COSAS VEREDES

Pese a toda la mugre que suele cubrirlas la mayor parte del tiempo, las listas de éxitos pueden ser divertidas. O solían serlo, al menos. Baste con pensar en el montón de temas o estilos que, contra todo pronóstico, han alcanzado las más altas posiciones, el llamado “Top 10” (os ahorraremos el suplicio del audio)

Gaiteros hevia
budista monjes budistas
cantos gregorianos gregoriano
El Padre Abraham flautistas barbudos rodeados de criaturas azules
ranas desvergonzadas con sus verguenzas al aire… crazy frog

y así un rato. Seguro que todos podeís citar ejemplos de este tipo de rarezas que de vez en cuando se han encontrado con el viento de popa y han acabado fotografiadas en la lista de “Los más vendidos”, mientras que otros artistas, con muchos más méritos a cuestas, se han mantenido de forma escandalosa ajenos siquiera a un mínimo reconocimiento.

Pero os va a costar trabajo encontrar un número uno más extraño que esta canción que alcanzó dicha posición en las listas americanas del Billboard en el año de gracia de 1973

deliverance

La canción, si se puede llamar así, no es más que una competición a pulso y púa entre un niño, aparentemente retrasado mental (aunque con un parecido razonable a Thom Yorke) y un dominguero trovador de la acústica, y tenía pleno sentido dentro de la película en la cual se insertaba, “Deliverance” (John Boorman, 1972).

El hecho de que este tema llegase al número uno en América en 1973 es más insólito aún teniendo en cuenta que “Deliverance” venía cargadita de escenas poco recomendables, siquiera para las clasificaciones de adultos: una historia de cuatro machotes de ciudad que van a perderse un fin de semana por las Montañas Rocosas y acaban siendo atacados por unos cuantos catetos con hidrofobia aguda, todo seguido de la consiguiente venganza a base de arco, flecha y machete. Como es previsible, todo empieza a complicarse con mucha sangre, golpes, unas cuantas muertes chungas y, lo peor de todo, una escena que posiblemente aún hoy seguiría haciendo salir a gente de la sala, y eso que el público ya está curtido de espanto en mil y un telediarios: la violación, bastante detalladita, de un pobre urbanita a cargo de un grupo de mugrosos tuercebotas calentones, y que es capaz capaz de hacerte permanecer de pie (o boca abajo, en el peor de los casos) hasta el final de la película. Todo un clásico, a la altura de escenas semejantes en “Querelle” o “La Ley del Deseo”.

La canción “Duelling Banjos” fue una improvisación entre dos veteranos músicos de estudio (Bill Weissberg al banjo y Steve Mandell a la acústica) a partir de un antiguo tema de 1955, “Feudin’ Banjos”, y constituyó lo que se dice un éxito inesperado para su intérprete, quien tuvo que montar una banda para llevar en directo el tema en el verano de 1973, antes de que le llegara la fecha de caducidad. La historia de “Duellin Banjos” está contada de forma más adecuada en muchos otros sitios, por lo que no será necesario extenderse. Lo que queríamos recordar aquí es que, pese a toda la morralla que suele llenarlas, de vez en cuando las listas de éxito nos dan sorpresas…

CLÁSICOS POPULARES

Después de más de siete años sin disco nuevo, vuelven los SMITHEREENS. Pero no con material propio, sino con una fantástica recreación de canciones añejas.

El nuevo disco de los Smithereens muestra cuanta libertad de acción interpretativa puede tener una banda de rock, incluso cuando intenta interpretar versiones calcadas. El disco “Meet The Smithereens!” reproduce la formación original y en un altísimo grado los arreglos originales (con todos sus tempos y sus claves) del primer disco que se editó de los Beatles en los USA: “Meet The Beatles!”. Pero es más que eso; las doce canciones están filtradas a través del identificativo sonido crujiente y propio de grupo de conciertos de antros blueseros que siempre tuvieron los Smithereens.

Ellos se hicieron (más o menos) conocidos interpretando material propio, pero ya habían grabado antes material de los Beatles y siempre habían demostrado una gran inclinación por la concisión y el entusiasmo de los grupos de la British Invasión a la hora de tocar. Así que por eso ahora se han podido aproximar a la música de los Beatles como fans de ella que son y la conocen al dedillo, pero también como compositores que saben qué es lo que hace que una canción sea perdurable.

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All my loving

No son los primeros en hacer una versión de un disco entero de los Beatles. Antes que ellos ya los Big Daddy hicieron una versión duduá del “Sgt. Peppers” completo a principios de los 90. Y en el 94 los Phish editaron un disco en directo recreando el “Doble blanco”. E incluso todavía antes, a finales de los 80 el grupo esloveno Laibach editó una pesada y reordenada versión del “Let it be”, a la que, por alguna extraña razón, le faltaba precisamente la canción que le daba título al disco.

Lo que hace diferente a este “Meet The Smithereens!” es que, como una buena interpretación de cualquier pieza de música clásica, mantiene el balance entre la fidelidad al original y la proyección del estilo del intérprete. Normalmente, los que hacen versiones de los Beatles, y de canciones pop en general, enfatizan la visión del intérprete (para eso lo que hacen es arte); después de todo, si tú no tienes una perspectiva distinta, aunque sea tan desnaturalizada como la de Laibach, ¿por qué iba alguien a molestarse en escucharte a ti en vez de escuchar el original?

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Laibach – Across the universe

Es algo obvio, en realidad; nosotros primero hemos oído la música de los Beatles en sus propias grabaciones, y sus sonidos están impresos de nuestros recuerdos y son definitivos. Nuestro primer encuentro con, digamos, la Novena Sinfonía de Beethoven fue a través de interpretaciones que, aunque espectaculares, no tenían relación con el propio Beethoven. Y además, cualquier partitura de la obra de Beethoven es una guía detallada de cómo se espera que suene, y cualquier interpretación permitirá al ejecutante una libertad de acción para hacerla sonar sutil o dramática. Una banda de versiones, sin embargo, de la que se espera que reproduzca el sonido original, tiene menos flexibilidad.

Y ahí podemos meter a los grupos de tributo, que puramente lo que hacen es recrear. Éstos lo que intentan es reproducir fielmente el sonido de otra banda más que dejar su huella en él. Y desde Grateful Dead a REM, pasando por los Rolling y los Zeppelin (que desde mi coche veo últimamente muchos carteles de conciertos de esta clase) todos los grupos tienen su propia sombra. Y más aún los Beatles, de los que sus bandas de tributo han hecho prácticamente una industria mundial. Incluso aquí mismo tenemos alguna que goza de indiscutible éxito.

Pero no es éste el caso de los Smithereens.

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Not a second time

Si he de decir la verdad, a mí nunca me han interesado las bandas de tributo, aunque debo reconocer que es admirable como estos músicos se esfuerzan por recrear unos arreglos que muchas veces eran demasiado complejos incluso para que los propios Beatles los interpretaran en directo. Cualquiera que haya prestado atención a los arreglos vocales y musicales de los Beatles debe estar de acuerdo en que es difícil no reconocer la destreza de las bandas que los reproducen perfectamente. Es cierto que una gran parte de la música que hicieron los Beatles, grabada capa a capa, limpiada a conciencia en los estudios, usando loops, cintas marcha atrás y otras innovaciones, es muy parecida a la actual música electrónica, y aunque con dificultad, puede transcribirse en partituras que pueden ser aprendidas y recreadas con la misma exactitud que, pongamos por caso, una sinfonía de Shostakovich.

Por eso mismo, también mucha de la música que ofrecen en directo las bandas de tributo, nunca pudieron hacerla así los propios Beatles. Entre sus inicios, a finales de 1962 y 1966, los Beatles grabaron 118 canciones. Pero durante sus años de giras internacionales solo interpretaron en directo 33 de ellas. Y el último disco del que ellos hicieron alguna canción en directo fue el “Rubber Soul”, del ’65. Después de él aún grabaron 100 canciones más repartidas en seis discos. Y ahora, con la tecnología que va más allá de la que tenían los Beatles en su época (samplers, sobre todo) las bandas de tributo pueden interpretarlas todas.

