tomaron como la “empresa” que buscaban. Se unieron a ellos como managers y enseguida se hicieron con un contrato que les aseguraba un buen número de codiciados conciertos en Hamburgo y el compromiso con un poderoso sello discográfico, pero solo si respondían a la confianza que estaban depositando en ellos. En realidad los dos alemanes querían apartar a los americanos de todo aquello que más amaban en la música y hacerles emprender un nuevo comienzo.

El plan de Karl y Walter era transformar a los Torquays en unos anti-Beatles, una banda despojada de cualquier sentimiento pop. Una nueva banda construida con la simpleza, la energía y la repetición que habían aprendido en Ulm; con todos estos elementos dejaron las nuevas canciones de Gary Burger y Dave Day en su más absoluta esencia: el repetitivo bajo de Eddie Shaw y los tambores tribales de Roger Johnston aliados al eclesial órgano de Larry Clark y al fuzz de la guitarra de Gary Burger. A sugerencia de Karl, Dave Day cambió su guitarra por un banjo de seis cuerdas amplificado que conducía el sonido de la banda de forma más agresiva.

Las nuevas canciones eran mantras minimalistas que llevaban hasta lo enervante la tensión, y las letras eran gritos abstractos en forma de insultos (“I hate you, baby!, but call me!”), o cantos dadaistas sin apenas sentido (“We do, wie du, we do”). Pero este sonido en realidad solo era un anteproyecto de lo que iba a seguir. La transformación todavía no estaba completa. Necesitaban una nueva imagen.

Después de desechar una gran variedad de… digamos… anti-nombres: Fried Potatoes (Patatas Fritas), Molten Lead (Plomo Fundido), Heavy Shoes (Zapatones)… el colectivo se decidió por The Monks. Y el uniforme fue un golpe maestro: completamente de negro, con hábitos y capuchas, cordones blancos atados al cuello y tonsuras de monje; y cada paso del maquillaje y disfraz convenientemente fotografiado y publicado en todas las revistas juveniles alemanas de entonces.

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“We do, wie du”

Karl pensaba que aquella forma de presentarse evocaría tanto el minimalismo en blanco y negro de la Bauhaus como el surrealismo anticatólico (ya sabes, aquello de “God is dead”) que comenzó con el siglo XX. Se establecieron en la Reeperbahn, la calle más famosa del ya de por sí famoso barrio de St. Pauli, en Hamburgo, el centro de la vida nocturna del país, y a base de alcohol y anfetaminas su fama creció desmesuradamente, sobre todo entre las “chicas malas”. La gente de bien, sin embargo, les cedían el paso cuando se cruzaba con ellos; parecían una congregación sagrada de verdad… hasta que les oían decir “Joder!”, o les veían encender un cigarrillo. Aquello fue todo un experimento sobre el comportamiento humano y la deconstrucción.

Y sus conciertos eran arrolladores. Habían superado las expectativas y no se hizo esperar el contrato discográfico, que firmaron con la poderosa Polydor alemana; y después de un mes de ensayos y de comidas de coco por parte de Karl, que quería asentar su imagen corporativa a base de repetirles “eres un monje, piensa como un monje”, The Monks entraron en un estudio de grabación en Colonia en noviembre de ese año ’65. Les produjo Jimmy Bowien de forma impecable, consiguiendo la fuerza y la intensidad que era esencial para su sonido, el que ahora se rescata con la reedición del “Black Monk Time”, la incomparable obra maestra que consiguieron plasmar.

Las canciones anteriores, reeditadas también en el disco “The Early Years 1964-65”, son ahora más rápidas y más violentas, más discordantes, más aridas. La guitarra eléctrica de Gary y el distorsionado órgano de ciencia-ficción de Larry acuchillaban los implacables rítmos creados por el imparable triunvirato que formaban Roger y Eddie junto al discordante banjo eléctrico de Dave.

Karl había conducido además a estos ex-soldados hacia una visión crítica de la Guerra de Vietnam; la primera canción del disco, “Monk Time”, tras una parte instrumental se abre con el grito de “¡¿Por qué matais a todos esos niños en Vietnam? / loco vietcong / mi hermano murió en Vietnam!”. Se podía notar el desdén en la voz de Gary.

