Y AÚN DICEN QUE EL PESCADO ES CARO…! (el desenlace final)
Viene del capítulo anterior
Ya hemos tenido rock’n'roll, ¿es ahora cuando viene lo del sexo y drogas?. De nuevo lo mismo, ¡Todo mentira!. Muchas veces lo único que quieren los músicos es irse directamente a planchar la oreja al hotel, que mañana hay que currar en otro lado a muchos kilómetros. Y, cuando se animan a salir, lo más fuerte que se meten es bourbon y tabaco negro (bueno, siempre hay excepciones, como el bajista de los Meteors, que se recorrió toda la Alfalfa buscando papel de fumar para liarse nosequé).
Y sobre sexo, está claro que lo de “All night long” era sólo una canción. Al único al que he visto llevarse una chavalita (preciosa, por cierto) al hotel ha sido al teclista de Uriah Heep, que la triplicaba en edad. Verás tú, van a tener razón los jevis cuando dicen que ninguna tribu urbana son tan machotes como ellos, yeah, yeah.
Otros casos: el bajista de Del Fuegos se fue de la sala con una pava debajo de cada brazo, pero, o era Johnny el Rápido o no se comió una rosca, porque al poco rato apareció por “El Amor de la Calle”, donde, entre whisky y whisky, se dedicó a repetirnos que el bajo era el mejor instrumento musical que se había inventado. Cosa atípica, porque en realidad a los músicos no les gusta hablar de música después de un concierto. Yo mismo me llevé casi una hora hablando tranquilamente con Elliot Murphy de todo menos de eso: de Francia, de Sevilla, de la Expo, del tráfico, de política.
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De “El Amor de la Calle” también salió con una chica uno de los Godfathers, presumiblemente rumbo a algún lugar tranquilo, aunque cuando salimos de allí bastante rato después nos los encontramos cerca, con ella apoyada en un coche echando el pato y él consolándola en plan madraza, todo paciencia.
Y ello me recuerda aquella vez que, en el mismo antro, Rudi Protudi (ya sabes, el tipo duro de los Fuzztones), babeaba con los ojos fijos en la espalda desnuda de una pelirroja amiga nuestra. ¡Todos somos humanos!. Y …¡ya basta! ¡Ya hemos tenido bastante diversión! ¡Llegó la hora de las matemáticas!
Bueno, no lloraremos mucho. Baste con poneros un ejemplo concreto: un grupo que viene a tocar gratis (sólo alojamiento y cena) y con el que acabamos por perder dinero. ¿Imposible? ¡Muchacho, eso mismo nos ocurrió con los Snake Corps!
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Snake Corps – “Colder than the kiss”
Sala “Roll Dancing”. Sevilla, 22-12-90
Y es que, además del caché, la organización del concierto implica una serie de gastos fijos en los que a lo mejor no habeis reparado. Vamos con un hipotético ejemplo: se venden 400 entradas, 200 por anticipado (200 x 1.500) y 200 en taquilla (200 x 1.800). 660.000 ptas. de ingresos, ¿no es eso?. Y para de contar ingresos, porque aquí sí que no hay subvenciones (textualmente del Ayuntamiento: “El rock no es cultura”) ni se cobran cuotas a los puntos de venta anticipada (cosa que se hace en el resto de España). Ahora ponte a sumar gastos:
a) SGAE: …. 70.000 ptas.
b) Equipo de sonido (8.000 W) … 150.000 ptas.
c) Impresión y pegada de 2.000 carteles … 130.000 ptas.
d) Impresión de entradas… 7.000 ptas.
e) Cena y hotel (por lo bajo) … 50.000 ptas.
f) Catering (si no piden algo raro) … 15.000 ptas.
g) Personal descarga y seguridad (siendo rácanos)… 18.000 ptas.
h) Varios: tfno, fax, fotocopias, correo … 5.000 ptas.
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Total … 445.000 ptas.
Una vez perdido el cariño a las 445.000 ptas, te quedan 215.000 para pagar al grupo. Y ahora dime qué grupo con status suficiente para tirar de 400 espectadores cobra 200.000 (1.000 libras) por venir a tocar. Hombre, tienes a Mega City Four o a Thee Hypnotics, e incluso puedes dejar el equipo de sonido en 4.000 W (aunque para Thee Hypnotics mantuvimos los 8.000 W) y ahorrarte 25.000 ptas. También puedes reducir a la mitad los carteles. Lo que ocurre es que con estos grupos, la venta de entradas también se reduce a la mitad, e incluso a mucho menos de la mitad (algún día se dirá la gente que pasó por taquilla para ver, por ejemplo, el último de Inmates o el nefasto día de los ya mencionados Snake Corps).