Dicho ésto, y retomando el ejemplo que utilicé antes con Beethoven, cuando un cuarteto de cuerda toca una pieza de Haydn, no se produce una copia exacta de lo que hay en la partitura. Los músicos toman decisiones interpretativas libres sobre los tempos, los balances, los tonos… Y eso es lo que hacen los Smithereens, unen la extrema fidelidad nota-por-nota, con la interpretación personal, ofreciendo lo mejor de ambas opciones. La banda ha tratado el “Meet The Beatles!” como una sinfonía, un artefacto cultural genuino que hay que escuchar intacto. No importa demasiado que “Meet The Beatles!” no sea en realidad un disco propiamente dicho de los Beatles, sino una recopilación hecha por el sello Capitol usando 9 de las 14 canciones que había en el “With The Beatles”, que sí era uno de sus discos ingleses reales, más otras canciones que habían editado en singles. Para los oyentes americanos que descubrieron a los Beatles en aquel momento, como es el caso de los Smithereens, “Meet” tiene una resonancia emocional que no tiene “With”.

Los arreglos en este “Meet The Smithereens!” tienen toda la energía y buenas vibraciones de los originales, e incluso pequeños detalles como los glissandos de teclado de “Little child” y las palmadas grabadas sobre “I want to hold your hand” y “I saw here standing there”, han sido cuidadosamente preservadas.

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I want to hold your hand (Beatles)

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I want to hold your hand (Smithereens)

Pero no los confundiríamos nunca con los Beatles, como sí podría pasar con alguna de sus bandas de tributo. Porque la voz de Pat DiNizio conserva también la oscuridad y originalidad de canciones con la marca de fábrica de los Smithereens, como “Blood and roses” y “A girl like you”; y porque los solos de guitarra, aún siguiendo los contornos de los de George Harrison, no son esclavos de éstos.

Y donde los Beatles optaron por guitarras acústicas, como en “Till there was you”, los Smithereens han optado por mantener la eléctrica, con un toque de distorsión, y abandonando el azúcar y el almíbar que Paul McCartney le echaba con su voz.

Los tonos y efectos de guitarra, y la forma en que hacen las armonías vocales en canciones como “This boy” y “Hold me tight”, son también las propias de los Smithereens de siempre. Y su estilo.

Los Beatles del ’64 y los Smithereens del 2007, todo en uno.

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Till there was you

DETRÁS DEL JARDIN DE LA FLOR DEL MAL

Jose Casas, 1985Le conocí por primera vez en una fiesta de nochebuena que alguien se había animado a convocar en un piso de Rochelambert, allá por 1984. Huyendo del ruido del tocadiscos en el salón, acabé buscando refugio en la cocina y allí se encontraba él también, en silencio, ajeno a aquel jolgorio. Confieso no haber tenido ni idea de quién se trataba, y eso que había visto a su grupo al menos tres veces en directo y casi otras tantas en “Tropical Express” de RTVE, pero siempre me había quedado con las pintas de Alvaro, el cantante, o de Pacoco, el bajista. En aquellos días, los HELIO solían atraer a sus conciertos a los pocos “mods” que había en Sevilla, con sus parkas, motocicletas y cuadraditos en blanco y negro. Y así fue que las primeras palabras que crucé con él fue preguntarle si también era un mod. A lo que me dijo sin dudarlo que no, que éso sería encasillarse en un solo tipo de música y a él le gustaba demasiado todo el pop y el rock como para andar excluyendo. 22 años después, ese amor por toda la mejor tradición pop sigue siendo la marca de fábrica de Jose (así, con el acento en la “o”) Casas. Y se nota…

Jose Casas 2006

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Jose Casas – Plasticland

Con más de un cuarto de siglo haciendo musica por puro gusto (el no vivir de ello le ha evitado no pocas servidumbres y callejones sin salida), en el 2003 se permitió el lujo de aplicar un estricto control de calidad a los cientos de canciones que tenía escritas y elegir las ocho (escritas en inglés, algo muy poco frecuente para Jose) que componen su primer Cd en solitario, “Plasticland”. Esta vez declinó llevar la voz cantante y le pasó el micro a Chencho Fernández (Smoking Kills) y a José Romero, quien ha permanecido junto a él como parte de la banda que el viernes 26 hace su presentación en directo en la sala “Sevilla Suena”, y que han bautizado como “La Pistola de Papá”. Jose reconoce que la experiencia es más un ensayo ante el público que un concierto propiamente dicho, y que la idea es ir dándole rodaje a las cerca de veinte canciones (cuatro de ellas versiones) que tienen montadas.

La Pistola de Papa

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Jose Casas – Bo Diddley Kidnaps

Con tantos años dedicados al pop y al rock, no es que Jose Casas haya sido cocinero antes que fraile: es que ha pasado por todo el convento. Hagamos un repaso rápido. Nominalmente, estuvo dedicado a HELIO entre 1980 (cuando sólo eran tres crios de Torreblanca que ensayaban con “guitarras de palo”) y 1995. En medio, cualquier parón forzoso le sirvió a Jose para buscar vias alternativas, y anduvo como miembro fundador de dos de los mejores grupos sevillanos de los 80: ARDEN LAGRIMAS y RELICARIOS. En los primeros años 90, los HELIO vuelven a pillar fuerza, llegando a grabar primero dos sencillos y luego dos Lps (“COMBUSTION” en 1992 y “RETRATO DE FAMILIA” en 1993) para el sello Trilita. Tras la sequía generalizada de actuaciones en Sevilla a partir de 1993, HELIO decide ampliar el negocio con otro nombre paralelo y así montan THE NEW WAVE BAND, que se anticipa en una década a todo el revival de los años 80 que ahora tenemos. El último intento de los HELIO, ya en 1995 y con algún cambio de personal, se llamó LA FAMILIA BOMBA, y resultó efímero: a estas alturas, el resto de los miembros tenía ya demasiados compromisos (familia y trabajo entre otros) como para gastar energía en bandas de pop y rock. Todo ello sin perder nunca la amistad de casi tres décadas a golpe de conciertos y ensayos, como muestra la foto de abajo, tomada en la primera presentación del disco de Jose.

HELIO 20 años después

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HELIO – Dentro de mi Universo

El propio Jose reconoce que durante la segunda mitad de los 90 vivió su propia travesía del desierto y anduvo algo alejado de su carrera musical, hasta que el gusanillo volvió a picarle y, aprovechando todas las posibilidades técnicas de los ordenadores, vuelve a escribir y grabar canciones por su cuenta hasta desembocar en “Plasticland”. El hecho de no contar con una distribuidora y otra serie de problemas familiares le impiden dedicarse en serio a mover el disco hasta el año 2006, cuando monta por fin su propia banda y se hace de su propia página, además del inevitable myspace.

En el estudio

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Jose Casas – Where are my heroes

Respecto a “Plasticland”, confieso que ha sido uno de los discos que servidor más ha disfrutado en mucho tiempo. Aunque si sois juiciosos y no os fiais de mi gusto, teneis tres canciones del mismo repartidas a lo largo de este post. Si os ha gustado, ya sabeis donde podeis escucharlo en directo, el próximo 26 de enero.

Y si os ha gustado mucho mucho, tenemos el placer de anunciaros que BLOGIN IN THE WIND os traerá a JOSE CASAS Y LA PISTOLA DE PAPÁ en el concierto oficial de presentación que tendrá lugar el próximo viernes 20 de abril en la Sala Malandar de Sevilla. Y, de paso, también será nuestra puesta de largo en el mundo real, después de varios meses castigando al respetable con todos estos posts. Así que ya teneis una buena ocasión para que podamos encontrarnos todos. Id reservando la fecha…

EL NEGRO QUE TENIA EL ALMA VERDE

    Para Microalgo. Que le encanta enterarse de cosas nuevas sobre los cantantes que conoce.

De cuando era niño le quedaba el gusto por las películas. Admiraba sobre todo a dos actores, James Cagney por una parte, y Robert Blake por otra.

De Robert Blake siguió su carrera desde que ambos eran unos niños y aquel salía en las películas de “La Pandilla” que posteriormente disfrutaríamos aquí nosotros a través de “La Bola de Cristal”; luego Robert se convirtió en uno de sus personajes favoritos, “Pequeño Castor”, en la serie del Oeste de “Red Ryder”; y ya de mayor le llegó la gran fama como “Baretta”.

Pero aunque más joven que Cagney, los dos actores tenían en común el que parecían estar siempre resentidos con los demás. Y él sentía que, en sus corazones, éstos dos actores en realidad eran negros interpretando a personajes blancos para que las audiencias mayoritarias pudiesen comprender sus sufrimientos. Pero para él, eran negros. Igual que él mismo.

James Cagney solía interpretar a un tipo duro que maltrataba a las mujeres. Y aún así los espectadores le querían. Sin embargo Blake fue acusado de matar a su esposa y querían lincharlo. Todavía le admiraba más por eso. Entendámonos; no por lo que le hubiese hecho a su esposa, sino por la forma en que los jueces le trataban, que a él le traía recuerdos vivísimos de los juicios contra los negros en el Profundo Sur. Y le traía recuerdos de toda su infancia.