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“Monk time”

Sería demasiado simplista describir a The Monks como precursores de los Sex Pistols, pero con frases como “¡Sé siempre un mentiroso / cállate / no llores!” gritadas sobre el órgano discordante de “Shut up”, The Monks estaban tomando posiciones en un lugar que iba a adquirir una importancia capital en la música de nuevo en 1.976. Quizás la línea de conexión entre esos dos puntos temporales es el krautrock. “Black Monk Time” se editó en marzo del ’66 y se vendieron 3.000 ejemplares. La banda comenzó una gira sin freno durante cuatro años y medio, llegando a tocar incluso en tres ciudades diferentes al día.

En el sur de Alemania, mucho más religioso que el resto del país, The Monks no estaban muy bien vistos, pero en Colonia fundaron un multitudinario club de fans de ellos, en el que los miembros incluso se afeitaban la cabeza para hacerse la misma tonsura que exhibían los músicos y copiar a sí su imagen. La televisión se sintió atraida por ellos y también menudearon sus apariciones. En julio de ese año, la banda apareció en el mítico programa “Beat Club” ante una audiencia de seis millones de espectadores. Uno de los adolescentes que estaba viendo ese programa cuando tenía 15 años era Hans Joachim Irmler, uno de los fundadores del grupo Faust. “Aquello era una nueva libertad. Un NO! positivo. Era un nuevo comienzo, todo se basaba en un latido, un rítmo arcaico y en el feedback. Aquello era… el futuro”.

Para The Monks, sin embargo, fue todo lo opuesto. La gira les dejó exhaustos, y un cada vez más alcoholizado Karl H. Remy tiró la toalla y les dejó. Sus singles se fueron haciendo cada vez más poppies y la banda terminó por romper del todo unos meses más tarde, cuando estaban preparando una nueva gira por Asia en 1.967. Joder…! Imagínate lo que podía haber sido aquello de haberse llevado a cabo, The Monks en Saigón cantándole “I hate you!” a los soldados destinados en Vietnam; aquello hubiese sido la declaración definitiva de la vanguardia del rock… o podrían haberlos matado.

Seguramente eso mismo pensaron ellos, sobre todo después de enterarse que un mes antes un músico había resultado muerto y otro herido cuando un comando de vietcongs arrojó una bomba al interior de uno de los locales llenos de soldados en los que actuaba una banda. Al borde del ataque de nervios, un día Gary se fue a Suecia y Roger volvió a casa de sus padres en Texas. Ni siquiera se despidieron.

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“Blast off”

The Monks siguieron caminos separados desde aquí, pero su mito continuó, creciendo cada vez más, dando forma a las revoluciones musicales del krautrock y del punk. La banda se reunió para participar en el Festival de Cavestomp en 1.999 con otros fantasmas del pasado como los Standells, la Chocolate Watch Band, los Fleshtones, Gravedigger 5, Dead Moon… incluso salió un disco con lo que hicieron allí. Pero Roger Johnston falleció en el 2.004 y el genio del banjo eléctrico, Dave Day, lo hizo también un año más tarde.

The Monks ya nunca podrán volver a ser una banda, pero la perfección que es “Black Monk Time” siempre vivirá. Los diseños clásicos permanecen para siempre.

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“Love can tame the wild”

LA TETRALOGÍA DIVINA

Aunque en nuestra bendita Sevilla existe un acusado punto de desprecio entre los (muy) aficionados a la Semana Santa y los (muy) aficionados al rock, es evidente que entre los dos grupos hay también mucha gente que comparte elementos comunes, y mantienen gustos y costumbres afines. A nadie se le escapa que tanto un mundo como otro tienen muchas cosas buenas y no tienen por qué ser incompatibles.

Y en pocos sevillanos se cumplía esta duplicidad de devociones como en SILVIO, en cuyo repertorio hay muestras de la Sevilla Mariana y de la religiosidad en general, en forma de cuatro canciones a las que una vez bautizó muy acertadamente Pibe Amador, eterno amigo del alma de Silvio y letrista, manager y batería de todas sus bandas, como la “tetralogía divina” silviana.

