Atrapado por el blues de Memphis
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ESTA MÁQUINA MATA FASCISTAS
Categorías: Forever Young
Carrascus

Para EuLaliA. Por ser la número 1000… y la 999… y la 998… y la 997… y la 996… …y la 1001.

Mirándolo con la perspectiva del tiempo, PETE SEEGER siempre fue un hombre de una ingenuidad pasmosa. Un hombre que creía en todo eso que nos enseñan cuando somos niños, cosas como la libertad individual, el derecho a expresar tu opinión o la dignidad del hombre. Y como se empeñaba en expresarlo a los cuatro vientos, fue un gran especialista en molestar a los poderes establecidos.

Si yo tuviera un martillo…
Si yo tuviera una campana…
Si yo tuviera una canción…
Sería el martillo de la justicia.
Sería la campana de la libertad.
Sería una canción de amor
entre mis hermanos y mis hermanas…

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Su idealismo le llevó a participar en todas las buenas causas que iba encontrando: los derechos civiles de los negros, la oposición a las pruebas nucleares, la protesta contra la guerra del Vietnam, el apoyo a la ecología, las reivindicaciones de los indios… y no solo en su país, sino que también en el resto del mundo cantó contra los peligros de la “cocacolonización” cultural americana, con una capacidad para conectar con las audiencias que pasaba por encima de los problemas de lenguaje o edad. Por España anduvo, incluso, allá por los tiempos del Cambio. Pete Seeger es otro de esos que cree en el poder benéfico de la música, e inspirado por el ejemplo de Woody Guthrie, que llevaba en su guitarra una inscripción tan amenazadora como “Esta máquina mata fascistas”, grabó sobre su banjo “Esta máquina cerca al odio y le obliga a rendirse”.

En estos tiempos que corren, de cinismo y desconfianza, una figura como la de Pete Seeger se ve muy pasada de moda y ya solo es una reliquia de los tiempos de los luchadores heroicos. E incluso él mismo a veces se ha visto enterrado bajo su propio fervor, en ocasiones convertido en fanatismo, como cuando recriminó a Bob Dylan al aparecer en el Festival de Newport respaldado por un grupo de rock, y originó un enfrentamiento que avivó las llamas del cisma que acabó con el “Folk revival” de los años 60. Aunque después reconociese que no todo el rock era “música prefabricada para adormecer a las masas”.

¿A donde se han ido todas las flores…?
¿A dónde se han ido todas las chicas…?
¿A dónde se han ido todos los hombres…?
¿A dónde se han ido todos los soldados…?
¿A dónde se han ido todos los cementerios…?

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No os voy a aburrir contándoos la historia de su larga vida, más bien este post quiere ser un tributo a la autenticidad de un músico honrado, sin máscara, engaños ni falsas pretensiones, y la crónica del nacimiento de una forma de hacer música basada en las tradiciones de la gente corriente, y en las profundas raíces de su propia cultura: EL FOLK. Al fin y al cabo, el propio Pete Seeger ya resumió toda su carrera de forma nada pretenciosa y autocrítica.

Considerados en su conjunto, mis discos forman una de las obras musicales más horrendamente irregulares que se pueden hallar en la carrera de un intérprete.

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En 1955 el senador McCarthy había desaparecido ya del mapa, pero sus métodos y sus discípulos seguían vigentes en Washington. El Comité de Actividades Antiamericanas seguía citando a declarar a cualquiera que considerase sospechoso. Y uno de los frentes abiertos para seguir cazando brujas era el de los músicos de Folk. Ya habían pasado por el sillón de los testigos varios cantantes que, por razones que no vamos a juzgar ahora, citaron multitud de nombres y de hechos que acreditaban la “infiltración comunista” en los círculos folkies de New York.

Por supuesto, hubo también otros testigos llamados a declarar que se mostraron mucho más reticentes a cooperar, por lo que fueron convenientemente castigados con estancias en la cárcel y anotación de sus nombres en toda clase de listas negras que, aunque su existencia era negada siempre, destrozaron la carrera de infinidad de personas.

La izquierda norteamericana estaba siendo despedazada con el beneplácito de la gente, temerosa de lo que pudiese traer esa “guerra fría” en la que su patria se hallaba inmersa. Las organizaciones de izquierda se habían quedado sin afiliados y hundidas en la clandestinidad; los sindicatos habían sido purgados de elementos indeseables.