Pequeño Castor.

Y Cagney practicando la violencia de género con Doris.

Le bautizaron con el nombre de su padre, Joseph, pero nunca lo empleaban. Al igual que ocurría con su padre, a él también le llamaban siempre Junior. Su vida no fue fácil y solía aliviar sus penas ante el rústico televisor.

Viendo a aquellos héroes, se identificaba con ellos, y le mostraban a Junior que no iba a ser nada fácil vivir en un mundo de blancos, cualquiera que fuese el color que tuviera tu piel. Era un mundo que le asustaba, y del que se sentía cerca, aunque también lejos a la vez. Su padre, al que su madre había abandonado hacía años por otro hombre, intentó vigilarle mientras crecía, y también intentó protegerlo todo lo que pudo. Pero llegó un día en que ya no pudo hacerlo más y tuvo que dejarlo de mala gana en Augusta, en ese pleno Sur tan peligroso para los negros, al cuidado de su tía Honey, para que continuase creciendo junto a sus primos. Su padre se enroló en la Marina de guerra, donde le fue muy bien porque estaba acostumbrado a obedecer órdenes sin cuestionar la autoridad de los blancos.

Cada vez que podía venía a Augusta a visitar a su hijo y pasaba la noche con él para irse de nuevo al día siguiente. Para el padre era difícil, pero aún lo era más para Junior, que no podía comprender por qué le había dejado allí tan lejos y solo venía para volver a irse. En aquellos días Junior era aún demasiado joven para entender la diferencia entre amor y responsabilidad. Él quería a su padre solo para él, y cuando no lo tenía sentía que no tenía nada suyo.

A su madre también la echaba de menos, aunque no tanto como a su padre. Ella no vivía lejos de allí, en la vecina Carolina del Sur a apenas treinta kilómetros, pero bien podía estar en la otra punta del mundo en lo que respecta a las veces que la veía, que era nunca.

En este profundo Sur en el que Junior creció, allá por los finales años treinta y principios de los cuarenta, no había nada parecido a guarderías para niños ni nada para facilitarles la vida; más bien el pensamiento de la gente era del estilo de “si tu mula se muere, te compras otra” y “si tu negro se muere, contratas a otro por un salario de mierda”. Lo que significaba que si te ponías enfermo, o te curabas solito o te morías; y si te ibas al otro mundo, habría varios cientos más esperando a ocupar tu lugar. Así que había poco interés en mantener la salud de los negros. Junior perdió casi todos sus dientes debido a la piorrea y se mantenía bastante desnutrido, y desde entonces siempre mantuvo en su interior el fuego y la rabia que traen consigo la pobreza, los rompimientos familiares, y la indiferencia social que experimentó en su niñez. Y como muchos otros negros nunca pudo sacudirse del todo ese miedo adquirido tan pronto.

Desde pequeño temía que no iba a haber ningún camino que le sacase de aquella vida de pobreza en que estaba sumergido.

La casa de su tía Honey estaba al final del barrio negro, y solo una calle le separaba de las bonitas casas donde vivían los blancos. Vivían muy cerca de ellos, pero eran dos mundos totalmente aparte; dos comunidades diferentes que igual hubiese dado que estuviesen en dos planetas diferentes a causa de la profunda división que en realidad les separaba.

Su padre nunca pasó de segundo en la escuela, su madre llegó hasta cuarto. Para arañar lo que podían para vivir, su padre aceptaba cualquier trabajo que le ofreciesen, lo que le hacía mantenerse en vivo contacto con la realidad. Uno de sus trabajos favoritos era el de talar árboles, y por la noche le contaba a su hijo que el pino era el árbol número uno del mundo, por la forma en que se mece con el aire y el olor que desprende al hacerlo. Les llamaba “siempreverdes”, por como se mantenían siempre jóvenes y de ese color tan vivo aunque les castigase el otoño. Y eso fue lo primero que Junior quiso ser en su vida, un poderoso “siempreverde” negro.

Al igual que sus padres, Junior tampoco fue nunca un asiduo de la escuela. Con diez años tenía que contribuir ganando algún dinero junto a la tía Honey y el resto de sus primos que vivían en la casa. De mayor pensaba que él había recibido toda la educación que necesitaba directamente de Dios, ya que nunca se preocupó de aprender nada en los libros. Durante el día la escuela sobraba para él y se pasaba las horas delante de la tele.

Sus películas favoritas eran las del Oeste. Y en ella salían todos los héroes a los que Junior admiraba: Wild Bill Elliott, Tom Mix, Red Ryder, Hopalong Cassidy, el Llanero Solitario… todos eran hombres sencillos, por encima del bien y del mal, que siempre tenían compañeros que les seguían en todo llenos de fe, como Gabby Hayes, su favorito porque tenía tan pocos dientes como él. Le gustaban todos estos personajes porque eran tan elegantes, tan sensibles, tan leales… especialmente cuando luchaban contra los ladrones en vez de contra los indios. ¡Y bien que sabían pelear!. Él mismo procuraba aprender todos los trucos y golpes que empleaban en las pelis porque era frecuente que necesitase aplicarlos.


Red Ryder y Baretta con plumita

Roy Rogers y Gabby Hayes

Su vida real comenzaba por la noche. Cuando todos los niños buenos se iban a dormir, él tomaba las calles, bailando a cambio de monedas, o abrillantando zapatos para sacar algo más. Aunque fuese una obligación el tener que ganar el dinero suficiente para aportar comida a la mesa, a Junior le excitaba ganarlo; y si un día lograba la inmensa cantidad de diez dólares, éso le hacía sentir que ya había aprendido todo lo que necesitaba saber en la vida.

Sobre todo, bailar le hacía sentirse alguien. Y a medida que lo iba haciendo mejor y la gente le pedía que bailase más y más, sintió la necesidad de adquirir un nombre para ese “alguien” que ya empezaba a ser. Junior era poca cosa, era como le llamaban desde niño, y él ya no era un niño. Así que un día decidió que se lo iba a cambiar. Quería un nombre corto, fácil de recordar. No era necesario que dijese nada sobre él, solo que sonase bien y tuviese ritmo. Quería que sonase como uno de sus héroes, ese actor que le maravilló en “Objetivo Birmania” y que ahora hacía de Teniente Rip Masters en su nueva serie favorita, “Rin Tin Tin”; además se llamaba casi como él, podría mantener el apellido… sí, definitivamente, desde ahora el mundo iba a conocerle con el nombre de JAMES BROWN.

James Brown...

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…Y así cantaba

THREE IS THE MAGIC NUMBER

Aquí os traemos otro juego de los que hemos aprendido por ahí, salvo que esta vez ni siquiera nosotros sabemos todas las respuestas, aunque podríamos buscarlas en algún lado, lo cual, reconozcámoslo, sería directamente hacer trampas.

A ver, un poco de ayuda para poner los números del 1 al 31 en clave de canciones (no, no nos valen las que hayais compuesto vosotros mismos para esta ocasión, ni la del título del post). Os ponemos algunas que hemos ido encontrando…

Número Canción Artista
1 One U2
2 Song 2 Blur
3 Three steps to heaven Eddie Cochran
4 4 Rosas Gabinete Caligari
5 Five Years D. Bowie
6 Six silver strings
If 6 was 9
BB King
J. Hendrix
7 Seven and seven is Love
8 8
Eight days a week
Planetas
Beatles
9 Love potion nº 9 Clovers
10 Poco antes que den las diez
J.M.Serrat
11 11:59 Blondie
12 The twelve steps Spiritualized
13 Thirteen Big Star
14 Fourteen black paintings Peter Gabriel
15 11:15 The Who
16 Sixteen tons
Sweet little sixteen
F. Laine
C. Berry
17 At seventeen Janis Ian
18 I’m eighteen Alice Cooper
19 Nineteen Paul Hardcastle
20 Twenty flight rock Eddie Cochran
21 21st century schizoid man King Crimson
22 When yer twenty-two F. Lips
23 23 H. Roja
24 24 hours J. Division
25 In the year 2525 Zager and Evans
26 26.8.86 Conrad Schnitzler
27 Twenty-seven Lagwagon
28 I’m 28 PJ Proby
29 29 palms R. Plant
30 30 century man Scott Walker
31 Iridiscence 31 Kendra Smith

Y también una canción para cada día de la semana…

Día Canción Artista
Lunes Stormy Monday
Monday, monday
I don’t like mondays
C. Basie
M&Papas
B. Rats
Martes Ruby Tuesday R.Stones
Miércoles Wednesday Fischersp.
Jueves Jersey thursday Donovan
Viernes Friday on my mind Easybeats
Sábado Sabato Pomeriggio Claudio Bagglioni
Domingo Sunday morning Velvet U.