“Silvio fue un sevillano fino, amante profundo de la Semana Santa y, sobre todo, de su Cristo del Cachorro. En una ocasión le preguntaron a nuestro artista qué le había hecho enamorarse de la música. Silvio permaneció serio y pensativo unos segundos, y a continuación, con voz potente que resonó en todo el bar afirmó; “los tambores… los tambores de Semana Santa”. Quizá por eso se convirtió en el mejor batería de swing que imaginarse pueda, y por eso siempre se consideró tan cofrade como rockero. Y por eso también, como buen músico que era, sentenció un día aquello de “antes ciego que sordo, antes negro que gitano, antes Semana Santa que Feria, y antes cualquier cosa que protestante”. Y es que Silvio, aunque muchas veces no estuviera muy católico, fue siempre el menos protestante de los sevillanos”. (Pibe Amador)

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Silvio y Sacramento – “Rezaré”

Este “Rezaré” era una versión del clásico “Stand by me” de Leiber & Stoller, pero no basada en las interpretaciones que de ella han hecho tantos cantantes americanos, sino en la que a los españoles le resultaba más cercana, como era el “Pregheró” de tó la vida que cantase Adriano Celentano, que incluso llegó a grabarla en castellano con el mismo título que nuestro Silvio. En realidad lo que hicieron Silvio y Pibe fue tomar prestada su versión y componer entre los dos una letra alternativa en la que fueron nombrando al mayor número de vírgenes de las cofradías sevillanas que pudieron incluir. Para reforzar el efecto cofrade, las guitarras de Juanjo Pizarro y Andrés Herrera estaban levemente desafinadas entre sí, de una forma que acaba por recordarnos a las cornetas de las bandas de música.

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Adriano Celentano – “Rezaré”

El “Rezaré” de Silvio se dio a conocer en Sevilla a través de un single que nunca llegó a editarse. En el año 1.987 el Área de Cultura del ayuntamiento de Sevilla financió la grabación de un single de Silvio y Sacramento como reciprocidad a las labores que Pibe Amador había venido haciendo aportando regularmente artistas al evento musical anual que organizaba el consistorio, aquella “Cita en Sevilla” de tan buenos recuerdos.

La canción, junto a “Swing Maria”, que era la copla estrella de aquel sencillo, se había venido fraguando durante los últimos dos años para terminar en su forma definitiva en el local de ensayo que la banda tenía en Camas, a donde llegaban sus componentes después de estar viendo procesiones, y donde seguían dando rienda suelta a su sentimiento cofrade cuando el Pájaro empezaba a tocar alguna marcha de Semana Santa con su guitarra (se las sabe todas, os lo juro) y Pibe le acompañaba tocando la caja a modo de tambor. Mientras Silvio cogía la barra del micro y la levantaba como si fuese el estandarte de una cofradía y desfilaba procesionalmente por el local marcándose un bailecillo marchoso a medias entre Pilatos y Elvis; Juanjo y Miguelito (el otro guitarra y el bajista, respectivamente) se sumaban a la fiesta, pero como ellos pasaban bastante de nazarenos y capillitas lo hacían más por el palo del rock’n’roll, por lo que no es de extrañar que saliese un híbrido sevillano como el que después se grabó y ya pudimos oír todos fácilmente al incluirse en su LP “Fantasía occidental”, editado en el ’88.

Esta interrelación entre la Semana Santa y el rock ya le venía de lejos a los tres componentes citados porque Andrés Herrera “el Pájaro” ha respirado cofradías desde pequeño, y cuando no las tiene le falta algo tan importante que incluso llegó a regresar a toda prisa una vez desde los Estados Unidos, lleno de nostalgia, porque no podía soportar un Domingo de Ramos allá tan lejos de ellas. Ha dado conciertos de marchas procesionales a la guitarra y una vez declaró que su mayor ilusión sería tocarla procesionando delante del Cristo de la Calzada, que precisamente está hoy en la calle mientras estoy escribiendo esto. A Pibe también le he oído decir hace años que no le gustaría morirse sin haber compuesto una marcha para la Virgen de Regla, la titular de la Hermandad de los Panaderos, de la que su padre fue hermano mayor.