Y Pete Seeger fue llamado a declarar. Cuando el “New York World Telegram” publicó los archivos del FBI que había filtrado el propio Edgar Hoover, se rebeló que Pete y su grupo The Weavers habían sido los primeros músicos en toda la historia americana en ser investigados por sedición. Tampoco le ayudó nada a Pete Seeger que su nombre apareciese en el “Red Channels”, una lista de 151 nombres de escritores y personalidades del cine y la música, a los que se acusaba de haber pertenecido a organizaciones subversivas anteriores a la Segunda Guerra Mundial, pero que no habían llegado a estar en las listas negras de McCarthy. En ella estaban también Edward Dmytryck, Dalton Trumbo, Elia Kazan, Larry Adler, Leonard Bernstein, Dashiell Hammett, Burl Ives, Zero Mostel, Arthur Miller…

Pero él no se dejó amilanar. No recurrió siquiera a cobijarse bajo recursos constitucionales como la Primera o Quinta Enmienda que habían invocado antes muchos de los testigos que se negaban a someterse a las canallescas preguntas de los cazadores de brujas. Para Pete Seeger eso eran fríos legalismos y para él aquella situación era un atropello inmoral de toda clase de libertades. Así que simplemente lo que hizo fue impugnar la legalidad del Comité y manifestar su absoluto desprecio por los inquisidores.

Estas preguntas son impropias. Yo no voy a responder ninguna pregunta que se refiera a mis contactos, mis creencias religiosas o filosóficas, mis creencias políticas ni ninguna otra cuestión privada. Creo que es muy impropio que a cualquier americano se le hagan esa clase de preguntas, sobre todo bajo una coacción como ésta.

Naturalmente, no se lo perdonaron y le acusaron por “desprecio al Congreso”. Le procesaron formalmente en 1.957, y en 1.961 fue condenado a un año de prisión. Durante todos esos años su nombre fue borrado de todas las bocas, apenas pudo cantar más que en algunas Universidades y sus discos dejaron de radiarse en todas las emisoras, a pesar de que en los años anteriores a este declive fueron tan populares como para haberse vendido más de cuatro millones de ellos.

En 1.962 el Tribunal de Apelaciones anuló su condena, presionado por las protestas que le llegaban desde todo el mundo, pero aunque liberado de prisión, Pete siguió siendo un ciudadano sospechoso.

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Un tiempo para nacer, un tiempo para morir.
Un tiempo para sembrar, un tiempo para cosechar.
Un tiempo para matar, un tiempo para curar.
Un tiempo para reir, un tiempo para llorar…

Muy pocos años más tardó la música Folk en convertirse en una gran industria, con lo que el nombre de Pete Seeger comenzó a rehabilitarse poco a poco, y salvando todavía muchos problemas. La CBS le firmó un contrato discográfico, pero los grupos de ultraderecha organizaron una campaña de cartas de protesta y de piquetes para impedir que sus discos fuesen distribuidos por las tiendas y los medios de comunicación. La cadena de televisión ABC comenzó a emitir un programa llamado “Hootennany”, que era el término usado para definir los conciertos de canciones Folk que se daban en un ambiente informal, y se negaron a invitar a Pete Seeger, a pesar de que él, junto a Woody Guthrie habían sido los difusores de este concepto de vivir la música. Que no estaba “cualificado”, dijeron con una farisaica sonrisa que terminó de enfadar a algunas otras jóvenes estrellas como Bob Dylan o Joan Baez, que por esa causa boicotearon el programa.

A Seeger, de todas formas, no le importó demasiado todo esto; por entonces ya habían surgido miles de nuevas voces frescas que seguían su ejemplo cantando por todos los rincones del país. El Folk había dejado de ser patrimonio de archivistas y folkloristas, y ya no era una agonizante expresión rural, sino que había crecido hasta convertirse en un vehículo para los deseos y las inquietudes de grandes sectores urbanos. Después de todo, Pete Seeger había ganado la batalla.

En las plazas de la ciudad. A la sombra de los campanarios.
Al lado de las oficinas de beneficencia. Veo a mi gente.
Y algunos están murmurando, y otros se están preguntando
si esta tierra todavía está hecha para tí y para mí.

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Una batalla que comenzó a luchar muchos años atrás, cuando cambió la música clásica que enseñaban sus padres en el colegio al que asistía por un banjo con el que acompañar esas atrayentes canciones que aprendió en un festival de música tradicional allá en Carolina del Norte. Le gustaron los ritmos, le gustaron las melodías, pero sobre todo le gustaron las letras. Comparadas con las trivialidades de las canciones populares, las letras de aquellas otras contenían la vida humana real. Hablaban sobre héroes, asesinos y toda clase de personajes, a veces de forma trágica y a veces de forma sentimental. En vez de contar historias tontas podían ser muy escandalosas, pero sobre todo eran francas, honestas y directas.