…e incluso para cada mes del año. A ver si así se os va pasando la flojera navideña y le vais volviendo a coger el gustito a dejar comentarios en el blog, porque este post se va a quedar por aquí hasta que completemos la tablita…

Mes Canción Artista
Enero Rebajas de enero Sabina
Febrero Xmas in february Lou Reed
Marzo Águas de março Jobim
Abril

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April skies

Jesus & Mary Chain
Mayo Cruz de mayo Imp. A.
Junio June Senking
Julio

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Sandy (4th July, Asbury Park)

The Hollies
Agosto August Love
Septiembre Septiembre
September
Enemigos
EW&F
Octubre October song Incred. String B.
Noviembre November rain Guns’nR.
Diciembre December Teenage Fanclub

Por supuesto, os vamos a quedar muy agradecidos por vuestra colaboración. Y con todas las canciones que digais haremos un par de Radioblogins.

Así que buscadlas bonitas…

¡ALTO! O MI MADRE DISPARA

Cuando el cantante JEFF BUCKLEY, sobre todo conocido por su inolvidable álbum “Grace”, de 1994, se sumergió tres años después en un río de Memphis completamente vestido, escribió un final predestinado a Hollywood para su breve pero irresistible vida.

Muy pronto la gente del cine comenzó a hacer llamadas intentando camelarse a su madre, Mary Guibert, para usar los derechos a contar su historia, y utilizar su música para ponerle banda sonora. Pero la señora Guibert, se mostró muy cautelosa sobre la explotación de la memoria de su hijo, y resultó ser un hueso duro de roer.

Brad Pitt, que una vez confesó estar obsesionado con la música de Jeff Buckley, luchó durante dos años para hacer una película inspirada en su vida. Pero la señora Guibert rechazó todos los guiones que Brad le iba presentando porque se desviaban demasiado de la realidad. Por ejemplo, alguno contenía escenas de Jeff alucinado por el consumo de LSD en compañía de su padre, Tim Buckley, el trobador de los ’60 que murió en 1975 sin haber conocido apenas a su hijo. Por el contrario, también desechó otro de los guiones porque se ajustaba tanto a la realidad que solo iba a ser una película meramente biográfica. “La gran curiosidad que la gente siente hacia Jeff debe ser alimentada de alguna forma”, dijo hace poco la señora en Los Angeles, “pero debe serlo de la forma adecuada”.

Ahora, casi 10 años después de la muerte de Jeff, su madre, cuya vida se mueve solamente alrededor de los derechos generados por la figura de su hijo, ha tomado las riendas del negocio. Ha estado trabajando con una joven productora, Michelle Sy, y con un director y guionista más joven aún, Brian Jun, para desarrollar una película que ella planea llamar “Mystery White Boy” (“El Misterioso Chico Blanco”). Pero sobre ésto volveremos más tarde.

En realidad si fuese por ella (al menos eso dice) no se haría ninguna película, porque su hijo nunca estuvo cómodo con su celebridad y no hubiese querido que se hiciese ninguna película sobre él. Pero tiene miedo de que alguien pudiese hacerla sin su cooperación mancillando el recuerdo de Jeff en el proceso, por eso quiere estar al mando de todo, aunque le pese.

Toda esta historia del ahora sí, ahora no, de la película de Jeff Buckley, muestra como incluso un proyecto con un personaje principal muy carismático, una historia verdadera, con un enorme público potencial, por no mencionar la pasta que generaría su banda sonora, puede quedar atascado en ese peculiar infierno llamado industria cinematográfica.

También muestra como las películas que envuelven a músicos y artistas muertos están entre las más difíciles de hacer, y hay que proceder con delicadeza, porque si sus supervivientes controlan los derechos de su música y su arte pueden ejercitar su veto aparándose simplemente en la salvaguarda de esos derechos. Cuando una esposa o un padre tiene unos ciertos recuerdos de alguien, ésa es la película que quieren ver.

Dale Pollock, antiguo presidente de A&M Films se pasó siete años intentando hacer una película biográfica sobre Otis Redding, pero su viuda, Selma Redding, echaba para atrás cualquier guión que mostrase a su marido como un mujeriego, lo cual hacía imposible hacer cualquier película realista sobre Otis. Si se quitaba este aspecto suyo, tan importante al margen de su obra musical, la historia no funcionaría bien.

La viuda estaba dispuesta, eso sí, a dejar airear algún que otro trapo sucio… pero dejar que la gente pensase que su marido era un mujeriego, definitivamente no.

La historia de la familia Buckley es digna de Hollywood. Como su padre, Tim Buckley, Jeff, un cantante guapo y con talento, que flirteó con el estrellato, no quiso tampoco saber nada de las tentaciones de la industria musical, y murió muy joven. Además Jeff era asombrosamente parecido a su padre y tenía el mismo inusual rango vocal. Y ambos hacían música que desafiaba las convenciones. Aunque en realidad el padre solo fue una presencia efímera en la vida de su hijo.

Tim Buckley

Tim Buckley conoció a la señora Guibert en el instituto, y la abandonó nada más dejarla embarazada, por lo que la señora tuvo que criar a Jeff como madre soltera. Jeff conoció a su padre pocos meses antes de que éste muriese a causa de una sobredosis. Pero aún así es reconocido que la corta pero impresionante carrera de Tim Buckley proyectó una larga sombra sobre su hijo.

Cuando la Columbia (un sello subsidiario de Sony) editó “Grace”, la critica se volcó con su maravilloso falsetto y su celestial sonido. De Jeff decían que “con su voz, un mundo tumultuoso y obsesivo se convierte incluso en atractivo”.

Paul McCartney, Bono, Jimmy Page… toda una cohorte de admiradores confesos. Sin embargo las ventas no fueron del mismo calibre, y en 1997, Sony, que había firmado al chico un jugoso contrato por tres discos, estaba presionándole a todo meter, para que grabase ahora algo mucho más comercial que “Grace”. Así que se fue a Memphis en busca de un refugio creativo. Los miembros de su banda iban hacia allá para reunirse con él la noche que se ahogó.

Su muerte dejó a la señora Guibert en la difícil posición de manejar su carrera póstuma. Y además la convirtió en la figura intermediaria con los amigos y fans de su hijo, lo que le ha llevado a ser muy criticada por la mayoría de ellos, que incluso han llegado a decir que Jeff no hubiese querido que fuese su madre quien se ocupase de todo ésto.

Pero ella lo hace. Y no solo éso, sino que se pasa los días vigilando internet para evitar las ventas de discos piratas de su hijo, manteniendo una página web, promoviendo conciertos de homenaje y trabajando con las discográficas para sacar más música de Jeff y para supervisar las canciones suyas que se usan en la televisión y el cine. Se ha convertido en el trabajo de su vida. Cuando nació Jeff ella tuvo que renunciar a sus sueños de convertirse en actriz, y cuando murió Jeff, su vida adquirió aires de drama, en la que es la intérprete principal.

Ella dice, de todas formas, que no se está haciendo rica custodiando el legado de Jeff Buckley, aunque “Grace” continúa vendiendo más de 1.000 discos semanales, que sin ser una cosa del otro mundo, sí que genera más royalties que en vida de su autor. Eso sí, al menos al llegar los cheques de la compañía de discos ha podido reparar el sistema de calefacción de su vieja casa y algunas cosas más. Una película sobre Jeff, sin duda contribuiría a aumentar la venta de sus discos.

Al principio la señora Guibert pasaba de los guionistas y productores que le pedían los derechos de la historia de su hijo, pero Brad Pitt la convenció mostrándole su archivo de música y escritos de Jeff Buckley, donde además tenía diarios escritos e incluso sonoros que Brad había ido grabando en cassettes.

Una vez que Brad obtuvo la bendición de la señora Guibert para hacer la película, contrató a Emma Forrest, una novelista y periodista inglesa, para que escribiera un guión del estilo de “La Rosa”, aquella película que todos recordareis en la que Bette Midler interpretaba a una cantante con muchos paralelismos con Janis Joplin. Después de todo, había muchas especulaciones sobre que la muerte de Jeff no había sido un accidente, sino que las drogas, el alcohol, o incluso alguna forma de enfermedad mental había jugado un papel importante en ella.