Y de Silvio qué os voy a contar…

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Silvio y Sacramento – “La Pura Concepción (Swing María)”

Para componer “Swing Maria”, llamada también “La Pura Concepción”, escribió Pibe una letra inspirada en Silvio, y la entonó sobre uno de los pasajes de la marcha “Virgen de las Aguas”, del maestro Santiago Ramos Castro. Y era un homenaje al vínculo entre Sevilla y la Virgen María, a quien esta ciudad declaró como “Pura Concepción” antes que Roma, y que incluso morirá por defender este dogma; algo que nos recuerda cada Madrugá el nazareno que sale en la filas de la cofradía de El Silencio portando una espada como símbolo de la sangre que derramaríamos contra cualquiera que negase la pureza de la Virgen. No hay ni que decir que la titular de esta Hermandad, por supuesto, es la Virgen de la Concepción.

“Lo que hubiera sido carne de pregón, se elevaba a obra maestra por un grupo en estado de gracia (ese ritmo swing directamente birlado de Benny Goodman, esa introducción con las dos guitarras ligeramente desafinadas para semejarse a las cornetas de Semana Santa) y un cantante que dejó la que probablemente fue su mejor interpretación vocal, capaz de pasar desde Frank Sinatra (los susurros de la primera estrofa) a Ray Charles (ese descorche en el estribillo). Y en una o dos tomas, como era habitual”. (J. L. Ambrosio)

Si os paráis a escuchar ahora la marcha de la “Virgen de las Aguas” seguramente pensaréis que no os suena para nada a la canción de Silvio; pero dejad que pasen unos segundos después de los dos minutos y ya me diréis…

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Marcha “Virgen de las Aguas”

No le faltaba razón a nuestro querido Ambrosio cuando afirmaba antes que la de “Swing María” fue probablemente la mejor interpretación vocal de Silvio, algo que también compartió en su momento Pibe Amador cuando se tomó la decisión de incluir las dos canciones en el disco “Fantasía occidental”. Según él, la primera toma de “Swing Maria” había quedado tan bien “por inspiración divina”, y como Silvio nunca iba a ser capaz de igualarla lo mejor era dejarla tal cual y así se editó en el single y se repitió después en el LP. Lo que sí se grabó de nuevo para la inclusión en éste fue la música de “Rezaré”, donde el Pájaro metió alguna parte nueva de guitarra, pero la voz de Silvio también se dejó tal cual.

Este disco de larga duración (bueno, tampoco tanta, no llegaba ni a la media hora) fue una consecuencia del éxito del single cofrade que, como ya os dije antes, no se editó en el estricto sentido de la palabra, sino que salió sin portada, envuelto en una cartulina blanca y en una cantidad cercana a las 500 copias, que Pibe repartió por las radios y periódicos locales casi en su mayoría, dejando otra pequeña cantidad que se vendió totalmente en la barbería de Don Curro, lugar éste donde entre cortes de pelo se alimenta el mito de Silvio y en el que, en otra jugada similar a la de este single, también se vendieron tantas copias promocionales de “La ragazza del elevatore”, que la canción llegó a “Los 40 Principales” sin haberse editado comercialmente siquiera.

El single “divino” vió la luz a través del sello “Coliseum”, que debía ser otra marca que tenía registrada para estos casos Pablo, el factotum de “Discos Senador”. Posteriormente, como el single fue muy bien debido a su difusión por las FM locales y los conciertos de Silvio, le propusieron un LP, para el que grabaron seis canciones más y se editó en “Mano Negra Records”, un nuevo sello que Pablo se inventó para intentar recoger algunos frutos de la incipiente “movida” sevillana.

Cuando los CDs comenzaron a superar en ventas a los vinilos, “Mano Negra Records” editó en este nuevo formato una recopilación, “El Mito”, de las canciones que tenía en sus dos discos de Silvio y Sacramento pero no pudo incluir algunas de ellas porque no pudieron limpiar sus derechos. Entre éstas estaba “Rezaré”, para la que los gestores de los derechos de Leiber & Stoller denegaron el permiso.