Tanto le atraparon que tres años después abandonó la Universidad de Harvard para trabajar en una recopilación y clasificación de canciones folklóricas americanas. Pero no se contentó con catalogar todo ese material sino que entró en contacto con la gente que usaba los esquemas de estas canciones folkloristas para hacer propaganda revolucionaria.

Aquellos eran días de lucha. Estábamos en 1.936 y una guerra que había en un remoto país había unificado a todas las fuerzas antifascistas norteamericanas, que terminaban sus reuniones y mítines entonando canciones como “Jarama Valley” o “Quinto Regimiento”, que les habían enseñado los veteranos que volvían de aquella guerra, en la que habían estado luchando como voluntarios agrupados bajo el nombre de Brigada Lincoln.

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La Gran Depresión que vivieron los americanos una década antes había radicalizado las posturas de los sindicatos, que ahora se sentían amparados por Roosevelt y su ambiente reformista. El Partido Comunista americano aspiraba a convertirse en la vanguardia del movimiento obrero, concentrando su actividad sobre todo en los inmigrantes europeos. Y probablemente ése fue el mayor error que le achacaron, que el Partido de los Trabajadores de América fuese durante muchos años una organización de trabajadores extranjeros, que a veces ni siquiera hablaban el inglés, o aunque lo hiciesen preferían seguir usando su idioma, y que no estaban apenas conectados con la vida política del país. Así que el partido no tuvo más remedio que “americanizarse” y girar hacia el nacionalismo para que sus partidarios se identificasen con el proletariado de origen anglosajón. Y el partido necesitaba una música que pudiese utilizar como arma en su lucha de clases… los grandes coros con repertorio europeo no parecían muy útiles para ello, así que los socialistas y los sindicalistas se especializaron en cambiarle la letra a viejas canciones religiosas: “Lo que necesitamos en un Joe Hill comunista”.

Anoche soñé con Joe Hill
y le ví en el patio de la prisión…
Los únicos crímenes que cometió Joe Hill
fueron sus tres acordes y la verdad.

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Por fin se había aceptado que las canciones rurales eran verdaderamente la música del pueblo, y que las formas folklóricas, con la letra convenientemente cambiada, claro, podían unificar a las masas populares, reflejar la realidad y no oscurecer la lucha… (¿no me ha quedado esto un poco leninista?).

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9 Comments

  • El dia 14.05.2007, EuLaliA dijo:

    Graciaaaaas!!!!!!!!!

    Si todos los citados hubieran hecho lo mismo que hizo Pete Seeger, McCarthy y Edgar Hoover no hubiesen arruinado tantas vidas y carreras como hicieron.

    Interesante post, Carrascus. Esclarecedor y lleno de datos que no conocia.

    • El dia 14.05.2007, carrascus dijo:

      Pues sí, amiga Lali, puede que fuese como tú dices.

      De todas formas, la imposición del pensamiento único no es algo que pueda circunscribirse a un lugar o a una época determinada, ahora mismo, con la Guerra del Irak, se vive algo parecido a lo que ocurría hace casi setenta años con el MacCarthismo y se vuelve a vivir un clima de restricción de libertades; y la censura en el arte ha afectado a gente como Susan Sarandon o Sean Penn por posicionarse abiertamente contra la intervención americana en aquel pais.

      Y sin irnos demasiado lejos, no hace mucho una ministra de Cultura se dedicó a rechazar “La Pelota Vasca” sin haberla visto siquiera…

      Las persecuciones, las arbitrariedades, los abusos de poder… el McCarthismo tiene todavía numerosas manifestaciones, unas francas y otras más o menos veladas, y no solo en los paises de regímenes dudosos, sino también en muchos lugares del llamado “mundo libre”.

      • El dia 15.05.2007, jl ambrosio dijo:

        Más trágico es preguntarnos por qué el concepto de canción con compromiso social suena hoy en día tan antiguo (o peor, huele a disfraz en los pocos que lo enarbolan, ahi teneís la reunión de RATM): como si en 2007 las cosas pintasen mejor que en 1957, con guerras por petróleo, un cuarto de la humanidad que condena a casi la mitad a morirse de asco en su miseria mientras se comen el aire, ocupan el suelo y se beben el agua de varias generaciones futuras, con la política reducida a un mal guión de vodevil y…mucho más que será mejor callarse por no aburrir. Y es trágico porque la respuesta, esta vez, no está en el viento. Está en cada uno.