Pero la señora Guibert no aceptaba que su hijo hubiese tomado nunca drogas ni hubiese sufrido de depresiones, por lo que rechazó los primeros guiones. El problema era que los recuerdos que ella tenía de su hijo eran muy diferentes de los que tenían los amigos de Jeff que Emma Forrest había entrevistado para elaborar el guión. Ésta quería explorar la naturaleza del genio del cantante y extraer los eslabones entre su música y su desintegración emocional, pero la madre no quería saber nada de ello, con lo cual iba a ser muy difícil contar nada emocionante sobre creatividad, o como ésta puede afectar a personas de un talento excepcional.

La propia Emma Forrest también había luchado anteriormente con la enfermedad mental que ella misma había padecido, y sobre la que escribió algunos de sus libros. Y ése era otro de los factores que hacían que la señora Guibert tuviese tanta reticencia sobre sus guiones; y que en ellos saliese un Jeff Buckley automutilándose, o al que se le aparece el fantasma de Judy Garland, le parecía que eran reflejos más propios de la vida de la guionista que de la de su hijo. Y quizás no le faltaba razón.

Ella insistía en que su hijo no tenía problemas de abuso de drogas ni de alcohol, ni padecía ninguna enfermedad mental aunque a veces sí hubiese tenido algún ataque de pánico o ataques pasajeros de depresión. En estas condiciones, el guión era tan difícil que Brad Pitt abandonó el proyecto de hacer la película.

Pero la historia ha seguido interesando a muchos cineastas más. Durante los últimos meses se han rodado cuatro documentales sobre Jeff Buckley, e incluso se ha editado un libro que era una doble biografía suya y de su padre: “Dream Brother: The Lives and Music of Jeff and Tim Buckley”, escrito por David Browne, al que se le han acercado también muchos productores queriéndole comprar los derechos del libro. Al final los vendió, pero cuando se preparaba la película basada en él, la madre de Jeff volvió a meterse por medio diciendo que aquello carecía de verosimilitud y que no confiaba en que la figura de su hijo fuese reflejada de forma adecuada. Obviamente, también influiría el hecho de que ella no iba a tener el control de nada ni, por tanto, habría presupuesto para pagarle “sus servicios”.

Con lo cual volvemos al principio de nuestra narración, con la señora Guibert contactando con Michelle Sy (por cierto, la productora a la que debemos la maravilla de “Descubriendo Nunca Jamás”), y ésta a su vez, contratando al director Brian Jun, muy bien acogido en “Sundance” con su película “Steel City”, en la que narra una complicada relación padre-hijo. Los hechos sobre Jeff Buckley no van a ser edulcorados ni manipulados… aunque realmente ésto nunca sabremos si es verdad, ya que antes los tendrá que aprobar la señora Guibert, que al fin y al cabo es su madre. Y aunque ella (diga que) intenta ser una ejecutiva honesta e imparcial sobre todo este asunto, al final la única razón de verdadero peso que persiste es que ella es la madre de Jeff Buckley.

¿QUIENES SOMOS, DE DONDE VENIMOS, A DONDE VAMOS?

Ya dijimos en un post anterior que aquí somos poco amigos de los repasos y las listas anuales. Sin embargo, el año anterior sí que ha sido enormemente significativo para todos los que nos movemos de una u otra forma en este mundo del ciberespacio, y por eso queremos echar la vista atrás y teorizar un poco sobre el devenir de este fabuloso medio que compartimos. ¿Estás preparado…?

…pues imagínate pagar 580 millones de dólares por un montón de anuncios personales que cada vez tienen más expansión, fotos de todas clases, chistes privados, grabaciones caseras y video-clips de web-cams… Pues éso es lo que hizo Rupert Murdoch cuando su News Corporation compró MySpace en julio.

Y ahora imagínate pagar casi tres veces la anterior cantidad por un mogollón de extractos de la televisión, que la mayoría ni siquiera se ven bien, vídeos musicales totalmente amateurs y peliculillas caseras de frikis cantando junto con sus equipos musicales… Pues éso es lo que hizo Google cuando compró YouTube en octubre.

En lo que éstas dos compañías tan enormemente estratégicas se han gastado esta cantidad tan indecente de dinero ha sido en dos vasijas vacías, dos flamantes almacenes centralizados para todo con lo que cualquiera de sus miembros decida contribuir.

Todo ese material es “contenido generado por el usuario”, la frase más importante del 2006. Una frase que ha servido para agitar los instintos tecnócratas de los inversores. Una frase que, al fin y al cabo, ha existido toda la vida dicha de otra forma: autoexpresión. Terminologías aparte, este 2006 va a ser recordado como el año en que los magnates de los medios de comunicación clásicos, los titanes de los medios de comunicación modernos del ciberespacio y los millones de individuos que solemos asomarnos a la Red de redes por fin nos hemos puesto de acuerdo en algo: en la necesidad de atención.

Ha sido el año de sitios en la Web como YouTube, MySpace, Dailymotion, PureVolume, GarageBand y Metacafe. Ha sido el año del arte casero distribuido independientemente y con ingenio. Ha sido el año del arte del que algunos se han apropiado para deformarlo, pervertirlo, burlarse de él, o a veces incluso para mejorarlo. Ha sido el año de los blogs, del software libre y de las páginas webs personales y colaborativas. Ha sido el año en que la palabra de cualquiera de nosotros podía ser escuchada en el mundo entero.

Todo ese flujo de libre autoexpresión es una anarquía enormemente prometedora, un asalto a las nociones establecidas del profesionalismo, un cenagal moral y una remezcla tecnológica del proceso de la cultura. Y cada vez lo hacemos crecer más. En términos utópicos pensábamos que toda ésta cantidad de autoexpresión iba a terminar con todos los viejos y obstinados mecanismos que servían como barreras: las compañías discográficas que solo enfocaban su atención a los grandes éxitos, los estudios cinematográficos tradicionales, las emisoras de radio comerciales, las revistas que buscan siempre nuevas tendencias… sin embargo, una vez apartados todos esos viejos obstáculos, ahora resulta que la gente pide algún nuevo sistema de filtro.

Los oráculos de la tecnología hace tiempo predijeron que al hacer la distribución a nivel mundial de forma instantánea, la Web iba a democratizar el arte, al menos para todos los que estuviesen conectados, que dispondrían de galerías de arte virtuales, canciones gratis, video-blogs, películas y libros on-line… todo ello seguido de la expansión de Internet y la propagación del ancho de banda que nos ha inundado como agua escapada de una presa rota. Así que, ¿por qué mantener tu creatividad (o tu falta de ella) para ti mismo, cuando puedes invitar al mundo a compartirla?

El contenido generado por el usuario, que convierte a la audiencia en autores, no es exactamente una innovación on-line, es algo tan antiguo como los concursos de vídeos caseros de la tele, o las cartas al director, o los graffittis… la diferencia es que en el pasado la mayoría de la autoexpresión se quedaba al lado de casa. Las tradiciones culturales generadas por los usuarios y los estilos locales quedaban a merced del aislamiento geográfico.

Con el avance del siglo 20 se rompió ese aislamiento, aunque las mismas tecnologías impusieron otra clase de separación: los artistas profesionales por un lado y la audiencia por otro. Un artista de éxito no solo necesitaba creatividad y destreza, sino también tener acceso a las herramientas de producción (estudios, grabadoras, cámaras) y a las salidas para distribución.

A medida que crecía, el negocio de la música y el arte iba pavoneándose y haciendo gala de su poderío. Ellos se podían permitir gastarse millones de euros para hacer, promocionar y vender cualquier producto; para meterlo en teatros, cines, emisoras de radio o en la MTV. Además poseían las fábricas para hacer los discos de vinilo y los CD’s cuando éstos aparecieron, antes de las grabadoras caseras y los mp3. Las compañías independientes podían, y de hecho lo hicieron, editar su propio trabajo, pero nunca podían alcanzar la escala de negocio de las compañías establecidas.

Las grabaciones de bajo presupuesto y el Internet han devuelto la producción y la distribución a los artistas. Con algunos obstáculos fuera del camino se hicieron posible los sueños de “háztelo-tu-mismo” del punk y del hip-hop; pero todo ese arte aún no estaba lo suficientemente cerca de casa. El ciberespacio nos lo acerca vertiginosamente cada vez más y más.