Según Pibe, la explicación era la siguiente: “Estos tíos… seguro que todos son protestantes y por eso no autorizan esta versión católica”. Pero la verdad seguramente estaría más cerca del hecho de que Pablo en aquellos tiempos solía gestionar sus asuntos de una forma bastante “sui generis” y probablemente solicitaría el permiso de forma muy informal y sin querer pagar nada a cambio. Los tiempos cambian, y para el año 2.005, cuando se editó otra recopilación mucho más seria y cuidada, como fue la “Edición Especial” de Silvio y Sacramento, todo se había solucionado convenientemente y en ella ya figuraban todas las canciones.

Entre las seis canciones que se grabaron para editar “Fantasía occidental” encontramos la tercera de nuestra tetralogía divina: “Las Criaturas”.

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Silvio y Sacramento – “Las criaturas”

“Lo sacro no venía por la letra del místico, sino por el sorprendente solo de guitarra del Pájaro, quien en menos de veinte segundos emprende un viaje relámpago desde la calle Águilas en Martes Santo hasta un club de Memphis en sábado por la noche, preferentemente con B.B. King en escena. No es de extrañar que al final del solo se pueda escuchar el propio grito del Pájaro, quien probablemente no se creía que hubiera podido realizar semejante fusión con tanta fortuna”. (J. L. Ambrosio)

“Las Criaturas” era el rescate de una antigua canción de Brigada Ligera, que era el grupo en el que tocaban todos los músicos de Sacramento antes de acompañar a Silvio. Se trata de la adaptación de un poema de San Juan de la Cruz, del que Pibe Amador escogió y musicó unos versos.

En esta banda en la que Pibe, Juanjo, Miguel y el Pájaro, tocaban juntos desde 1.982, la voz la ponía Ángeles Gómez, la cantante también de Los Hermanos Pérez, a la que quisieron potenciar como cantante en vista de que como grupo les hacían poco caso. Del tronco de la Brigada Ligera salieron dos tríos paralelos, Sacramento, en plan rockabilly, y Telediario Stars, más experimentales, para terminar siendo todos los músicos el respaldo de Silvio, como Barra Libre, y a la vez (excepto Pibe) de Benito Peinado como Dulce Venganza.

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Brigada Ligera – “Las criaturas”

Y después de dar estos tres pasos hacia el cielo, que seguramente le asegurarían la estancia a la diestra de Dios Padre, con quien estará en esta Semana Santa brindando con su cáliz de coñac, como tantas veces hiciera en vida a la voz de “¡Hermanos en Cristo!”, Silvio remató su tetralogía divina con una canción que se llamaba precisamente así, “Tres pasos hacia el cielo”, y que vió la luz en su siguiente disco largo, “En misa y repicando”.

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Silvio y Sacramento – “Tres pasos hacia el cielo”

Esta última canción es la menos religiosa de las cuatro, ya que aquí en realidad el cielo es más bien una metáfora sobre lo a gustito que está uno con la persona amada, que en el caso de Silvio era su novia, Violeta, a la que va a recoger en el barrio de Tablada en un clásico coche de caballos sevillano que previamente ha cogido en el bar “ABC”, su eterno cuartel general, como puede verse en uno de los dos únicos video-clips que se rodaron de las canciones de Silvio en toda su carrera; el otro fue con “La ragazza del elevatore”.

De todas formas, aunque en el fondo esta canción se aparte un poco de las otras, en la forma sí que puede asociarse de lleno con ellas porque comparte en su interpretación el mismo feeling “plateresco” que tenían las demás. Y en este caso entiéndase por plateresco no el minucioso estilo arquitectónico del que se beneficia nuestro bonito ayuntamiento sevillano, sino el estilo vocal que tenían los Platters, una de las bandas a las que Silvio más cariño tenía.

Y al igual que las otras tres, tampoco esta canción era totalmente original de Silvio y Pibe, pues ya se encontraba en el repertorio de Brigada Ligera, y además era una adaptación del “Three steps to heaven” de Eddie Cochran.