        • El dia 15.05.2007, telequinetico dijo:

          soap

          • El dia 15.05.2007, Microalgo dijo:

            El comentario de Telequinético es sumamente maquiavélico… me encanta.

            Respecto a las libertades individuales que están siendo tan drásticamente restringidas en los Estado Unidos, convendría acudir a Stuart Mill. No veas qué claridad de ideas.

            • El dia 15.05.2007, carrascus dijo:

              Pues hombre, D. Micro… no es que yo no esté de acuerdo con Stuart Mill, aunque en algunas cosas debo decir que no lo estoy, lo que pasa es que creo que se ha quedado más anticuado todavía que Pete Seeger. Verá usted, seguramente en su época (hace 200 años) su pensamiento sería algo rompedor, pero el principio fundamental sobre el que basó su pensamiento, que no era otro que “eres libre para hacer lo que desees siempre y cuando no hagas daño con ello a los demás”, pues hoy es algo que nos parece de perogrullo.

              Y además, que le veo muchas lagunas a su filosofía del utilitarismo. Hombre, no deja de ser bonito que cualquier acción es más buena en función de la cantidad de felicidad que genera y de la cantidad de gente a la que alcanza esa felicidad… pero es que el tío, apoyándose en eso, defendía también cosas como que el estado estaba en su derecho de restringir un derecho tan personal como el matrimonio cuando la natalidad amenazase la distribución de los recursos del pais; o que los padres no podían ser libres de educar a sus hijos porque eso violaría el principio de felicidad de los hijos… también defendía algo tan cuestionado como que el voto de una persona formada culturalmente era superior al voto de una que no lo está…

              Mire, en lo que sí estoy de acuerdo es en otra cosa de la que él fue pionero, la de pedir una ley de reducción de horas de trabajo para que se beneficiasen de él un mayor número de personas.

              Usted le supone mucha claridad de ideas, pero no sé yo si esta mezcla de liberalismo y socialismo que parecía tener le hace merecedor de ella.

              De todas formas, como en este blog no se coarta la libertad individual de nadie ni se viola ninguna libertad de expresión, puede usted discrepar de mí todo lo que quiera sin temer que le “moderemos” excesivamente… jejeje.

              • El dia 16.05.2007, Microalgo dijo:

                Acato, asumo, aprendo.

                Lo que me parece interesante de Stuart Mill es la idea de que siempre que no jodas a alguien debes tener la libertad INDIVIDUAL necesaria para hacer lo que quieras.

                Por supuesto, es un utópico, porque dentro de ese “alguien” a quien jorobas haciendo algo puede estar Jorgito Bush… que también tiene derecho a quedarse con todo el petróleo, el pobre hombre, y ser feliz soltando petardos…

                De cualquier manera, parece mentira que la hipocresía de algunos estados llegue a estos límites: somos el país de la libertad, pero como te mees fuera del tiesto, vas listo.

                • El dia 16.05.2007, carrascus dijo:

                  … De todas formas, D. Micro, si jodemos un poquito al señor Bush tampoco pasa nada, no?

                  Tiene usted mucha razón calificando de utópico a Stuart Mill, y si levantase la cabeza para ver como se llevan a cabo ahora sus pensamientos, seguro que se volvía a la tumba escandalizado. Porque, claro… sobre el papel todo es muy bonito… pero mire, por ejemplo: él era un demócrata convencido, eso no se lo vamos a quitar, aunque le encontrase muchos defectos a la “democracia pura”, porque decía que así no se garantizaba que las mayorías no oprimiesen a las minorías. Según él las minorías tenían que tener la posibilidad de poder llevar a cabo sus pretensiones si sus argumentos eran razonables…

                  … y ya me dirá usted si eso no se da de hostias con algo tan usado actualmente como “la disciplina de voto” de los partidos, que aplasta la opinión de cualquier minoría y les quita de raiz esa posibilidad. ¿Qué cosas, no? la mayoría, elegida libremente, aplastando la libertad individual…

                  • El dia 16.05.2007, Microalgo dijo:

                    Que se lo digan a Adolfito Hitler, elegido democráticamente… Otra consecuencia de la disciplina de voto dentro de los partidos es que han desaparecido los oradores. Los políticos actuales son nefastos hablando, salvo honrosas excepciones. Total, da igual: digan lo que digan no van a convencer a ninguno de otro partido para que sus propuestas sean apoyadas así que…

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