JUANA LA LOCA
Al subir el último post de los publicados en Replicante, he recordado que hay otra actriz metida a cantante, que es mucho menos conocida que cualquiera de las mencionadas en él, pero que, en lo que respecta a la música, tiene muchísima más credibilidad y apoyo de la crítica que todas ellas juntas. Es argentina, tiene 43 años y se llama JUANA MOLINA.

Por supuesto, para lograrlo se tuvo que ir de su país, donde ya estaba cansada de luchar para que dejasen de verla solamente como la surrealista cómica que protagonizaba uno de los programas de televisión más divertidos de Argentina, “Juana y sus hermanas”.
Desde entonces se ha convertido en una cantante y compositora asentada en una etérea pero perturbadora mezcla de folk y música electrónica. Y al igual que le sucediese en su anterior etapa como actriz, su excéntrica sensibilidad la establece como una persona fuera de lo corriente.
“Cuando comencé a escribir canciones no entendía por qué éstas siempre tenían que tener rima y estribillos, porque la música tiene infinidad de combinaciones y yo quería liberarme de una estructura determinada. Siempre he tocado cosas muy diferentes, pero me preocupaba parecer ridícula y que la gente pensase que eran una porquería.”
Desde que tiene uso de razón, Juana siempre se ha sentido predestinada a una vida dentro de la música, y su éxito en televisión fue accidental, aunque le sirvió para pasar una época muy divertida. Su padre, Horacio Molina, es un importante autor e intérprete de tangos, e insistió en que su hija siguiese sus pasos, por lo que a los cinco añitos le compró una guitarra y le dio clases de música, y, lo que es más importante aún, le imbuyó una estética que aún hoy en día impregna toda su música.
“La gente es demasiado conservadora en sus gustos musicales y yo quería que ella escuchara de todo y se sintiese libre”. Con padres así habría menos conflictos generacionales. “Ella sabe que todo es música, desde los sonidos de los pájaros y los perros hasta las campanadas de un reloj o el repiqueteo de unos tacones sobre el pavimento”.
Cuando los militares tomaron el poder tras el golpe de estado de 1.976, la familia Molina tuvo que exiliarse en París. Lo que en principio supuso una desgracia tuvo la virtud de permitir a Juana extender sus miras y pasar su adolescencia integrándose entre personas de almas afines a la suya y darle los medios para poder escuchar desde Ravel y Debussy hasta Weather Report y King Crimson.
Pero siete años después la familia volvió a Argentina, y ella de nuevo tuvo que adaptarse a la cruda realidad, y comenzó a hacer pequeñas apariciones en televisión, comiéndose la cámara de tal manera que a finales de los 80 tuvo su serie propia, que durante varios años fue la más popular del país y una de las de más audiencia de toda la América Latina.
De pronto, un día le sucedió como a los personajes de uno de los últimos posts del blog de Microalgo; se quedó embarazada, y como su nuevo estado resultó ser médicamente muy problemático, se vio forzada a pasar casi todo el año 1.994 en cama, sin nada que hacer más que pensar en su vida, en lo que había hecho y lo que había dejado de hacer, en replanteársela de tal forma que comprendió que la televisión no cumplía todas sus expectativas, y que, simplemente, no continuaría haciéndola.
“Me di cuenta de que yo había empezado todo aquello por la música. Me metí en televisión para poder ganar el dinero que me permitiese comprar los instrumentos y asistir a las clases que me interesaban… y ahora resulta que este trabajo ha crecido tanto que ya no tengo tiempo para la música. He tenido una visión de mi futuro y me he visto muriendo poco a poco como una vieja amargada, enganchada a la MTV y odiando a todo el que salía, diciendo ‘eso lo podía haber hecho yo… y mucho mejor’. Así que me dije ‘más vale tarde que nunca’, y le dí a mi vida un giro completo”.
Desde el principio, sin embargo, tanto el público como los críticos se resistieron a esta transición. Cuando en 1.996 se editó su primer disco, “Rara”, los periodistas musicales se ensañaron con él, tachándolo de capricho de una actriz que se cree que es cantante.
Críticas como ésa hacían que sus conciertos también fuesen algo terrible, debido a la apatía, cuando no abierta hostilidad, del público, que no paraba de charlar o moverse de aquí para allá todo el rato. Otra de las cosas que solían hacer era gritarle que se callara y volviese a sus comedias, lo que hacía que Juana tuviera a veces que marcharse al camerino entre lágrimas. Pero su valor y la clara visión que tenía de la música que quería hacer la hicieron seguir adelante.