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Eddie Cochran – “Three steps to heaven”

Y hasta aquí nuestro recuerdo. Siempre, sobre todo cuando llega la primavera, todos tenemos algún momento en que nos acordamos de Silvio, a pesar de que ya va para ocho años que no está entre nosotros. Los homenajes a su persona suelen menudear; este año se prepara uno de tres días en el FNAC para dentro de poco, y hace un par de semanas Paco Bech, quien ya hiciese la película “A la diestra del cielo”, centrada en Silvio, le brindó otro en forma de concierto, que me va a permirtir despedir el post con una interesante coda.

En la película de Paco aparece Sammy, el hijo que Silvio tuviese de joven con su esposa inglesa, quien le dejó para huir de su mala vida llevándose con ella al niño. Silvio nunca supo nada de su hijo, ni éste tampoco de su padre. El niño creció en Inglaterra, con todas las puertas de sus antecedentes sevillanos cerrados por su madre. Pero el destino es caprichoso; con el tiempo, Sammy se hizo músico… y se convirtió en batería de rock, como su padre; y después dejó la batería para ponerse a cantar, como su padre… y a raíz del rodaje de la película conoció el singular universo de su padre. El otro día vino a Sevilla a tocar con su banda propia, pero también se unió a los músicos que solían acompañar a Silvio para entonar algunas de sus canciones.

La verdad es que Sammy no tiene ni idea de español, pero consiguió aprenderse la letra de algunas de las canciones fonéticamente, sin entenderlas, y salió bien del paso.

Y gracias a nuestro amigo “El Koloke”, que tuvo la gran habilidad de poder filmar parte del concierto sin que le temblara la mano en la que portaba la cámara, a pesar de que en la otra no le faltaba nunca el vaso de güisqui de rigor para este tipo de actos, podemos también nosotros ser testigos del “Swing Maria” que Sammy se marcó… y volvemos a escuchar un solo de guitarra del Pájaro, que siempre es un placer.

LA PAZ QUE LLENA LAS CALLES

    Para todos los que no conocéis la Semana Santa sevillana. Y para la sra. Carrascus, que anónimamente disfruta de la música procesional de capilla.

    Aunque basado en momentos vividos realmente, este texto es un relato imaginario.

Yo no soy de aquí. Soy americano, de los Estados Unidos, pero tengo compromisos laborales que me hacen venir de vez en cuando y coincidir con José Miguel, un amigo con el que comencé tejiendo lazos a través de la música, y ahora compartimos algunos más profundos y personales. No vengo mucho, de todos modos, pero una de las veces que lo hice fue por Semana Santa, y por fin iba a poder experimentar las sensaciones de las que tanto escuchaba hablar a los sevillanos en mis estancias anteriores.

José Miguel se prestó encantado a mostrarme la Madrugá. Y fuimos a ver El Silencio.

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En aquella callecita, durante el bullicio que antecede a la salida de la cofradía, me decía que era algo muy sevillano una ocasión como ésta, muy elegante y teatral, con los hombres vestidos con trajes oscuros y zapatos muy lustrados, las mujeres con vestidos sencillos que no deslucían su belleza (me habló de las mantillas que habíamos visto por la tarde y que ya se quedaron en casa hasta mañana), y muchos jóvenes vestidos más informalmente, como también lo estábamos nosotros.

Pero el acto al que estábamos asistiendo no era solo una fiesta. Como muchas de las cosas que son consideradas diversión en esta Sevilla sibarítica, tan extremada en sus temperaturas como en sus costumbres, esto era un rito. Y un rito que alcanza su crescendo cuando la noche enmudece y las enormes puertas de madera del templo se abren para permitir apenas la salida de los dos pasos que van a comenzar su anual paseo, caminando y parándose multitud de veces, a través de calles y plazas en las que cientos de miles de residentes y visitantes, creyentes y ateos, se aprietan hombro con hombro durante siete días y siete noches cada año.

