CUÉNTAME COMO PASÓ
Pues por fin, desde el jueves ya estoy de vacaciones. Como siempre, saldremos de viaje sin plan establecido, aún no sé exáctamente cuando vamos a salir ni muchísimo menos cuando vamos a volver. Cuando he salido otras veces siempre he dejado post escritos que Ambrosio ha ido subiendo, y así no os ha faltado material nuevo, pero aunque aún me quedan decenas de historias como las últimas publicadas (que ya os iré contando) esta vez quiero hacer otra cosa diferente. Quiero que seais vosotros los que mantengais actualizado el blog escribiendo comentarios que podrían ser considerados también posts. Textos del estilo del que os vais a encontrar a continuación, que he rescatado en parte de unos comentarios de cuando comenzamos la andadura del Blogin’, en el que explico como descubrí la música y como fueron mis primeros pasos en ella.
¿Quereis vosotros hacer lo mismo? Teneis tiempo para redactarlos. Creo que saldrán unos comentarios-posts muy buenos y, si quereis también, muy trabajados, que pueden generar mucho feed-back y descubrir y recobrar muchas cosas que teníamos muy olvidadas. Además servirán para conocernos mejor entre nosotros…. qué mejor oportunidad que ésta para que os estreneis todos los que soleis pasar por aquí a leer y no soleis dejar comentarios? Podeis contar lo que querais y como querais, y comentaros unos sobre los comentarios de los otros, dadle vida y guiños al blog mientras no estoy. Yo intentaré participar alguna que otra vez desde algún ordenador que pille por ahí, aunque tampoco os prometo nada hasta mi vuelta, que será sobre el 5 o 6 de septiembre.
Después haremos un radio-blogin con todo el batiburrillo de canciones que hayan aparecido en vuestros recuerdos. No me falleis.
Mi primer encuentro con la música fue cuando vivía en las casitas bajas del Polígono de San Pablo, entre los 5 y los 10 años. Allí fuimos a parar gente de todas clases a las que la riada del Tamarguillo nos dejó con una mano atrás y otra delante. Gente de diferentes niveles culturales y mezcla de payos y gitanos.
Eran calles paralelas estructuradas en pequeñas manzanas de 8 casitas, cuatro frente a otras cuatro, y se llevaba mucho hacer fiestas (bodas, bautizos, comuniones y cualquier cosa que mereciese celebrarse) en mitad de la calle. En cuanto a lo de poner música, lo típico eran los picús (españolización de pick-up), que eran unos pequeños maletines cuadrados, que se abrían y el cuerpo de abajo era el tocadiscos en sí, y el de arriba era el altavoz, que llevaba un cable largo y solía colgarse en la calle para que la música la pudiesen disfrutar todos. Os podeis imaginar la mezcla de música que salía de aquellos picús: La Yenka, los hermanos Toronjo, el Principe Gitano, Frank Sinatra, el Celentano de “Pregueró”, el Dúo Dinámico, José Guardiola, los Teen Tops de “Popotitos, con sus piernas flacas como un par de palillitos”, los Tres Sudamericanos, pasodobles por un tubo (”de noche cuando me acuestoooo le rezo a la Virgen de la Macareeenaaaa”)…. Toda ésta fue la música que me atrapó para siempre…

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Y allí también empezó mi primera gran pasión musical de la que guardo consciencia.
No había apenas teles. La veíamos porque en la casita de la esquina de mi calle el Malaca tenía una y la ponía a disposición del vecindario previo pago de una peseta. Tenía el salón lleno de banquitos de madera corridos y no veais como se ponía aquello cuando empezaba “Sesión de Noche” o jugaba el Madrid en la Copa de Europa. A los niños nos daba más canchilla y la pesetilla nos daba derecho a entrar y salir (sobre todo para ver dibujos animados y marionetas de Herta Frankel) siempre que no molestásemos mucho y no fuera horario de noche, cuando aquello siempre estaba lleno con los adultos además de nosotros.
En la mazana de al lado mía vivían unos gitanillos y una de las niñas, (algo mayorcilla que yo) pasó un día corriendo por delante de mi casa como alma que lleva el diablo en dirección a la casa del Malaca, gritando “los beatles… los beatles… (ella no decía bítels, sino be-atles, tal como se escribe)… que están saliendo en la tele los beatles….” Yo no tenía ni puta idea de lo que decía, pero como aquello parecía al menos curioso pues empecé a correr yo también a ver qué era merecedor de tal alboroto… y al entrar en la casa y ver en la tele a aquellos extraños melenudos cantando aquello tan pegadizo de ye-ye-yé… se acabaron los pasodobles y los sucedáneos.