El disco, a pesar de todo y sin grandes aspavientos, no estaba nada mal. Lo produjo Gustavo Santaolalla, al que conoceréis por ser el autor de la música de “Brokeback Mountain”, con la que ganó el Oscar. Era una música muy de cantautora respaldada por una sección rítmica bastante convencional y un sonido bastante seco.
“Lo grabamos cuando el rock alternativo estaba en su cima, así que Gustavo estaba todo el tiempo gritándome ‘Actitud…, necesito actitud…’, pero yo no tenía ni idea de qué significaba eso”.
Así que, como ya os comenté al principio, en cuanto a la música, Juana no fue profeta en su tierra y, bastante deprimida, se mudó a Los Angeles porque se enteró que una emisora de radio de allí estaba poniendo su disco algunas veces. Permaneció en California hasta el 2.001 y allí compuso las canciones que aparecerían en su segundo disco, al que, en un alarde de imaginación llamó “Segundo”, que es el que contiene sus primeros experimentos totalmente libres con los sintetizadores, con guitarras afinadas de forma poco convencional, y los zumbidos y loops que se han convertido en la marca de fábrica de su sonido.
La gran ventaja de trabajar fuera de Argentina era que nadie conocía a Juana Molina, y así ella podía permitirse hacer lo que le daba la gana. En su país no fue aceptada su música hasta que no fue popular en los Estados Unidos y Europa, “porque los argentinos son así, sin la validación de fuera, es como andar cuesta arriba hacia ningún lado”.
Su reconocimiento total llegó con el tercer disco, “Tres Cosas”, editado en el 2.004. La prensa lo aclamó como uno de los diez mejores del año, a causa de la profunda voz de Juana y de unas melodías que tienen la simplicidad de las canciones de cuna; respaldadas dulcemente por el susurrante murmullo de los sintetizadores, que envuelven de misterio a todas las canciones.
“Tres cosas” tenía lo que debe tener todo buen tercer disco que se precie: Cogía los mejores y más significativos momentos de sus trabajos anteriores, perfeccionaba el modelo e iba un poco más allá. La música parecía extraída directamente del aire que la rodeaba. D. Vidal, ¿usted se imagina a su amado Aphex Twin recién levantado de una siesta y todavía algo amodorrado…? Pues más o menos de eso es de lo que hablo.
Y además Juana tuvo la suerte de participar en una gira por todo el país abriendo los conciertos de David Byrne, que la invitó a ir con él después de que la casualidad la pusiese en su camino.
Byrne estaba comprando por internet un disco de Sigur Ros, en Amazon.com. Si alguna vez habéis estado vosotros en ésta página habréis visto que hay un mensaje con recomendaciones, que dice “si te gusta tal disco (en este caso uno de Sigur Ros), también te gustarán éstos otros”, y te pone varios enlaces para otros discos. Uno de los que le pusieron a David Byrne fue el “Segundo” de Juana Molina, y esa mezcla de canciones íntimas basadas en la guitarra folk y llenas de electrónica le cautivó de tal modo que le faltó tiempo para llamarla por teléfono y proponerle que telonease su gira.
Ahora Juana puede permitirse trabajar con tranquilidad, sin abandonar la compañía de su hija ni la de su marido, el pintor Federico Mayol, porque tiene instalado su estudio de grabación en la mansión que habitan. Esto le permite continuar grabando con esa estética de bricolage casero y presión cero que tan bien se aprecia en su último disco, editado recientemente con el título de “Son”, en el que sus composiciones electroacústicas han crecido en riqueza de detalles. Un gran experimento de manipulación vocal; sosegado pero sin ser tedioso; convincente, pero sin resultar pretencioso; y siempre hipnótico.
“Mi viejo está chocho. Dice: ‘Al fin me diste el disco que yo quería’“.
Para regocijo suyo, ahora que ha ganado fama internacional como cantante, recibe ofertas para trabajar de nuevo como actriz, pero después de su intervención en “Los monólogos vaginales”, a la que califica de horrible experiencia, su pensamiento sobre el particular es el siguiente:
“Fue solo un mes, pero me distrajo y me distanció de mi música. No volverá a ocurrir”.