Los pasos son elaboradas plataformas religiosas, sobre las que hay imágenes a tamaño natural de Jesús en su dolor, o de María en su duelo, adornadas con multitud de oro y plata que son un brillante testimonio del pasado colonial sevillano. Para ojos extraños como los míos, aunque solo he visto una mínima parte de los que salen, muchos de los pasos del más del centenar que se ven al aire libre durante la Semana Santa parecen intercambiables entre ellos, pero para las casi sesenta hermandades que hacen su desfile procesional durante la semana, cada una de las devocionales obras de arte es única, e inspira su propio fervor cuando son llevadas desde que salen por las puertas hasta que terminan su camino por un grupo de portadores conocido como costaleros.

Aquí en Sevilla, en contraste con otras ciudades, los portadores llevan su pesada carga ocultos a la vista de la gente, bajo unos faldones bordados que cuelgan desde la base del paso. Se consigue así la ilusión de que Jesús y María avanzan debido a su propio poder, desde sus bases adornadas con flores y candelería. Aunque si te acercas lo suficiente puedes oír los resoplidos de los costaleros, e imaginarte su esfuerzo aunque no puedas ver como se marcan en su cuello las venas pulsantes por la tensión.

Le pedí a José Miguel que me trajese de nuevo a la hora de la entrada, unas cuatro horas más tarde, cuando los costaleros regresasen para dejar su preciosa carga hasta el próximo año, y los nazarenos, penitentes con cruces al hombro y otros miembros de la hermandad regresasen con ellos. Quería vivir otro momento de exaltación como el de la salida.

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Observé como mucha gente apreciaba la magnificencia de la entrada y la salida desde balcones repletos. José Miguel me dijo que prefería formar parte de la masa colectiva cuando el pesado y rocoso paso casi acaricia, demasiado cerca, el marco de la puerta; y aunque él es más tranquilo no pude resistir el unirme a todos también en un admirativo murmullo cuando las puertas por fin, lentamente, se cerraron.

Entre esos dos momentos de la entrada y la salida de El Silencio caminamos y hablamos de todo lo que se me iba ocurriendo. Vimos como desde uno de los balcones las voces fuertes y a veces severas de un hombre y de una mujer lanzaban sus floreadas y sentidas saetas, las canciones devotas que entonan a capella ante los pasos que hacen un alto en su camino o cuando retornan a su templo o su capilla. José Miguel me habló de esos balcones que servían de pedestales a los que cantaban y que, si están en un lugar adecuado del recorrido de una procesión pueden alcanzar un fuerte valor de mercado, aunque sean de un modesto apartamento.

Después de haber visto casi todas las procesiones de la Madrugá, ya de amanecida, ante un café humeante me preguntó José Miguel: “Y después de toda esta noche de vértigo, ¿qué piensa un extranjero como tú de la Semana Santa?”.

Mi respuesta fue rápida porque en realidad ya la había estado pensando durante todo el tiempo en que miraba este espectáculo sin comprenderlo siempre: “Es una extraña mezcla de lo sagrado y lo profano”.

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Los sevillanos están sumergidos en esta extraña trama. Los rápidos cambios de rítmo y de vestuario están en la sangre de todo el que ha crecido con la Semana Santa y su decadente continuación, la Feria de la ciudad, imbuída de flamenco y manzanilla, como si fuesen el ying y el yang. Todo esto es normal y forma parte de la vida para alguien que ha crecido celebrando la Resurrección en la mañana del domingo siguiente, y en la tarde la primera gran corrida de toros de la temporada o el partido de fútbol de alguno de los encarnizados rivales locales, para después ponerse todos de acuerdo ante un buen plato de gambas; para alguien que ha crecido bebiendo y riendo en bares decorados con parafernalia de Semana Santa y carteles y cuadros con las más emblemáticas Señoras de la ciudad, la Esperanza de Triana y la Macarena, cuyas lágrimas caen por sus suaves mejillas como gotas de miel congeladas, y que ya eran famosas mucho, muchísimo antes de que inspirasen una canción pop de un síngular ídolo local y el baile más cursi de los ’90, que tanto éxito tuvo en mi país.

Sin embargo, para alguien de fuera como yo, esta inmutable mezcla de lo santo y lo secular es una novedad y vivimos un continuo contraste que nos llega desde que el incienso se arremolina en nuestra nariz y la cera de los cirios gotea sobre los adoquines del empedrado.