Por otro lado, grupos como Godfathers o Fuzztones sí que arrastran a más de 400 tiquets, pero ya nos movemos en cachés muy superiores a las 200.000 ptas. del ejemplo (y al doble, y al triple).
¿Conclusión? Pues no es precisamente lo que decía Zappa en su segundo disco (“We’re only in it for the money”). Con cuentas que no salen, te preguntarás por qué seguimos: ¿Blanqueamos dinero? ¿Semos masocas? ¿Conocemos el truco del almendruco? ¡Ahhh!
Más fácil: cada temporada sale algo con lo que ganar doscientas y pico mil (primer concierto de Immaculate Fools, o Extremoduro) que luego, junto con algo más de nuestro propio bolsillo, vamos perdiendo con otras bandas que nos gustan más. En algunos sitios a esto se le llama “afición”.
Claro está, si el batacazo no es muy grande (¡¡¡no mentadme siquiera el segundo de los Inmaculate Fools!!!) nos podremos mantener aunque la gente siga sin responder (y ya va para cinco años, que ya es decir) a nuestras expectativas. Al fin y al cabo, y pese a que ya tengo una cierta edad, sigo disfrutando como un quinceañero con esta música y me considero pagado cuando el lider de un grupo al que he seguido desde sus comienzos y del que tengo todo lo publicado me dedica uno de sus discos con la siguiente frase: “To make an effort is human, to bend over backwards is godly; we won’t forget”.
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Flesh for Lulu – “Heroes”
Sala “Roll Dancing”. Sevilla, 17-11-90

Un poné: si hacemos 500 entradas para poner a la venta (a 1.500 venta anticipada y 1.800 en el concierto), lo que le tienes que dejar por anticipado es la bonita suma, je, de 90.000 ptas. ¡Ni se te ocurra creer que vas a vender más entradas y encargar 1.000!. Claro está, luego te devuelven el dinero de las que no has vendido, pero el disgusto del sablazo inicial no te lo quita nadie. De ahí que todos vayamos más o menos al márgen de la Ley. Ya que ellos son los que cobran, que se molesten en buscarte, y si no aparecen por el concierto, eso que te ahorras (no por mucho tiempo).
En este momento de reflexiones, un atronador ruido a chatarra reventada y un pestilente aroma a gasoil quemado cierra la anterior llave para anunciarnos que el grupo acaba de llegar. Ahora, esperemos que sean lo bastante profesionales y no se olviden cosas superfluas, como les ocurrió a los Extremoduro (bah, unas tonterías: la guitarra, los cables, las baquetas. Menos mal que traían las púas, si no la jodemos).
como la mujer del cantante de Thee Hypnotics (¡dos whiskies con limón!). Como ya dijimos, los músicos se controlan bien con el alcohol y son normales en su dieta los zumos, el agua, alguna que otra cerveza y, raramente, vino. Modelo de templanza fueron los Del Fuegos (¡ni una cerveza en el cuerpo, así les salió el concierto de maravilloso!), aunque luego se desquitaran. Y, ya que estamos con los Del Fuegos, curioso fue como su líder, quien de entrada no nos permitió filmar o grabar la actuación, posteriormente, tras la cena, sin que instistieramos en ello, nos dió carta blanca para hacer lo que quisieramos. Moraleja: una buena cena y un buen hotel, y el grupo se derrite en tus manos.


Ya que cada cartel en la calle te sale por unas 65 ptas. total, imagínate los retortijones que le entran a uno cuando vé que los treinta pósters que tan lustorosos se veían por la tarde en la Ronda de Capuchinos han sido tapados por “Maradona a dúo con Pimpinela”. Las cada vez más escasas paredes sevillanas (los estragos del “Revetón”) son el escenario de una dura competencia cuando dispones de 1.000 ó 2.000 carteles de un metro frente a los 30.000 ó 40.000 tipo sábana que las discográficas utilizan para darnos a conocer sus últimas (por lo general) paridas.
Con este panorama, no había mucho donde escoger, lo que nos llevaba de nuevo a la “Sala Río” (entre interrogantes ahora, con nuevas reformas que hacen dudar de su futuro uso para estos menesteres) o al “Fun Club” como las mejores alternativas. Aunque la acústica no sea perfecta (ahora bien, mala mala, lo que se dice mala, sólo la de la “Alkázar”), el nivel es aceptable en ambos casos. Y el que quiera buen sonido que se pille un CD.