En todo este proceso, otra cosa que los usuarios generan son las réplicas. Navegando por el YouTube podemos ver innumerables reacciones individuales a la cultura pop: personajes del cine y la televisión sacados de sus contextos habituales y trasplantados a otros, o sincronizados a canciones increíbles; éxitos del pop totalmente deconstruidos o unidos a imaginerías nuevas, cuando no totalmente prohibidas… porque ésa es otra… los derechos de copyright.

La mayoría de los que poseen derechos de copyright están más que cabreados. Desde que compró YouTube, Google está pagando a muchos de ellos, y luchando en los tribunales con otros muchos más. Pero otros poseedores de estos derechos también ven más allá y aprecian el valor de estas nuevas formas. Todas estas parodias, remezclas, collages e imitaciones les aportan una verdad desnuda: ésto es lo que la gente piensa realmente de sus productos; y también son una buena publicidad: un reflejo de lo disfrutables que eran las versiones oficiales.

Los amateurs pueden ser irreverentes, poco respetuosos e incluso parásitos cuando usan el material de los demás en su propio provecho, pero confirman que los profesionales han hecho algo lo suficientemente perdurable como para demandar una réplica. Y al fin y al cabo, sin iconos… ¿de qué se iban a reír los iconoclastas…?

Cada vez más profesionales van entendiendo que ellos no necesitan tener la última palabra en su trabajo, y rappers como Jay-Z acostumbran a editar versiones a cappella de sus canciones, como clara invitación a los disck-jockeys y productores para enredar con ellas. O rockeros como Nine Inch Nails han colgado en internet sus grabaciones multipistas en crudo, junto con el software necesario para remezclarlas. Los peliculeros no han sido tan directos, pero eso tampoco ha detenido a los usuarios a la hora de hacer montajes paralelos.

Por supuesto, la noción de cultura como algo ofrecido por los creadores y tragado completamente por las audiencias nunca ha tenido mucho que ver con la realidad. Ahora los fans no solo pueden hablar con otros de sus respuestas al arte que les gusta, sino que también pueden demostrárselo directamente. En esta ola (tsunami más bien) de autoexpresión, los usuarios se han visto obligados a otra cosa más, la necesidad de hacer una criba de todo lo nuevo. Para los músicos Internet se ha convertido en una incesante audición pública. Lo que una vez fue desechado por los A&M de las discográficas, o lo que luego no pasó la selección para radiarlo en las emisoras, está ahora on-line en toda su esperanzadora profusión; y cualquier usuario podría pasar el resto de su vida oyendo canciones inéditas.

Individualmente, ninguno de estos cantantes (los Arctics Monkeys y Lily Allen son gotas de agua en el océano) puede competir con una estrella de una multinacional fuertemente promocionada. Y reconozcámoslo… canción a canción, tampoco son tan buenas. Pero colectivamente sí que son un grupo competitivo, por tiempo, por atención y, a la larga, por impacto cultural. La multiplicidad de elecciones promete cada vez más diversidad, cada vez más posibilidad de innovación y cada vez más delicias inesperadas. Pero también apunta hacia una audiencia cada vez más atomizada, hacia una cultura popular compuesta de millones y millones de mini-cultos que no se interrelacionan entre sí. Tantísima autoexpresión disponible solo puede acelerar lo que ya han empezado las radios y televisiones por cable y satélite, una separación de la cultura en nichos cada vez más pequeños.

Esta fragmentación es un problema para negocios como las compañías discográficas y los grandes estudios cinematográficos, que están asentados en pequeñas cantidades de grandes monstruos que lo venden todo. Y el negocio musical en particular se va a tener que rehacer con expectativas menores y más sostenibles, siguiendo las líneas con las que ya trabajan muchas compañías independientes.

Pero dejemos al negocio que se las apañe como pueda, que a nosotros los que nos interesa es la cultura.

La fragmentación es también una dificultad para los artistas con intenciones populistas, que quieren ser escuchados más allá de los confines de su núcleo de simpatizantes. Esta clase de ambición es respetable, porque no solo es algo mercenario, sino también una oportunidad de predicar al ignorante y una forma de unir audiencias dispersas. Siempre es bueno romper barreras demográficas y compartir referencias culturales. La cultura popular nunca ha sido algo monolítico (¿quién y en qué lugar no tiene una opinión sobre Michael Jackson o “Titanic”?), pero las estrellas del siglo 21 tienen menos influencia, menos alcance… ya casi son meras celebridades.

Pero todavía hay un límite a la fragmentación que una cultura puede tener. Un límite que es tanto estético como psicológico. A los humanos nos gusta congregarnos y unirnos a un grupo, al menos hasta un cierto punto. Una cosa que Internet hace estupendamente bien es tabular, y no es casualidad que los sitios que en su mayor parte se basan en contenidos generados por el usuario desplieguen sus propias listas de “los más vistos” o “los más oídos”. Incluso aunque se enorgullezcan de ignorar los Top-10 de los mercados de masas, parece que los usuarios quieren un poquito de compañía, y quizás esperan que las elecciones colectivas le aporten un poco de guía.

A los humanos también nos gusta compartir aquello con lo que disfrutamos. De ahí todas esas listas generadas por los usuarios como las de Amazon o eMusic, las inevitables listas de bandas favoritas, de canciones favoritas, de películas favoritas; el aumento de redes sociales, la proliferación de blogs musicales como fluxblog.org o obscuresound.com, que cuelgan canciones difíciles de encontrar. Las canciones en los blogs musicales no son elegidas por compañías que buscan provecho económico, sino por individuos con tiempo libre, y si las selecciones a veces parecen… digamos… algo frikis o geeks… pregúntate quien sino un friki o un geek iba a pasar tal cantidad de tiempo delante de su ordenador…

Los geeks hacen más fácil la vida de los magnates de las discográficas (que sí, tío, no te rías) que cada año compran en estas páginas de contenido generado por el usuario, porque el trabajo de selección aburrido y tedioso que tenían que hacer ya no es necesario, porque no solo está creciendo el contenido “generado” por el usuario, sino el contenido “filtrado” por el usuario, y hay hasta páginas webs que tabulan las canciones de los blogs musicales, confeccionando Tops-10 no solo de la calidad que les atribuyen, sino de la respuesta que tienen por parte del público.

La cuestión que ahora se nos plantea es si estos nuevos filtros caseros, caprichosos a veces, son mejores que los antiguos filtros comerciales. La mayoría de las canciones más escuchadas de las bandas desconocidas del MySpace (algunas escuchadas hasta dos o tres millones de veces) tienden a ser tan estúpidas como la mayoría de las que escuchas en la radio; los vídeos más vistos en el YouTube son novedades pasajeras, la mayoría orgullosas de su zafiedad; y los individuos que manejan el ratón delante de la pantalla de su ordenador tienen, en su conjunto, un buen gusto tan dudoso como los de los profesionales del entertainment.

En fin, que la promesa de que tanta autoexpresión on-line iba a conseguir que el genio alcanzase al público con pocos obstáculos, sin temor a las ideas fijas, tiene una realidad que no esperábamos: la de que el genio tiene ante sí una pila de mierda tan enormemente grande para saltar, que requiere tanto curro e ingenuidad como los antiguos sistemas de distribución.

Los grandes mercaderes de la cultura ya sienten nostalgia de sus buenos tiempos no tan lejanos; y buena parte del público ha perdido un sentido de unidad cultural que ya nunca recobrará. En cambio ambos tienen que enfrentarse a una realidad irrevocable de internet: siempre hay otra elección.

VERSIONES PUTATIVAS

No sé si lo hemos dicho ya, pero aquí en Blogin’ nos encantan las versiones: las retorcidas, las directas, las potentes, las irreconocibles, los calcos. Incluso las versiones no reconocidas. ¿Cuáles son esas? Bueno, su propio nombre lo dice, er…las que no indican que se trata de una versión o sample.

Oh, no, por favor, no empleeis esa palabra, de ningún modo. No estamos en círculos académicos. Plagio es lo que hacen Dan Brown y Ana Rosa Quintana. Ésto es algo más sutil, y que está incluso en las raíces de la propia cultura pop.

Los blueseros piden prestados elementos del gospel, los chicos country a su vez toman elementos del blues sin pedir permiso, los urbanitas pillan del soul, y así en este inmenso Patio de Monipodio que es el pop, rock y demás elementos adyacentes. ¿Acaso no fue Ray Charles quien coló de rondón un tema gospel (“My Jesus Is All the World to Me”) para crear “I Got a Woman”, y las bases del soul, rock y todo lo que se menea desde entonces? ¿Y acaso Sam Cooke no hizo lo mismo con “I Got a Woman” y le llamó “Ain’t good news”? Aunque no le sirvió para obtener cien años de perdón, más bien cuatro tiros en un motel de mala muerte… ¿Y no saqueó acaso el pobre James Brown todo el arcón gospel para hacer su “Please Please Me”? ¿Y no le saquearon a él todos los DJs sampleadores del mundo? Y así, seguro, cuando hay mil propuestas que todos podeis Y DEBEIS traer hasta este lugar para que podamos leerlas, ¿quién de entre nosotros está en condiciones de tirar la primera piedra?… Eso me parecía. Amen.