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¡Mi barrio! El Polígono de San Pablo de los primeros años 70. Las zonas verdes que se ven tras los bloques altos era el barrio americano de Santa Clara. Esa iglesia de planta triangular que veis es la sede de la cofradía del barrio, que ha empezado este año a hacer la carrera oficial. Su pico bajo de la izquierda apunta a la calle donde vivía yo, en el bloque de la esquina con esa avenida ámplia (la de Pedro Romero) al otro lado de ella; y en el bloque de frente blanco y costado rojo que hay justo detrás de ese vértice de la iglesia nació una de las múltiples figuras de la cultura que tanto esplendor le han dado al barrio… el Farruquito.
En 1967 nos dieron un piso. Nos podía haber tocado el Tiro de Línea, pero nos tocó “el Polígano” que construyeron al lado de Santa Clara, el barrio residencial de los oficiales americanos de las bases de Morón y Rota. Y aquello era otro mundo. No había gran relación entre los dos barrios, pero los niños son igual de niños en todos lados y sí nos relacionábamos más, aunque fuera para darnos collejas y nosotros para mangarles tó lo que podíamos.
Por entonces no había apenas LPs, todo eran discos pequeños de 2 o 4 canciones, que nos cambiábamos con los americanos, cuando no por discos españoles, por triquitraques o tebeos. De entonces, recuerdo haber tenido, aparte de EPs de los Beatles, pues el “Black is black”, el “Summertime girl” de Los Iberos, el “Get on your knees”, que entonces se conocía como “el pollo en lata”, de los Canarios (de cuando Teddy Bautista aún era cool), “El muelle de la bahía” de Otis, “Spirit in the sky” de Norman Greenbaum, “Psychotic reaction” de Count Five, “I had too much to dream” de Electric Prunes, “We ain’t got nothin yet” de Blue Magoos, el single de los sevillanos Green Piano, y un single que se llamaba “Satisfaction”, que me encantaba y que no pude recuperar hasta hace apenas un año, y era de un grupo español que se llamaba Franklin, de los que nunca supe nada más hasta hace poco…
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Justo entonces comenzaba la década de los ’70. Probablemente fuese 1.971, con mis recién estrenados 14 añitos, el año de los primeros recuerdos musicales más consistentes. El año de los primeros amigos con intereses musicales comunes, de las tardes de los sábados sintonizando a duras penas la emisora de la base americana de Rota, de Radio Vida y su programación musical. Y del cambio del single al LP. El primer disco grande que me compré fue el “Madman across the water” del Elton John que nunca debió cambiar. Y la verdad es que no lo conservo, lo que me da bastante rabia sobre todo porque en España salió a través del club “Discolibro” con una portada completamente diferente a la original que os reproduzco, que es con la que ha seguido reeditándose hasta ahora.
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Por entonces nuestros discos solo podíamos escucharlos en casa o si acaso en la de algún amigo, pero no podíamos sacarla a la calle hasta que llegaron los radiocassettes. El primero que tuvimos en casa fue un Sanyo que mi padre le compró a unos gitanos (vete a saber la procedencia del cacharro) y se lo vendieron con una cinta dentro. De ello deduzco que aquel debió ser el año 1.973 porque fue cuando se editó dicha cinta, que era la de Las Grecas… y anda que en mi casa no se escuchó veces ni ná aquello de “testoy amando locamenteeee pero no se como te lo viá desiiiiiiií….”
Y por entonces fue cuando ya todo cambió para mí y la música se entremezcló con todos los aspectos de mi vida. Aparecieron en ella Bowie y el glam… pero todo eso, junto a más vivencias juveniles, ya lo conté en este otro post, que podeis recuperar pichando en el enlace, si es que os interesa.
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Buscando una forma de acabar con su vida, se puso a investigar en el armario de las medicinas de su madre… y después en los muebles de cocina. Primero se fijó en una botella de lejía, pero después de oler un poco el contenido decidió que aquello era demasiado fuerte e iba a ser un método de suicidio muy poco placentero.






Y así fue como Bob estaba un día llamando a la puerta del 145, donde fue cordialmente saludado por la amable señora que le abrió la puerta.