Lejos de mí el querer usar la exageración como recurso narrativo, lo que llevais leído no se aparta mucho de la realidad. No se puede traer a quien se quiere, sino a quien se puede. Y en la mayor parte de los casos, lo único que se puede traer es una banda que acepte meterse un montón de horas de viaje en furgoneta para ir de gira de ciudad en ciudad durante varios días. De momento hay que olvidarse de bandas que sólo aceptan tres fechas en ciudades que estén tan cerca entre sí que el viaje no les suponga más de dos horas, de ahí que haya unos cuantos triángulos que siempre se repiten en los itinerarios de los grupos grandes: Barcelona – Valencia – Madrid, Barcelona – Zaragoza – Madrid, o Barcelona – Zaragoza – Euskadi (¡recuerdos para Sonic Youth!). Y otras veces, sólo aceptan dos sitios y con tranquilidad (¡un saludo para los extintos Pixies, que nos estarán escuchando!). Como nos recuerdan un día sí y otro también los promotores de giras nacionales (no deben haber oído hablar del AVE), Sevilla está en el fin del mundo.


Y luego SOFT MACHINE. ¡Qué leches nos importaba a nosotros que de ellos ya solo quedase Mike Ratledge! Íbamos a ver en persona a los reyes del Canterbury Sound, un grupo tan influyente en aquellos tiempos como los Pink Floyd, por poner un ejemplo. Su música era buena, claro… su híbrido de jazz y rock era interesante… pero se nota cuando un grupo anda en declive y le falta entusiasmo e ideas renovadoras. Así y todo yo creo que incluso hubiésemos disfrutado de su actuación si no hubiese sido por el machacante batería que se habían buscado, que tapaba todo el sonido a base de puro músculo y en ocasiones era inaguantablemente ensordecedor. Aquella era la época en que habían abandonado el uso de los números para nombrar sus discos y estaba recien editado el “Bandles”. Soft Machine había renunciado un poco a las claves de su estilo, y a pesar de algunos juegos bonitos entre la guitarra de Mike y el oboe de Karl Jenkins, con el amargante batería y los larguísimos solos de Mike, el encanto siempre terminaba por perderse.
Y al ratito apareció él. Vestido de santo varón hindú, todo blanco, el pelo corto, muy educado, dijo “hola, como están?” en español, y pidió silencio a la gente. Unas seil mil personas con ganas de charlar se callaron para escuchar a JOHN McLAUGHLIN, que salió al frente de una Mahavishnu Orchestra de solo tres miembros más, y comenzó a tocar su guitarra de forma maravillosa y expresiva. Su presencia física imponía como no lo había hecho antes la de ninguno de los músicos que habían salido. Era una estrella… una estrella de verdad. De alguna forma, con él no había sensación de fiesta o de celebración popular, todos escuchábamos embelesados su concierto, en el clásico sentido de la palabra. Y así estuvo más de dos horas, cambiando continuamente de guitarra, aunque nunca llegó a sacar la Gibson de doble mástil por la que era tan reconocido. Al final, despidió a la banda y se sentó en una silla con una guitarra acústica de la que sacó aires reconociblemente españoles. Menos mal que la pieza fue muy cortita, porque se veía que el flamenco no era lo suyo.
Y para el final el plato fuerte: WISHBONE ASH. Lo mejor de la noche. De una noche que ya casi estaba abriéndose al amanecer cuando ellos terminaron. Canciones de imaginación desbordante, elegantes, bien estructuradas e interpretadas con la suficiente energía como para no dejar dormir a nadie de los que intentaban dejarse vencer por el sueño y el cansancio. Fantástico el contrapunto de sus dos guitarristas, Ted Turner y Andy Powell. Brillantes. Los temas se sucedían uno tras otro prácticamente unidos y sonando de forma espectacular.
con solo apretar una tecla del ordenador, pues para sus conciertos querían alquilar a un par de chavales japoneses que se encargaran de apretar botones en el escenario mientras ellos se iban a ver el partido del Chelsea contra el Arsenal… claro, la cosa no pudo ser, porque en cuanto el público escuchó su música comenzó a preguntarse quienes eran y donde estaba el grupo ése. Por supuesto, después de ver el anuncio se lo pregunta mucha más gente.



De las cenizas de Goma nació el más prometedor de los grupos de su época. Siempre se ha creído que fue Manuel Rodriguez (desde entonces y ya para siempre Manolito Imán) quien echó la piedra a rodar, y no les falta razón a quienes piensan así a pesar de que en realidad fue Iñaki Egaña quien unió a los seis músicos que eran entonces, y que formaban un grupo de meditación, discípulos del guru Majaraj-ji.
La unión del “Doctor” Marcos Mantero terminó de dar cuerpo y compactar su sonido, que se hizo distintivo a base de perfeccionarlo en escenarios de toda Andalucía antes de presentarlo ante una audiencia rendida completamente a ellos, que abarrotaba el Salón de Actos de la Escuela de Ingenieros de Sevilla, el 18 de febrero de 1.977.