Lo mejor del caso es que no hay que viajar muy lejos para encontrar ejemplos de este tipo de versiones, digamos, putativas. En Sevilla tenemos varios ejemplos. La mayoría de las veces, el autor de la “versión” no es ni siquiera consciente de ello (eso mismo dijo George Harrison en juicio pero no le creyeron, malditos bastardos) y lo único que hace es tirar de su memoria musical, de algún tema escondido en cajones perdidos de su recuerdo. Algo así hizo nuestro mito local, Silvio, quien un día empezó a improvisar en el local densayo la pieza que hoy todos conocemos como el himno extra-oficial del, ejm, Betis, en aquellos días pre-Lopera.

Fantasia Occidental

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Silvio y Sacramento – Betis

En la contraportada del disco aparecía acreditado como “tradicional”. O algo así. Lo cual no dice mucho de la cultura musical de los que andábamos por allí el dia de la grabación, ya que, pocos días después de ver editado el disco, nos dimos cuenta de que tenía un parecido más que sospechoso con una canción de Elvis Presley que fue incluso número 1 en su época: nada de temas oscuros o caras B, si vas a pillar prestado hazlo a lo grande.

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Elvis Presley – His latest flame

Y claro, una vez oídas estas canciones a nadie le extrañará el pasillo cómico que se montó en la Expo del 92 cuando los Scorpions vinieron a tocar al Pabellón de Alemania. El concierto se montó al aire libre en aquellas escalinatas tan apañadas por las que se accedía al Pabellón, y consistió en un set semiacústico en el que el grupo repasó clásicos del soul y el rock’n’roll, entre los que se encontraba “His latest flame”. Había que ver la cara de alucinados que ponían los señores scorpiones mirándose unos a otros sin entender nada mientras cantaban eso de “What else was there for me to do but cry” tapados por algunos centenares de voces garrulas que decían “… y hasta la Real de Sosiedá aa aá…“, y a continuación mientras ellos atacaban la parte instrumental, se veían respaldados por un enorme coro al grito de “Beeeeeeetiiiii… Beeeeetiiiiii“. Inolvidable, oiga.

La Escuela Sevillana, en general, ha hecho siempre buen uso de este tipo de recursos. Así, la propia Maribel Quiñones, alias Martirio, en su exitoso debut del año 86 del brazo de Kiko Veneno y Nuevos Medios, hizo este (peaso de) tema cuya letra, por cierto, sigue siendo actual:

Martirio

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Martirio – Separada sin paga

Aunque aquí sí que más de uno dimos un salto del asiento al escuchar los primeros acordes, por cuanto no había duda en nuestras mentes. Aquello que sonaba era, ni más ni menos, uno de los grandes clásicos del rock. Lo cual, supimos luego, no pasó desapercibido para los músicos de sesión (entre ellos Manuel “Imán” Rodriguez) que participaron en la grabación, ni para los asistentes al “Be Bop”, el club de jazz que había en la calle del Sol. Allí nos reunimos un montón de gente después de uno de los conciertos de la Cita en Sevilla, entre ellos un pesadísimo Kiko Veneno empeñado en que el equipo de música dejase de emitir jazz un rato para que todos escuchásemos la cinta con el disco de su patrocinada. Para cuando el Manolo (“Kiko, haz el favó…! que la gente ya se está aburriendo…“) volvió a poner la música adecuada al lugar, ya eran muchos los que le habían dicho a Kiko que sí, que muy bien, que la chica estrafalaria ésa tenía buena voz, pero que las guitarras de la canción de la separá olían a Lou Reed tela marinera. También le dijeron algunas cosas en referencia a las sevillanas de la “arreglá pero informá”, y a aquello de “méteme goleh”, pero esas son irreproducibles en un blog políticamente correcto como éste.

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Lou Reed – Sweet Jane

Esa noche, en el club también estaba un gitano que ya era muy conocido en Sevilla, pero que aún estaba lejos de convertirse en la estrella que luego fué. Aunque estaba asediado por una preciosa chica en plan groupie, que se empeñaba en que la tocase a ella como hacía con su guitarra, él, con una papalina considerable, prefería pasar de ella y dedicarse a darnos el coñazo a los presentes enseñándonos una y otra vez una ajada foto en blanco y negro que decía que era de su mujer y sus hijos. Lo que nos recuerda que…

…La familia Amador se lleva la palma en cuanto al uso de “samples” de tecnología plana a discreción en sus éxitos. Y la verdad es que comenzaron muy jóvenes. De hecho, podemos encontrar a un jovencisimo Raimundo Amador en “Triana”, el disco grabado para CBS por la Familia Montoya, aprovechando el tirón que una de las integrantes, Lole, estaba teniendo junto a su marido Manuel Molina en aquel inolvidable dúo flamenco. Y en medio de tanta juerga (“Yo no te quiero / tengo en mi casa / genero nuevo”, pregonaban la Negra y Carmelilla en uno de los momentos más inspirados), aparece un tema firmado por Raimundo, su primera pieza en vinilo… con Manolo Rosa al bajo y Antoñito Smash a la batería.

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Montoya – El Polígano

polingano

Pieza que hizo levantar no pocas cejas en su día, dado que aquellos primeros acordes eran, sin lugar a dudas, los mismos que usaron unos mastodontes del rock sinfónico en su momento para una de esas interminaaaaaables piezas con las que mushos se liaron sus primeros canutos.

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Emerson, Lake & Palmer – From the beggining

Aunque, probablemente, el sampleado no reconocido que más proyección ha tenido en la carrera de los Amador fue el que hicieron, en una improvisación de última hora, para darle un estribillo decente a una pieza que grabaron en homenaje a Camarón en aquel disco denominado “Blues de la Frontera” y que fue votado como lo mejor del año y hasta de la década…

blues de la frontera

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Pata Negra – Camarón

Por supuesto, fue imposible disimular el parecido del estribillo con éste otro.

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Eric Clapton – Lay down Sally

Pero así se escribe la historia. Particularmente, queremos decir aquí que todas estas versiones supusieron, como mínimo, una mejora considerable respecto del material original, aunque aquí nos estemos sesgando un poco. Un poco mucho, vale, vale… Si teneis alguna sugerencia de otras versiones putativas por ahí, sevillanas o de donde sea (como esa del “…uno mas uno son sieé teeee…”), ya sabeis donde teneis vuestra oportunidad de hablar.

LOS BUENOS TIEMPOS NUNCA PARECIERON TAN BUENOS (¡¡TAN BUENOS, TAN BUENOS, TAN BUENOS…!!)


    Para nuestra Dulce Carolina, más cercana… que algún día nos invitará a una sopita de picadillo en su nueva vajilla de la Cartuja…

En el post “Bailando con Bongos” hablábamos de que uno de los percusionistas que propulsaba aquel “Bongo Rock”, Les Ericsson, había pasado casi toda su carrera junto a Neil Diamond. La cita sólo quería indicar cómo un artífice del llamado “Himno nacional del Rap” había vinculado la mayor parte de su carrera a uno de los intérpretes más alejados estilísticamente del nuevo sonido urbano. Pero no pretendíamos decirlo como desmerecimiento hacia Neil.

No, porque, entre otras cosas, es uno de nuestros intérpretes favoritos… Glub. Ea, ya lo hemos dicho.