Cuando los pasos se aproximan, traen con ellos una paz que llena las calles. Los jóvenes endomingados siguen a las procesiones con sus teléfonos móviles y sus bebidas lights con una delicadeza de espíritu que uno pensaría que son buscadores de tesoros. Y aunque José Miguel dice que en estos tiempos hay algunas charlas en voz baja y risillas más que las que hubiese hace veinte años, además de los ocasionales problemas de control de una multitud, es muy notable lo rápido que miles de conversaciones paran cuando el paso es izado y continúa su marcha.

Como las corridas de toros, otro rito sevillano de brillantes colores que bascula entre la vida y la muerte, la Semana Santa llama tu atención por su pompa y su boato, pero revela lentamente lo que subyace por debajo de ellos. Es, por supuesto, algo religioso, pero es también tradición y adoctrinamiento.

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Mi compañero se mueve perfectamente entre el gentío, sabe a donde dirigirse y qué hacer en cada momento; conoce todas las claves, pero yo estoy contemplando mi primera Semana Santa de puntillas, tan sensibilizado de poder causar alguna ofensa como un gentil entrando calzado en una mezquita de El Cairo. Él procura explicarme todo lo que no entiendo y le pregunto, pero aunque conozco perfectamente el idioma no comprendo muchas de las conversaciones que tienen lugar cerca de donde estamos parados en algunos momentos. La Semana Santa tiene su propio vocabulario, enorme, extenso: por ejemplo, el periodo de tiempo entre el que un paso es levantado y vuelto a parar de nuevo en el suelo es una chicotá; el hombre que dirige a los costaleros es un capataz…

Y cuando el capataz da la señal, comienza la chicotá. El paso se asienta entonces, tras levantarse, sobre las espaldas, cuellos y hombros de los costaleros, con una fuerza capaz de sacudir a las imágenes y la plata que porta. Y avanza meciéndose por una antigua calle con una banda que le sigue con su música. Todas deben dirigirse siguiendo una Carrera Oficial, en la que se agolpan multitudes de personas en palcos y sillas de madera por las que han pagado para ver el espectáculo de forma privilegiada (y para que les vean a ellos, añade José Miguel con un guiño un tanto cínico) hacia el majestuoso templo catedralicio sevillano, uno de los mayores de toda la cristiandad. Marchan por la calle Sierpes, la más famosa calle comercial de Sevilla, hasta desembocar en la Plaza de San Francisco, donde en tiempos eran quemadas las víctimas de la Inquisición; después siguen por la Avenida de la Constitución, hasta la Catedral.

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No sé si estoy teniendo éxito describiendo algo tan bonito, imagínate verlo con tus propios ojos en una noche clara. En las de lluvia la magia se disuelve cuando los costaleros marchan con rapidez a poner los pasos a cobijo. La misma rapidez con que para mí discurre esta mágica noche, llena de momentos que no olvidaré nunca. Momentos excepcionales en calles que conozco bajo la luz diurna y el ajetreo habitual, y que ahora rebosan sensaciones distintas cuando llega un paso, con sus parpadeantes velas jugueteando con los claroscuros sobre las demacradas mejillas de Jesús, haciendo su camino ante la fachada de alguna tienda o algún bar del que he sido cliente habitual. Momentos increíbles en las bullas de la gente que me aprisiona apretándose unos con otros en la esquina de la Cruz Verde, mientras el paso de la Macarena gira de forma interminable para meterse por la misma calle por la que yo me encamino siempre hacia el “Fun Club”.

Yo no soy un hombre religioso, ya lo habréis observado. Y José Miguel tampoco lo es; su interés por la Semana Santa radica sobre todo en la estética, no es espiritual. Tampoco lo es el mío; mi interés en los ritos católicos es académico. Pero incluso alguien como yo, que sigue los pasos por curiosidad en vez de por fe, siente que está en sintonía con José Miguel cuando dice que hay algo profundo y tranquilizador en ver un lugar familiar transformado, por espacio de algunas horas en la misma noche de cada año, en un lugar sagrado.

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