Aquella primera tarde, según la revista HM, el disco que iba a sonar era de unos tales Klaatu, y se llamaba igual que el grupo (luego descubrimos que sólo en los USA, ya que en su Canada natal, el disco se llamó “8:47″). Mientras escuchábamos aquellas canciones, nos invadió la sorpresa: ciertamente aquello no se parecía a lo que sonaba en la radio de aquellos días, y prácticamente no había dos temas iguales. Hey, parecía que eso de la música moderna era guay. Por supuesto, en aquellos días eramos completamente ignorantes de que la artífice de aquel desvirgue rockero había sido una banda de prog-rock canadiense. Joé. El segundo día, el disco retransmitido fue “Free as the wind” de Crusaders, pero el jazz fusion no era plato de nuestro gusto, al menos no todavía. El tercer día llegó “Seconds Out” de Genesis, y todo fue distinto desde entonces.
Definitivamente, mientras en Londres estaban montando su revolución punk,a mi amigo y a mí nos habían pillado en las redes del prog-rock, aún casi en nuestra tierna infancia. Tanto nos gustó aquel disco de Genesis que mi amigo decidió recuperar el tiempo perdido y en pocos meses se hizo con parte de su anterior discografía. Visto en retrospectiva, aquellos días son como mi jardin de la infancia particular en lo que se refiere a música rock. Hoy en día, con la salvedad de Peter Gabriel, a quien sigo profesando devoción, no me molestaría en levantarme de la silla si me dicen que Genesis va a tocar en la plaza de mi barrio. Lo cual no quiere decir que no guarde buenos recuerdos, e incluso alguna que otra vez llevo alguna que otra cassette de ellos en la guantera del coche.
En términos musicales, si Genesis equivale a mi época de guardería, Todd sería el paso a La Escuela, así con mayúsculas. Y menudo maestro que encontramos. Al igual que en el caso anterior, con cada disco que nos iba llegando por correo (unas veces Discoplay en Madrid, otras Gema Records en Londres) descubríamos un mundo nuevo, como una historia del rock completa en un único artista. Los que conozcan su obra saben que Todd ha pasado (más o menos) airoso de todos los palos musicales, sea el blues más tradicional, las baladas lacrimosas, el rock progresivo o las últimas novedades tecnológicas (la historia esa de TR-i que nunca acabamos de entender. ¿para qué diantes voy a querer yo remezclar un disco de Todd Rundgren?). Prog, rock, pop, soul, lo que quieras. Además, el tío lo tocaba todo él solito. El enterao que habita en mí se regodeaba con ese detalle cada vez que un compañero de clase me venía cantando las excelencias de Mike Oldfield, quien, en comparación con Todd, parecía repetir una y otra vez las mismas notas en dos o tres guitarras durante toda una cara del disco. En todos sus discos.
Allá por los años 60, la parte de ese Océano que bañaba California estaba colapsada por quinceañeros medio desnudos haciendo equilibrios en tablas de poliuretano flotantes, mientras vistosas y bronceadas quinceañeras en bikini les esperaban en la arena seca con la promesa de compartir traviesos juegos de naturaleza sexual con los primeros chicos que llegasen a ellas cabalgando sobre las enormes y amenazadoras olas. Miles de ellos se ahogaron en el intento.
Por qué eligieron este nombre de Los Chicos de la Playa, es un misterio que nunca se ha desvelado.




Servicios de punks…




Empezaré yo, claro. Yo tengo tantas bandas favoritas, que en realidad podemos decir que no tengo ninguna, por eso las preguntas las responderé con los títulos de las canciones de Blondie, que siendo una banda tan popular que seguro que todos conocéis, también es una banda que tiene prestigio entre los enteraíllos… así abarco todo el espectro… y además sus canciones siempre han tenido la virtud de ponerme de buen humor.
Aquellos discos, y los de tantos otros compañeros y conocidos que aún coinciden cada pocos meses en la correspondiente feria del disco, estaban en buenas manos. En general, claro, ya se sabe que en toda colección suele haber unas cuantas ovejas negras. Me quedaba la impresión de que cada uno de aquellos discos (la mayor parte, al menos) recibía los mejores cuidados y dedicación por parte de sus dueños. Con la consiguiente envidia, claro. Si yo hubiera tenido hermano mayor (y aficionado a la música, claro) o si hubiera dispuesto de más recursos en su momento, posiblemente tendría también mi notable colección de vinilos, aunque, con mi formación inicial en el terreno de las bandas sonoras, comedias musicales y las versiones de orquestas, la mía hubiera sido más como la que aparece aquí al lado. Yep.