Y, aunque en los últimos 30 años su jeta cortisonada no se haya acercado a las listas de éxitos tan frecuentemente como lo hiciera en los años 60 ni haya producido nada realmente relevante, hay que reconocer que desde 1965 nos ha venido dejado una ristra de excelentes canciones. Tantas que la elección resultaba dificil. Así que, tras profunda deliberación, dos cervezas y un plato de ensaladilla, C & A decidimos dedicarle el post de hoy a la siguiente canción:

Libro de acordes de Dulce Carolina

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Neil Diamond – Sweet Caroline

(Donde comenzó, no puedo ni comenzar a saber, / Pero sé que crece con fuerza./ Fue en primavera, que luego se convirtió en verano. / ¿Quien hubiera creído que tú llegarías? / Manos, tocando otras manos. / Extendiéndose, tocándome a mí, a tí. / Dulce Carolina, los buenos tiempos nunca parecieron tan buenos, / Y me inclino a pensar que nunca lo serán. / Pero, ahora que miro a la noche / y ya no parece tan solitaria, / la llenamos con sólo nosotros dos. / Y cuando duele, el dolor me resbala por los hombros / ¿Cómo va a dolerme si te sostengo a tí? / Calidez, me llega tu calor / Extendiendose, tocándome a mí, y a tí. / Dulce Carolina, los buenos tiempos nunca parecieron tan buenos, / Y me inclino a pensar que nunca lo serán)

La génesis de esta canción surgió unos meses antes, cuando Neil, en plena cumbre, quiere subir otro nivel en su relación con las audiencias. Ya no le parecía bastante la comunicación que mantenía con ellas cuando estaba sobre un escenario y pensaba que a través de una película podría conmoverlas mucho más. Se sentía preparado para dar el salto al cine, y además estaba convencido de que iba a hacerlo tan bien como con la música.

Durante meses estudió muchísimos guiones que le ofrecieron, hasta que se sintió profundamente atraído por el de “Lenny”, el bio-pic de Lenny Bruce, que era una forma intelectual de vomitar. El guión tenía toda la angustia que había estado reprimida en el interior de Neil. La intensa conexión que sintió con él tuvo consecuencias perturbadoras, aunque decidió seguir adelante muy determinadamente por este papel.

Pero los castings y las pruebas de cámara no fueron nada bien. Neil fue apartado de la película y éso le llevó a una profunda depresión en la que seguramente todavía se identificó más con la figura de Lenny Bruce con la que ahora era tan familiar. Cuando la pelicula se estrenó tres años después interpretada por Dustin Hoffman, decían que Lenny era un personaje “emocionalmente vacío”. Estas dos palabras también podrían definir perfectamente el estado de Neil Diamond cuando le rechazaron. A través de Lenny, Neil había descubierto una libertad salvajemente envenenadora para articular violencia, pensamientos libres, palabras que él nunca hubiese expresado de otra forma… pero la experiencia se volvió contra él. Neil se asustó de lo que encontró en su propio interior, había descubierto una cara de su personalidad que no quería admitir que existiese. Así que se puso en manos de psicólogos profesionales que le ayudasen a encauzar su miedo. Su propio autoanálisis comenzó, sin embargo, durante sus pruebas para la película. Y un día, hundido en la oscura desesperación de su camerino, cogió su guitarra y comenzó a componer la que iba a ser una de sus más famosas canciones. “Sweet Caroline” fue solo el principio, y la canción que puso voz a un profundo sentido de soledad interior que le iba a costar muchos meses superar. Cuando lo consiguió comenzó a dar sus conciertos vestido de níveo blanco, como símbolo de que ya había bajado sus defensas, de que ya tenía suficiente confianza en sí mismo como para seguir adelante.

Como la mayor parte de los sencillos de Neil Diamond en su época de oro con MCA, las letras retienen parte de opacidad como para que uno pueda preguntarse de qué va todo esto, y, aunque “Sweet Caroline” no llega a ser tan inescrutable como otros éxitos suyos (“Holy Holy” o “Soolaimon”), cuenta con el suficiente hálito de indefinición como para que otros intérpretes se encuentren cómodos versioneándola. Uno de los que mejor partido le sacaron a esta canción fue nuestro viejo amigo Elvis.

Neil Diamond (otro de los afortunados que, como Prince o Madonna, no necesitó cambiar su nombre original para hacerse artista), nació en Brooklyn en 1941, y pronto pasó a integrarse en la maquinaria del Brill Building, componiendo por encargo. Uno de estos encargos ya hubiera sido suficiente para haberse retirado viviendo de los royalties: “I’m a believer” (1966), el glorioso segundo sencillo de The Monkees, número uno en la lista de singles durante 7 semanas a inicios del 67, y posteriomente versioneada por… bueno, por todo el mundo, incluyendo el asno parlanchín de Shrek. Para entonces, Diamond era uno de los primeros compositores del Brill Building en grabar directamente sus canciones, gracias a su acuerdo con otra pareja de compositores, Jeff Barry y Ellie Greenwich, lo que le convirtió en pionero de la moda de los cantautores a la que años después se apuntaron colegas suyos como Carole King. Su primer sencillo, “Solitary Man”, encontró no hace mucho tiempo una magnífica versión en la voz de Johnny Cash, que incluso tituló así la tercera entrega de su serie dedicada a grandes compositores contemporáneos.

Diamond and Cash

Y seguirían muchas más canciones, a veces gloriosas, a veces no tanto. Algunas grabaciones cuentan con su propia historia, como aquel disco en directo que Neil grabó en el Greek Amphitheater de Los Angeles mientras tenía 40ºc de fiebre, y que se llamó apropiadamente “En directo…Una noche caliente de agosto”.

Diamond Live

Neil Diamond siempre ha sido una intrigante mezcla de contradicciones. Un hombre intensamente callado y profundamente introvertido que sin embargo ha usado sus canciones para, de una forma inversa a su propia manera de ser, desnudarse autobiográficamente, mostrar una muy convincente ventana a sus propios demonios interiores; y quizás esta haya sido la válvula de escape para un hombre que ha procurado mantenerse solitario y al margen de la manada, y para el que la vida no ha sido todo lo fácil que pudiéramos pensar por el brillo de lamé que desprende su figura más tópica. Estoy seguro que a cualquier persona debe marcarle mucho que a la edad de 12 años, viviendo en uno de los barrios más peligrosos de Brooklyn, y perteneciendo a una de sus bandas juveniles, te peguen dos tiros en la cabeza. O que con 16 años haya cambiado de colegio 9 veces… ¿Si pasas por eso, no tendrías también tú una resistencia patológica a cualquier clase de conformidad?

Desde finales de los 70, no hemos oído nada de Neil que pueda emocionarnos como aquellas canciones de la segunda mitad de los 60, aunque no ha dejado de grabar y de hacer giras. Hay veces, como en “Pulp Fiction”, en que una canción suya compuesta para Cliff Richard (“Girl, you’ll be a woman soon”) hace surgir una especie de magia de la nada, incluso versioneada por Urge Overkill. Otras versiones, como la de UB40 y “Red Red Wine”, llegan a hacerse cansinas al oído. Su último disco, “12 songs”, recientemente aparecido, ha sido grabado con Rick Rubin, quien desde su excelente serie con Cash parece haberse especializado en rehabilitar a grandes voces americanas, y ha significado el más inverosimil renacimiento creativo del año, con Neil olvidando los grandilocuentes arreglos orquestales y redescubriendo la simplicidad mágica de la guitarra y la voz. Una vez, hace muchos años, Neil dijo “La voz es más que un sonido, es la propia alma de cada uno”. Este disco muestra su alma desnuda.

En pleno siglo XXI, es posible que para los lectores del Blogin’ una pieza como “Sweet Caroline” suene a carne de “Radio 80” u “Onda melodía”, pero en America es mucho más que éso, es casi un himno, o sin el “casi” para los fans del equipo de beisbol de los RedSox de Boston (el equipo en el que jugaba Sam Malone antes de abrir el “Cheers”), que tienen la tradición de entonarla a pleno grito al final de la octava entrada de cada partido que se juega en su campo de Fenway, con el apoyo incluso de los marcadores electrónicos, que van pasando la letra, lo cual no les impide añadirle algunos detalles de su cosecha, como un rechinante “so good, so good, so good!”. El origen de este ritual es incierto, ya que la canción no dice nada de Boston, ni de calcetines o medias rojas (Red Sox), lo cual la convierte en una especie de “Paquito el chocolatero” para los bostonianos.

Al margen de la extraña afición Bostoniana, la canción tiene para muchos americanos un significado más profundo, de evocación de aquella época que todos hemos vivido alguna vez en la cual “los buenos tiempos nunca parecieron tan buenos”. Esto queda reflejado en aquella memorable escena de la película “Beautiful Girls” (1996, Ted Damme) en la cual los amigos, reunidos en el bar tras llevar varios años separados, se unen espontáneamente en el coro de la canción.

Y que conste que podíamos haber elegido muchas otras gloriosas piezas de Neil. Como su “Cracklin’ Rosie”, por ejemplo, sobre una botella de vino que los miembros solteros de una tribu de indios canadienses se reunían para beber en sus largas y, sobre todo, solitarias noches, y que trataban como si fuera su propia mujer… pero esa es otra historia.