Manolito hacía salir de su guitarra desde un solo punzante e hiriente hasta sostenidas notas largas y suaves llenas de cadencia. Mientras su guitarra se paseaba entre diabólicos fraseados, los teclados de Marcos se apartaban para entrar con refinado gusto cuando eran necesarios, matizando, transportando, envolviendo… jugando con la música. El pulso lo marcaba el apoyo rítmico del bajo de Iñaki, que aportaba el latido interno de la banda, no relegándose como la mayoría de los bajistas a servir de acompañamiento sólido desde las profundidades, sino saltando al primer plano para quebrar o acelerar el desarrollo de la pieza que tocaban. Y la contundente batería de Kiko Guerrero iba poniendo el soporte a todos los instrumentos, sin perderlos nunca de vista y controlando sus idas y venidas.
Los temas que interpretaban eran complejos y exigían una gran precisión interpretativa para hacer fácil lo que en el fondo tenía una dificultad innegable. De esto que digo tienes muestras salpicando este post: son cortes de las piezas que componen su reciente disco commemorativo del 30 aniversario, compuesto por cuatro largas improvisaciones grabadas de sus primeros conciertos en directo por el técnico de sonido de la banda, Pepe Almadana. En ellos puedes apreciar como la sutileza y la suavidad concretadas en partes tranquilas y pausadas chocan de repente con una violencia inesperada, en un contraste que estalla como una explosión o se diluye de forma casi líquida. Así era la montaña rusa imanoide, un comienzo delicado, roto con un estallido imprevisible, para volver a apagar el fuego más adelante. Textura maciza rodeada de entornos…
¿Puede la música ser volatil y fantasiosa y aún así estar firmemente anclada a la tierra…? Pues así era la de Imán, música para respirar, para moverte, para volar. Todas las características instrumentales de cada miembro estaban tan fusionadas a las de los demás que el sonido trascendía los límites del “rock andaluz” para formar parte de la inmensidad comunicativa.

Como ya os dije antes, Matthew sabe que el tiempo pasado no fue mejor, pero como buen revivalista, está intentando recrearlo como si lo fuese. Como si los ’80 hubiesen sido perfectos.
…me estoy metiendo en un jardín del que me va a ser difícil salir. Si ya lo decía el Ambrosio en nuestra declaración de intenciones: “Me temo que no servimos para hacer reseñas de novedades o para andar descubriendo o recomendando artistas”.
Cualquier cosa que sea la que penseis de estas canciones, ya sea que las hayais disfrutado en vuestros walkmans o i-pods, o en las emisoras de FM que hayais escuchado a lo largo de los años, o ya sea que las hayais maldecido y os hayais acordado de la santa madre del cantante cada vez que la padecíais en algún lugar inesperado, lo que sí es indudable es el hecho de que vender muchas más copias que cualquier otra canción durante más de dos meses y medio seguidos es un logro extraordinario. Ahora mismo, de la canción de Rihanna podemos decir que es la Número 1 del presente siglo, y la que más tiempo se ha mantenido en la cima desde que los Wet Wet Wet se mantuvieron allí durante 15 semanas al amparo del éxito de “4 bodas y un funeral”, en la que su canción daba un poco el estilo de la trama romántica de la película. Y de eso hace ya 13 años.
Elvis y los Beatles son los que más números uno han tenido durante su carrera (y después de ella), y los que más tiempo han estado ocupando ese puesto de honor, sin embargo nunca lo mantuvieron más de diez semanas con la misma canción. Técnicamente también podemos decir que hay dos canciones más que han estado por encima de diez semanas en ese número 1, pero no seguidas, sino llegando a lo más alto más de una vez. Ese es el caso de “Bohemian Rhapsody” de los Queen y, sobre todo, de la favorita de nuestra amiga Sérilan, “I believe”, de Frankie Laine, que sumando sus dos asaltos puede presumir de ser la canción que más tiempo ha pasado arriba del todo: 18 semanas, allá por 1955… ni siquiera yo había nacido!
Quizás no andemos muy descaminados si decimos que los megahits que saltan a las portadas de las revistas han sido siempre en el pasado los catalizadores para un aumento del interés en el mercado de los singles. En los ´90 el single estaba enterrado como concepto, porque con la desaparición del vinilo la gente era reacia a la idea de comprar una canción de tres minutos en un CD, que estaba diseñado para contener diez o más de ellas. Entonces, las Whitneys Houston y Los Wet Wet Wets de esos años ayudaron a cambiar esa idea; la gente ahora entraba en las tiendas y se compraba esa pequeña pieza de la historia musical, porque se lo merecía por sí misma. Y parece que ahora la historia va a volver a repetirse más de una década y media después.